Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 44 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 44

La magia no existe porque nadie cree en ella

Pasé el día en la playa en la que me dejó, llorando. No sé ni por qué lloraba.

Bueno, sí. Porque sabía que todo lo que habíamos dicho era verdad, a pesar de ser una verdad horrible y, además, contradictoria e incongruente. Yo sí sentía más de lo que decía sentir. Sí quería volver corriendo al refugio de lo conocido y probablemente también estaba cegada por el pedigrí de Filippo.

De alguna manera, le respetaba más que a David y no era justo. Estaba muerta de miedo y de rabia, y lo único que me aliviaba era meterme en el mar y llorar. Lo que no sé es cómo no me robaron todas las cosas que dejé sobre la hamaca.

Cuando llegué al hotel con el transfer que salía cada equis horas del mismo punto de la playa en el que nos había dejado a la ida, estaba hambrienta, cansada, llena de arena y hecha una puta mierda. Pensaba en la habitación vacía y sabía que, si al abrir la puerta no lo encontraba ni a él ni sus cosas, para mí aquel viaje también se habría terminado. Se habrían terminado muchas cosas. Albergaba la esperanza de que no se hubiera ido, aunque no estuviera preparada para encontrarlo allí ni para enfrentarme a todo lo que significaba en realidad nuestra discusión. Era…, era como cuando deseas con todas tus fuerzas algo pero no te preparas para ello porque así, de alguna manera, si no lo consigues dolerá menos.

Pero claro, como ya imaginarás, debí prepararme porque al abrir la puerta me lo encontré de frente, sin paliativos. Allí estaba. Sentado en un sillón, con su maleta cerrada junto a él. Se acababa de dar una ducha y estaba vestido y arreglado. Parecía estar a punto de salir camino al aeropuerto, de modo que supuse que estaría esperando un taxi o algo así y pasé de largo sin decir nada. Casi ni lo miré. No quería ver cómo salía de la habitación, de la isla, de mi vida.

Me desnudé en el baño, dejando toda la ropa arrugada en el suelo, y me metí en la ducha, donde esperé bajo el agua a que se marchara. Tardé mucho. Lloré otra vez. Pensé que entre sollozos y gotas no escucharía la puerta cerrarse cuando se marchara y que así sería mejor. Una chica tiene que proteger su corazón.

Al salir de la ducha, me puse el camisón que había dejado colgado de la percha de la puerta del baño. Me sequé el pelo con una toalla. Me lo desenredé y salí descalza. Quizá Sonia aún seguía en la oficina y podría pedirle que adelantase mi billete de regreso al día siguiente.

David, con los antebrazos apoyados en sus rodillas, me miró, sentado en el mismo sillón donde lo encontré al entrar. Sus sempiternas ojeras estaban más hondas que nunca. Su boca estaba hinchada, de tanto morder nervioso sus labios. Se levantó y yo me paré de golpe en medio de la habitación.

Me volví para que no me viera llorar, como una niña avergonzada, y él me envolvió con sus brazos desde atrás, despacio, como si esperase en el fondo que me apartase. Sentí su barbilla áspera apoyarse en mi hombro y su respiración cuando acarició mi cuello con su nariz.

—Lo siento —gimió con voz temblorosa—. Lo siento tanto.

No contesté. Quería morderme la mano para aplacar el llanto y ahogar los sollozos, pero sus brazos me asieron más fuerte.

—Qué cagada, Margot. Qué cagada. —Apoyó su frente en mi pelo húmedo—. Esto no es lo que planeamos. Perdóname.

No respondí.

—No creo que seas una pobre niña rica —insistió.

—Sí lo piensas, y probablemente tengas razón.

—No quería hacerte daño.

Coloqué mi mano izquierda sobre la suya, que tenía sobre mi vientre.

—No sé ni lo que te he dicho en la playa. —Suspiró agobiado.

—Olvidémoslo, David. Estamos hechos un lío.

—Debí contártelo. Quería despertarte y que me abrazaras, pero me daba miedo.

—¿Por qué?

—Supongo que por lo mismo que tú no me contaste lo de Filippo.

Me di la vuelta y los dos dibujamos una expresión comprensiva mientras acomodaba los brazos alrededor de mi cintura.

—Deberíamos hablar —le dije.

—Sí.

Tragué saliva.

—Estaba celosa —admití.

—Vale. Yo enfadado.

—¿Contigo, conmigo o con ella?

—Principalmente conmigo, que voy a volver con ella con el rabo entre las piernas.

—No pienses en eso. —Le miré a los ojos y aparté unos mechones hacia sus sienes—. Si es lo que quieres hacer, piensa mejor que vuelves victorioso. Al final, pasó por donde querías. Rabió de celos.

—Y tú. Y yo —dijo mientras secaba con su pulgar mis lágrimas—.

Nosotros también rabiamos de celos.

—¿Tú?

Asintió.

—Estabas asustado por si me había enamorado de ti —le dije, con la garganta seca.

—Sí. Y por si yo me había enamorado de ti. Y la verdad, Margot, creo que si no lo dejamos aquí terminará sucediendo.

