Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 54 de 61

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Un cuento perfecto

54. A

Vuela

El restaurante en el que Filippo me esperaba era uno de mis sitios preferidos de Madrid. Un bistró francés con un jardín interior lleno de pérgolas y pequeños salones privados que cada noche iluminaban la luz de las velas.

Además, el foie era una locura. Pensé, mientras andaba entre las mesas siguiendo al maître, que era una putada romper en un lugar que me gustaba tanto porque cada vez que volviera, pensaría en ello. Luego me di cuenta de que estaba tan decidido que, quizá, no dolería.

«Voy a hacerlo», escribí aquella misma tarde en un mensaje a David que no mandé.

Filippo iba vestido con una bonita camisa azul claro que le quedaba como un guante. Sobre la mesa vi la cajita de la joyería que nos hizo las alianzas para nuestra boda de ensueño. Estaba segura de que quería hacer una especie de ceremonia privada, un paripé romántico para ilustrar que me perdonaba. Pero para mí, por más que deseara lo contrario, aquellos anillos ya significaban poco.

Me senté sin darle un beso, pero le ofrecí una sonrisa a cambio que él aceptó a regañadientes.

—Estás muy guapa.

Llevaba uno de esos vestidos que compré con David, pero aparté el pensamiento.

—Tú también estás muy guapo.

—¿Qué tal?

—Bien. —Asentí, tímida.

—Estás muy morena. —Me enseñó su dentadura de príncipe azul—. Te queda muy bien.

—Gracias.

—¿Qué hiciste este fin de semana?

—Eh… —Acaricié los cubiertos—. He ido al pueblo de una amiga.

—¿Sí? ¿De quién?

—No la conoces. —Apreté los labios.

—¿Te… has cambiado el peinado? —Señaló mi pelo, que llevaba con mi onda natural, algo alborotado y hacia un lado.

—¿Qué? —Me costó entenderle. Llevaba tres años conmigo, ¿en serio me preguntaba…?—. No, Filippo. Este es mi pelo natural. Siempre lo llevaba liso, pero… me he cansado de planchármelo. Esta soy yo.

Filippo me miró fijamente, como siempre que esperaba que pensase mejor algo que acababa de decir, pero yo no abrí la boca.

—¿Estás enfadada?

—¿He sonado hostil?

—Bastante.

David me habría dicho, en una pobre imitación del acento andaluz y mientras dejaba un espacio entre pulgar e índice: «Una miajita, mi arma». Y

yo me habría reído.

—¿Qué pasa? —atajó.

—Nada. Tengo muchas cosas en la cabeza.

—¿Has vuelto al trabajo?

—No. Aún no. El Consejo consideró que necesitaba tomarme unas largas vacaciones.

—Qué atentos. —Arqueó las cejas.

—No, en realidad no. Solo querían tenerme lejos un par de meses.

—Trabajas demasiado.

Suspiré fuerte. Un camarero se acercó y le pedí una copa de vino blanco, frío. Nos preguntó si ya sabíamos qué queríamos cenar y antes de que Filippo pudiera hablar, contesté con un NO rotundo pero educado.

—¿No quieres foie? ¿O ese plato con carabineros que tanto te gustaba?

David preguntaría si eso era marisco o un oficial de las fuerzas del orden italianas desnudo nadando en tallarines.

Fuera. David. Fuera.

—No quiero cenar —le dije.

—¿Quieres que nos vayamos?

—Filippo… —Alargué la mano por encima de la mesa, pidiéndole la suya. Cuando estrechó mis dedos sentí una corriente cálida, conocida, hogareña, que conectó con mi pena—. Lo siento. Siento no haber sabido decirte que todo aquello me venía grande.

—Yo también lo siento. Creí que querías una boda por todo lo alto. Creí que eso te haría feliz.

—No. —Negué con la cabeza—. Pero ni siquiera lo sabía. Siento haber tenido que llegar hasta allí para averiguarlo.

