Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 21 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 21

Self care

Nos saludamos con lo que ya empezaba a ser nuestro clásico apretón de manos, y se fijó en que la tarde anterior había aprovechado para ir a hacerme la manicura y llevaba las uñas pintadas de un suave turquesa pastel.

—¡Uhhh! Pero ¡qué moderna! —se burló.

—Pues vas a flipar, porque me pienso comprar cosas supertrendys.

—¿Tren-qué?

—Modernas, David, modernas.

No se había cortado el pelo y por supuesto no se había peinado. Llevaba unos vaqueros desgastados con un corte un poco pasado y una camiseta negra que agarré entre mis dedos y extendí cuanto pude. En el lado izquierdo, ajá…, un agujero.

—Qué puñetero desastre. —Me reí.

—Reina, ¿desde cuándo importa el envoltorio si el regalo está tan rico?

Echamos a andar sin saber muy bien dónde entrar. Eran las once de la mañana y algunas tiendas acababan de abrir, pero la calle Fuencarral ya estaba llena de gente.

Nosotros caminábamos sin hablar, pero no sentía la obligación de llenar cada silencio. Había algo en él que me había hecho sentir de esa forma casi desde el primer día: cómoda.

—¿Por qué me caes bien? —le pregunté con una mueca cuando me di cuenta.

—Porque soy raro, como tú.

—Tu rareza y la mía no se parecen ni en el blanco de los ojos.

—A lo mejor es eso. —Me lanzó un guiño descarado.

Pensé que había muchas cosas curiosas en sus ojos, pero que no sabría definir ninguna de ellas. Quizá para las cosas más hermosas de la vida no existen palabras.

—He hecho una lista de prendas que deberías tener sí o sí. —Le di una servilleta garabateada y noté que, sin saber por qué, me sonrojaba.

—Te gustan las listas, ¿eh?

—Mucho. La he hecho mientras desayunaba.

David siguió caminando mientras estudiaba la servilleta con el ceño fruncido.

—¿Y la has escrito en español o en una lengua élfica?

—Quita. —Se la arranqué de las manos y empecé a leer en voz alta—.

«Pantalones vaqueros. Pantalones negros. Un traje. Una camisa blanca. Un polo».

—¡¿Un polo?!

Varios transeúntes se giraron después de que sus carcajadas les alertaran. Fue como ver en directo una escena de El joker.

—¿Qué pasa?

—¿Un polo? Ni en tus sueños. No me vas a vestir de Cayetano.

—Todos los hombres tienen un polo.

—No. Todos los hombres tienen calcetines desparejados o con tomates y una ex a la que seguirían follándose, pero no un polo. Tacha el polo. Y el traje.

—¿¡El traje!?

—¿Cuándo quieres que me lo ponga? ¿Para pasear a los perros?

—Siempre hay ocasiones.

—Ni espero casarme en breve ni tengo a nadie en edad de invitarme a su funeral, así que fuera polo y fuera traje. Sigue.

—No has dicho nada de la camisa blanca, por lo que me voy a apuntar un tanto.

—Tacha camisa blanca. Ni loco. No quiero parecer un camarero de la Plaza Mayor.

Puse los ojos en blanco.

—Vale. Ehm…, unas zapatillas nuevas.

—Estas valen. —Señaló las que llevaba, totalmente destrozadas y algo descoloridas.

Miré sus zapatillas y luego su cara. Le agarré del brazo para dar más fuerza a mi mensaje:

—No, David. No valen, te lo aseguro.

—¿Y qué le pasa a mis vaqueros?

—Que están pasados de moda.

—¿Has llegado a la conclusión tú solita o te lo ha dicho la chica que compra la ropa por ti? —me preguntó, haciéndose el listillo.

—Imagínate lo pasados de moda que están que hasta yo me doy cuenta.

— Touché. ¿Algo más?

—Cuento con que tienes ropa interior decente.

—Bóxers lisos. Sin agujeros. —Levantó la mano en plan solemne.

—Pues entonces creo que deberíamos echar un vistazo a la sección de camisetas también… por si te apetece no ir vestido como un colador.

Carraspeó y me miró un poco más serio que de costumbre. Qué fuerte.

Ya teníamos hasta costumbres.

—Oye, Margot…, yo… no puedo gastarme mucho dinero.

—Ah…, ya. —Me quedé un poco cortada. Nunca había tenido ese problema por lo que… me sentí un poco incómoda, como superficial.

Culpable por mis ventajas—. ¿Cuál es tu presupuesto?

—Si digo cincuenta euros voy a quedar fatal. —Arrugó la nariz.

