Max & Suhail
117. Max
118. Suhail
Un día después del accidente Max cumplió dieciocho años. Lo pasó inconsciente. Estuve la mitad del día con él y después, porque lo necesitaba, me alejé para pensar.
«Debo encontrar la manera de ayudarte, Max».
La pregunta era cómo. No sabía del tema y, como todos, tenía miedo de la reacción de Max. No obstante, busqué información y me documenté bien sobre terapias físicas y psicológicas, muletas y sillas de ruedas. Acosé a especialistas con preguntas y también le hice ver a papá y a Miranda que debíamos acondicionar la casa a modo de facilitarle todo a Max.
Al salir de la clínica compré flores para colocar en la habitación del hospital. También fui a por fruta para Miranda, ella no había comido ni dormido, lo mismo papá. Mi propósito era hacerlo todo más llevadero.
«Debemos salir adelante».
Visité la biblioteca y para pasar el rato me entretuve buscando más información. Por ello, tomando en cuenta que ya habían pasado casi veinticuatro horas, al regresar a la clínica me emocionó encontrar a Max despierto, sin embargo, mi corazón se encogió al verlo llorar. Max no era de llorar.
—Hola —saludé queriendo sonar casual, aunque golpeando mi zapato derecho con el izquierdo. Me sentía temerosa de lo que él diría al verme.
Nuestros últimos encuentros habían resultado caóticos y él, en definitiva, no se hallaba en su mejor momento.
En cuanto escuchó mi voz, Max negó con la cabeza y, molesto, trató de ocultar el rostro. No quería que lo viera llorar. Estaba sentado sobre la cama del hospital, apoyado en almohadas. Pude notar lo mucho que se le dificultaba moverse. Por lo mismo, no pudo, pese a que lo intentó, ocultar de mí sus lágrimas.
«¿Por qué eres tan orgulloso, Max?»
Intenté acercarme.
—Lárgate —me pidió, primero en voz baja. No hice caso—. ¡LÁRGATE!
—gritó esta vez. Su cuerpo temblaba.
Lo rodeaban dos médicos, Miranda y papá. A ninguno, para mi propio asombro, le sorprendió cómo me recibió.
—Max, por favor —le pidió Miranda, llorando. Asumí que acababan de decirle lo de su pierna.
—¡Tú también vete! —la echó Max. Entonces comprendí que sus lágrimas no eran de tristeza, por el contrario, eran de rabia, de dolor, de impotencia—. ¡LÁRGUENSE TODOS!
Incluso le dolía gritar. Lo vi enfadado por no saber de qué manera colocar sus brazos para que ya no dolieran.
«Ay, Max».
Y ahí estaba yo, exigiendo a mi cabeza pensar en una forma de aliviar su pena.
—Te vamos a inyectar algo que ayudará a que duelan menos las heridas —dijo uno de los médicos.
Max lo miró con odio.
—¡No quiero nada! —exclamó, apretando los dientes—. ¡Solo lárguense!
—cogió una de las almohadas y la lanzó contra todos—. ¡FUERA, DIJE!
—nos echó.
—Tiene que hacerlo entrar en razón, señora —dijo otro de los médicos a Miranda.
Ella y papá procuraron acercarse lo más posible a Max. No sabían cómo tocarlo, cómo tratarlo.
—Max, cariño...
—Dilo, mamá —interrumpió Max a Miranda mirándola con rencor. «¿Qué le pasa?»—. Dilo. Di que me merezco esto, di que es mi culpa. —Era claro lo mucho que estaba enojado consigo mismo.
Miranda negó con la cabeza.
—¡Max, Dios, no!
—Di que me dijiste que condujera ese coche con cuidado.
Cada palabra de Max salía como una bala dispuesta a matar.
—Max...
—¡DILO, MALDITA SEA! ¡DILO!
Sentí un nudo en la garganta. No empezábamos de buena manera si esa era la actitud de Max.
Miranda se cubrió el rostro con las manos y papá la sacó de la habitación.
Los médicos, sin mucho por hacer, optaron por seguirle. Ahora yo estaba a solas con Max.
—¡¿Eres sorda?! —me gritó, intentado coger otra de las almohadas para tirármela—. ¡Te pedí que te largaras!
—No me iré —contesté armándome de paciencia y atrapé sin problema la almohada.
Pude ver las venas de su cara y su cuello saltar debido al enfado que sentía dentro.
—Entonces dilo tú, Suhail —dijo, amenazante—. Di que esto es mi culpa.
—Fue un accidente, Max.
—¡Un accidente que yo ocasioné!
Negándome a ayudarle a sentirse peor consigo mismo, y pese a que más de una vez quiso lastimarme para que me alejara, acomodé cerca de él las flores y la fruta que compré en el supermercado y lo abracé.
