Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 55 de 61

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Un cuento perfecto

55. A

Los cuentos no existen

Patricia estaba destrozada. Candela y yo lo habíamos intentado todo. Los niños estaban con su abuela paterna, que todo el mundo sabía que no los ahogaría en una bañera, que es mucho más de lo que se puede decir de nuestra madre, y Alberto se había marchado de casa con una maleta. Se quedaría en un hotel un par de días. Después, ya verían. Ya verían porque probablemente tendrían que vender el chalet y organizarse la vida de manera muy diferente. En el llanto desconsolado de Patricia vi muchas cosas: vi pena por lo que fue, vi el duelo de un noviazgo feliz, vi duda sobre su futuro y una rabia un poco ingenua provocada por todo lo que cambiaría con el divorcio. La vida no seguiría su ritmo, habría que cantar una canción diferente. Y ella quería, de alguna manera, continuar bailando la misma pero con otro compañero.

No conseguimos arrancarle ni una sonrisa y no dejó de llorar ni cuando descorchamos una botella de su champán preferido y le abrimos la caja de fresas recubiertas de chocolate que conseguimos en una pastelería del centro y que pagamos a precio de oro. Nada. Nos fuimos resignadas cuando nos dijo que necesitaba estar sola porque entendimos, las dos, que nosotras en su situación también querríamos quedarnos a oscuras, bebiendo a morro de una botella de doscientos pavos y ahogando las penas en azúcar.

Pero… sorpresa: cuando salíamos de su casa, nos cruzamos con Didier.

Entendimos las prisas con las que nos indicó que debíamos marcharnos. La pobre no pensó que nos cruzaríamos, a la salida del jardín, con aquel chaval alto, delgado, elegante, que traía un ramito de flores en la mano.

—¿Y si se quieren de verdad? —le pregunté a Candela.

Dos semanas sin David. Aquella misma mañana había escrito en nuestro chat: «No aguanto más. Vuelve». Lo había borrado, claro.

En aquel momento quería llamarle, contarle lo de Patricia y que él, mientras hacía ramitos como los que ese chico llevaba en la mano, me dijera que no debía preocuparme por mi hermana, que la vida siempre descubría un lecho sobre el que correr, como el agua.

—El tema no es que se quieran —respondió mi hermana, devolviéndome a la realidad del interior del coche.

Había pedido prestado un coche de la flota de la empresa pero sin conductor. Hacía días que me apetecía ser yo la que frenara, cambiara de carril, redujera la marcha y se quejara de que el tráfico en Madrid es un infierno.

Candela y yo habíamos hablado mucho de la situación de Patricia, sin ánimo de juzgarla, por supuesto. Pero ¿dejarlo todo por un chaval de veinticuatro? Me parecía valiente que diera el paso de romper su matrimonio si ya no quería a Alberto, pero dudaba que aquella nueva relación le saliera bien. Dudábamos, en realidad, porque las dos parecíamos estar de acuerdo.

—Y si el tema no es que se quieran o no, ¿cuál es el tema? —Miré a Candela.

—El tema es que se encuentren en el mismo punto vital. Que él no eche de menos, no sé, la libertad de la década de los veinte y que no eche de más la necesidad de organizarse para todo porque su novia tiene tres hijos. Y así con todo: que se pongan de acuerdo en dónde y cómo vivir, que el amor signifique lo mismo para los dos, que ambos tengan bien curadas las heridas anteriores…

Le lancé otra mirada sin poner en marcha aún el coche.

—¿Hablas todavía de ellos o has pasado a David y yo?

Chasqueó la lengua y me acarició el pelo.

—Pasará, te lo prometo.

—¿Y si no quiero que pase?

—Pues entonces vas a tener que hacer otra cosa.

—Pero él estaba tan seguro de que no iba a funcionar que… ¿cómo iba a funcionar?

—No estabais en el mismo punto, Margot. Si lo hubierais estado, os habríais esforzado por encontrar un término medio.

