Un cuento perfecto
Capítulo 42
Miconos. Contradicciones
Las historias complicadas siempre lo son. No sé por qué alguien nos hizo creer que el amor lo arregla todo. No es así. Somos mucho más que pulpa de medias naranjas. La mayor parte de las veces el amor no arregla nada, de la misma manera que casarse no arregla un noviazgo que no funciona ni los hijos reconducen un matrimonio roto. El amor nos pone a prueba. No duele, en absoluto, pero casi siempre exige de nosotros mismos más madurez, menos egoísmo, más valentía. No diré que el amor sea complicado, todo lo contrario. El amor es sencillo, es fácil, es divertido…, pero la vida no siempre lo es. Y no sé si lo sabes, pero el cerebro y el corazón, la cabeza y el pecho son viejos enemigos. Se dan la voz de alarma, se ignoran, se lanzan el uno al otro hacia lo desconocido. Y entre la cabeza y el pecho es donde sucede la parte que duele. Siempre es ahí.
Siempre.
El hotel de Miconos era realmente impresionante. En secreto, me sentí orgullosa de que formase parte de la compañía. Parecía un oasis, lo que te construirías en el paraíso a tu medida. Mi habitación tenía, a continuación de la cama, un salón grande, amplio y luminoso, cuyos ventanales daban al mar. Los colores vivos salpicaban el blanco mayoritario de la decoración y hacían, junto a la madera, el lugar más cálido, con detalles como los sillones de color rosa empolvado, el jarrón lleno de flores frescas que lucía orgulloso la mesa de centro o los cojines turquesas que cubrían el gran sofá esquinero blanco. La cama era enorme y, aunque de líneas sencillas y nada recargado, estaba cubierta por un dosel. Recuerdo pensar al verla, con las cortinas blancas casi traslúcidas recogidas junto a los postes, que las princesas Disney seguro que perdían la virginidad en una cama como aquella. Junto a esta, un pasillo organizado como vestidor que conducía
hasta un cuarto de baño grande, decorado en blanco, dorado y esmeralda.
Mi habitación, insisto, porque en la suya ni entramos.
Entre los ventanales que cubrían la pared contraria a la cama había una puerta corredera que conducía a la terraza privada con dos hamacas, también muy grandes, y una piscina infinita, mediana, a ras de suelo y que parecía desembocar en el mar. Altos muros cubiertos por buganvilla de un brillante color fresa nos protegerían de las miradas de los huéspedes de las habitaciones colindantes. Era el refugio perfecto para aquellos días. Nuestra llegada a Miconos daba el pistoletazo de salida a la despedida. Quizá por eso el primer día no salimos de la cama. Abrí la maleta. Abrió la suya. Nos miramos. Cuando quise darme cuenta, tenía la espalda apoyada en la pared, las piernas alrededor de sus caderas y su mano intentaba deshacerse de mi ropa interior.
—¿Ya puedo invertir esa media hora de mi vida entre tus muslos? —me preguntó.
Asentí mientras su lengua se deslizaba por mi cuello y volé.
Literalmente, me lanzó sobre la cama en una maniobra perfecta en la que caí justo donde debía para que él solo tuviera que quitarme las braguitas y arrodillarse en el borde de la cama.
—¿Cómo te gusta? —Se cargó mi muslo izquierdo sobre el hombro—.
Bueno, si te niegas a hablar tendré que averiguarlo yo. Gime cuando acierte.
Hundí los dedos en su pelo cuando desplegó su lengua entre mis labios y gruñó. Hacía mucho eso de gruñir. Gruñía como un animal al que le gustaban las caricias. Era su ronroneo humano, pero más grave, más sexi y más espeso.
