Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 28 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 28

El aire es nuestro

Cuando la vi pasando el control de seguridad, no me lo podía creer. ¿Qué exactamente? No lo sé. Me sentía afortunado y tonto. Esos ojos tristes, los más tristes del local, estaban brillando y… sentía que yo tenía algo que ver.

Para alguien que nunca había hecho nada importante era muy reconfortante.

Llevaba un pantalón negro algo caído de cintura, una camiseta negra bordada en colores, unas gafas de sol enormes que, con toda seguridad, había olvidado que llevaba puestas, una chaqueta vaquera y un bolso de marca cuyo logo no reconocí, pero que valdría más que un alquiler que yo nunca podría pagar. Pero ese era justo su encanto. Daba igual cuánto dinero valiera lo que llevaba puesto, para ella no era importante. A ella le importaba mirarte a los ojos y preguntarte qué canciones escucharías en una isla desierta. Nunca he conocido a nadie que quisiese pasar más desapercibida entre la masa de gente que ella, aunque no fuera consciente.

Cuando recibí su mensaje diciéndome que se había arrepentido no pude más que sonreír. La noche anterior, antes de acostarse, me escribió diciendo que aquello podía pasar.

Mi hermana tiene la mosca detrás de la oreja. Mándame un mensaje cuando lo tengas todo solucionado y si te contesto que es mejor dejarlo estar, no hagas caso.

Nunca te lo diría por mensaje. Será solo para que Candela me deje en paz, ¿vale?

Margot decía que no era lo suficientemente guapa ni lo suficientemente inteligente, pero a mí me parecía que ni siquiera ella sabía de lo que era capaz. Se había convencido de que todo lo que decían los demás era verdad y que su criterio debía quedar dormido, aunque algo empezaba a despertar.

Domi e Iván alucinaron cuando les dije que me iba a Grecia con ella.

Iván se asustó un poco y me advirtió, con bastante torpeza, que aceptar

cosas a cambio de sexo es prostitución. La carcajada que se me escapó le hizo parpadear asustado. Domi, sin embargo, se mostró ilusionada.

—¿Está mal que acepte esto? —le pregunté algo preocupado.

—Ella se lo puede permitir, David.

—¿Y cómo sabemos que puede? Quiero decir…

—Llevaba un bolso de Louis Vuitton, unas sandalias de Chanel y un anillo de compromiso de seis cifras. David, sea quien sea esa chica, puede permitírselo.

—Pero a lo mejor yo no debería aceptarlo, ¿no?

—No todo se puede comprar con dinero. —Sonrió triste—. ¿Y si necesita a alguien que la ayude a sentirse como tú la haces sentir? ¿Y si sola este viaje no tiene sentido? ¿Y si la convencieron de que vale por lo que tiene y no por quién es? Id a Grecia y disfrutadlo.

A riesgo de ser un toy boy. A riesgo de convertirme en el juguetito temporal de una tía forrada. A riesgo de equivocarme con Margot y que en realidad estuviera como una puta regadera…, sí, iría. Y lo disfrutaría. Eso sí… por el momento preferí no contarlo en el grupo de WhatsApp de los del pueblo porque no sabía cómo explicárselo sin parecer demasiado excéntrico.

Durante el vuelo, mientras ella bebía champán, ojeaba un guía que había descargado en su iPad y me hablaba de cómo íbamos a organizarnos en los hoteles «para no levantar sospechas», me descubrí pensando que no estaba nada mal. Diré, aunque negaré delante de cualquier persona haber dicho algo semejante, que era bonita como solo pueden serlo aquellos que lo son de manera reversible: por dentro y por fuera. Sus ojos, enormes y marrones, algo tristes, eran reflejo de la niña que aún tenía dentro, acurrucada, esperando un abrazo. Sus labios, pequeñitos y mullidos, se veían aún más bonitos cuando sonreía. Su cuerpo, que a pesar de su apariencia algo desvalida, revelaba la anatomía de una mujer cuyas armas aún no conocía, empezaba a llamarme un poquito la atención. Tenía una cintura supermarcada, lanzadera de unas caderas redondeadas hacia abajo y dos pechos no muy grandes pero orgullosos que miraban hacia arriba.

—¿Me estás escuchando? —me preguntó dándome un puñetazo en el brazo.

No. Estaba pensando en ella en topless.

Pero que nada de esto te confunda. Yo la respetaba. Joder, que si la respetaba. No sabía qué me había hecho aquella chica, pero era capaz de darle mi vida en bandeja para que la ordenara como considerara más adecuado. Confiaba en ella ciegamente…, ¿hay prueba más honesta de respeto?

Cuando llegamos, me sorprendió el paisaje de Atenas; no esperaba algo tan… mediterráneo. Qué tontería. Bueno, ni eso ni que un tío uniformado nos recogiera, haciéndose cargo del equipaje.