—Ya.

Miré al frente, agarrada al volante.

—¿Cuándo vuelves? —dejé caer la pregunta mirando a través del parabrisas.

Candela se mordió el labio superior y remoloneó.

—¡Oye…! —me quejé—. ¡Llevas un mes dándome largas! ¿Qué pasa?

—Dejé el trabajo hace mes y medio.

Me volví sorprendida hacia ella.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes. Estaba harta del frío y de las pocas horas de sol.

—Pero… ¿estás loca? ¿Y qué vas a hacer? ¡Era un puestazo! ¡Lejos de mamá! Tú estás chalada. ¿Qué coño te pasa por la cabeza?

Me miró con una sonrisa de Mona Lisa y me dio un par de palmaditas en el brazo.

—Querida, cálmate.

—Pero…

—Me han cogido en Médicos Sin Fronteras y voy a trabajar en un barco asistiendo rescates en el Mediterráneo.

Solté poco a poco el aire que había ido conteniendo conforme Candela iba hablando, me agarré al volante y para mi soberana sorpresa… me eché a llorar.

—Pero, Margot…, ¿por qué lloras? No voy a estar en un territorio en guerra ni peligra mi vida, de verdad.

Sollocé.

—Idiota —dijo ella con la voz tomada. Se estaba emocionando—. Que no es peligroso, de verdad.

—No lloro por eso.

—¿Entonces?

—Porque estoy muy orgullosa de ti.

—Y yo de ti.

Candela y yo nos abrazamos como pudimos dentro del coche, llorando.

Me apoyé en su hombro, como tantas veces hice en la soledad del internado. Pensé en que quizá sería más difícil verla entonces porque no sería posible viajar hasta donde estuviera, como cuando estaba en Suecia.

No pasaríamos fines de semana de hermanas bebiendo vino y paseando por la ciudad. Me dio pena, pero también me hizo sentir feliz. Alguien válido, inteligente, bueno, se iba a dedicar a hacer del mundo un lugar un poco mejor. O al menos a intentarlo.

—¿Lo sabe Patricia?

—Sí.

—¿Y cómo no me ha dicho nada?

—Porque ahora mismo solo piensa en lo escaldado que tiene el chichi de tanto hacerlo con uno de veinticuatro años.

Las dos nos echamos a reír.

—Bah…, no estabas para pensar en esto. Estuve a punto de decírtelo un par de veces antes de la boda, pero… —levantó las cejas— entonces la liaste parda.

—Ya te digo.

—Pero todo esto tiene algo bueno: tu habitación de invitados dejará de ser territorio ocupado muy pronto.

—Da igual. Odio esa casa. Es como vivir en un hotel.

—Tiene lógica, sabiendo a qué te dedicas. —Nos separamos y nos miramos.

Un piso más pequeño, más cálido, lleno de plantas y flores en cada rincón, donde oliera a comida casera y la pintura de las paredes, a veces, se desconchara. Un hogar imperfecto donde ser feliz sin intentar parecer alguien diferente.

—¿Me oyes?

—¿Qué? —aterricé de nuevo en el coche.

—Te decía que me voy tranquila sabiendo que ahora eres capaz de salir pronto del trabajo de vez en cuando. —Señaló la hora. Apenas eran las siete de la tarde.

«David, ¿te conté alguna vez que tengo un apartamento en Londres? No te lo creerás, pero ese piso es tan cálido y hogareño…».

—¿Te importa si dejo el coche en el parking de la oficina y vamos paseando hasta casa?

—Qué va.

Mi hermana me estaba describiendo cómo iba a ser su vida en cuanto se incorporara a finales de mes y yo fingía estupendamente tener los cinco sentidos puestos en lo que me estaba contando, haciendo preguntas y riéndome de sus chascarrillos, mientras me concentraba en no perder ni un minuto. Candela no tenía forma de saber que, como quien no quiere la cosa, mis pasos iban dirigiéndonos hacia la floristería. ¿Qué buscaba? ¿Un encuentro fortuito? ¿Emprender un intento a la desesperada? No tenía ni idea. Solo respondía a una necesidad. Quería llegar antes de que cerrasen.