—No. No quedas fatal. Seguro que con…, no sé…, ¿setenta? hacemos milagros.

—¿Y tú?

—¿Yo qué? —respondí a la defensiva.

Me lanzó una mirada extraña.

—¿Y tú qué? Porque me siento en desventaja si no escribo una lista de cosas que te tengas que comprar sí o sí.

—Pues venga…

—Dame unos minutos.

Seguimos paseando, mirando escaparates a uno y a otro lado de la calle, pero David parecía mucho más concentrado en observar a la gente con la que nos cruzábamos que en la ropa. De vez en cuando sacaba el móvil de su

bolsillo, apuntaba algo con mirada juguetona y lo volvía a guardar. Estaba haciendo su lista.

Casi llegamos a la parada de metro de Tribunal cuando nos dimos cuenta de que quizá habría sido más fácil ir directamente a Zara. Había ropa para los dos, solía estar a buen precio y la gente parecía apañarse muy bien para ir estiloso, a la moda y con personalidad. Dimos la vuelta y, con mirada burlona, siguió anotando cosas en esa lista.

Hasta que llegamos a Gran Vía. Y me pasó su móvil.

Falda plisada.

Cosas transparentes.

Vestido de flores. Pequeño.

Zapatillas Converse.

Algo de lentejuelas.

Pendientes muy grandes.

Un pantalón ancho.

Camiseta de algún grupo de música.

Algo de leopardo.

Un sombrero.

Un pantalón corto.

Un vestido superceñido.

Un vestido largo.

Algo con lo que se te vea el ombligo.

Me quedé mirándolo. Frente a mí, vestido como un universitario sin concepción alguna de la elegancia, David había sabido localizar todas las tendencias de moda de aquel verano solo con dar una vuelta por Madrid.

—Quizá también te tendrías que comprar una riñonera —me dijo de soslayo al ver a unas chiquillas que la lucían cruzada al pecho.

—Ni loca. No tengo suficiente flow. Y lo de que se me vea el ombligo e ir superceñida también vetado.

—Ya veremos.

Cuando entramos en Zara lo hicimos muertos de la risa, preparándonos para una especie de competición sórdida y chorra en la que nadie ganaría nada de valor, pero en la que creíamos que habría un perdedor. Seguramente nuestro bolsillo.

Yo escogería las cosas que debía probarse y él escogería las mías. Por turnos, para hacerlo más cómodo. Quería empezar yo, por supuesto, de

modo que lo llevé hasta la planta de ropa de hombre a rastras y le pedí, muy emocionada, que me dijera todas sus tallas.

—Ni idea. —Se encogió de hombros—. Míralas tú a ver. De pie un cuarenta y cuatro, eso sí.

—¿Cómo que las mire yo?

—Sí, aún no he aprendido a darle la vuelta entera a la cabeza y mirarme la espalda, pero oye, ¿no dice Mr. Wonderful que no hay nada imposible si lo deseas de verdad?

Lo agarré del brazo de malas maneras, como a un chiquillo, y le di la vuelta, lo que debió de parecerle muy gracioso porque estalló en carcajadas.

Me asomé por la cinturilla de su pantalón, a través de la que atisbé un culillo respingón apretadito en un bóxer color negro. Me ruboricé un poco y casi se me olvidó qué número había leído en la etiqueta, pero pestañeé un par de veces y después hice lo mismo con su camiseta. Tenía la espalda morena, ancha, y a la altura de la cintura se creaba en medio una hendidura.

Me fijé que en uno de sus omoplatos tenía la marca blanquecina de un par de arañazos. Joder con Idoia… o joder con él, vete tú a saber.

Me espabilé tras unos segundos de vacío y me coloqué frente a él.

—Ya está.

—Has disfrutado, ¿eh?

Y lo dijo con una ceja arqueada y una sonrisa socarrona. Nunca me había fijado en sus cejas…, estaban como desordenadas pero le daban a su mirada… un algo. Algo. No sabía bien qué era.

Vetó unos pantalones cortos que le parecieron de «político que veranea en Mallorca» (nota mental, no presentarle nunca a mi tío Luis) y unas zapatillas que eran «peor que llevar mocasines saltarines hechos con la piel de dos mastines». No tuve ni idea de por qué se partió de risa después de decirlo. Sin embargo, conseguí que se probara unos pantalones vaqueros pitillo, unos negros tobilleros tipo chinos, unas camisetas, una camisa estampada y… ¡una camisa blanca! Ni rechistó. Se metió en el probador solito, con todas las prendas.

—Te espero por allí. —Señalé unos percheros.

—¿No entras conmigo?

—¿Yo?