Me acarició las mejillas.

—Y me aterra enamorarme de alguien como tú —insistió, acercándose a mi boca.

—¿Por qué?

—Porque si para Idoia soy una decepción, mi amor…, imagínate para ti.

—Deja que eso lo decida yo.

—No —dijo, mirándome los labios—. Eso no puede pasar.

—David, no podemos pretender vivir las cosas y luego olvidarlas…

—Sí podemos. —Sonrió triste—. Podemos quedarnos con esto.

Podemos seguir con lo que teníamos planeado y… no jodernos la vida. De lo contrario, te haré daño y tú me lo harás a mí.

Le acaricié los labios.

—Tú mereces una historia perfecta, de princesas, y yo no creo en la magia. Nos querremos bonito, ¿cuánto? ¿Un par de años? Como mucho.

Después, poco a poco, te darás cuenta de que solo soy un sueño que no se cumplió. Y me odiarás por lo que no conseguí ser. Y yo te odiaré a ti por ser demasiado buena para mí.

—¿Idoia no lo es?

Sonrió de lado, pero no contestó.

—Éranse una vez los ojos más tristes de un bar… —dijo— que se reconocieron entre mucha gente.

—Y se fueron de viaje a Grecia. —Sonreí triste.

—Y se enamoraron de lo que podrían ser… —siguió.

—… hasta que el mar se los tragó…

—Hay un vuelo a las nueve y media de la noche. —Se humedeció los labios—. ¿Quieres que me compre el billete?

—El mar aún tiene hambre.

Supongo que no hay nada que le guste más al amor que las historias imposibles. Y no hay nada más imposible que aquello en lo que no cree nadie. Hasta los fantasmas, dicen, guardan el secreto de su existencia en la creencia de la gente. Y David tenía razón: nosotros dos éramos imposibles.

Dos desconocidos, en realidad, que solo se habían visto en las buenas, que se habían recogido de la calle y que habían curado las heridas del otro, pero… aunque cures la herida, la cicatriz nunca será tuya.

Cuando me besó, entendí que temiera que yo me hubiera enamorado de él. Yo también estaba asustada. Nunca se encuentra en lo nuevo la calidez del hogar, aunque el hogar esté en llamas y en riesgo de derrumbe. Por eso deberíamos aprender que el único hogar está allá donde nos lata el corazón.

Ni siquiera recuerdo cómo nos desnudamos y cómo fuimos hacia la cama. No recuerdo haber tenido demasiadas ganas de echar un polvo y no recuerdo pensar que él quisiera. Supongo que lo que hicimos tenía poco que ver con el sexo y mucho con la necesidad.

David clavó con fuerza sus dedos en mi cintura cuando entró en mí y vi sus músculos y tendones tensarse al empujar entre mis muslos. Su rostro se contrajo de placer. Quise decirle que tenía constelaciones en los ojos y después suplicarle que me hiciera daño, que me daba igual sufrir si eso nos

daba dos años de tiempo. Pero callé. Me callé, no sé si por vergüenza o con la necesidad de no perder ni un solo detalle de su cara mientras me follaba.

Mientras me hacía el amor. Mientras me decía, bajito, despacio, que quería quedarse conmigo, siempre.

David clavó con fuerza sus dedos en mis nalgas cuando se acostó sobre mí y aceleró las embestidas. Ojalá dejase en mi piel un racimo de huellas moradas que, aunque fueran cambiando de color, me recordasen unos días más la sensación de dolor que me provocaba el placer. Le pedí que no parase y él me pidió que no le olvidase. Yo que no volviera a tocarme así y él que no le dejase acercar las manos a mi piel.

David clavó con fuerza sus dedos en mi pecho, en mi cuello, en mis caderas, en la almohada, en el colchón, en el puñado de pelo que agarró al final, cuando al correrme floté tan lejos que necesité que me sujetara al suelo y me recordase que mi piel era solo mía y no suya, como la sentía ya.

Cuando se quitó el condón usado y se marchó al cuarto de baño, hundí mi cara en la almohada y al escuchar que encendía el grifo, ahogué un grito entre las plumas. Yo ya le quería y, aunque no creía en nosotros, no sabía si sería demasiado tarde para salvarme de aquello sin pagarlo con demasiada cicatriz.

—¿Odias algo de Filippo?

Froté mi mejilla en su pecho, mientras acariciaba con la yema de mis dedos el poco vello que le nacía entre los pectorales.

—Claro. Y seguro que él también odia cosas mías.

—Pero ¿como qué?

—¿Te refieres a qué odia él de mí o yo de él? —quise aclarar.

—Él me da igual. ¿Qué odias tú?

—Pues… su necesidad de programarlo todo, por ejemplo. No funciona sobre la marcha. No sabe improvisar. Es… cuadriculado hasta la exasperación. Tampoco me gusta que sea un tío tan orgulloso, y es de los que cuando hablan dictan sentencia. Es superrotundo. —Lo miré, para ver su expresión.