—Margot… —susurré mientras ella miraba su móvil.

—Candela está flipando.

—Margot… —repetí—. Todo esto tiene que ser muy caro.

Me miró extrañada.

—¿Por qué estás pensando en eso? No pienses en el dinero. Ya está pagado y, además, no tiene importancia.

—Pero, Margot…, ¿transfer privado y todo?

Chasqueó la lengua contra el paladar, suspiró y, poniendo una mano sobre su cadera, dijo:

—Bueno…, esto es cosa de la empresa. No es que me haya pagado el viaje, pero… digamos que tengo acceso a facilidades, ¿vale? Esto en realidad es…, digamos que gratis.

—No es gratis, no mientas. Alguien tendrá que pagar a este señor…

—David. —Me puso la mano en la cara—. Es un gasto que asume mi empresa, y no te preocupes porque para compensar ya les di mi vida entera.

No sé si me convenció, solo sé que quise dejar de pensar en ello. A mí no me interesaban las comodidades, solo la experiencia y en ella debía centrarme, ¿no?

Cuando entramos en el hotel, un botones corrió a hacerse con nuestras maletas. Pero por separado, claro. Nosotros fingíamos no conocernos a pesar de acabar de bajar del mismo coche, ¿por qué? Bueno, por aquel entonces yo no sabía mucho de la vida de Margot, de modo que pensé que era purita paranoia. Una simpática excentricidad más. Nos colocamos en el

mostrador de recepción con nuestros documentos de identidad, uno junto al otro, y dibujamos una sonrisa cómplice cuando nos atendieron.

Intuí que teníamos las mejores habitaciones del hotel cuando los trabajadores, al ver nuestra reserva, cambiaron su actitud hasta convertirla prácticamente en servilismo. No sé si me sentí incómodo porque aquellas personas deducían que debían comportarse así con unos clientes como nosotros o por ser un cliente de ese tipo. Me tranquilizó el hecho de que tampoco vi que Margot estuviese encantada.

—Es un trámite —me susurró con sordina y disimuladamente.

—Tía…, ¿a qué cojones te dedicas?

No contestó, solo agachó la cabeza mientras le daban la tarjeta de su habitación a nombre de una tal Ana Ortiz. No entendí nada. A que me había ido de viaje con la hija de un puto mafioso…

El hotel me pareció el típico: el típico que aparece en las películas, donde entra y sale gente de dinero a la que tipos como yo abrimos la puerta.

Retumbaban en mi cabeza, mientras recorríamos el pasillo en silencio, todas las palabras que Idoia me dedicó en nuestra ruptura y todo lo que se podía deducir de ellas: mediocre, muerto de hambre, tirado, sin futuro.

Quizá tenía razón. Yo no podría pagar nada de aquello y a Idoia, seamos sinceros, le gustaba el lujo. No era como Margot, que parecía llevarlo de fábrica. Idoia siempre decía que le gustaban las cosas caras. Cada dos meses o así, hacía lo que ella llamaba «una inversión», que se reducía a la compra de un bolso cuyo precio me parecía insultante. Pero a ella no…

—¿Estás bien? —me preguntó Margot, hablando bajo.

—Sí, pero me siento como… si estuviese estafando a alguien. Esto no me lo he ganado. No sé si me explico.

—Claro que te explicas. —Me sonrió—. Yo me siento así todos los días.

—Nunca pensé que viajaría de esta manera.

Margot se paró en la puerta de su habitación; la puerta de al lado era la mía. Miró a nuestro alrededor, por si subían ya nuestras maletas, pero no había nadie en el enmoquetado pasillo. Tendió su mano hacia mí y yo cogí sus dedos.

—¿Qué importa la manera? Solo el lugar.

—Y la compañía —añadí.

—No quiero que me juzgues a partir de los detalles de este viaje.

—No lo haré.

—No somos lo que tenemos. Somos lo que sentimos.

—Y lo que hacemos.

Me acerqué y besé su frente, colocando mis manos en su cabeza. Fue un gesto lento. De algún modo sentí que era algo íntimo, muy íntimo.

Abríamos nuestras respectivas puertas justo cuando unos pasos anunciaban la llegada del botones.

La habitación guardaba tesoros. El dinero no solo paga dorados y acabados de lujo, también aire y vistas, a juzgar por lo que se podía disfrutar desde el pequeño balcón; allí, majestuosa e impertérrita, la Acrópolis. Se me hizo un nudo en la garganta y tuve que tragármelo, lo admito. Bueno, en realidad lo que tuve que aplacar fueron unas tremendas ganas de llorar que me hicieron sentir avergonzado. Me agarré a la barandilla, respiré hondo y saqué mi móvil de mierda para hacer una foto, aunque, como pasa siempre con la luna, las fotos no podrían nunca hacerle justicia.