David era la persona más apasionada que había conocido en mi vida. Y
la más curiosa. Y la más desprendida. Era desprendido hasta la locura con el placer, y prueba de ello fue descubrir que era más probable que yo aborreciera el sexo oral a que él se cansara de hacerlo. Media hora dijo,
¿verdad? Pues creo que hizo minutos extra. Y a mí, que siempre pensaba que me lo habían hecho por cumplir, me pareció la puta hostia. En serio…, qué manera de buscar el placer con su lengua, con sus dedos, soplando, besando, lamiendo…
El sexo con David fue, desde el primer día, una habitación donde refugiarse de todo lo malo del mundo. Un espacio en el que cuando entrabas, te desprendías de vergüenzas, miedos y cualquier sensación que amenazara con empequeñecer el placer. Con David no follaba, aunque lo hacía. Follaba, reía, exploraba, descubría, gritaba, viajaba, gruñía y pedía dos minutos para recuperar el resuello en posturas que siempre quise probar y nunca me atreví. Y a él se le hacía la boca agua solo con verme susurrar, con mirada traviesa:
—Quédate quieto, siempre he querido probar esto.
Y lo probaba. Sentada en su pecho, con su pelo entre los dedos, tiraba de los mechones mientras él me devoraba con calma, despacio, mirándome mientras me empapaba en su boca. Y daba igual si después de correrme me quedaba dormida. Al despertar, él subía sobre mi cuerpo y, sin mediar palabra, entraba en mí hasta volver a fundir la voz de los dos en un coro que solo sabía conjugar el verbo «disfrutar».
Sin embargo, lo que cambió definitivamente mi (nuestra) vida no fueron los maratones de sexo que emprendimos ya en Santorini y en los que parecíamos querer alcanzar algún récord mundial, sino lo desprendido y generoso que fue también David a la hora de abrirse para mí. Supongo que empezó a ser así desde el primer día, pero no fue hasta aquella noche en Miconos, sin haber salido de la cama en todo el día, que sentí que él había abierto de par en par su vida para que yo misma encontrase el rincón que más me apetecía ocupar.
Y entre orgasmo y orgasmo, no eché de menos las maravillosas playas del Egeo ni la famosísima fiesta de la isla, pero aprendí muchas cosas de él.
Enredados en las mismas sábanas entre las que nos hacíamos sudar, David pareció hacerme, de alguna manera, partícipe de quién era en realidad.
David se crio en un pequeño pueblo de la provincia de Ávila, en la casa de los abuelos, donde convivían tres generaciones. Su hermano mayor nació cuando sus padres eran aún muy jóvenes y los abuelos maternos se hicieron cargo y les dieron un lugar donde vivir. Eran tres hermanos: Ernesto, Clara y él. Ninguno vivía ya en el pueblo.
Me habló de su infancia, una infancia como de la que hablaba la gente que nació en los ochenta, aunque él lo hizo cuando los noventa ya estaban
bien estrenados. Rodillas peladas, bocadillos de chocolate, juegos en la calle, balones de «reglamento» tan hechos polvo que si llovía pesaban como un muerto. Partidos de baloncesto, de fútbol, de tazos, pantalones rotos todas las semanas y remendados hasta que no eran más que una costura con perneras.
—Mi madre siempre nos decía a mi hermano y a mí que le habría valido la pena criar dos cerdos en lugar de dos hijos, porque al menos tendría ya cuatro jamones. Éramos más brutos que un arado. Los dos tenemos la cabeza llena de brechas; siempre estábamos cayéndonos de árboles y cosas así.
El primer beso, escondido tras el muro de la iglesia. La primera novia, hija del alcalde, al que sus padres odiaban porque decían que era un reaccionario. El primer amor de verdad: Marina, que olía a flores, era pelirroja y le puso los cuernos muchas veces en sus cinco años de relación.
La ruptura y el corazón roto. Y aquí pareció que salía, mezclada con el oxígeno y el olor a sexo, la verdadera esencia del chiquillo que había caído de rodillas frente a una mujer como Idoia:
—Fíjate…, mi madre dice que la vida se me torció cuando lo de Marina.
—Suspiró.
—¿Por qué?
