Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 57 de 61

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Un cuento perfecto

54. B

El otro camino

Cuando dejé a mi espalda la estación de Atocha, me dije a mí mismo algo.

Una tontería, como cuando eres un crío y acuerdas contigo mismo que si del colegio a casa no pisas ninguna junta entre las baldosas, eso que tanto deseas se cumplirá por arte de magia. Algo así. Me dije: «David, gírate. Si hace lo mismo, es ella… y a tomar por culo todo lo demás». Creo que fue el miedo lo que me obligó a buscar una excusa, por absurda que fuera, para no marcharme.

Me giré. Ella se paró y se volvió hacia mí. El corazón se me iba a salir del pecho. Sonrió con pena. Vi que lloraba y volví a reanudar la marcha.

Vigilé que ella también lo hiciera.

«Si se gira dos veces…, ya no hay duda, David. Ten cojones».

Me giré. Ella se paró y se volvió hacia mí. Joder. Joder. Dos veces.

Quise patear al grupo de adolescentes que se cruzaron entre nosotros en aquel momento y que hicieron que ella me diera la espalda otra vez y se alejara en dirección opuesta.

«A la tercera va la vencida».

Me giré. Ella se paró y se volvió hacia mí.

«Qué desastre. Qué desastre, por favor. Que tiene cinco años más que tú, que quiere a un hombre y tú eres un crío, que estás lleno de dudas y no tienes nada de valor que puedas darle, que si dices que sí no habrá más cojones que demolerlo todo y ponerle ganas, que con esta te casas, tienes críos y acabas con bermudas y jugando al golf, que es lo contrario de volar…».

A la mierda.

Aparté a empujones a todo el que se interpuso en mi camino y, cuando llegué a su altura, agarré con suavidad su codo. Margot se asustó y dio uno

de esos saltitos que tanto me gustaban.

—¿Qué…?

—A la mierda —dije, esta vez en voz alta—. A la mierda todo, Margot.

Frunció el ceño y se soltó el brazo.

—¿Qué estamos haciendo? —le pregunté.

—Tomar una decisión adulta porque…

—¿Por qué?

—Por muchas razones. —Y cambió el peso de una pierna a otra.

—Quiero que entremos en ese bar y me las expliques todas —le pedí.

Echó la cabeza a un lado, miró el bar al que me refería y empezó a reírse.

—¿Ahí? De eso nada. No tengo ganas de pillar el dengue.

—Margot…

—¡David! —se quejó—. Has sido tú, joder. Has sido tú quien ha dicho que sería un desastre.

—Pues ya no lo tengo tan claro.

—¡Vete a la mierda!

Pero tras mandarme a la mierda…, sonrió.

Pegada al Museo Reina Sofía hay una terraza. Una terraza maravillosa de esas que te cobran doce pavos maravillosos por un gin-tonic, pero cubierta de plantas, flores, con un sistema de climatización en espacio abierto que incluye una especie de riego fresquito… que se agradecía aquella tarde de ya casi agosto.

Nos sentamos en un rincón resguardado de las miradas y dejé caer mi bolsa en el suelo. Ella chasqueó la lengua, se levantó y la colocó en una silla, con la suya.

—¡Pero si está hecha una mierda!

—Más hecha mierda estará si sigues tratándola así —me riñó.

Inmediatamente los dos sonreímos. Con lo hechos mierda que íbamos en el coche. Con la de gilipolleces que dije la noche anterior.

—¿Qué pasa? —me preguntó—. Porque esto, sinceramente, me parece un «que si sí, que si no».

—No, no. Esto es un… ¿cómo decirlo? Una enmienda.

—Una enmienda, ¿eh? ¿Y qué propone la enmienda?

—¿Y si me he equivocado?

Arqueó una ceja.

—¿En qué exactamente?

—En todo. ¿Y si sigo tomando decisiones equivocadas? Como cuando dejé la universidad por si no encontraba trabajo de lo mío. Como cuando no busqué piso, por si… bueno, lo del piso fue otra gilipollez. ¿Y si sí que puedo?

—Si sí que puedes, ¿qué?

—Quererte como te mereces.

Margot parpadeó y frotó sus labios uno contra el otro.

—¿Y si puedo darte lo que te mereces, quererte bien, prepararme para lo que venga, sea lo que sea? ¿Y si podemos? ¿Y si no tiene por qué salir mal?

—Saldrá mal —aseguró esta vez ella—. Mal que me pese.

—¿Por qué?

—Porque eres joven.

—Tengo cinco años menos que tú. No es una diferencia insalvable.

Maduraré.

—Te sientes irremediablemente atraído por mujeres que no te van a querer.

—No: me siento irremediablemente atraído por ti.

Suspiró. Llamó al camarero.

—Dos vinos blancos, por favor.

