Un cuento perfecto
Capítulo 52
Porque te quiero
Mentiría si dijese que esperaba que aquel fin de semana saliera bien, entendiendo bien como un trampolín para asumir que nuestras anteriores vidas, las que pilotábamos antes de conocernos, ya no existían. Sabía que ambos nos sentíamos tentados a salir huyendo en dirección a lo conocido, pero una parte de mí, algo kamikaze, quiso dejar por el camino toda la información que me había callado hasta el momento para que todo estuviera claro, por si al final no era tan cobarde. Habrá quien piense que conté en ese preciso instante cuál era mi origen, mi apellido, mi situación, para intentar que David encontrara alguna otra razón para quedarse conmigo, pero no fue así. Lo conocía lo suficiente como para saber que se moriría de vergüenza ante la sola posibilidad de que alguien lo señalara con el dedo y le acusara de aprovechado. De no querer de mí más que mi dinero. Y mis casas. Y
quizá un trabajo en la empresa, de pocas horas pero bien remunerado. Es lo que la gente espera que haga una pareja con orígenes discordantes. Que el pudiente eleve al otro hasta sacarlo del mundo al que perteneció y disfrazarlo de nativo en el suyo. Pero esa no era yo. Ni David formaba parte de aquella ecuación.
La barbacoa fue divertida, a pesar de que David parecía estar más allá que acá. Desde que conté que yo era la Ortega que quedaba dentro del Grupo Ortega, esa heredera que había preferido mantenerse siempre a la sombra y pasar de reportajes fotográficos o artículos almibarados en prensa de la que lame culos, David me evitaba.
Teníamos un lío mental de narices, por no hablar de que el corazón se había convertido en una madeja de lana llena de nudos. Además, cualquier momento parecía adecuado para iniciar la maniobra de distanciamiento.
Aquel era el último fin de semana que teníamos y ambos lo sabíamos. Esa certeza era un comensal más en la mesa.
El grupo propuso bajar de nuevo a la plaza, a ver qué ofrecían las fiestas patronales aquella noche, pero nosotros no nos mostramos demasiado entusiasmados. Estábamos mentalmente inmersos en nuestra despedida. Si alguno de los dos había albergado la esperanza de que la parte más difícil estaba hecha, había sido un iluso.
—Me duele la cabeza. Yo creo que me voy a acostar —dije en cuanto pude—. No estoy acostumbrada a desmelenarme tanto y…, señoritas, que voy teniendo una edad.
Aunque estaba a punto de venirme abajo, quise ser simpática, amable.
Quise ser lo que Idoia no había sido para, al menos, ganarla en ese sentido, ya que se iba a quedar con el chico y la vida sencilla y bonita.
Insistieron mucho. Utilizaron todo tipo de excusas, como que era muy pronto, que ahora era cuando se ponía interesante la noche o que cómo me iban a dejar sola en casa. David lo solucionó diciendo que él también se iba a dormir.
—Ale, así os damos material de cotilleo. —Les sonrió.
Y esa sonrisa volvía a ser tan triste como la que dedicaba tras la barra cuando lo conocí. No engañaba a nadie.
Subimos en silencio las escaleras y, sin mediar palabra, David cerró la puerta, contra la que se quedó apoyado, con los brazos cruzados.
—Estás raro.
—Bueno…
—Es por lo de mi trabajo, ¿no? —le pregunté.
—No sé por qué me lo ocultaste, la verdad.
—No te lo oculté por ninguna razón en concreto. Solo… quería olvidarme de ello durante un tiempo, que no importase en mi vida.
—A mí no me hubiera importado. Ni para bien ni para mal.
—Pero yo eso no lo sabía en aquel momento. Y tú me hacías sentir…
yo misma.
Asintió, comprensivo.
—En realidad… no quiero echarte nada en cara. Tengo que contarte una cosa —me dijo.
—Yo también.
—¿Quién empieza?
—Tú.