—Supongo que ella lo dice porque dejé los estudios poco después, pero tengo que darle la razón en que a partir de ahí creo que me tiré en caída libre por la vida.
—¿Dejaste la universidad por mal de amores? —dije sorprendida.
—No. Me pareció una inutilidad haber escogido Humanidades. No es lo que cree mi madre, claro; ella dice que soy sensible y que cuando Marina me dejó, pensé que lo que uno sueña ser o hacer solo es una fantasía; que me desencanté. Yo digo que me dio un ataque de gilipollez y de agobio al pensar que me esperaba una vida convencional, con un horario convencional y un amor convencional. —Se volvió y me miró—. Pensé:
«¿Voy a pasarme la vida quejándome del despertador, sin encontrar un curro de lo mío, buscando “una buena chica” que no me haga más daño, anhelando haber tomado otras decisiones?». No sé. Me obsesioné con la idea de libertad.
—Y lo dejaste todo.
—Todo. —Asintió sin mirarme—. Hasta los sueños.
David volvió su mirada hacia mí y sonrió, saliendo de los recuerdos:
—¿Sabes que mi madre jamás ha querido conocer a ninguna de mis novias?
—¿En serio?
—En serio. Y con mis hermanos igual. Nos dijo: «Vivid lo que queráis, besad a quien queráis y disfrutad como queráis, pero en casa no me los metáis». Espera que cuando entre una de nuestras parejas sea la definitiva.
—¿Y quisiste llevar a Idoia?
David pareció mirar primero uno de mis ojos y luego el otro, detenidamente, como buscando la razón por la que hacía aquella pregunta.
O quizá interrogándose a sí mismo sobre la verdad.
—Sí, quise —admitió—. Es posible que siga queriendo hacerlo.
¿Me dolió? De alguna manera sí, de alguna manera no. ¿Me hizo un favor al decir aquello? De alguna manera sí, de alguna manera no.
—¿Olvidarás el daño que te hizo?
—¿No quieres que lo olvide Filippo?
Me quedé atónita y no supe qué contestar. Él se dio cuenta y cerró los ojos.
—Lo siento. Sé que no es lo mismo. Idoia y tú…, bueno, sois muy diferentes. Pero es que… yo no quiero un amor convencional. Entiendo que tú lo quieras y… de verdad que lo comprendo, pero… a mí un amor convencional no me llena.
—Ya.
—No me hagas demasiado caso. Ahora… tengo la cabeza embotada.
Respiré hondo y miré al techo. Prefería, de pronto, que no viera mi expresión.
—¿Y qué tal tu familia? ¿Son todos como tus hermanas? —me preguntó.
—Peor.
—¿No serás adoptada?
—Qué va. Soy igual que mi padre.
—Pues tiene que ser un señor muy «guapetona».
Me eché a reír, en parte, para disimular la tenaza que presionaba mi estómago, y no por el hecho de que acabase de mencionar a mi padre.
Era…, no sé. Lo del amor convencional había hecho mella en mí. ¿Me había preguntado yo misma alguna vez qué tipo de amor quería en realidad?
—No lo conocí. Bueno…, murió cuando yo era muy pequeña. Le dio un infarto. —Me encogí de hombros—. Dicen que era un tipo simpático; por eso le fue tan bien en los negocios. Por las pocas fotos que guarda mi madre, te diré que tenía una belleza bastante andrógina.
Sonrió y me acarició el pelo. Con esa caricia y con la mirada que me devolvió, quizá comprensiva, quizá compasiva, David abrió también un dique en mi pecho.
