Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 9 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 9

¿Cuánto dura un chisme?

—Antes de decidir nada, deberías irte de fiesta.

Candela miró sorprendida a Patricia, como si no pudiera creer que estaba de acuerdo con una propuesta suya.

—Amén, hermana.

—Sí, ¿verdad? —Patricia dejó el teléfono bocabajo en la mesa y se atusó el pelo—. Podríamos irnos las tres de cena y copas. Contarnos miserias mientras nos emborrachamos. Bailar un poco para olvidarlo.

—¿Tú tienes miserias? —se burló Candela.

—Ay, querida. Cuando uno no tiene problemas, se los busca. Y si no…

los imagina.

Las dos me miraron y yo parpadeé, como si fuera la única manera de comunicarme con ellas tras lo que familiarmente se había acuñado como el INCIDENTE.

—Tienes que moverte. Llevas desde ayer en la misma postura.

—Misma postura y cero comunicación verbal.

—Ayer mi madre me echó de su casa porque «no quería chismes» —

apunté—. Así que ese dato no es exacto. Ayer hice muchas cosas: me fugué de mi boda corriendo campo a través, me tomé una Coca Cola en una gasolinera, rompí mi compromiso, quité los pies de encima de un sillón horrible que podría ser parte del atrezo de La Bella y la Bestia, pedí un Cabify, me vine a casa, os puse un mensaje, cené dos lorazepames y, como hasta la industria farmacéutica me odia y no me hicieron el efecto deseado, dícese dormir durante al menos dieciocho horas, me he levantado a tomarme otro a las nueve de la mañana, pero me lo habéis impedido. Así que, no, no llevo desde ayer en la misma postura.

—¿Tú la recordabas tan tocapelotas? —Candela miró a Patricia.

—Sí. —Asintió Patricia.

—Ah, pues será que en la distancia os he idealizado porque ahora me doy cuenta de que tú tampoco eres tan guapa.

Patricia puso los ojos en blanco. Es inútil decirle que tampoco es tan guapa: tiene espejos en casa.

Candela se acercó a mi vestidor y echó un vistazo a las prendas, tomando la iniciativa para que el plan se desarrollara sin contratiempos.

Patricia se sentó a mi lado y me arrulló.

—¿Sabes algo de Filippo?

—¿Me ves con pinta de saber algo de Filippo?

—Venga, Margot, ¿qué es lo que te agobia? ¿Cuánto durará el chisme?

Estamos en la era de la información. Estas cosas son trending topic un par de horas y después desaparecen. ¿Que hay fotos tuyas en Internet colándote por un agujero de una valla, escapando de tu boda? Bueno, puede que las haya, pero tampoco estamos seguras. Además…, ¡menudos huevos! Jamás habría dicho que eras tan valiente como para montar semejante pollo.

—Eh, vamos —apremió Candela—. Te he preparado ya un modelito.

Solo tienes que meterte en la ducha y vestirte. Iré reservando mesa en…,

¿sigue estando de moda Perra Chica?

En su mano colgaban dos perchas con ropa tan mal combinada que ni siquiera la reconocí.

—Esa blusa va con el pantalón negro que está colgado al lado y esa falda con el jersey rosa palo que hay en el primer cajón —dije.

—Bueno, la ropa se puede relacionar con más prendas del armario,

¿sabes? No se considera adulterio.

—Candela, una pregunta seria. —Y Patricia levantó el dedo anular con elegancia—. ¿Eres daltónica?

Me coloqué boca arriba y suspiré.

—Lo estáis haciendo mal. Candela es la que debería estar arengándome con un discurso sobre lo poco que importa el INCIDENTE en realidad y tú, Patricia, tendrías que estar eligiendo la ropa para salir esta noche.

Ambas aplaudieron.

—¿Salimos entonces?

—Claro. —Les di la espalda—. Cerrad la puerta cuando os marchéis.

Después de veinte minutos agitando perchas y probándose zapatos míos se dieron cuenta de que no iba a salir de fiesta en aquellas circunstancias. Sé que su intención era buena: son mis hermanas, no creo que nadie me quiera más que ellas. Sin embargo, no lo pensaron bien. Si lo hubieran hecho se habrían dado cuenta de que dejarme ver el día siguiente de mi frustrada boda bebiendo en un local de moda era de pésimo gusto. Y no solo eso: no tenía sentido.

Yo quería recuperar a Filippo, no olvidarle. Yo quería recuperar nuestras mañanas de domingo, leyendo en las banquetas altas de una casa que sin él odiaba, mientras sonaba música italiana que no conocía. Quería recuperar las noches abrazados en la cama, contándonos qué tal había ido el día.

Quería nuestros jueves de comida vietnamita, joder. Y tenía hambre.

—Quiero comida vietnamita.