Miró al techo buscando fuerzas o quizá la bendición de la Virgen que los dueños de la casa tenían colgada en la pared de aquella habitación, vete tú a saber. Se pasó la mano por la mejilla, boca y mentón. Ahí iba.
—Vi a Idoia el otro día —empezó—. Quedamos en hablar el lunes para decidir qué hacemos con lo nuestro.
Me miró morderme el carrillo en un gesto que, probablemente, me había pegado él con su costumbre de hacerlo cuando no sabía qué decir.
—Yo vi a Filippo. Quedamos en cenar el lunes y… hablar.
De alguna manera, me pareció que se sentía aliviado, no sé por qué. Y
ese alivio le hizo parecer un poco cobarde.
—¿Qué vas a decirle? —le pregunté con un hilo de voz.
Dibujó una mueca, se encogió de hombros, paseó un poco por delante de mí, pero como no se arrancaba, decidí seguir hablando.
—¿Te arrepientes de lo de anoche? Y quien dice «anoche» dice lo de hoy o lo de estas vacaciones. Es la misma pregunta que «qué le vas a decir», pero con otras palabras.
—No me arrepiento. Pero…
Tragué saliva y me levanté de la cama en la que me había sentado.
Recompuse mi expresión de la manera más convincente que pude y sonreí.
—Ese «pero» lo ha dicho todo. Ya está. Ya sabes qué responderle.
—No estamos hablando de Idoia, Margot, y no es ese «pero» con lo que quiero que te quedes tú.
Se apoyó en la cómoda. Parecía triste. Yo también lo estaba.
—¿Entonces? Porque esta mañana parecías muy seguro de volver con ella…
—Esta mañana tú también parecías muy contenta de tener otra oportunidad con Filippo.
Me dedicó un gesto de resignación.
—La hemos cagado, ¿verdad? —lancé al aire.
David me miró fijamente; creo que en aquel momento hubiera deseado mandarme toda aquella información por ondas bluetooth, pero no era
posible.
—Quizá se me fue de las manos.
—¿El qué?
—Lo de… —Suspiró—. Lo nuestro. Se me fue de las manos, y… siento por ti algo bonito y cálido… —Apoyó las manos a la altura de su estómago, como si albergara los sentimientos hacia mí en aquel mismo punto—. Algo sano. Por eso no me arrepiento de nada. No me arrepiento y no me arrepentiré, pero…
—Pero. Ahí viene el pero. —Quise sonreír, pero no sé si lo conseguí.
—Saldrá mal. —Y casi gimió de pena al decirlo—. Saldrá fatal. Y tú terminarás…
—Sí, terminaré odiándote porque nunca llegaste a ser lo que yo quería, vale, eso ya lo he escuchado antes.
—Pero es que es verdad. Nos haremos daño.
—¿Sabes qué sería un detalle, David? Que dejases que yo decidiera mis batallas.
El corazón se me aceleró. ¿Acababa de decirle que pelearía por lo nuestro?
Sí, acababa de decirle que pelearía por lo nuestro.
—Eres libre de…
—No. —Sonreí con cinismo—. No me dejas la oportunidad de ser libre con esto.
—Es que en esto somos dos y yo no quiero seguir adelante. Voy a terminar por hacerte daño. —Me miró y suspiró—. Hace menos de dos meses que te conozco y míranos. ¿Cómo crees que será cuando pase el tiempo? ¿Crees que será más fácil? Quererse no lo es.
—Hace mucho que dejé de creer que el amor hay que sufrirlo, David.
Así que si me dices que no debemos intentarlo porque saldrá mal y tendremos que cargar con las consecuencias, lo que yo escucho en realidad es que tú… no me quieres.
—¿Y tú me quieres a mí? —Arqueó las cejas.
No contesté. Me había hecho daño. Preguntándome aquello me había hecho daño, porque sentí que menospreciaba, de alguna manera, lo que yo sentía por él. O lo que el propio David sentía por mí. Quizá lo ponía todo en
duda, como si estuviéramos muertos de sed y a lo lejos viéramos un oasis.
