Max & Suhail
103. Max
—Suhail —se despidió con un gesto amable y lo vi subir a su coche.
—¿Nos vamos? —me preguntó Max moviendo con fuerza las llaves en su mano. Tenía prisa.
Lo miré.
—¿Te sigo o me sigues?
—Te sigo. No sea que se vuelva a quedar esta baratija.
—¡Respeta a mi Toyota! —le grité.
—Baratija.
Triste, subí al coche y lo encendí sin problema. Me sentía apenada por haber hecho sentir mal a ese chico.
—Oye —le escuché decir y me volví. Se hallaba estacionado a mi lado—.
Mi nombre es Aitor —dijo por fin, sonriente.
Por alguna razón, sentí brotar esperanza dentro de mí, e iba a responderle
«mucho gusto» cuando la bocina del Ford azul de Sam nos interrumpió.
Max se había estacionado detrás de ambos.
—¡Oye, idiota! —le gritó—. ¡Estorbas!
Aitor cogió aire, o quizá paciencia, y tranquilo se despidió de mí asintiendo con la cabeza.
Esperé a que Max se estacionara a mi lado antes de avanzar.
—¿Tenías que hacer eso? —reclamé.
—Me llamó idiota —se quejó.
—¡Sedujiste a su novia!
Max hizo rodar sus ojos.
—¡Ni sé quién es!
—¡Eso no es excusa! —dejé en claro y aceleré.
103. Max
Por lo que más quieran, no pidan saber qué pasó antes de esto.
—Raoundem... Rapundel... —dije, riendo—. ¿Rapunzel, deja caer tu cabello? Eso es... déjalo caer.
Aunque lo dije bien esa última vez, no recibí ninguna respuesta por parte de Suhail. Cansado, comencé a trepar el árbol. No parecía difícil desde abajo.
También miré el reloj, ya marcaba las once de la noche a pesar de que apresuré a Polo y a Eric a salir del bar y después reí tontamente al recordar lo rápido que llegamos a mi casa, o a casa de Bill y Suhail, da igual de quién es. Aunque ellos afirman que también es mi casa.
No paraba de reír. Maldito porro, me hizo sentir invencible. Hice amigos con facilidad y entre Eric, Polo y yo conseguimos nuevos y mejores contactos para Raptor.
Claramente en apuros, me tambaleé y casi caigo:
—Esto no está funcionando —le dije al árbol apoyándome sobre otra rama. Ya había escalado la mitad.
Después sentí la necesidad de sentarme ahí mismo y dormir un rato, pero debía entrar antes de que Miranda se percatara de mi ausencia.
—Rafuuunzel... —insistí dando un bostezo. Tenía sueño.
Pensé que de haber sabido cuánto me iba a relajar y poner alegre el cannabis, lo hubiera fumado antes.
—Veterinario... Sí... No, no dijo qué días...
Reconocí esa voz. ¿Suhail estaba al teléfono? «Eso explica por qué no contestó». Me incorporé y continué escalando el árbol.
—No creo que tengan sus datos... ¿En serio? Sí, sí, busca Aitor... No sé su apellido.
«¿Aitor?», me pregunté. Suena a diagnóstico dental.
Dentista:
—¿Qué muela es la que le duele?
Paciente:
—Esta...
Dentista:
—¡Ay no, por Dios, usted tiene Aitor! Lo tendremos que hospitalizar.
Aún me río de eso. Por otro lado, «¿desde cuándo creció tanto este árbol?», me pregunté y acomodé sobre otra rama para sacarme un par de astillas de la mano. Luego la observé curioso. «Wow, ¿todos tenemos dibujada una M en la palma de nuestra mano?», descubrí. Miré con fascinación la mía. «M de Max». Genial. Y de igual manera me pregunté si Suhail tendría una «S de Suhail».
—Hasta el quince del próximo mes... No, ¿cómo crees? Me da pena... Tal vez sí... Sí. Mañana asisto a un seminario. A lo mejor...
Procuré escuchar con atención a Suhail. Sin embargo, pronto el sonido de los grillos me distrajo.
Cri cri. Cri cri. Cri cri.
Me pregunté qué pedían los grillos que «grillaban» tan emocionados. ¿El rescate de la biosfera maya? ¿La abolición del capitalismo? O puede que solo quisieran compartir con nosotros el sentido de la vida y dar respuestas a nuestra existencia.
Cri cri. Cri cri. Cri cri.
— Wow —dije, sacando del bolsillo la última colita de porro—. Vamos por la vida mirando sin ver nada de lo que realmente deberíamos ver, y no comprendemos por qué nadie ve lo que es importante ver —reflexioné.
Cri cri. Cri cri. Cri cri
Asentí. Los grillos «grillaban » de acuerdo.
—Es que lo que no vemos siempre resulta ser lo que desde el principio debimos ver, pero no lo vimos por ver lo que da igual ver —concluí.
Los grillos aplaudieron. «Maldita sea, si no tengo éxito en la música optaré por la filosofía», decidí.
—¿Qué haces ahí, idiota, y hablando solo? —escuché de pronto.