—Claro. ¿Cómo voy a saber si me quedan bien?

—Confía en tu intuición. —Le di un par de palmaditas de ánimo en el brazo y me alejé.

Se quedó mirándome con cara de perrito abandonado mientras me marchaba, pero no me ablandé. Ya había sido demasiado atrevimiento asomarme a su pantalón para comprobar la talla. ¿En qué estaba pensando?

Fue rápido. Cuando lo vi salir, iba mirando las etiquetas de las prendas que no había desechado sobre la mesa que había a la salida de los probadores. Estaba despeinado rollo «superviviente de un accidente en un túnel de viento».

—A ver…, me llevo esto —concentrado, entornó los ojos y fue dejando prendas en mis brazos.

Dos camisetas básicas, una camisa estampada de manga corta (no demasiado estampada), los vaqueros y los pantalones negros.

—¿Y la camisa blanca?

—A esparragar. —Sonrió como un canalla.

—Pero ¡si seguro que te quedaba bien!

—Setenta y uno con setenta y cinco —contestó muy serio y con los ojos muy abiertos.

Mientras paseábamos por la planta de mujer y David ojeaba los percheros, sentí un leve ataque de pánico. Nada como el del día que mandé a la mierda mi relación y mi discreción, pero similar al que me provocaba recibir la ropa que mi madre nos mandaba al internado para los días que no teníamos que llevar el uniforme, pero por el lado contrario. Todo parecía tan… ¿pequeño? Ceñido desde luego. Y escotado. Atrevido. Juvenil.

—¿Talla?

Me hice la sorda. No sé por qué, sobre todo nosotras, tenemos tantos reparos a la hora de decir en voz alta nuestra talla, sea la que sea. Es solo un número cosido en un pedazo de tela.

Pero David no tenía suficiente paciencia para darme tiempo de asumir que iba a tener que decírsela sí o sí, de modo que me vi arrastrada por la cinturilla del pantalón hasta detrás de un perchero, donde estudió, tal y como había hecho yo con él, las etiquetas de mi ropa.

—No me jodas —le escuché murmurar.

—¿Qué?

—¿Combinas hasta las bragas con el color de la camisa?

—¡Déjame! ¡Te estás recreando!

—Lo dices como si tú no hubieras hecho lo mismo.

Me adelantó y me guiñó un ojo en plan ufano.

—Yo no me he recreado —me justifiqué.

—No pasa nada, tonta. Si te da para un ratillo de rasca y gana a mí no me importa, que sé que estás muy solita.

No lo pensé cuando cogí una percha vacía y le di con ella en el lomo.

Creo que no esperaba mi reacción, pero… bueno, yo tampoco esperaba ser capaz de ser… espontánea. Solía ser más rígida, dura de roer, bastante estática…, como un Nokia. Ladrillo pero resistente.

David se puso a pasear por los percheros con interés científico y cierto protocolo: primero dio una vuelta completa a la planta para volver, paso por paso, atrás. Cuando ya pensaba que nada le satisfacía, cogió de golpe un body negro y un pantalón del mismo color… corto. Lo tiró en mis brazos y se lanzó hacia una falda de flores con unos cortes que otra chica estaba mirando.

—Perdona, ¿me disculpas? Emergencia de estilo —le dijo para, acto seguido, robarle la percha de entre las manos.

Tuve que esconderme detrás de las prendas que me iba tirando para que no me viera reírme.

—Este vestido te hará un buen par —dijo muy seguro, mirando una prenda con escote en caja, ceñida y colorida—. ¿Se puede decir eso sin que suene machista?

—No estoy segura.

—No estoy cosificándote. A juzgar por el sujetador que llevas, me ha dado la sensación de que te importa cómo se te vean…, vamos, que se te vea el busto.

—¿Y cómo sabes qué sujetador llevo si solo me has visto la parte de detrás, gañán?

—Porque se salía la etiqueta y sé leer: «Wonderbra».

—Vete a cagar.

—No tengo ganas, gracias.

Nunca, jamás, se habían comportado de una manera tan natural conmigo y… aún necesitaba tiempo para saber si me gustaba o no.

Sobre mis brazos aterrizaron una falda de leopardo y una minifalda de lentejuelas grises. Yo lo miraba anonadada.

—¿Te suena dónde hemos visto un pantalón blanco… así como ancho?

—No —contesté con un gallito de voz.

—Ah, sí. Está allí.

Ese pantalón y una camiseta blanca, también ceñida, escotada y de canalé se unieron al grupo. Después, un top transparente.

—¿Estás chalado?

La risita que se le escapó sonaba a «muajaja».