Apenas saqué tres o cuatro cosas de la maleta antes de deslizarme sigilosamente por el pasillo hacia la habitación de Margot. Me abrió con el teléfono en la oreja, en lo que parecía una llamada de trabajo, de esas tensas y frías que quieres acabar cuanto antes, pero que después averigüé que en realidad era una charla madre-hija.

—No es nadie, solo me traen las maletas. —Ella respiró hondo y cerré la puerta con cuidado—. Sí, sí. El vuelo bien. Y el hotel también. —Pausa.

Ojos en blanco—. Vale, madre. Adiós.

—Qué relación tan dulce —comenté de soslayo cuando tiró el móvil sobre la cómoda.

—Mi madre es una almorrana.

Solté una carcajada y me senté en su cama. La habitación era exactamente igual que la mía: grande, un poco hortera pero luminosa y con unas vistas increíbles. Eché un vistazo al baño de mármol blanco de techo a suelo, lujoso, donde Margot había dejado ya un par de bolsas de aseo.

—Sé que ahora vamos a irnos a patear la ciudad y eso, pero… solo puedo pensar en meterme ahí —le dije señalando una de esas duchas de lluvia.

—David…, ¿quieres darte una ducha? ¡Dátela! —Sonrió—. Son unas vacaciones, y en las vacaciones puedes desayunar a las tres de la tarde y beber vino a las once de la mañana.

Me imaginé la cara que se le quedaría si, haciendo caso de su consejo, me desnudaba allí mismo para colarme en su ducha. Me reí. Ella también se rio y, aunque creí que lo hacía solo por inercia, aclaró pronto que me conocía más de lo que yo pensaba:

—Me refería a la tuya, gañán. Ni se te ocurra.

Comimos musaka, bebimos cerveza y tomamos helado de postre, perdidos en las callejuelas de una ciudad que no nos pertenecía y que nos parecía caótica y llena hasta los topes de gente como nosotros, que usurpaba el lugar para fotos, brindis y suvenires. Odio cómo los turistas manchamos con huella compulsiva cada sitio que pisamos, aunque no nos demos cuenta.

Aunque vayamos enganchados a quien camina a nuestro lado, siguiendo sus tobillos y sus pies en esas Converse negras que ya parecían algo sucias. Las de Margot.

Hacía calor…, muchísimo calor. Paseamos un montón, consultando en el móvil cuáles eran las ruinas que íbamos descubriendo a nuestro paso. Y

por más que he intentado recuperar el recuerdo concreto de qué hicimos o de qué hablamos, no puedo. Solo me viene a la cabeza la imagen de Margot carcajeándose, quejándose del calor, señalando algo con sorpresa, bebiéndose una botella de agua de un solo trago, cogiéndome del brazo para no tropezar. Creo que estaba abrumado. Nadie me había regalado algo tan grande. Y no me refiero a los lujos, aunque es bueno darse cuenta de que nunca necesitaste que te recogiera un buen coche en un aeropuerto o que cargaran tus maletas por ti. Me refiero a lo que realmente compra el dinero: tiempo. Pero para ti.

Al día siguiente, muy temprano, teníamos planeado visitar la Acrópolis y, entre paseos y paradas para tomar algo, habíamos visto ya buena parte de

todo lo que Margot tenía anotado para la primera jornada. Solo estaríamos un día más en Atenas antes de viajar hacia Santorini, pero ella se volvió hacia mí y, sonriendo, propuso:

—¿Y si volvemos al hotel y nos damos un baño?

Quizá deberíamos habernos esforzado más en ser buenos turistas y haber consultado la guía de viaje, pero todos los lugares que se proponían en esas listas de «qué ver en un día» tuvieron que quedarse a un lado, porque Margot y yo queríamos darnos un baño.

La azotea tenía un restaurante y una piscina rodeada de tumbonas, todas ellas ocupadas cuando llegamos, de modo que dejamos nuestras cosas en un rincón y nos quitamos la ropa. Habíamos pasado por la habitación para cambiarnos y yo llevaba ya puesto el bañador, uno rojo un poco viejo, y solo tuve que quitarme la camiseta. Ella se había puesto un vestidito negro, sencillo, como una camiseta larga y, cuando se lo quitó, entendí que se partiera de risa al ver mi traje de baño: el suyo era del mismo color.

Nos tiramos a la piscina de paredes de cristal y lanzamos un grito que quedó disimulado por los de un par de niños que jugaban a hacer carreras y aguadillas. El agua estaba incomprensiblemente helada para el calor que hacía en aquella ciudad.

—¿¿Hola?? —me dijo Margot con los ojos superabiertos—. ¿Me puedes explicar esta congelación?