—Oye, ¿no nos estamos desviando un poco? —me preguntó Candela, mirando el nombre de la calle en la que nos encontrábamos.

—Un poco. Pero he pensado que podemos tomarnos una cerveza en alguna terraza de Malasaña.

—Ah, pues vale. Me parece guay.

—Conozco un sitio donde tienen unos perritos calientes superricos —

dije triste.

—¿Y si están tan ricos por qué lo dices con pena?

—Porque me lo descubrió David.

—Ya. —Me dio un codazo suave—. ¿Y… hacia dónde vamos en realidad?

—A pasar por delante de la floristería —confesé.

—Eso es acoso.

—No voy a entrar.

—Es peor. Eso es muy creepy.

—¿Tanto? —La miré preocupada—. Igual me estoy volviendo muy loca.

—¿Y si te ve?

—Pues a lo mejor…

—… a lo mejor sale, te besa y entonces una cortinilla Disney convierte Malasaña en un lugar encantador lleno de pajaritos regordetes que saben coser.

—No te burles de mí.

—Si tanto te arrepientes de haberte alejado de él, ¿por qué no le llamas?

—Porque hay cosas que no se dicen por teléfono. Y porque era él quien estaba seguro de no poder quererme.

Caminamos en silencio un par de manzanas, hasta que me quedé clavada en una esquina. En la contraria, en la acera de enfrente, la floristería.

—Es ahí.

—¿Ahí? Qué mona.

—Es de dos señoras supermajas. —Sonreí sin mirar a Candela, con los ojos clavados en el exterior lleno de maceteros.

—Ya…, ¿qué quieres hacer?

—Dar la vuelta e ir a casa —contesté.

—¿Y por qué no entras?

—Porque no querrá verme.

—¿Por qué no iba a querer verte?

—Porque… no cree que lo nuestro pueda ser posible.

—Margot… —Me puso cara de hastío—. ¿Te compro la SuperPop? Por favor, que no tienes dieciséis años.

—¿Y qué le digo?

—¿Qué tal «te echo de menos»?

La miré, dudando. Ella asintió, animándome.

—Te espero aquí. Si va todo bien, mándame una manita con el pulgar hacia arriba por WhatsApp y me voy a casa sin ti.

—¿Y si va mal?

—Venga… —Me empujó con suavidad—. Venga. No te lo digo más.

Fueron los metros más difíciles que he recorrido en mi vida. Ni siquiera mi carrera en dirección opuesta al altar me pareció tan dura. Una vez en la puerta, hice tres intentonas para entrar y terminé apartándome las tres.

Candela silbó y me hizo un gesto. Joder.

—¡Gallina! —gritó.

—Calla —le pedí sin levantar la voz, intentando que me leyera los labios.

—Eres la más cobarde de las hermanas Ortega.

Suspiré. Cogí la manilla de la puerta y abrí. Amparito, con las gafas puestas, estaba inclinada en el mostrador sobre algo que parecía un albarán.

Levantó la mirada hacia mí y sonrió, quitándose las lentes y dejándolas caer sobre su pecho, oscilando en una cadenita de cuentas de colores.

—¡Hola! ¿Cómo estás, bonita?

—Muy bien. —Di un par de pasos dentro de la estancia. Todo olía a flores. Todo olía a tierra húmeda. Y yo debía desprender un tufo terrible a miedo—. ¿Qué tal?

—Bueno, tirando. Nos está resultando un poco difícil.

Fruncí el ceño.

—¡Asunción! —gritó—. Ha venido la niña de David. —Me miró—.

Perdona, cariño, es que se me ha olvidado tu nombre.

—Margarita —le dije.

—Qué apropiado. A David le encantan las margaritas.