—Lo de que pidas por mí —le dije en cuanto este se hubo ido— ya lo arreglaremos.

—Tu vida… —señaló—, tu vida es un desastre.

—Ya lo sé.

—¿Qué hacemos con eso? ¿Dónde encaja una relación sana en tu vida?

—Vale. Sé que mi vida es un desastre, pero no hay nada que no tenga vuelta atrás. Buscaré un piso. Tengo dinero ahorrado para alquilar una habitación en uno compartido.

—Tienes tres trabajos —apuntó—. Y uno en especial te amarga.

—Lo dejaré.

—¿Y de qué vas a vivir?

—Me ofreceré para trabajar más horas en la floristería, y si no pueden contratarme más horas, buscaré otra donde necesiten personal.

—¿Y…?

—Margot, sin ánimo de que entiendas esto como un ataque, ¿vale?, tú también tienes asignaturas pendientes y estas no me hacen dudar de que podamos encontrar una salida para lo que estamos sintiendo. Porque lo estamos sintiendo.

—Sí —confirmó—. Pero… ¿eres consciente de que mucha gente pensará que estás conmigo por mi dinero?

—Nunca me darás un duro y pondremos un tope para los regalos.

—¿Y si me apetece ir a cenar a un restaurante de doscientos euros el cubierto?

—Te llevas a tu hermana Patricia, que ahora que va a divorciarse tendrá más ganas de salir.

—¡¡Eres un cretino!! —se quejó con una sonrisa.

—Soy un millón de cosas, Margot: soy un desastre, soy caótico y a veces un dejado de cojones. Odio madrugar, no me gusta el café, no tengo un duro en el bolsillo y no sé hablar inglés. Soy un nostálgico y me gusta la música de cuando mis padres eran demasiado jóvenes para salir de bares.

Un día me levanto pensando que el sentido de mi vida es ser padre y al día siguiente pienso que odio a cualquier criatura menor de dieciocho años… y a veces de veinticinco. En ocasiones me corro superrápido, me pone hacerlo en sitios públicos y a veces fantaseo con que dos tías me la coman.

—Joder… —Margot se tapó la cara cuando las chicas de la mesa de al lado se volvieron como un resorte al escucharme decir todas esas cosas.

—Escúchame… —Le quité la mano de la cara y la sostuve entre las mías—. Soy todas esas cosas horribles, pero anoche, cuando hablabas con mis amigas y me besaste el hombro…, pensé que era justo como quiero que sea mi vida hasta que me muera. Quiero que todos los años me ayudes a hacer la barbacoa en el cumpleaños de Cris; quiero ahorrar cada duro para irme de viaje contigo, aunque yo tenga que ir en turista; quiero que un día me mires y me digas: «Qué orgullosa estoy de ti». Tengo todas las papeletas para que esto no se cumpla nunca, pero… esta vez quiero intentarlo. Si me dejas, quiero intentarlo.

—David…, no es que no quiera, es que anoche sentí que lo tenías tan decidido…

—Una mierda decidido. Lo que estaba es asustado.

—¿Es posible sentir todas estas cosas en un mes? ¿Y si nos estamos lanzando en los brazos de otro para no vivir el duelo de lo que no nos ha funcionado con nuestras anteriores parejas?

—Hay gente que se pasa toda una vida enamorada de alguien con quien se cruzó una noche. ¿Cómo no va a ser de verdad esto, Margot? ¿Quién decide lo que es y lo que no es? Y sobre lo otro…, nos daremos tiempo.

—¿Un mes? —me dijo burlona.

—El tiempo que necesitemos. Iremos despacio. Lo haremos bien.

La vi dudar y decidí quemar todos mis cartuchos.

—He visto lo que iba a pasarnos. Lo he visto, Margot. En el coche, me he puesto a pensar y… ¿sabes lo que terminará pasando? Que me iré. A cualquier ciudad, a cualquier curro de mierda. Con tal de alejarme de Madrid y de la sensación de haber dejado escapar al amor de mi vida. Y tú me odiarás aún más que si esto sale mal. Al final, me perdonarás porque eres buena, pero tendremos para siempre una herida que se llamará

«Nosotros» y que no nos dejará volver a querer igual.

—Quiero enamorarme de mí antes de enamorarme más de ti.

—Y te animo a hacerlo.

—¿Y ahora qué?

—Ahora dime que me quieres y te daré todo el tiempo del mundo.

Negó con la cabeza. Después suspiró. Se frotó la frente. Se despeinó y volvió a peinarse. Miró a las chicas de la mesa de al lado y sus zapatos.

—Ojos tristes… —musité—. Por favor, haz lo que realmente quieres hacer.

Margot me miró, apretando los labios uno contra el otro, y… sonrió.

¡Sonrió! Y yo también. Porque los perros vagabundos cuando alguien decide darles su amor, se sienten ricos.

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