—Lo superaremos. —Sonrió.

—No lo creo, Filippo. Estas cosas siempre se quedan dentro, y es justo porque, sin querer romperte el corazón, terminé haciéndolo. Y no te lo mereces.

—Margot. —Apretó mi mano—. Es una tontería que olvidaremos. No, mejor…, una tontería de la que nos reiremos con nuestros nietos. Vamos a ser felices.

Me mordí el labio y retiré la mano.

—Filippo…

—No, Margot. No voy a dejar que hagas esto. ¿Estás mal? ¿Te encuentras perdida? No pasa nada. Encontraremos la forma de que te sientas bien. Pero no tires por la borda una relación preciosa de tres años.

Tú y yo nos queremos.

—Tú y yo nos necesitamos. Somos exactamente lo que encajaba con las piezas del otro, en el vacío que había. Pero eso no es amor. Es cumplir expectativas. El amor es otra cosa.

—Lo nuestro es un cuento de hadas, Margot.

—Sí, pero yo nunca quise ser princesa.

Filippo apoyó el codo en la mesa y se masajeó con tres dedos la frente.

—Estás rompiendo conmigo.

—Esto ya estaba roto, solo nos estoy dando la oportunidad de despedirnos bien. Te mereces a alguien que te quiera como yo no he sabido.

—Tragué saliva con dificultad cuando pensé que aquello mismo es lo que David había deseado para mí—. Te mereces encontrar a alguien que también desee cuatro hijos y una vida tranquila, que sepa encontrar el

equilibrio entre todas las cosas que quiere. Que no sea solo lo que esperan de ella.

—Pero yo te quiero a ti.

Cogí mi bolso de mano y quise levantarme, pero él me sujetó de una muñeca.

—Me merezco más explicación que esta, Margot.

—Es que no me estás escuchando.

—Solo escucho vaguedades sobre que la boda te vino grande y que has descubierto que el amor no es lo que tenemos. ¿Qué pasa? ¿Has conocido a alguien? ¿Has vivido un verano loco y ahora crees que la vida es eso? No lo es, Margot. No lo mandes todo a la mierda por un amorío de verano que no resistiría el puto invierno.

—Mi hermana Patricia se divorcia —le dije de golpe—. Se ha enamorado de otra persona. Va a dejarlo todo para intentarlo con alguien a quien le saca trece años. Y, ¿sabes?, no me parece una loca ni una caprichosa. Me parece una valiente que no quiere quedarse con lo que tiene por si fuera hace más frío que en casa. Y yo quiero ser valiente.

—¿Es eso? ¿Vas a probar suerte con otro?

—No. Voy a probar suerte conmigo, a ver si me enamoro por fin, sin necesidad de que otra persona me tenga que decir todo lo que soy o no soy.

Tengo treinta y dos años y ni siquiera me conozco. No sé ni lo que me gusta. ¿Cómo voy a saber si quiero envejecer a tu lado?

—Si lo dudas es que no quieres.

—O que tengo las narices de hacerme preguntas, Filippo. Nunca nos hemos preguntado nada. Hemos seguido el cauce, hemos hecho las cosas como tienen que hacerse, pero jamás nos hemos preguntado si era lo que queríamos.

Filippo cogió el estuche con nuestras alianzas y jugó con él entre sus enormes manos.

—¿Y quieres eso, Margot? —soltó sin mirarme—. ¿Quieres estar ahí, en tierra de nadie, buscando algo que quizá no encuentres nunca? ¿O

quieres construir algo de verdad? Una familia, Margot. Una familia en la que puedas demostrarte a ti misma que no eres como tu madre, que es lo único que creo que en realidad te obsesiona.

—No quiero tener que demostrarle nada a nadie, y ese es el problema, que no hago otra cosa en la vida.