Asunción se asomó a través de las cuentas de la cortina de la trastienda, sonrió y después dibujó una especie de puchero.

—Pero, bonita…, ¿cómo estás?

—Bien.

—Bien no. Si nosotras estamos tristes…, imagínate tú.

—Eh… —Miré alrededor, nerviosa. Cogí aire un par de veces.

Empezaba a hacerme una idea de lo que estaba pasando—. No está, ¿no?

Se miraron.

—No, no está. ¿No…, no te ha dicho nada?

—¿De qué?

Otra vez esa mirada entre las dos. Amparito empujó fuera del mostrador una banqueta y me pidió que me sentase. La obedecí sin saber por qué.

—Yo no sé si deberías contárselo —escuché a Asunción.

—¿Cómo que no? Pero ¿no ves la cara de esta chiquilla?

—La mierda cuanto más la mueves, peor huele.

—Margarita —me dijo Amparito, tratando de ponerse a mi altura y mirándome a los ojos—. Se ha ido.

—Qué sutil eres —soltó su hermana—. Déjame a mí.

—¿Cómo que se ha ido? ¿Se ha ido a otra floristería?

Asunción apareció delante de mí y apartó a su hermana.

—Llegó aquí un lunes. Nos pareció raro porque él solo trabajaba de martes a jueves, pero es que… venía desencajado.

—¿Desencajado?

—Sí. Nos dijo que lo tenía que dejar, que se iba. Que había conseguido un trabajo a tiempo completo, que tenía que ahorrar y no sé cuántas cosas más. Estaba muy apenado.

—¿Otro trabajo? ¿De qué?

—De camarero, creo. En un restaurante. ¿No dijo eso?

—No sé —contestó Amparito.

—Nos dejó el teléfono de un par de amigos suyos que podían ayudarnos a cargar cajas, maceteros y esas cosas. Él empezó así, pero vimos que tenía maña con las flores… y, bueno, da igual. Que vino a despedirse y a disculparse, a avisarnos. Trabajó esa semana y el jueves… lo recogió todo y se fue.

Me levanté de la banqueta y di un par de pasos hacia la puerta, medio grogui.

—Niña, ¿estás bien?

—Gracias. Muchas gracias a las dos. Que tengáis buen día.

Salí de la tienda empujando la puerta con más fuerza de la necesaria porque me faltaba el aire. Me estaba asfixiando. El olor de las flores, de la tierra húmeda, de la ausencia de David… campaba a sus anchas por mis pulmones, expulsando el oxígeno de mi cuerpo.

Candela acudió corriendo a mi lado.

—Se ha ido —le dije.

—Ay, Margot…, cuánto lo siento.

—Se ha ido, Candela.

—Margot…

—¿Qué día es hoy? —pregunté aturdida.

—Miércoles.

Alcé el brazo, paré como una autómata el primer taxi que pasó por mi lado y me lancé dentro.

—Pero ¿adónde vas? —me preguntó mi hermana.

—Espera, espera, espera… —dije revisando la conversación de WhatsApp con David—. ¡Aquí!

Le di la dirección al conductor y me volví para mirar a Candela a través de la puerta abierta.

—¿Vienes o qué?

La calle donde David vivía junto a Iván y Dominique seguía tan llena de árboles como cuando le visité por primera vez, pero a la luz del día parecía más desangelada. Las paredes de los edificios mostraban el color envejecido de unas pinturas que no se habían renovado con los años, algunos grafitis y manchas de humedad en las que no reparó la otra vez. O

quizá es que todo, sin David, perdía brillo.

Candela no decía nada y yo tampoco. No era el barrio lo que nos tenía calladas. Era la ansiedad que se respiraba a mi lado.

Llamé al telefonillo sin protocolo, insistiendo. No tardaron, no obstante, en contestar. Era la voz delicada y cantarina de Dominique la que me respondió con un suave:

—¿Quién?