A lo mejor fue por el hecho de que él hubiera contado todo aquello sobre su vida o quizá porque yo nunca le había contado a nadie la mía en los términos en los que quería hacerlo con él. Los motivos, en el fondo, se me escapan, pero lo cierto es que hablé. Hablé de mi madre…, ausente, preocupada por su vida de revista y por las apariencias. Le hablé del internado, de la sensación de asfixia. De mis hermanas, que habían sido padre, madre, maestra, ejemplo y abrazo. Le hablé de mi primer amor, de cómo me di cuenta de que en realidad nunca le quise, y después también de la pasión enfermiza y obsesiva que sentí por uno de mis profesores en la universidad, que rompió conmigo porque había dejado embarazada a otra alumna. Le hablé de que jamás soñé con ser nada en concreto, que en mi cabeza lo único que existió siempre fue la imagen de una yo mejorada que nunca terminaba de alcanzar y la sensación de vacío.
—Hasta que llegó Filippo —confesé.
—¿Por qué hasta que llegó él?
—Porque entonces ya no quise nada más que la vida que me prometía su amor.
¿Has escuchado alguna vez cómo decías algo en lo que, un minuto antes, creías a pies juntillas y que de repente no significa para ti más que un montón de palabras amontonadas con cierta lógica?
David dibujó una mueca. Yo por dentro también.
—Putos cuentos, niña —musitó.
—Putos.
Lo siguiente que hizo fue algo con lo que no terminan los cuentos de princesa, algo que no viene antes del «colorín colorado» y que creo que nunca haría el príncipe azul que conocemos: apartó la sábana, se colocó de rodillas entre mis muslos, desnudo, y agarrando su polla con la mano derecha me acarició con ella, sin dejar de mirarme.
—Yo no creo en cuentos —susurró.
—Ni yo.
—Para dormir, nosotros dos necesitamos otra cosa. Nada de «érase una vez» o promesas. Gemidos nada más. Hacer el amor hasta quedarnos dormidos.
Y sonó a súplica.
Un par de minutos después, cuando lo único que nos separaba era una fina capa de sudor y látex, cuando sentí que necesitaba más, que lo quería más cerca y la emoción se volvió debilidad, me tocó el turno a mí de suplicar:
—Llámalo sexo, David. Nunca más digas «hacer el amor».
Y él asintió sin añadir más porque entendió, como lo hice yo, que no podíamos seguir complicándonos las cosas.
Había comenzado la cuenta atrás. Para los dos.
¿Se había roto el encantamiento?
Me desperté sin saber por qué. Atontada, me volví hacia la mesita de noche y consulté la hora en mi móvil: las dos y media de la madrugada. Al volverme hacia el otro lado, me di cuenta de que, probablemente, el motivo por el que me había despertado era porque David no estaba en la cama.
Me levanté y, a oscuras, mientras mis ojos se acostumbraban poco a poco a la penumbra de la habitación, caminé hasta el cuarto de baño, pero estaba abierto y allí no había nadie. Crucé la habitación de vuelta y… me asomé a la terraza.
Lo encontré sentado en una de las hamacas, con los dedos entre el pelo y cabizbajo. Su mano izquierda sostenía el móvil en su oreja.
—No. Claro que no —le escuché susurrar—. Pero es que… ¿has mirado la hora antes de llamar, Idoia?
El corazón me dio un vuelco. No supe qué hacer. Él no se había percatado de mi presencia en la puerta corredera.
—Ya sé que siempre me has llamado a estas horas y que nunca fue un problema, pero es que las circunstancias han cambiado. Lo primero es que sabes perfectamente que hoy no estoy trabajando y que estoy de viaje. Y lo segundo es que estoy de viaje… con otra chica.
Se calló y escuché, amortiguada, una voz femenina respondiendo, pero no entendí palabra de la cantinela. Pensé en entrar, volver a acostarme, fingir que estaba dormida y no mencionar aquello a menos que él me lo contase el día siguiente, pero él siguió hablando y… el ser humano es curioso por naturaleza.
¿Qué dicen que mató al gato?
—No es que no podamos charlar como amigos, es que aquí son las dos pasadas. Y no entiendo la urgencia.
Le escuché chasquear y a ella responder. Y la respuesta fue larga y le robó más de dos resoplidos suaves.