—Suéltame —sollozó—. ¡Suéltame!
Acomodé mi barbilla sobre su cabeza y lo abracé más fuerte.
—Lo lamento —dije.
—¡No me tengas lástima! No... ¡No hagas eso! —exigió. Había miedo en sus palabras.
Max temblaba en mis manos. Pude sentir su dolor, su enojo, su miedo. De todos modos, por momentos se calmó, o al menos lo intentó, y le ayudé a acomodarse de mejor forma en la cama.
—Eres necia.
—Me ganas.
Luchó contra la necesidad de hablar.
—Mi pierna... Mamá —balbuceó.
Pasa que a veces se siente tanto dolor que no puedes encontrar palabras para explicarlo.
—Todo estará bien, Max —le prometí—. Todo estará bien.
Iba a encontrar la manera de ayudarle. Me prometí que lo haría.
Además de la fruta y las flores, había llevado conmigo información sobre cómo apoyar a alguien que no camina, contacté a un terapeuta y a una empresa a la que podíamos solicitar una silla especial.
Primero lo obligué a comer, después lo convencí de que aceptara inyectarse para calmar el dolor, y aunque no fue fácil, porque suele ser más necio que yo, aceptó.
Al salir en búsqueda de alguna enfermera para que lo inyectara, me topé con Miranda y papá:
—¿Está mejor? —preguntó Miranda sin mostrarse resentida por la crueldad con la que Max la echó.
—Solo debe asimilarlo —dije, esperando que así fuera—. ¿Sabe lo de Sam?
—No —negó Miranda buscando con la mirada a la familia de Sam. Ellos también se encontraban en la sala—. Sam no da señales de querer despertar y el doctor no quiere que Max reciba impresiones fuertes. Le dije que la situación de Sam es estable y que saldrá pronto del hospital.
—Ojalá.
Me preocupaba que Sam no despertara.
—Por él preguntó primero Max.
No sabía eso. Y sí, será mejor que no sepa que Sam no responde, porque eso lo destrozaría.
La inyección no durmió de inmediato a Max, pero tampoco quería hablar.
De modo que me senté a su lado en silencio, preguntándome en qué más podía ayudarle. Quise saber si le podía leer la información que encontré y dijo que no, que quería silencio y, de ser posible, dormir y no despertar jamás. Me deprimía escucharlo hablar así, pero traté de comprender que, tal como dije a Miranda, él apenas intentaba asimilarlo todo.
Pero empeoró cuando empezó a tener visitas.
Al principio me sorprendió que no se negara a recibirlas. Sin embargo, pronto comprendí por qué decidió mostrarse accesible.
—Hola, Max —lo saludó con timidez Gi, su novia, sentándose en una silla a poca distancia de la cama. Yo me quedé junto a la ventana de la habitación.
Max no saludó de vuelta a Gi.
—Me enteré de lo que pasó —dijo ella—. Lo lamento. Mi papá también se siente mal por ti.
Percibí temor en las palabras de Gi, lo que era comprensible, puesto que ninguno de nosotros tenía claro en qué tono dirigirse a Max.
Max aceptó las flores que ella llevó y, sin dar indicios de qué vendría a continuación, en tono neutro dijo:
—Me enredé contigo para que tu papá nos dejara tocar en su bar. —
Alarmada, lo miré sin comprender qué diablos intentaba hacer, pues Gi ahora lo miraba con estupefacción—. Pensaba terminar una vez consiguiera un buen trato.
Gi no tenía palabras.
Max la miró sin una pizca de culpa y de esa manera continuó dirigiéndose a ella:
—Eres fea, aburrida y fácil. ¿Qué esperabas?
Entonces ella lo abofeteó.
—¡Y tú eres imbécil! —le gritó. Max sonrió satisfecho—. ¡Me alegra lo que te pasó, maldito cojo!
La chica se sentía tan molesta que tuve que tomarla por los hombros para que no le cayera encima a Max. Al final, luego de gritar un par de ofensas más, se marchó furiosa.
—¿Qué fue todo eso? —pregunté a Max, asustada.
Él no me miró.
—Afuera está Eric, ¿no? —quiso saber y asentí—. También hazlo pasar, por favor.
Dejo claro que acepté porque consideré que le haría bien hablar con Eric, su compañero de banda, su amigo de la infancia. Estaba equivocada.
—Max Solatano —lo saludó Eric al entrar. Traía con él un periódico.
Max miró a Eric de la misma forma que a Gi, como si estuviera preparándose para atacar. Al instante empecé a temer lo peor.
—Qué suerte que no ibas en el coche con nosotros —dijo.
—Algo así.
«¿Algo así?» Pero insisto en recalcar que yo tampoco sabría qué decir.