—¿Está David?

—¿Quién es?

—Soy Margot, Dominique. ¿Está David?

No creo que la desesperación de mi voz le pasara desapercibida porque me abrió sin mediar palabra.

Candela no preguntó si subía conmigo o me esperaba abajo.

Simplemente me siguió, se montó en el ascensor y estudió mi expresión cuando pulsé el tercero. Me acordé de David y yo allí metidos, cómo jugó a acercarse solo por el placer de ver lo nerviosa que me ponía que lo hiciera.

—No llores, Margot.

Ni siquiera me di cuenta de estar haciéndolo.

No me dio tiempo a recomponerme frente a la puerta, solo a secarme las lágrimas con el antebrazo. Dominique esperaba, con Ada en brazos y expresión de lástima.

—No está, ¿no? —le dije.

—Pasa. Haré café.

La casa estaba recogida y olía exactamente igual que la última vez que estuve allí: una mezcla hogareña de comida, colonia de bebé y limpio. Era como entrar en casa de esa abuelita a la que quieres tanto.

Domi me preguntó si podía sostenerle a la niña y mi hermana la cogió al ver que yo ni siquiera había escuchado su petición. Estaba dibujando en mi

cabeza todas las posibles explicaciones para el hecho de que David no estuviera allí. Ni en la floristería. Ni en mi vida.

Nos sentamos en el sofá, en silencio. Candela jugaba con Ada con soltura; siempre se le dieron muy bien los niños. Ella reía y las paredes acogían el sonido con gusto, como parte de la vida feliz que se vivía en sus entrañas.

Dominique no tardó en aparecer con una bandeja con dibujos de granos de café, sosteniendo tres tazas, precisamente de café, un azucarero y un pequeño recipiente con leche. Lo dejó en la mesita y se sentó en un reposapiés muy cerca. A pesar de que yo no estaba acostumbrada al contacto físico y el afecto de amistades, dejé que cogiera mis manos entre las suyas.

—Se ha ido —avancé yo—. ¿No?

—Sí. Un amigo suyo le llamó por una vacante de camarero en un crucero. Dicen que se gana bien y que en propinas te llevas un buen sobresueldo.

Arqueé las cejas. ¿Camarero en un crucero? Eso no le pegaba nada.

—Pero…

—A ver, mi niña, ¿tú quieres la verdad o quieres que sea fácil? —me preguntó.

—Que sea fácil —respondió Candela.

—La verdad —contesté yo.

Nos miró a las dos con una sonrisa tierna.

—Sois hermanas, ¿no?

—¡Pero si nos parecemos como un huevo a una castaña! —se sorprendió Candela.

—Tenéis las mismas cejas.

Me hubiera reído si no hubiera estado tan triste, alucinada, cabreada, decepcionada y acojonada.

—Pero ¿va a volver?

—Mujer, no creo que se quede dando vueltas por el Adriático para siempre. Pero a casa ya nos dijo que no volvería. —Se enderezó, cogió una taza y me la pasó—. Llegó hecho polvo. Nunca lo habíamos visto así.

—Llegó, ¿cuándo?

—El domingo que os despedisteis. No dejaba de decir que había echado su vida a perder, que había tomado siempre las peores decisiones, que había perdido el tren. Iván intentaba animarlo, pero no había manera. Nos costó, pero… habló. Habló claro, quiero decir. Ya sabes cómo es David…, callarse no se calla ni debajo del agua.

Sonreí.

—Estaba destrozado. Nunca lo había visto llorar. Estaba agobiado porque no tenía nada que ofrecerte y porque llevaba tiempo siendo un parásito. No dejaba de repetir que no podía haberse enamorado en un mes, que todo era una crisis personal y que tenía que ordenar su vida.

«Que no podía haberse enamorado en un mes».

—Bueno… —dije.