Vete tú a saber. Cualquier respuesta que no fuera «yo te quiero» me hubiera hecho daño.
—Lo siento —susurró.
—¿Por qué pides perdón exactamente?
—Por estar evitando tener una conversación adulta sobre lo que sentimos. Por intentar salir de aquí sin decir todas las cosas que podrían salir bien porque no quiero escucharlas.
—¿Qué vas a decirle a Idoia? —insistí.
—La verdad. Que me he enamorado de ti, pero que no puede ser.
Le devolví una mirada incrédula. No creo que me culpara por ello; él tampoco parecía dar crédito a lo que había salido de su boca, a juzgar por lo rápido que agachó la cabeza. Sentí que los cinco años de diferencia entre los dos me aplastaban, que él se hacía pequeño y yo vieja.
«Que me he enamorado de ti, pero que no puede ser». Nadie desea escuchar estas palabras y yo no era una excepción, sobre todo cuando sentía que estaba a punto de lanzarme a intercambiar mi vida por la de cualquiera que lo tuviera a él como posibilidad.
—Mira, Margot…
—¿Te has dado cuenta de que en ningún momento me has preguntado qué quiero yo? —le corté intentando mantener mi tono amable, dulce.
Alzó los ojos hacia mí y continué hablando.
—Tú has decidido por los dos. Tú harás, dirás y consumarás sin que te haya importado mi opinión y, te conozco, no es por egoísmo, es porque hay algo que no quieres escucharme decir. ¿Qué te da miedo que te diga?
—A estas alturas es evidente que no quiero escucharte decir que tú no sientes lo mismo, pero me aterra que me digas lo contrario.
—Pero ¿por qué ese miedo?
—Porque no estoy preparado para ti.
—¿Entonces?
—No lo sé. ¿Por qué no me lo dices tú? —respondió.
—Porque no puedo darte las respuestas, David, si no sé ni lo que preguntas. —Llené mis pulmones, esperando que el aire ahogara la sensación de asfixia—. Necesito que me resumas la situación.
—¿Cómo que te resuma la situación? —Se apartó un mechón de pelo de la frente para estudiar mi expresión.
—Sí. Que me des los titulares de dónde estamos ahora mismo y hacia dónde piensas ir.
—Buff —resopló.
—No es tan difícil. Dilo.
—Es que todo va a cambiar.
—¡Ya ha cambiado!
Se encogió.
—Ni siquiera me he dado la oportunidad de decírmelo a mí y creérmelo.
O asumirlo. No sé cuál es la palabra. —No me miraba cuando hablaba—.
Solo sé que si insisto, si te digo que te quiero, que me he enamorado de ti, que siento algo más que el vínculo entre dos amigos…, todo cambiará.
Porque ¿qué sentido tiene que no quiera intentarlo si todo eso es verdad?
No tiene ninguno.
—A mí no me importa el sentido que tienen las cosas. Me importa lo que se hace y lo que no.
—No sé si voy a saber gestionar esto como te mereces. Sé que he sido yo quien ha forzado las cosas estos días para no despedirnos tan pronto pero… joder, Margot, no quiero ser quien ni come ni deja comer. No quiero ser un estorbo. No quiero ser el pobre niño pobre que hace infeliz a la pobre niña rica. Y no es que Idoia se mereciera el intento y tú no. Es que si tenía que decepcionarla, ya lo hice.
Me senté a su lado y nos miramos.
—No tienes que decir todas esas cosas —dije con un hilo de voz—. Lo planteamos de este modo desde el principio: tendríamos una aventura y después volveríamos a nuestras vidas. Si es lo que quieres, si quieres decirle
«sí» a Idoia o yo no te gusto lo suficiente, no tienes por qué justificarte.
—No quiero justificarme. —Levantó las cejas—. Es todo lo contrario.
—Pues entonces creo que no te estoy entendiendo.
—Supongo que tendría que irme de puntillas. —Sonrió triste—. Y
hacerte ver que está todo bien, que nada de esto llegó nunca a importarme…, pero no es verdad. Porque he descubierto que no me gusta estar sin ti y eso me da miedo.