Se vino arriba. Muy arriba. Temí haber creado un monstruo y lo imaginé completamente vestido de negro, con un jersey de cuello vuelto y una gafas de pasta, sentado en la primera fila de la Fashion Week de Nueva York, criticando duramente modelitos para una importante revista. Bueno…, era un futuro de éxito. Quizá tampoco le había hecho tanto mal.

—David, ¿qué es para ti el éxito? —le pregunté.

—¿Que te toque la lotería sin jugar cuenta?

—No.

—Pues entonces ser libre.

—¿Cómo que ser libre?

Dejó en mis brazos, aunque ya casi no podía con más, un vestido de tirantes de un material que diría que era raso y un crop top.

—Ya sabes. Tiempo para hacer lo que realmente te apetece en cada momento. Estoy seguro de que el verdadero lujo no tiene nada que ver con el dinero de una manera material. El lujo, lo que compra el dinero en realidad, es tiempo y libertad.

Sus cejas algo desordenadas se arquearon al hablar y, acompañando a su última palabra, se humedeció los labios, como si se hubiera quedado con la boca seca, como si acabara de dar un discurso en el que dijera de sí mismo más de lo que pretendía.

—Eso es muy sabio.

—Ese mono rojo corto es perfecto para la noche de «besar a una mujer»

en Grecia —respondió señalando otra prenda.

Empezaba a descubrir que David manejaba una dualidad interesante; por un lado me hacía reír a carcajadas, incluso cuando no quería hacerlo, y por otro… me hacía pensar.

—Con unas zapatillas Converse blancas esto. —Levantó una percha con una faldita corta estampada—. Y esto. —Y levantó otra con una camisa blanca de las que se anudan en el estómago—. Queda de puta madre.

—Dime que no estás copiando looks de Idoia.

—¿Qué? ¡No! A Idoia le encanta el encaje, las transparencias y el látex.

Hice una mueca a la que él contestó con un ronroneo.

—Ale, al probador.

—Sabes que solo se puede entrar las prendas de seis en seis, ¿no? —le pregunté con una montaña de ropa en mis brazos.

—Pues ánimo…, tenemos muchos viajes que hacer.

No le dejé entrar. Ese era el trato. Él se quedaría fuera del probador y yo iría saliendo con los descartes para coger más prendas. Y hubo muchos descartes: el top transparente fue lo primero, el mono rojo lo segundo y le acompañó el vestido de raso. Aunque me sorprendió gratamente, la minifalda de lentejuelas también corrió el mismo destino, pero él llegó pronto con unos vaqueros algo anchos, tobilleros, con los que suplir el hueco. Lo demás, me lo llevé todo. Incluyendo estos últimos. Y, por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de salir a la calle con alguna de estas prendas, de quitarles las etiquetas y mirarme en el espejo después de combinarlas de distintas formas. Me sentía… ¿juguetona? No sé. Dispuesta a arriesgar. Total, toda esa ropa estaba destinada a la maleta para mi viaje.

Nadie conocido me vería con ella. Sería como el uniforme con el que el superhéroe se disfraza. Sería mi nueva identidad en el papel de espía. Sería lo que la adolescente esconde en el fondo del armario porque mamá no lo aprueba y que le gusta más que la indumentaria oficial.

Cuando pagamos y salimos de allí, sentía mayor gratitud hacia aquel chico que andaba quejándose del precio de los pantalones vaqueros que por muchas de esas amistades de toda la vida que… no me habían vuelto a llamar desde la boda. Esas que sabían quién era, que me invitaban a sus vacaciones en un barco o que se acercaban a cotillear en los eventos a los que acudía. Y me sentí tan en deuda que… cuando nos despedimos en el

metro para que él pudiera dejar todas aquellas cosas en casa antes de ir a trabajar, cuando lo vi bajar al trote por las escaleras de la boca de Gran Vía, perdiéndose entre la gente bajo el sonido de un saxofonista callejero…, decidí que merecíamos que aquella naciente amistad llegase a buen puerto, que tenía que recuperar a Idoia si era lo que quería y que me esforzaría por arrancarle cuantas sonrisas pudiera.

Pasé por una zapatería y compré tres pares de Converse, unas blancas, unas negras y otras para él, que le hice llegar al bar con un mensajero y una nota: «Me las compré iguales. Te las merecías».

Releí al menos cuatro veces su mensaje de contestación, todas ellas con ilusión y la sensación de estar cometiendo una locura.

Ojalá desgastemos las suelas de tanto andar juntos por Madrid. Muchas gracias, Margot. Quizá las personas que están tristes puedan hacer mucho más que comprenderse.

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