Era el turno de Eric para ocupar la silla junto a la cama y observar las heridas de Max. Puso especial atención en la pierna extirpada.
—Increíble —resopló con una pizca de humor—. Aunque sin duda, como bien dicen, mala hierba nunca muere.
Max asintió mirando de reojo el periódico que su amigo traía con él. No parecía esperar algo bueno.
—¿Y qué traes ahí? —preguntó.
—Ah. Un periódico local publicó una nota de la presentación. —Eric extendió el periódico frente a Max—. Mira qué bien te ves en primera plana.
La mirada de Max se ensombreció al verse de pie frente a mucha gente con su guitarra en mano.
—Sin duda.
Imagino la cantidad de cosas que pasaron por su mente.
—Es una lástima que ya no puedas ir de gira —soltó Eric, acomodándose de mejor manera en la silla. Me empecé a acercar a ambos.
—Tú tampoco podrás, ¿o sí? Se acabó Raptor.
Eric rio.
—Oh, yo sí iré, amigo. La Bombilla me hará una audición para entrar en otra banda.
En menos de 24 horas lo había solucionado.
Max arqueó una ceja.
—¿Y ahí también serás secundario?
Su tono era de burla. Lo miré sin dar crédito. «¿Qué diablos pasa contigo, Max?» Aunque estaba claro que Eric había disparado primero.
Las manos de Eric temblaron debido al enojo, dejó caer el periódico y se puso de pie lentamente.
—Al menos yo sí volveré a tocar —devolvió, respirando con dificultad, cual toro embravecido—, porque lo lamento, pero, quién va a querer a un maldito inválido. Porque entérate de que la Bombilla ya no quiere hacer ningún trato contigo. Ya no le sirves. Ahora yo soy su prioridad.
Intenté gritar algo a Eric para hacerlo callar, pero Max me pidió no meterme.
—Sin embargo, Eric, amigo —contestó—, tuve que quedarme inválido yo para que tú sobresalieras y, aun así, mírate —Max miró con altivez a Eric
—, vas de relleno a otra banda.
—¡Eres un idiota! —Eric empujó la silla y esta cayó al suelo—. ¡Te mereces lo que te pasó, imbécil! Lo lamento por el gordo, pero tú...¡TÚ, MAX SOLATANO, me das asco!
Eso último lo dijo mirando con repugnancia la pierna amputada.
Max se echó a reír e impidió que sacara a Eric de la habitación. Aseguró que quería escuchar todo lo que él tenía para decirle.
—Descarga toda tu furia, Eric —le pidió, sin bajar la cara—. Maldíceme.
Golpéame. Pero te advierto que eso no te hará una estrella. Eres patético.
—¡MAX! —le grité, queriendo impedir que lastimara a más gente.
Eric era su amigo.
—Eres un maldito fracaso esté o no esté yo de por medio —terminó.
Al igual que Gi, Eric salió de la habitación insultando a Max, y una vez juró que ahora sería él quien apareciera en primera plana no volvimos a saber de él.
—¡Max Solatano! —exclamé exigiendo una respuesta.
Primero me ignoró y miró conseriedad la puerta por la que se marcharon Gi y Eric. ¿Qué intentaba hacer?
—¿Qué tengo que decir para que tú también te marches?—preguntó, finalmente.
—Yo me voy a quedar —dije, cruzando los brazos sobre mi pecho, y, haciéndome la valiente, esperé a que descargara más de su coraje en mí.
—Por supuesto que lo harás, también eres patética —empezó—. No tienes nada mejor que hacer, ¿cierto? Te encierras en tu habitación a leer un sinfín de palabras aburridas porque nadie te quiere cerca. —No podía creer su nivel de crueldad—. Tú eres aburrida. Tu única amiga es Ling y hasta ella prefiere salir con chicos que estar contigo. Por lo mismo, recordemos, tampoco tienes novio. Y todo porque eres incapaz de iniciar una relación luego de que abusaron de ti.
Eso me golpeó tan fuerte que tuve que dar dos pasos hacia atrás. ¿Cómo podía Max ser tan malvado?
—¿Estoy tocando fibras sensibles, Suhail? —me preguntó con disgusto.
Me quería lejos—. ¿Esto es peor que los años de acoso por los que...?
Me acerqué a él y lo abofeteé. Sin embargo, me arrepentí al instante, pero eso fue peor, porque el hecho de que me disculpara lo enojó más.
—¡No te disculpes! —me gritó y temí que del enojo cayera de la cama.
No sabía qué hacer.
—Max, yo...
—Lárgate —exigió otra vez cerrando los ojos.
Y lo iba a hacer. Juro que lo iba a hacer. Me volví hacia la puerta e intenté avanzar, pero en el último momento me detuve y vi a Max haciendo lo posible por no echarse a llorar.