Fue lo único que añadí ante sus incesantes súplicas y ellas terminaron entendiendo que a veces el «manual» de la ruptura perfecta no sirve.

Así que el sábado lo pasé con una camiseta vieja de Filippo, envuelta en nuestro nórdico (y no hacía precisamente frío) comiendo rollitos vietnamitas como si se fuera a terminar el mundo. Mis hermanas estaban allí, pero no sabría decirte qué hicieron. Ni siquiera contesté a los mensajes tranquilizadores de mi padrino, miembro del Consejo. A la mierda todo el mundo.

Ahora sé que lo único que quería era quedarme quieta y que fueran pasando los días sin necesidad de tomar una decisión. Todo estaba tan mal que me daba la sensación de que coger el mando, moverme en una dirección, significaría no ser capaz de volver atrás, de cerrar puertas y de asentar el caos. Estaba tan asustada…, cualquier decisión me parecía una cagada colosal en potencia. Aunque, bueno, después del INCIDENTE era difícil encontrar algo más… ¿terrible?

Lo normal, me imagino, hubiera sido escucharme. Una no sale por patas de su boda sin más, sin motivo. El pánico siempre tiene un amiguito invisible que le susurra cosas al oído. Si hubiera sabido cuál era el mío, quizá habría entendido algo, pero, más allá de esto, en una capa mucho más

superficial, ni siquiera sabía si quería encerrarme en casa o, por el contrario, largarme sola a buscar el sentido de la existencia humana a lo Come, reza, ama. Por el amor de Dios, si me costaba decidir por las mañanas si quería el Cola Cao caliente o frío…

Sin embargo, el domingo, mientras Candela farfullaba con la boca llena de chucherías ultraprocesadas que su Kardashian preferida era Khloé, decidí que no quería nada de lo que se suponía que tenía que reconfortarme en aquel momento. No quería noches de mimos, de fingir ver la tele mientras me ponía fina a chuches para luego sentirme mal porque iba a engordar, y luego bien porque una vez en la vida todos deberíamos darnos el placer de regodearnos en nuestra propia miseria y… otra vez al hoyo y vuelta a empezar. Lo que yo quería era lo que tenía antes de todo aquello, olvidar que me había dado una especie de pájara que había destrozado mi vida. Echaba de menos la sensación de control sobre mí misma y solo había un lugar en la tierra en el que me sentía dueña y señora: mi trabajo. Allí, paradójicamente, no existían expectativas imposibles de alcanzar, todo era cuestión de tiempo y esfuerzo. Entre las cuatro paredes de mi despacho el mundo era manejable…, siempre y cuando no tuviera una Junta o se reuniera el Consejo.

Lo mejor para que la vida me devolviera poco a poco lo que era mío, pensé, era… volver a la normalidad. Supongo que la aceptación de las circunstancias pasa por fases y yo aún estaba en la inicial.

Mi despacho siempre fue una zona de confort. Me sentía más cómoda en mi despacho que en mi casa. En aquel enorme y espectacular piso del Paseo de la Castellana, siempre tenía la sensación de estar viviendo en el plató de un anuncio o en el hall de un hotel. Falsamente hogareño, demasiado impoluto; siempre pensaba que sentarme en el sofá lo estropearía todo; es un asco sentirse un huésped en tu propia casa. Sin embargo, mi refugio en la oficina era… cálido. No importaba si estaba lleno de papeles, si la última reunión había dejado un reguero de tazas de café sucias o si la basura rebosaba. El trabajo duro llama al desorden.

Era el lugar donde más a gusto me sentía, incluso después de que Filippo entrara en mi vida; no somos la misma persona solos, cara a cara con aquello que nos hace sentir realizados, que en el amor. Además, mi despacho era un lugar bonito. Agradable. Sin estridencias. La moqueta de un marrón precioso que recordaba a esos bombones suizos que comprábamos mis hermanas y yo en el aeropuerto al volver de vacaciones, con muebles modernos y elegantes y ese cuadro tan bonito que compré para mi piso, pero que decidí colgar allí, porque era donde me sentía realmente en casa.

Cuando llegué al edificio y aspiré su olor, me sentí muchísimo más tranquila. Allí, en mi palacio de cristal, no entendí a qué venía tanto alboroto. Todo estaba tranquilo, y Patricia tenía razón… ¿cuánto tardarían, en plena era de la información, en olvidar lo ocurrido? La vida seguía. Todo volvería a su sitio de un momento a otro.

Entré en el ascensor. Saludé con una sonrisa al repartidor habitual. Di un sorbo a mi café con leche. Respiré hondo. Bien. Calma. Sosiego. La vida real…

Las puertas del ascensor se abrieron frente a la recepción donde Sonia debería estar sentada, pero… no había nadie. Nadie excepto ruido. Bueno, más que ruido podríamos llamarlo algarabía. Como en los pueblos cuando termina la verbena pero la gente aún sigue teniendo ganas de fiesta.

