Un cuento perfecto
56. B
Nuestro propio cuento
Llevó su tiempo. Joder, que si llevó su tiempo. Un desastre como yo no se reforma en un chasquear de dedos. Y ella también tenía cosas que solucionar.
Mi dejadez. Su obsesión por el control. Mi tendencia al drama. Su pragmatismo exacerbado. Mi conformismo. Su paranoia laboral.
Nunca habría imaginado que romper y olvidar su relación con el Iron Man de los novios fuera lo que menos problema nos diera como pareja.
Aunque, bueno, siendo fiel a la realidad, nosotros aún tardamos en ser pareja.
Hasta diciembre, nos mantuvimos en una distancia cómoda, pero distancia al fin y al cabo, en la que, bueno, nos veíamos, hablábamos, hacíamos planes, pero… cero sexo. Porque, según mi querida Margot, cuando follábamos a ella se le olvidaba pensar durante días y no tomaba decisiones meditadas.
No sé si yo medité o no la decisión, pero, por cierto, dejé el pub al mes siguiente y dije que no a embarcarme, a cambio de un buen sueldo y muchas propinas, como camarero en un crucero.
Me mudé cerca de la parada de metro Oporto, a un sitio que estaba bastante lejos de la idea de piso compartido que se tiene cuando uno empieza la universidad. Mi compañero era físico, trabajaba para una empresa que hacía cosas que yo no entendía y meditaba por las noches emitiendo un constante «ommmmm» que se colaba en mi dormitorio como el zumbido de un abejorro gigantesco. Pero era tranquilo. Y limpio. Y era casi como vivir solo compartiendo gastos.
El primer día que Margot se quedó a dormir conmigo me sentí como un colegial, a pesar de que la muy cabrona, después de besarme, morderme,
ronronearme y frotarse como una gata, me dijo que era mejor dejarlo ahí. Y
a mí, que había limpiado hasta las pelusas de debajo de la cama por si nos poníamos creativos con el primer polvo en meses… me entró la risa.
—Hazme una paja por lo menos —le dije de coña.
—A lo mejor te eviscero y, oye, problema solucionado.
Le pregunté si podía hacerla cambiar de opinión con una educadísima insistencia. Cuando, sonriente, me dijo que no y amenazó con coger sus cosas e irse a casa si yo no dejaba de pensar con lo que mantenía tirantes mis calzoncillos, me di cuenta de que había comprado demasiado pronto el paquete jumbo de preservativos.
Pero no me quejo. Dos días después fuimos al cine y mientras llovía en la pantalla, en la última peli de Woody Allen, Margot dijo que no podía más, se hizo una coleta y me hizo una mamada.
Nuestra relación tampoco tardó demasiado en formalizarse. En febrero Margot ya me presentaba como su novio a sus colegas en un cóctel de la empresa. Llevaba un vestido negro con un corte que dejaba una de sus piernas al aire. Estaba increíble y yo me sentía el tío más afortunado sobre la faz de la tierra. Aluciné cuando vi a la Margot jefa y accionista, y entendí por qué estaba tan quemada: tenía que ser dura, y mi pequeña, minúsculamente enorme, Margot no era dura y tenía que vestirse con una coraza que le pesaba.
—¿Qué es lo que te asusta? —le pregunté esa noche, en su casa, cuando me quitaba el traje que me había obligado a comprarme.
—Que vean mis debilidades. Son como carroñeros misóginos.
—No dudo que esos tipos sean unos señoros, pero… ¿y qué más te da?
Tienes el treinta y siete por ciento de las acciones, reina mora. Si tú quieres, los haces hasta ladrar.
La miré mientras ponía los ojos en blanco y se lanzaba a un monólogo sobre por qué estaba tan equivocado. Allí, soltándose unas horquillas brillantes del pelo, mesándose los mechones entre los dedos, quitándose el vestido de fiesta, quedándose con aquella especie de camisoncito interior tan pequeño, negro, desabrochándose la pulsera de los zapatos de tacón alto…
—Ven aquí, que este perro sí que quiere ladrarte —le dije.
Gracias al cosmos, en nuestra relación ya estaba permitido provocar malas decisiones a base de sexo. Me la cargué encima, la llevé a la cama y la llamé Khaleesi, madre de hoteles, y todas las chorradas que se me ocurrieron hasta que, muy seria, encima de mí, me dijo:
—El problema es que les tengo miedo, David, porque me han criado diciéndome que ellos saben lo que se hacen y yo no.
—¿Y qué podemos hacer para cambiar eso?
—¿Puedo montar una mercería y dedicarme a vender medias?
La agarré fuerte de las caderas y la agité un poco.
—Margot, cariño…, puedes hacer lo que te plazca. Eres la jefa y tienes alas. ¿Qué más quieres? Pero no desperdicies tu talento huyendo a un curro que no te pondrá tan cachonda como el tuyo.
En qué momento le dije aquello… aunque el sexo que vino después fue increíble, como el que tuvimos durante esos días que creímos que eran la despedida.