—No. —Y su tono bajó y se hizo más íntimo—. ¿Sabes lo que creo, Idoia? Que me echas de menos. Que me echas mucho de menos. Y que te pones a pensar que estoy de viaje con otra y te hierve la sangre. ¿Me equivoco? —Una pausa—. Ya. Pues tienes que aprender a decir las cosas como son. No puedes esperar que una llamada estando borracha… Sí, sí que estás borracha, Idoia. Y no sé si has tomado algo más fuerte. —Una respiración honda—. ¡Venga ya, por favor! ¿En serio crees que soy tan idiota?
Di un paso hacia atrás, no para irme a la cama sino para esconderme tras la cortina, por si le daba por levantarse de pronto y me encontraba allí, como un pasmarote.
—No, no digas eso. Lo dices porque estás borracha y celosa. Y mañana, cuando estés sobria, harás como si nada y yo… ¿qué hago con los «David, tú y yo juntos somos la polla»? Estoy con otra chica. Idoia…, me acuesto con otra chica, y cuando lo hago no pienso en ti.
El corazón me bombeaba tan rápido que pensé que iba a escucharse desde la terraza.
—¿Sabes lo que no me hace sentir? Un paria. Para ella no soy mediocre y con ella no siento que lo sea. Me da alas, Idoia. Y tú me las cortabas.
Follábamos y en sus ojos no había nadie más. La risa, con él, sonaba a agua rodando sobre un lecho de piedras redondas y suaves. Yo le daba alas.
Él se sentía capaz. Juntos éramos merecedores de lo que brillaba sobre la vida y que no siempre veíamos. La pátina de magia en la que nos empeñamos en no creer estaba allí, sobre nuestras pieles sudadas cuando de la garganta de David salía el último gemido, ronco, mezclado con la búsqueda desesperada de oxígeno. ¿Y si…? ¿Y si no estábamos locos? ¿Y
si la vida nos había cruzado por una razón? Me agarré el pecho por encima del camisón. Asustada.
Pero David continuó hablando. Y… qué idiota me sentí.
—No es eso. Claro que no me he enamorado de ella. Sabes perfectamente que lo de Margot no es amor, igual que sabes lo mucho que te echo de menos. Y que pienso en ti. No puedo darlo todo por terminado de un día para el otro. Yo te quiero, Idoia, pero ese ha sido siempre el gran problema: que yo te quiero y eso a ti te da mucho miedo.
«Yo te quiero, Idoia». Tragué.
—Vamos a dejarlo por hoy, de verdad. Yo… necesito pensar. Dame tiempo. Estoy aquí y… —Pausa. Ella hablaba, de pronto, mucho más bajo.
Prácticamente ni siquiera escuchaba el rumor de su voz amortiguada—. Lo sabes. No me hagas decírtelo. —Lo pensó. Miró hacia arriba, en busca de la luna. Flaqueó—. Todavía te quiero. Y ya está, Idoia. Yo te escribiré. No quiero…, hablaremos cuando vuelva, pero… no quiero hacerla sentir mal.
—Ella preguntó algo y él apartó el teléfono para suspirar fuerte, como si necesitara sacar un fantasma anidado en su pecho—. No puedo prometerte eso, Idoia. No voy a prometerte que no volveré a tocarla. No voy a hacerlo.
Y te voy a colgar porque… no me apetece que me recuerdes lo egoísta que eres. Buenas noches.
Cuando dejó el móvil a su lado, volví a la cama. Preocupada.
Angustiada. Con ganas de llorar. Sintiéndome una mierda. Olvidando, al parecer, todas las cosas que creíamos tener tan claras.
No vino inmediatamente a la cama. Tardó lo suficiente como para que mi cabeza convirtiera toda aquella información en una bala con mi nombre,
incrustada en mis tripas, y me diera tiempo, en consecuencia, a mandarle un mensaje a Filippo:
Te echo de menos. Nunca me sentiré tan segura como cuando me abrazas. Estoy deseando que vuelvas a hacerlo.
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