Risotadas, algún aplauso, incluso algún acorde despistado colándose bajo las voces. Y aquello no era lo normal.

Una bocina resonó haciendo vibrar incluso los cristales y eché a andar hacia la sala donde trabajaba mi equipo, dejando atrás la recepción, el rincón de las fotocopiadoras, el office y las máquinas de café. Me asomé por el pasillo y vi a Sonia llamar al orden; podía escuchar lo nerviosa que estaba, diciendo a diestro y siniestro que eran unos gilipollas, que aquello no se hacía. Cuando escuché «no se muerde la mano que te da de comer»

delante de un sonoro y contundente «desagradecido», me imaginé el percal.

Las risas seguían resonando cuando me planté frente a ellos, que se arremolinaban alrededor de una pantalla de ordenador.

—¿Qué pasa? —pregunté, seria, contenida, fría.

El silencio más gélido que te puedas imaginar se instaló allí, aplastándonos a todos. Estaba tan histérica por dentro, tan apenada, que sentí sobre la piel todas y cada una de las fibras de mi traje de chaqueta.

Todo mi equipo de trabajo me miraba con gesto de sorpresa y pavor. Y

Sonia gritó del susto.

—¡¡¡Arg!!! —soltó antes de llevarse la mano al pecho—. Marg…, Margarita. —Miró en todas direcciones sin encontrar lo que parecía estar buscando y volvió a mirarme con expresión de horror—. Ve a tu despacho.

No te preocupes, yo soluciono esta escandalera.

Le hice un gesto al propietario de la pantalla que todos miraban para que le diera la vuelta, pero no se movió. Volví a hacer girar mi dedo índice hacia abajo, rezando y llorando por dentro para que mi equipo no notase cómo me sentía. Un jefe, incluso alguien que aspira a ser un buen jefe, no puede mostrarse arrasado por los sentimientos o su equipo sentirá que no hay nadie al volante.

—Margarita… —suplicó él. Era uno de mis gerentes, por cierto. Una persona de confianza.

—Dale la vuelta a la pantalla —conseguí decir—. Y ni se te ocurra minimizar lo que estáis viendo porque llamo a informática y te saco todos los trapos sucios del ordenador. Y será peor.

Bufó y le dio la vuelta tan despacio que creí que gritaría.

Dos memes. Lo que les estaba haciendo tanta gracia eran dos memes.

Míos, claro. En uno, una foto donde aparecía vestida de novia corriendo y en la que se apreciaba que las zapatillas que llevaba eran Nike. Abajo habían añadido el ya célebre eslogan que acompañaba a los anuncios de la marca: «Just do it». Bien. Estaba claro que, además, alguien que estuvo invitado a mi boda había hecho circular la foto. Pero, por si no era suficiente, a su lado descansaba una réplica del cartel de la película Novia a la fuga en el que habían sustituido la cara de Julia Roberts por la mía y la de Richard Gere por la de Luigi, el hermano de Mario, el personaje de los videojuegos.

Tuve que recordarme cómo se respiraba.

No grité. Ni los mandé a recursos humanos. Ni los miré con un «estáis todos despedidos, hijos de la grandísima puta» en los ojos. Solo asentí, me

di la vuelta y caminé hasta mi despacho sin mirar atrás, solo al frente. Pero la verdad es que no dejaba de verme corriendo con el vestido de novia dibujando tras de mí una estela de seda salvaje.

Ni siquiera me había dado tiempo a encender mi ordenador cuando mi teléfono empezó a sonar y en la pantalla apareció el nombre del CEO, que era claramente el pobre hombre al que el Consejo le había encomendado aquella tarea.

—¿Sí? —respondí después de tragar con dificultad.

—Margarita…, ¿cómo estás?

—Estupendamente. —Al enemigo ni agua, Margot, estás en tierra hostil.

—Sí, ehm…, ¿podrías despejar tu agenda para una reunión de última hora?

—Tengo la agenda despejada. Tendría que estar de vacaciones, te lo recuerdo.

—Ya, sí. No quería mencionar el tema.

—Pues lo menciono yo y así dejamos de ignorar pronto al elefante que hay en la habitación.

—Bien. Pásate por la sala de juntas en media hora, por favor. Al Consejo le gustaría hablar contigo.

Sonia tuvo que poner tres bolsitas de tila en mi taza y darme friegas en la espalda durante cinco minutos. Pensé que me estaba dando un infarto.