—Pero ¿dónde está el problema?
—En que no sabré hacerte feliz. No soy nada, no me encuentro, no tengo vida ni planes ni sueños. El problema, Margot, es que el amor no arregla lo que está roto. No quiero necesitarte para estar bien, para ser alguien, para hacer planes. Yo quiero tener algo que ofrecer. Y ahora no lo tengo.
Me acerqué y le di un beso que lo dejó noqueado. Creo que no se lo esperaba. Esperaba un estallido de reproches y llantos que no iba a producirse. Al menos no conmigo. Porque él ya había decidido. Y yo también.
—Si esa es la situación, no debemos vernos más —le dije.
—Esperaré el mes que acordamos y…
—No, David —negué con vehemencia—. No es cosa de un mes. Creo que yo no puedo ser tu amiga. Si esto es un sí pero no, tengo que pedirte que te alejes de verdad.
Frunció el ceño y me vi obligada a explicarme:
—Un mes no es nada. En un mes, al contrario de lo que creíamos, solo daría tiempo a que los recuerdos se volvieran más bonitos, a echarnos de menos. Y al volver a vernos…, unas cervezas en aquel sitio de Carabanchel, ese concierto al que querías llevarme, cualquier cosa, haría el efecto de chispa y se prendería lo acumulado. Pero tú seguirías sin tenerlo claro, porque un mes no es nada.
—¿Y tú lo tendrías claro?
—Igual de claro que ahora. —Hice una mueca—. Tendría claro que tú y yo podríamos ser la hostia, pero no sé cómo.
—Entonces… ¿para siempre? ¿Es lo que me estás pidiendo?
Contuve el nudo en la garganta.
—Si no es suficiente para ti, no lo es. No quiero seguir forzando cosas en mi vida. Ya he comprobado que nunca sale bien.
—Y pedirte que me esperaras no tendría sentido. —Y supe que en realidad estaba preguntándolo, a pesar de no haber interrogante en su boca.
—No, supongo que no. Porque te esperaría.
David resopló.
—Es que no quiero irme de tu vida. No tiene sentido.
—Ni yo que te vayas, pero tiene todo el sentido del mundo. No quiero sufrir y tú estás demasiado indeciso.
—¿Estamos jugando al «todo o nada»? —quiso saber.
—No estamos jugando, David. Esto es la vida real y aquí las hostias duelen y te parten el corazón.
—¿Qué vas a decirle a Filippo? —Arqueó las cejas.
—No lo sé. —Moví la cabeza de un lado a otro—. Aún no lo sé.
—Que no te importe nadie más que tú cuando tomes la decisión.
—Das unos consejos de mierda. Pareces un sobrecito de azúcar. —
Sonreí.
—Margot… —me dijo con un hilo de voz, suplicante—. Eres, aunque no lo sepas ver cuando te miras en el espejo. Eres, no solo existes. Eres todo lo que está bien.
Me puse en pie.
—Ya…, sí. —Aguanté un sollozo.
—Nunca te tuve de verdad. —Sonrió triste—. No tengo nada que dar a cambio. Y te tengo que dejar marchar. Porque es la única manera de saber quererte bien.
A día de hoy creo que no lo dije en serio. Creo que, poseída por una especie de dignidad, independencia o amor propio recién recuperado, dije algo que sabía que era bueno para mí, pero sin creer en ello en absoluto.
Quizá, en lo más profundo de mí, esperaba que esto sirviera de acicate y que David dejase de ver en lo que sentíamos un problema. Es posible que solo quisiera asustarle, pero el resultado no fue, adelanto, el que esperaba.
Tuvo que pasar mucho tiempo para que entendiera todo lo que nos dijimos, palabra por palabra. Tuvo que venir el tiempo y revolcarme, como una ola que no esperas en un mar que no creías tan bravo, para darle la razón en que, de todas las cosas preciosas que pudimos ser David y yo, ninguna habría sobrevivido a un par de años.
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