Tardó dos meses en rumiar la idea para que cuando me la planteara estuviera más que segura. Y debo admitir que lo hizo bien. Me vendió bien la película.
—David…, ¿sabes que tengo un piso en Londres?
—¿En serio? —No sé por qué me sorprendí.
—Sí.
Estábamos en su despacho. Había ido a darle una sorpresa y a llevarle un chocolate caliente cuando salí de la floristería. Sabía que mi pequeña adicta al trabajo seguiría allí, y… acerté.
Me dejé caer en uno de los sillones que tenía frente a la mesa.
—He estado posponiendo mis viajes a Londres desde que estoy contigo porque… —se ruborizó y empezó a mover sin ton ni son cosas de encima de la mesa—, porque no quería alejarme mucho.
—Tontorrona. —Le guiñé un ojo.
—El caso es que me tengo que ir unos días a Londres porque tengo reuniones con socios, clientes y…, bueno, he pensado que podríamos aprovechar para pasar unos días allí los dos. Creo que mi piso te gustará.
—No puedo pillarme días —dije torciendo el morro.
—De viernes a lunes. Estarías aquí para entrar a tiempo en la floristería.
Yo me encargo.
En una conversación muy seria (todo lo seria que es posible, entiéndase) con Amparito y Asunción, había conseguido que me ampliaran un día y unas horas mi jornada y ya casi cobraba un sueldo medio normal, pero eso implicaba que de lunes a jueves era todo suyo. Y esas señoras eran muy celosas.
—Bueno. Si no tengo que faltar al curro. —Me encogí de hombros—.
Pero los billetes los pago yo.
—Están carísimos —dijo con ese aire de empresaria que se sacaba de vez en cuando de la manga—. Me he tomado la libertad de comprarlos ya.
Son para pasado mañana.
—Hay cosas que nunca cambian. Tienes un papo como una catedral.
La queja no sirvió de nada. Nos fuimos a Londres.
Mientras Margot se reunía y comía en un restaurante de esos de doscientos euros el cubierto, me dejó en su apartamento. Había mandado a alguien a limpiarlo y a llenar un poco la nevera y yo me había llevado mi libro, de modo que no me pareció un suplicio esperar allí. Tenía también unas llaves, por si quería salir a darme una vuelta, pero… con mi inglés no me apetecía arriesgarme a necesitar comunicarme con alguien y no conseguirlo.
Me senté en el sofá. Era muy bonito, clásico, muy cómodo. Abrí el libro, pero me quedé con él en el regazo mirando embobado la chimenea del salón, tan bonita, de estilo victoriano. ¿Funcionaría? Barrí con los ojos cada detalle de la habitación y me sorprendió la cantidad de flores y plantas que había allí. ¿Quién narices las regaba?
Me levanté y recorrí el salón. Era cálido, agradable, luminoso, a pesar de encontrarse en una ciudad que, estarás conmigo, no es lo que se dice luminosa. El apartamento tenía dos habitaciones. Una grande con un vestidor, una cama de matrimonio y un baño en suite, y una más pequeña, pegada al baño que quedaba en el pasillo, en la que en aquel momento Margot tenía un despacho. La cocina me encantaba, con los armarios en verde, isla y una gran mesa corrida de madera para organizar cenas y…
Enseguida me olí el percal, debo decir. Cuando ella llegó y me preguntó si había estado a gusto, si había echado un vistazo al barrio y si me había fijado en el pequeño restaurante libanés que había en la esquina…, fui a su encuentro.
—¿Quieres mudarte a Londres?
Dibujó una mueca y se dejó caer en el sofá.
—No si tú no quieres.
—No hablo inglés, cariño —le respondí, preocupado.
—Con un profesor particular, haciendo un intensivo…
—Me da miedo —confesé.
—Si no quieres, no pasa nada. Solo… se me ocurrió que podría ser un buen sitio para nosotros. Es una ciudad grande, tan libre…, desde aquí puedo trabajar sin tener que lidiar todos los días con la pandilla de osos. Y
además, con Candela de aquí para allá y Patricia tan ocupada en encajarlo todo con Didier y los niños…, ¿por qué no empezar de nuevo aquí?
Le prometí que me lo pensaría. Implicaba muchas cosas que me asustaban, como terminar siendo el novio juguete, metido en casa todo el día, sin oficio ni beneficio.
Sin embargo, cuando me vi en el pueblo, preguntándole a mi madre qué opinaba sobre aquello, supe que ya había hecho más que pensarlo. Lo tenía casi decidido.
—Ay, flaco. —Me sonrió con ternura—. Vive aventuras.
—Pero, mamá…, ¿Londres?
—Si te da miedo, hazlo con miedo.
Mi regalo de cumpleaños para Margot aquel año fueron unas clases de inglés para mí, que empecé dos meses antes de la celebración de sus treinta y tres. Aquel día, en la cena, le dije en un inglés aún bastante vergonzoso lo que llevaba una semana preparando con mi profesor: «Quiero irme contigo porque me he dado cuenta de que allí donde estés tú, estará mi casa».