—Pues haz lo que te plazca a mi lado. Yo te apoyaré siempre. —Sus ojos brillaron—. Siempre. Y en mí tendrás un compañero, un marido, un hermano, un padre, un…

Perdí la noción de lo que estaba diciendo cuando imaginé lo que le parecería aquel comentario a David. Pondría cara de susto y exclamaría:

«¡Un hermano! ¡Por favor! ¡¡Eso es incesto!!». Sonreí. Triste, pero sonreí.

—Filippo… —le paré—. Voy a hacerte el favor más grande que te han hecho nunca: pedirte que me dejes ir. ¿Y sabes por qué te hago un favor?

Porque si intentas contentarme, te harás infeliz a ti. Y no te lo mereces. Eres bueno, fiable, inteligente, atento, educado. Eres guapísimo y sexi y…

—Por lo visto todo eso no es suficiente para ti.

—Claro que es suficiente. Lo que pasa es que… no es para mí —dije negando con la cabeza—. Es para otra y yo se lo estoy robando. Te estoy robando tu cuento, Filippo, porque no soy tu princesa. Lo siento.

Me levanté y recogí el bolso, pero no pude moverme. Filippo miraba las alianzas dentro de su caja.

—Puedes odiarme —le susurré—. Estás en tu derecho y te ayudará a superarlo.

—No te mereces que te odie.

—Quizá sí. Todos somos el malo en la vida de alguien.

Suspiró. Mi mano se posó en su hombro y él la apretó un segundo con la suya. Cuando dejó caer el brazo sobre la mesa, lo supe. Podía irme.

Lloré recorriendo la calle Velázquez. Lloré en el taxi que cogí a la altura de Goya. Lloré sentada en el portal. Lloré apoyada en la mesa del recibidor de mi casa. Lloré en la cocina, en el baño, en el vestidor, sobre la cama y finalmente hasta en sueños. Lloré por no haber sido capaz de ser princesa, lloré por haber dado la espalda a los recuerdos más dulces, lloré por haberle dado, de alguna retorcida manera, la razón a mi madre, porque tan del montón era que no había sabido disfrutar del cuento ni servido en bandeja.

Sin embargo, además de lágrimas de duelo por lo que había dejado marchar,

lloré unas cuantas más amargas, más calientes, más recientes…, y esas lágrimas eran porque, si en las últimas semanas me imaginé alguna vez haciendo algo así, David siempre acababa abrazándome y diciéndome que esperaría el tiempo que necesitase para hacer lo nuestro bien; que me esperaría, porque valía la pena. Siempre. Y en sus brazos habrían tomado sentido todas las palabras que le dije a Filippo. O lo habrían perdido. No lo sé.

Lloré al escribir en nuestro chat de WhatsApp: «He roto con Filippo y te echo de menos aquí. ¿Por qué decidimos alejarnos, David?».

Lloré al borrarlo y cerrar la aplicación.

Al día siguiente, sin embargo, la sensación fue similar a la que sentiría un pájaro aterrorizado por las alturas que se ha cansado de arrancarse las plumas y ahora va a probar qué se siente al volar.

La última actualización de las redes sociales de David, única manera que tenía de saber de él sin romper nuestro acuerdo, era aquella foto de nuestras sombras enredadas sobre la arena de una playa en Miconos, y el texto que la acompañaba, a pesar de haberlo leído unas cien veces, aún me hacía daño.

Mucho. Creo que cada vez que veía aquellas ocho letras me dolían más.

«Nosotros». Cabía allí lo que sí, lo que pudo ser, lo que ya no sería. Cabían los recuerdos de algo que, cojones, ni siquiera habíamos visto nacer. Era peor aún quedarse con la sensación de que hubiera sido mejor de lo que parecía. O quizá eso es lo que se dicen a sí mismos siempre los perdedores, cuando ven alejarse el premio.

Las flores que me regaló se iban pochando cada vez más. Eché una aspirina soluble en el agua cuando volví a cambiarla y corté en diagonal los tallos, con cuidado, con la esperanza de que se secaran con dignidad. A menudo me sorprendía pensando que aquellas flores serían lo único que me quedaría de una historia de amor que no llegó a ser amor.

