Max & Suhail
52. Suhail
—¿Algún problema, Betsabé? —preguntó el profesor, que también escuchó la palabra negros.
—Qué buena idea, Betsabé —dijo Suhail, interrumpiendo una vez más la lectura y retando a Bet. «Ahí va otra vez». De inmediato se volvió hacia el profesor—. Profesor, ¿me permite hacer una actividad sobre discriminación? Puedo tenerla lista en dos semanas.
Pude imaginar a todos poniendo los ojos en blanco otra vez.
—Claro, será interesante. —El profesor se mostró complacido. Después miró a Bet con severidad—. Y usted, señorita Páez, va a ayudar a Suhail a organizarlo todo.
Bet era la mejor amiga de Cintia. Eso nos da una idea del tamaño del problema en el que se había metido Suhail.
—¿Algún otro voluntario para apoyar a Suhail a organizarlo todo? —
preguntó el profesor. Nadie levantó la mano—. ¿Nadie?
«¡No!»
—Ling levantando la mano en diez, nueve, ocho... —dijo Edgar en voz baja, y otra vez el salón rio. Y sí, hablo del mismo Edgar al que me enfrenté por Suhail hace años— ...siete, seis, cinco...
Y ahí estaba Ling agitando la mano.
—Gracias, Ling —la felicitó el profesor.
—Lo que dije —dijo Edgar. Cintia y los demás continuaron riendo.
Cuando terminó la clase Suhail regresó a su banco y el resto se ocupó en socializar en lo que llegaba la profesora de álgebra.
Suhail se sentaba dos bancos detrás de mí, en el lado izquierdo de la fila, de manera que, por encima de mi cabeza, vi pasar las bolas de papel dirigidas a ella.
52. Suhail
Las bolas de papel cayeron una detrás de otra sobre mi cara. No me importó.
Está bien, sí me importó al principio. Es decir, tenía trece años y en el fondo quería agradar a mis compañeros. Pero debía ser valiente.
En lo que esperábamos a la profesora de álgebra, una alumna de tercero entró a nuestro salón con una nota en la mano. Una nota que entregó tímidamente a Max. La acción no pasó desapercibida. Vi las orejas de Max teñirse de color rojo al escuchar risas y murmullos por llamar la atención.
—Es una alumna de tercero —escuché murmurar a Bet.
¿Por qué una alumna de tercero le entregaría una nota a Max?
Él desdobló con cuidado la nota y la leyó con reserva. Enrojeció aún más. «¿Qué dice la nota?». Todo el salón quería saberlo. Después se la pasó a Eric y Eric se la hizo llegar a Sam.
—¡Te lo dije! —le cuchicheó Eric a Max, entre risas suyas y de Sam.
Max se apresuró a ver sobre su hombro y les pidió ser discretos. Luego intentó guardar la nota dentro de su cuaderno de álgebra y, en consecuencia, para sorpresa de nadie, Edgar saltó de su banco y se la arrebató.
Por un lado, me sentía contenta de ya no ser el centro de atención, aunque ver a Max siendo humillado fue... abrumador.
—¡DÁMELA! —le gritó a Edgar—. ¡DÁMELA YA!
Entre los dos montaron un espectáculo.
—Ni hablar, Solatano —amenazó Edgar—. La leeré en voz alta.
Edgar desdobló la nota, aclaró la garganta y comenzó a leer. El salón guardó silencio.
—¡NO! —gritó Max, pero Edgar ya estaba fuera de su alcance.
Max.
Pienso que eres el chico más talentoso y apuesto del colegio. Lo de talentoso lo digo porque te vi salir de tu clase de música y me pareció increíble, y lo de apuesto lo digo porque... Bueno... asumo que tienes espejos.
¿Nos vemos a la salida? Di que sí.
Jessica.
Cuando Edgar terminó de leer, la clase continuó en silencio. Todos hacían notar su sorpresa. Max intentó cubrir su rostro debido a la vergüenza, pero pronto me di cuenta de que no era necesario.
—¿Jessica Russo? —resopló con admiración un compañero—. Mis respetos, Solatano.
Y así otro y otro...
«¡¿Qué?!»