Nos fuimos cuatro meses después. Lo bueno de la obsesión de Margot por el control es que es muy sesuda a la hora de organizar las cosas. No sé qué le pasó con aquel viaje a Grecia, la verdad. Supongo que fue cosa del destino.
Nos instalamos en su piso de Nothing Hill, que no quise ni saber cuánto costaba, y seguí tomando clases hasta que sentí que podía enfrentarme a una entrevista de trabajo. No voy a negarlo, Margot me ayudó recomendándome a un contacto que solía hacer los arreglos florales para sus hoteles allí.
Y empecé a trabajar. Y me gustó.
Margot me prometió que si no me adaptaba a la ciudad volveríamos, pero lo cierto es que le cogí el punto, no solo a Londres, sino a la idea de empezar de nuevo lejos de casa. Entendí, a los veintiocho años, que nunca es tarde para decidir quién se quiere ser.
Margot invitó en secreto a todos mis amigos a Londres para celebrar mi cumpleaños. A mis espaldas, la muy loca, fletó un jet privado con toda la pandilla de energúmenos del pueblo, Iván, Domi, Ada, mis hermanos, mis padres y hasta mi abuela. Alquiló un local, lo decoró con nuestras flores preferidas y velas y contrató un catering que sirvió únicamente perritos calientes y cerveza. Lo de no sobrepasar un tope en los regalos se le debió de olvidar.
La verdad es que aquel día no estaba de humor. Cumplir años lejos de casa y de los tuyos puede ser muy triste, aunque estés junto a la persona a la que quieres… porque la vida no solo se alimenta del amor romántico. Así que cuando me dijo que había reservado una mesa para cenar aquella noche, le puse mala cara.
—No me apetece. ¿No podemos quedarnos en casa?
—Venga, anda… —me suplicó muy mimosa—. Tengo el capricho de llevarte a ese sitio. Me llevaré una goma del pelo en la muñeca para compensar.
Solo ella sabía cómo animarme.
Cuando entré en el local y todos gritaron «sorpresa», lo único que hice fue girarme para buscarla. Y allí, apoyada en la puerta, con una sonrisa espléndida, me miraba con aire culpable. Se había gastado una cantidad aberrante de dinero pero no puedo reprochárselo. Si yo lo hubiera tenido, me lo habría gastado en ella.
Al día siguiente, como Margot trabajaba, recogí a mi madre y a mi abuela en el hotel del Grupo Ortega en el que se hospedaban y, mientras el resto de la familia hacía turismo, las llevé a una tienda vintage para que me
ayudaran a escoger un anillo. Era de segunda mano, no me gasté demasiado dinero y durante el primer mes viví atormentado por la idea de que me hubieran engañado, fuera malo y le dejara el dedo verde, pero dijo que sí. Y
me di cuenta de que cuando uno es feliz, a menudo, no se da cuenta.
Cesan las preguntas, se detienen los relojes, todo da vueltas y yo, con la chica de los ojos tristes, bailé hasta que perdí los pies y me crecieron alas.
Cuando quisimos darnos cuenta, el reloj había vuelto a ponerse en hora y habían pasado tres años. Y cumplí los treinta.
La decisión de volver a Madrid fue mutua, pero fue el trabajo de Margot lo que la hizo inminente. Tras unos cambios en el organigrama de la empresa, ella debía volver para hacerse cargo de un puesto de mayor responsabilidad.
Por aquel entonces Margot ya había conseguido vender su piso del Paseo de la Castellana a un magnate chino, de modo que tuvimos que empezar desde cero también allí, comprando uno para los dos. Aquello trajo muchos quebraderos de cabeza, muchas discusiones y evidenció las diferencias que había entre nosotros. En los cuentos de princesas todo se acaba cuando comen perdices, pero en el nuestro el camino se llenó de manzanas envenenadas. Dónde vivir, cómo hacerlo, sus horarios, mi caos, el aplazamiento sistemático de la decisión de ser padres, la diferencia de edad, alguna pataleta mía, su costumbre de salirse con la suya… La vida, en toda su magnificencia, es una balanza que equilibra lo bueno y lo malo para hacerlo posible, y permitir que, una vez solucionados los pequeños baches, sintiéramos lo felices que éramos. La vida era eso, que te revolcaran olas más altas que tú y aprendieras de forma instintiva a nadar para terminar cabalgándolas. La primera gran ola de mi vida se llamó Margot y, gracias a ella, vencí el miedo al mar.
La vida no es un cuento, pero, en el caso de que lo sea, supongo que nunca será uno perfecto.
Nosotros seguimos escribiendo nuestra propia historia, cada día, a lo nuestro, pero si algún día pasas por mi floristería, entra a saludar. No hay pérdida. Hace esquina, tiene un toldo granate y en letras doradas, en el cristal del escaparate, puede leerse: «Vuela, Margarita».
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