No sé qué mierdas intento decir. Lo único que sé es que me obsesioné.

Con él, con los recuerdos, con los olores, con las esperanzas. Y al segundo día de soltería, después de obligarme a meter todo lo que Filippo dejó en

casa en cajas, después de escribir y borrar cinco veces un mensaje para David, decidí que había cosas que no podían esperar. Y me fui a la oficina.

A Sonia los ojos casi se le salieron de las órbitas al verme aparecer, y no creo que fuera solo por el hecho de no haber avisado de mi «visita». Había

«jugado» con mi armario, con esa alma rebelde (inocentemente rebelde, eso también) que se había despertado en mí, para combinar una falda de tubo de pata de gallo, que normalmente me ponía con una blusa blanca, con una camiseta amarillo pastel y unas sandalias de tacón negro. Llevaba un bolso de mano, el pelo ondulado con la raya al lado y solo me había puesto máscara de pestañas.

—¿Qué haces aquí?

—Trabajar. —Le sonreí—. Pasa y ponme al día.

Le señalé con la cabeza mi despacho y me asomé a la sala. Aún no había llegado nadie.

—Como se nota que no está la jefa. —Me reí.

Cuando Sonia terminó de repasar todos los temas me sentí extraña. En mi ausencia, no había pasado gran cosa. En realidad, después de todas las películas que me había montado en la cabeza cuando el Consejo me

«invitó» a coger unas largas vacaciones, no había pasado nada. Nadie había tratado de meterse en mis asuntos, ni había mangoneado a mi equipo o intentado alguna triquiñuela para hacerme perder el control de alguna de mis áreas. Ni estaban buscando que no pudiera más y me fuera, ni querían volverme loca para campar a sus anchas sin mí. Nada. Todo seguía igual.

Eso tendría que haberme animado a hacer nido entre aquellas cuatro paredes, pero en realidad deduje una enseñanza diferente: el peor enemigo con el que debemos luchar nos mira siempre desde el espejo.

Que a los señores del Consejo no les hacía ninguna gracia tenerme allí decidiendo y teniendo un puesto de poder era un hecho, pero que yo me había obcecado en mantener una lucha con ellos, también. Y no valía la pena porque en los últimos años yo había bregado mucho y vivido poco.

Por eso en aquel despacho siempre me sentí más en casa que en mi propio

piso, porque nunca peleé por hacer de mi vida un lugar en el que sentirme cómoda, como sí hice allí.

El sentimiento que me recorrió entera al darme cuenta fue sobre todo de cansancio. De la moqueta, de las paredes, de los cuadros, de las vistas, de mi mastodóntico despacho, de la rectitud empresarial, de la cultura corporativa, de los socios, de los informes, de los equipos, de aprobar y poner en duda líneas de negocio… Vale. Ya había demostrado que podía.

¿Y ahora qué?

Me quedé mirando a Sonia un buen rato, sin verla en realidad, hasta que se sintió incómoda.

—¿Te has quedado atrapada, estás planeando un asesinato o vas a decirme que tienes depresión posvacacional?

Sonreí y ella me devolvió el gesto.

—¿Y si lo dejo?

La sonrisa de Sonia se derritió.

—¿Qué?

—¿Y si lo dejo? ¿Y si conservo mis acciones y cobro los dividendos, pero me piro a otro sitio? O monto algo por mi cuenta. Podría abrir una librería. Escribir un libro sobre estrategia empresarial. O viajar para perfeccionar el alemán o para aprender chino.

—No te sigo.

—¿Qué hago aquí?

—Eh…, es una pregunta retórica, ¿verdad?

—Escucha…, mi vida en los últimos años ha consistido en demostrar a una pandilla de carcamales misóginos que merezco el puesto no solo por mi apellido. He pasado meses haciendo y deshaciendo maletas. He viajado tanto a la central de Londres que terminé comprándome un apartamento allí, para crear la falsa impresión de estar en casa.