¿Has visto la película 300? ¿Sí? Bueno, por si acaso, te cuento sin hacer demasiado spoiler que en un momento dado el protagonista, Leónidas, se ve obligado a visitar el Oráculo de Delfos, donde pregunta a los Éforos una cosilla que no desvelaré. Los Éforos son una pandilla de seres encapuchados que dan muy mal rollo y grima a más no poder. No es que tengan pinta de acabar de pasar una enfermedad extinta…, es que parecen la puta enfermedad con ojos. Mitad purulentos mitad zombis. Bien, si la has visto lo recordarás; si no, te haces a la idea. Pues así, exactamente así, capas con capucha incluidas, veía yo a los miembros del Consejo. Señoros en su mayoría de los que ponen los pelos como escarpias. Nada más entrar a formar parte del órgano de poder de la empresa, tuve que dejar clarísimo que las bromas sobre pechos, prostitutas, violaciones y puticlubs y los

comentarios sobre mi ropa no me hacían ninguna gracia. Pero ninguna, además. Aun así, me daban miedo. Eran como los Éforos esos, pero con traje, corbata, gemelos horteras y zapatos feos pero caros.

Te puedes imaginar lo mucho que me apetecía verlos aquel día en concreto. Joder. Habían estado en la boda, ¿no me podían dejar un poco tranquila?

—¿Qué tal? —pregunté haciéndome la dura cuando entré y los encontré a todos sentados en sus sitios, en la enorme mesa donde celebrábamos las juntas.

—Bien. Siéntate, Margarita, nos gustaría hablar contigo.

En lugar de la tila bien cargada, tendría que haberme tomado alguna pastillita. O un chupinazo de whisky. Algo para soportar tanto tonillo paternalista.

—Hablamos de tú a tú aquí, ¿verdad? —pregunté mientras me sentaba.

—Claro, Margarita. Somos colegas.

—Claro. Tengo el treinta y siete por ciento de las acciones de este grupo.

Todos asintieron.

—Pregunto esto porque, entre colegas, me gustaría dejar claro que no tuve la suerte de conocer a mi padre en vida, porque dicen que era un buen hombre, pero… no me hace falta que nadie venga ahora a ejercer de papá…, ¿me explico?

—Perfectamente. —El presidente cogió la batuta.

Puta mierda. Jamás tuve que haber aprobado el nombramiento de ese hombre. Era como Krampus. Le faltaban las patitas de cabra.

—Verás, Margarita…, lo del viernes fue…

—Fuerte —terminé la frase por él.

—Para ti tuvo que ser duro. Una experiencia traumática. Entendemos que busques en el trabajo un poco de consuelo.

«Consuelo», dijo el hijo de perra. Qué mala follá.

—¿Pero?

Odio los peros.

—Pero creemos que no estaría de más que cogieras tus vacaciones.

Todas tus vacaciones. La empresa te debe setenta y siete días libres.

—Bueno, es que han sido años duros —apunté para hacerles sentir mal por sus vacaciones de un mes largo cada verano, más la semanita de invierno para esquiar.

—Sí, y creemos que te han podido pasar factura. Así que…

—Aprecio vuestra intención, pero me sentiría mejor viniendo a trabajar, la verdad. Quiero tener la cabeza ocupada.

—Margot… —Mi padrino, uno de los hombres de confianza de mi padre, se dirigió a mí. Era el único miembro del Consejo que salvaría de la quema. Y no tenía pinta de Éforo—. Sabes que yo nunca apoyaría nada que considerara malo o injusto para ti, pero… tienes que coger esas vacaciones.

Tienes treinta y dos años y la obligación de cuidar y pensar en ti.

—No necesito esas vacaciones —mentí.

—Pues nosotros creemos que sí.

—Has tenido un incidente hoy con tu staff, ¿no? —apuntó otro.

—Entonces, para que me entere…, ¿me tengo que coger las vacaciones porque tengo que descansar y pensar en mí o para alejar un poco la movida de las instalaciones de la empresa?

—Margot, por favor…, tómate esas vacaciones —suplicó mi padrino de nuevo.

—¿Tengo alternativa?

—No.

Me apoyé en la mesa y me cogí la cabeza entre las manos.

—No me hagáis esto.

—La empresa pone a tu disposición todos sus hoteles para que descanses, te relajes, te alejes de todo esto…

—Yo no quiero alejarme.

—Pues debes hacerlo.

Bufé y me levanté. Me sentía una cría a la que sus padres castigan por sacar malas notas.

—Pues nada. Hasta dentro de setenta días.

—Cariño… —reclamó mi padrino antes de que me precipitara fuera de la sala—. Disfruta de unos cuantos días. Un mes si quieres. Vuelve cuando lo desees, pero…, de verdad, necesitas pararte a pensar en lo importante y ahora eso no es el trabajo.

Cuando llegué al despacho solo tuve ánimo para llamar a Sonia con un gesto. Creo que nunca he sido tan parca en palabras con ella como aquel día. Avisó a uno de los coches de la compañía para que me llevase a casa. Y

al llegar, me quité el traje, me metí en la cama e ignoré a Candela hasta que se hartó.

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