—Al día siguiente volvió de pasear a los perros diciendo que necesitaba tiempo para entenderse, y… esa misma tarde le llamaron para contarle lo del crucero. Vio la luz. Tres meses en un barco, bien pagado, sin necesidad inminente de buscar piso pero saliendo de inmediato de casa. Le pareció perfecto.

—Se marea en los barcos —susurré.

Me dio una palmadita en la pierna.

—Debes tener una sensación horrible. Supongo que de alguna manera escapó, que todo se le hizo bola y…

—No —dije sin mirarla—. Conozco esa sensación. Supongo que es la misma que me hizo salir corriendo de mi boda.

—No, mi niña. Tú no querías casarte con ese hombre. David…, David a veces siente demasiado. Si me pides opinión, te diré que creo que la única prioridad en sus decisiones seguías siendo tú. Es un hombre estupendo, pero para algunas cosas continúa siendo un… chiquillo. Supongo que se fue pensando en volver por la puerta grande, ¿sabes? Con un plan, con un futuro…, no sé. Es un romántico. Y fíjate que lo tomé por loco cuando me pidió que si venías te dijera…

—¿Que me dijeras qué?

—Espera. Me lo apunté en el móvil para que no se me olvidara.

Dominique se levantó. Ada estaba intentando arrancarle la nariz a Candela, lo que les parecía sumamente gracioso a las dos. Cuando volvió,

yo ya había dejado la taza sin probar en la bandeja.

—A ver…, aquí: «Será la vida quien decida si somos o no somos

“nosotros”. Dile que vuele. Y que no cambie de número porque, aunque nunca nos atrevamos a llamar a esa puerta, necesitamos sentir que sigue abierta».

Despegó los ojos de la pantalla y me miró.

—¿Te dice algo todo esto? A lo mejor lo apunté mal. No sé. Ahora leyéndolo me suena bastante raro todo. Él lo dijo deprisa y yo no lo anoté hasta que se fue, así que no sé si…

Me levanté. Candela me miró desde el sofá, con la niña en brazos, sorprendida por mi reacción.

—Me tengo que ir —le dije a Dominique—. Pero muchas gracias.

—De nada, Margot. Vuelve cuando quieras. El domingo haremos chicharrón, si quieres.

Tragué saliva y se lo agradecí, sabiendo que probablemente no volvería a verla jamás. Le di un abrazo y Candela le devolvió a su hija cuando nos separamos.

Ya nos despedíamos en la puerta cuando me dijo:

—Es una lástima que David tenga tanto miedo a que lo quieran bien, Margot, porque estaba loco por ti.

El techo de nuestra casa, imperfecta pero cálida, cedió al peso de las dudas y cayó sobre muebles y plantas, aplastándolo todo y dejando en las paredes cuadros llenos de polvo, torcidos, con fotos que nunca haríamos en viajes que jamás emprenderíamos.

La pareja que podríamos haber sido, apasionada pero dispuesta a aprenderlo todo, dejó de hablar el mismo idioma y, por más que quisieron decirse «te quiero», no entendieron ni palabra y tuvieron que dejarse ir.

La mujer que podría haber sido a su lado. El hombre que imaginé que albergaba dentro. Los niños que crecerían sabiendo que ser libre no es no estar atado a nada sino saber qué es lo importante de verdad, no nacieron.

Nunca crucé el umbral de casa de sus padres.

Nunca reté a mi madre en silencio, presentándolo en la comida de Navidad.

Nunca compramos muebles juntos.

Nunca discutimos de nuevo por un tonto malentendido.

Nunca volvimos a hacer el amor en ninguna cama, coche o piscina.

Porque la ausencia, el «para siempre» vacío, me cayó encima de golpe, como una certeza que no es posible asumir de un solo mordisco.

Como Casandra…, supe de pronto cuál era el futuro, qué me esperaba sin él, pero nadie, ni yo misma, estaba dispuesto a creerme.

No, los cuentos no existen. Y si existen, es posible que Hansel y Gretel jamás salieran vivos de la casa de caramelo.

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