Y cuando pensé que había logrado conectar con mi animal espiritual y que tendríamos un diálogo que nos ayudase a encontrar el sentido de todo, reconocí la voz de Suhail y miré hacia arriba.
—¿Cómo?
—Que qué haces ahí hablando solo —volvió a preguntar ella desde su ventana.
Parecía molesta.
—¿Realmente estamos solos? —cuestioné—. ¿O la soledad es un invento del capitalismo para que al sentirnos tristes compremos cosas que no necesitamos y que no nos dan felicidad?
Vi los ojos de Suhail entrecerrarse lentamente.
—Ven acá —ordenó, chasqueando los dedos.
¿Iba o venía? Venía, porque yo vivía allí. O iba, porque venía de donde vine.
Me puse de pie y continué escalando el árbol.
Sonreí cuando estuve delante de Suhail. Ella no dijo nada de inmediato, se limitó a mirarme manteniendo los ojos entrecerrados y me olió.
—¿Sabías que tengo dibujada una M en la palma de la mano? —dije, mostrándosela—. La M de Max. ¿Todos tenemos una M o tú tienes una S?
Suhail todavía no decía nada, por lo que decidí continuar:
—Sabes, hoy conocí a un tipo bastante interesante —le conté, todavía sobre una rama del árbol—. Lo apodan «el mono». Te caería bien. Es hippie.
—¿Ah, sí? —dijo ella, frunciendo los labios.
—Me habló sobre la vida —dije, echando la cabeza hacia atrás para ver la luna—, y que no debemos ser superficiales...
—¿Ah, no? —preguntó Suhail torciendo la cara de tal forma que me recordó a villano de historieta.
—No, no debemos —continué, cogiendo una bocanada de aire. Me sentía… volando—. Hay gente necesitada, Suhail. ¿Sabías que la oligarquía tiene acaparados a los medios de producción?
—¿La oligarquía? —me preguntó ella, arqueando una ceja.
—Sí. Debemos levantarnos en armas y tomar lo que nos pertenece —
repetí, sintiéndome confuso—. ¿O es lo que les pertenece? —dudé—. Lo estaríamos recuperando, ¿no? Algo así dijo el mono.
—¿El mono? —preguntó Suhail, levantando el puño.
—Sí, así le apo...
Y me golpeó la nariz con fuerza.
«Mierda».
Caí de espaldas sobre el césped, lastimándome la espalda. Menos mal que hablamos de un par de metros de distancia.
—¡¿Por qué la brusquedad?! —exclamé, intentando incorporarme.
Aunque me rendí al ver desde ahí la infinidad del cielo, un cielo que no nos da respuestas.
El mono también me había hablado sobre la importancia de conectar con la naturaleza y todo lo que no sea desechable en nuestro banal entorno. Nos adoctrinó bien a Eric y a mí mientras le compartíamos porros. Por ello, ahí, recostado sobre el césped, busqué constelaciones... aunque para ser franco no encontré nada, porque era la primera vez en mi puta vida que ponía atención a las estrellas.
En eso estaba cuando el rostro de Suhail se interpuso entre el infinito y yo.
—Eres un imbécil —dijo.
—El mono también dijo que lo que dicen nuestras palabras refleja lo que hay en... —sentí un terrible dolor en las pelotas—. ¡ OUCH! —grité. Ella había colocado el pie sobre mi más preciado tesoro—. ¡MALDITA SEA, SUHAIL!
—Vamos —ordenó, dándome la mano para que me incorporara—. Y vas a entrar en si-len-cio.
¿Por qué siempre me regañaba en sílabas? Asentí sin más remedio y me hizo seguirla adentro.
—Miranda y papá ya duermen —explicó, molesta. E iba a abrir la boca, pero me calló de nuevo—. Te juro que si vuelves a citar al tal mono te aviento desde la azotea —prometió.
De esa manera entramos a su habitación y me senté en su cama.
—Eres un desastre —me regañó en lo que me sacaba los zapatos y la chaqueta.
—Yo...
—¿Quién te convenció de hacer esto?
—Eric —confesé.
Ella caminó de un lado al otro furiosa.
—Y claro, si alguien dice «Max, ¿qué tal si nos tiramos desde un acantilado?», vas y lo haces. Y cuando te decimos a modo de regaño «Max,
¿acaso puedes ser más idiota?», vienes y lo tomas como un reto.
—No... —quería aclararle.
—¿Por qué no intentas canalizar tu energía de forma positiva?
Bostecé.
—Oye, eso mismo dijo el mo...
—¡Que no menciones al maldito mono! —gritó interrumpiéndome y, sintiendo una terrible jaqueca, me dejé caer sobre la cama, su cama.
Ahí estiré los brazos. A diferencia de la mía, la cama de Suhail estaba ordenada y olía bien.
—¡Será mejor que confieses qué te metiste, Max Solatano, o se lo diré a Miranda! —amenazó—. ¡Te juro que se lo diré a Miranda! ¡No puede ser que vengas...!
Cri cri. Cri cri. Cri cri.
El reclamo de los grillos exigiendo un mundo mejor era más fuerte que el bla bla de Suhail. ¿Por qué estamos sin estar donde creemos estar?
—¡Y no te duermas! ¡No te duermas!