Me sentí raro al apartar la mirada, pero es que se le marcaban los pezones en el bañador y me costaba mirarla a la cara. Me sentí un cabrón por haberme fijado en ellos…, pequeños y oscuros, coronando dos pechos que, con el frío del agua, parecían haberse contraído.

—¡Dos hamacas libres! —exclamé mirando más allá de su espalda.

Me alejé con la excusa de ocuparlas antes que otra persona las viera, pero en realidad me alejé porque no quería mirarla así. No. Yo solo quería mirar así a Idoia y hacerlo con Margot era una canallada.

Pidió una botella de vino blanco frío sin preocuparse de mirar la carta de precios y nos tumbamos mientras el sol caía sobre la ciudad. En silencio.

Tirándonos de vez en cuando cacahuetes para fastidiar.

La vi acomodarse en su hamaca, cerrar los ojos, suspirar… y me pregunté cómo sería su vida realmente. ¿Estaba ella acostumbrada a

aquellos lujos? ¿Cómo podía sentirme tan a gusto con alguien tan diferente a mí? ¿Qué éramos, la Dama y el Vagabundo? Quizá no tendría que haber aceptado aquel viaje.

Entonces Margot se volvió hacia mí y me miró. No me refiero a que posara su mirada sobre mí. No. Me refiero a que ME MIRÓ. Como si yo fuera un continente de cristal y pudiera ver a través de mi piel. Como si mis pensamientos llegasen hasta sus labios en forma de pregunta:

—¿Te arrepientes de haber venido?

—No —contesté enseguida, pero por el momento no me vi preparado para decir nada más.

—No, ¿pero…?

—Pero me da miedo —añadí.

Se incorporó un poco, agarrada a su copa de cristal, y su rostro dibujó una expresión preocupada.

—¿Qué es lo que te da miedo? ¿Yo? ¿No será por… el dinero?

Negué con la cabeza, aunque lo cierto es que el coste de aquel viaje también me preocupaba.

—Me estás asustando —susurró—. Si no quieres estar aquí…, quiero decir que… si te aburres o crees que viajar juntos no ha sido buena idea, no pasa nada. Te daré tus billetes, el nombre de los hoteles y todo lo demás.

Puedes seguir viajando por tu cuenta, David.

—Margot. —Alargué la mano hacia ella—. Boba. No es eso.

—¿Entonces?

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Quizá me da miedo volver a la vida real cuando acabe este viaje.

—No es eso. —Arqueó una ceja pero con una sonrisa. Parecía, de pronto, aliviada—. Es algo que te da vergüenza decirme.

Y… sí. Era algo que me daba vergüenza incluso asumir yo mismo: tenía miedo a no ser suficiente, a que no le compensase mi presencia allí respecto al dinero que había invertido. Joder. Nos conocíamos… ¿desde hacía dos semanas? ¿Y si terminaba dándose cuenta de que yo solo era un pobre mediocre y con pajaritos en la cabeza, como decía Idoia? Qué cabrona, Idoia, joder. Pero qué cabrona. Creo que hasta aquel momento no me había

parado a pensar en ello. ¿Cómo podía no darme una oportunidad por no tener donde caerme muerto, si yo la quería tanto?

Volví al rostro de Margot, que se estaba impacientando mientras esperaba mi respuesta e hice lo que mejor sabía hacer: fingir que todo lo que acontecía en mi interior era respuesta a un estímulo muy primario:

—Tengo hambre. En realidad, siempre tengo hambre.

—¿Y crees que eso va a ser un problema para este viaje?

Asentí, metiéndome todos los cacahuetes que quedaban en la boca mientras ella se reía y se levantaba de la hamaca.

—Voy a darme un último chapuzón «congelatorio». Después nos vamos a ver el cambio de guardia a la plaza Sintagma y a cenar, ¿te parece?

—Me parece.

Dio un par de pasos hacia la piscina, pero en el último instante volvió hacia mí; sus dedos se internaron en mi pelo en un gesto que hasta el momento nunca había tenido conmigo. La miré, levantando el mentón, y ella dijo con una sonrisa:

—Yo también tengo miedo, pero si tú estás conmigo me siento mejor.

No hace falta que me engañes. Nunca.

—No sé si valgo el gasto —le confesé—. Y me da miedo no estar a la altura.

Se sentó frente a mí, con la mano aún en mi pelo, pero esta vez acariciando mis sienes. Yo lo hice también. También acaricié su pelo. Me pregunté qué pareceríamos a ojos de todos aquellos otros huéspedes. Me pregunté qué vería Margot en mí cuando me miraba. Me pregunté si ella se habría dado cuenta de que desde que la había conocido me daba miedo separarme demasiado de ella.

—Menudos dos tontos —susurró.

Creo que sí. Creo que lo sabía.

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