No conseguí deducir nada de sus rasgos.

—¿Y qué más? —insistió.

—Pues… creo que nada más.

—¿Nada más? —Arqueó las cejas, sorprendido.

—A ver, tampoco es poca cosa.

—¿No mastica con la boca abierta ni le huelen los pies ni deja la ropa interior tirada en cualquier parte?

—No. —Le sonreí—. ¿Tú sí?

—Guapa, yo huelo a gloria —anunció ufano—. No es eso. Es que yo odio centenares de cosas de Idoia.

—¿Como qué?

—Aborrezco uno de sus perfumes, el de invierno…, me produce náuseas y ardor de estómago.

—Eso es una chorrada. —Me reí—. Es tan fácil como decírselo. Es un perfume. Filippo odia a mi madre…, eso es más complicado. No puedo dejar de «ponérmela» y ya está.

—Bueno. Odio más cosas. Odio que follar con ella sea como participar en una película porno en la que todo está preparadísimo y es perfecto.

—Uhhh…, porno perfecto. Suena mal —me burlé.

—Me pone a parir su condescendencia, y cuando hace gala de su superioridad moral la mandaría a vivir muy lejos. No le gustan mis amigos, nunca quiere hacer planes con ellos, y me hace sentir fatal porque le dan mil vueltas a su pandilla de modernos. Odio que tome drogas de vez en cuando porque, además de lo evidente, se pone muy violenta y a veces follando se vuelve loca y… me deja hecho un Cristo. Me repatea que me ningunee y que repita constantemente que su ex era un tipo grande, fuerte, bruto y que yo soy tan «chiquitito»…

—Tú no eres chiquitito. Esa tía tiene escacharrado algún medidor mental.

—Me hace sentir minúsculo.

Me incorporé, le agarré la cara con una mano y lo besé con violencia.

Sonrió mientras me devolvía el beso.

—¿Te pone que odie todas estas cosas?

—No. Solo quería callarte. ¿Qué te gusta de ti, David?

—¿Cómo?

—Sí, ¿qué te gusta de ti?

—Eh… —Pestañeó—. Pues no me lo había planteado nunca. A ti, ¿qué te gusta de ti?

—Mi constancia. Mi paciencia. Soy empática y buena jefa. También cariñosa, y no he perdido del todo la ingenuidad infantil que me permite sorprenderme con sinceridad. Se me da bien andar sobre tacones altos.

Estoy orgullosa de no parecerme a mi madre y me gusta el entusiasmo con el que emprendo nuevos proyectos. Y soy buena con los idiomas y… con las personas. —David me besó y yo aproveché la cercanía para insistir—.

Venga, ahora tú.

Arqueó las cejas y su gesto de duda se transformó en una sonrisa tímida.

—Soy sensible… y comprensivo. Suelo conseguir que la gente sonría cuando está conmigo.

—¿Qué más?

—Se me dan bien las flores. Y tengo paciencia. Buena mano con los niños. Soy una persona de confianza y un tío que no necesita apagar la luz de nadie para encender la suya.

—Muy bien. —Subí a horcajadas sobre él—. ¿Y?

—Dímelo tú. —Sonrió—. ¿Qué más?

—Tienes un don para escoger canciones para cada momento. Y una risa preciosa. En tus ojos te brillan un montón de manchitas más claras, vetas doradas, que hacen que parezca que miras a través de una galaxia. Tienes mucho pelo y muy sedoso. Y cuando vas a correrte te arqueas de una manera tan sexi…

—Y tengo aguante.

—Y eres muy generoso con el placer. Y con las sonrisas. Y con las cosas bonitas.

—Soy un hedonista enamorado de la belleza, ¿qué le vamos a hacer? —

Sonrió—. ¿Y tú? Cuéntame más cosas sobre ti.

—No canto mal y mis sobrinos me adoran. Creo que tengo buen gusto.

Y huelo bien.

—Hueles que te cagas. Y eres muy sexi, aunque no lo sepas. —Se incorporó un poco más, para que su boca alcanzara la mía—. Cuando te

pones encima te mueves increíble…, cuando te ríes muy fuerte, parece que arrastras cascabeles por la garganta.

David sonreía y yo le devolvía el mismo gesto.

—Y la chupo bien.

—La chupas muy bien. —Asintió—. Pero no mejor de lo que besas.

Besas como se tiene que besar en la imagen final de una película en blanco y negro. Y haces que la gente esté cómoda a tu lado. Tanto que… no me quiero ir.

La sonrisa se derritió en mi boca.

—Es una pena que no podamos querernos —le dije—. Porque nos queremos muy bonito.

—Sí. Tú y yo haríamos poesía.

Me acurruqué, encima de su pecho y suspiré. Qué pena. Qué pena que la magia no exista si uno no cree en ella… y que se necesiten dos para creer en el amor.

—David… —terminé diciendo—. No dejes que nadie te haga creer que lo que no eres es más importante que lo que sí.

—Mejor… no te vayas muy lejos. Me vendrá bien que me lo recuerdes de vez en cuando.

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