—Bueno, también conociste a Filippo y…

—Filippo y yo hemos roto —sentencié—. No estoy hablando del amor.

Hablo de mí. He estado obsesionada con demostrar cosas a los demás, pero… ¿qué quiero yo? ¿Qué es lo que me hace feliz?

—Eh… —Sonia tenía cara de terror.

Me puse en pie, miré a mi alrededor.

—Siempre he querido dar clase —dije.

—Margot… —musitó Sonia.

—Y lo del libro suena bien. ¿Una excedencia? Quizá podría probar con una startup.

—Margot.

—¿Y si invento una aplicación móvil que cruce los datos de los lugares que mencionas en WhatsApp…?

—¡¡Margot!! —Sonia se colocó delante de mí y levantó los brazos, alucinada—. Detén la orgía mental, cálmate un segundo. Ni siquiera son las nueve de la mañana y ya has pensado en… ¿cuántos? ¿Diez nuevos negocios? Lo raro es que no hayas mencionado hacerte profesora de meditación.

—Igual…

—Margot…, no puedes hacerlo todo a la vez. Es como ponerse a dieta y dejar de fumar. Habrá valientes que lo hagan, vale, pero ¿y si no tienes prisa? ¿Y si sientes y piensas con calma?

La miré fulminándola. Estaba más cómoda en mi movida mental, en esa verborrea orgiástica en la que de pronto podía ser quien quisiera, hacer lo que quisiera, ir a donde quisiera… Las alas tenían ganas de probarse, pero probablemente no tenía más que un par de plumas.

—Esta es tu casa. Si no te gusta, de acuerdo —me dijo, comprensiva—, pero no regales las llaves para irte a dormir a la calle. Piensa en la mudanza.

Rodeé el escritorio y me dejé caer en la silla. Pensé. Pensé en David, claro, como siempre que me permitía atisbar más allá de lo que tenía delante de mí. Pensé en que tomar cualquier decisión ahora solo formaría parte de una pataleta y/o de la búsqueda de su regreso.

Sonia se sentó en la mesa, saltándose todo protocolo, y me colocó la mano en el hombro.

—Sea lo que sea lo que haya pasado en el viaje, Margot, tómalo como un catalizador. Has dejado a Filippo. Es importante. Es una decisión muy importante. Date tiempo para ir asentando cada paso. Si corres, la pena y el duelo no quedan atrás, solo esperan agazapados para saltar encima de ti cuando menos te lo esperes.

Chasqueé la lengua contra el paladar.

—¿Tú desde cuándo eres tan sabia?

—Tuve una revelación después de intentar que mi vida se pareciera a la de las películas románticas. Si te chocas con un chico guapo con un café en la mano, no se enamora de ti: te hace pagarle el tinte.

Suspiré.

—Llama a la gente del equipo que no esté de vacaciones y convócala para una reunión en mi despacho. Nada formal. Para ponernos al día y decirles que ya estoy por aquí.

—Y que no piensas largarte para montar una floristería.

Un latigazo restalló por dentro, en mis pulmones. No sé si fui capaz de sonreír.

—¿Puedes pedir algo de desayuno para los que vayamos a ser? Y

cuéntate tú también. Quizá ha llegado el momento de empezar a darte más responsabilidad, si te apetece.

Asintió, sonriente, y caminó hacia la puerta. Al llegar, se volvió; yo sostenía el móvil entre mis manos.

—¿Cierro?

—Sí.

Escribí: «Hoy he intentado volar demasiado alto y casi me caigo.

Tendrías que haberme enseñado un poco más sobre esto de ser libre. Da miedo. Como estar sin ti».

Lo borré.

A mediodía recibí un jarrón con rosas blancas, pero al abrir el sobre que contenía la nota no encontré canciones de los ochenta ni un «te echo de menos». Solo un «Bienvenida a casa» firmado por mi padrino.

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