Un cuento perfecto
Capítulo 38
Contigo sí
David me despertó con caricias y susurros. Abrí los ojos y lo vi vestido, sonriente.
—Aún no son las siete, pero te tienes que levantar.
—¿Qué dices? —me quejé, entrecerrando los ojos de nuevo.
—Eh, eh…, Margot. Confía en mí…, por favor.
Me senté en la cama. Seguía en bragas y la sábana en mi regazo dejó ver mis tetas, pero me las tapé avergonzada.
—Mi niña… —Se rio—. No es necesario. Me falta media hora para sabérmelas de memoria.
—Eso es superpoco caballeroso por tu parte.
—Qué bien, porque no creo en esas cosas.
—¿Y en qué crees?
—En una relación entre iguales. Levántate, por favor.
Cuando me guiñó un ojo, pensé en Filippo…, que me abría la puerta en todos los restaurantes, que me cerraba la puerta del coche, que mandaba flores con notas preciosas, que pagaba la cuenta y se autoproclamó en un momento dado el alfa de la relación. ¿Lo necesitaba yo? ¿Necesitaba caballerosidad? ¿Sabía en realidad qué implicaba ese término? Se supone que los príncipes de cuento siempre son unos caballeros y las princesas…
unas señoritas.
—¿Cuál es tu película Disney preferida? —le pregunté, esperando que me dijera que no había visto ninguna.
— Brave. —Se acercó y se inclinó hacia mí con una ceja arqueada—.
¿Te levantas, querida?
Bufé, aparté las sábanas y, con las tetas agarradas en mis manos, fui hasta mi cuarto de baño, donde alguien había dejado un bikini y un vestido
playero.
—¡Esto no combina! —le grité desde allí.
—¿Crees que me importa?
Me eché a reír.
Después de una ducha rápida, salí vestida pero con cara de sueño, y me topé con él con la mochila colgando del hombro y a los pies mi bolso de playa lleno.
—¿Dónde vamos?
—Vas a tener que esperar a averiguarlo. Pero tú no te preocupes. He cogido todo lo que necesitas. Y disculpa, pero he tenido que rebuscar entre tus cosas. Pero es que así… es sorpresa.
Ternura. Ganas de besarle. Ganas de gritar. Sensación de ser capaz de volar. Una catapulta lanzando una bola de remordimientos en mi estómago.
—¡Que lo paséis bien! —nos despidió la chica de recepción al vernos salir.
—Gracias —musité sorprendida.
—¿Qué ha dicho? —me preguntó David sacando las llaves de la moto.
—¿Sabe dónde vamos?
—Ah, sí.
—¿Cuándo…?
—He salido de la cama sobre las cinco y media y cuando he venido en busca de ayuda, ella ya estaba allí. No creas, hemos conseguido entendernos. Hay que dejarle una buena reseña, que la vea su jefe.
Se montó, colocó mi bolsa entre sus piernas y me dio su mochila para que la cargara en la espalda. Después palmeó la parte de atrás de la moto.
—Venga, Margot, que las aventuras no se viven solas.
Reconocí bastante tarde en qué dirección nos encaminábamos, ya en las últimas curvas que bajaban hacia el puerto. Allí, al llegar, David candó la moto y me animó a ir al interior del viejo edificio, donde nos dirigimos directamente a una cola.
—Pero, ¿dónde vamos?
—Toma. —Sacó del bolsillo exterior de su mochila una caja de biodraminas y del grande una botellita de agua de las del hotel.
—¿Y esto?
—¿Sabes que las venden en los supermercados? —Sonrió—. El del otro día tenía una parte como de farmacia.
—¿Compraste esto?
—Sí. Me imaginé que volveríamos a coger un barco antes de irnos y no quería hacer otra vez de piñata humana.
—¿Sabes que creí que habías comprado condones? —Me reí.
—Ah, también. Biodraminas, condones y una caja de tampones. Te imaginas la cara del tipo que me atendió en caja, ¿verdad?
Sonrió como un bendito. Tragué mis dos pastillas, bebí un poco de agua, rezando para no atragantarme con todo (la sorpresa, lo de los condones, sus atenciones) y le pasé la botella para que él se tomara las suyas.
—¿Dónde vamos?
—Es sorpresa, ojos tristes. —Se acercó un poco más a mí y su sonrisa inocente se vistió de ese tipo de complicidad que solo se tiene después de haber compartido piel.
No me besó, pero me quedé con las ganas de que lo hiciera.
Cogimos un ferri entre bostezos, pero sin tener ni idea del destino, ya que ese mismo barco paraba en muchas islas de los alrededores antes de alcanzar Atenas.
A diferencia de nuestro viaje de ida, en aquella ocasión viajábamos en turista, pero a aquellas horas el pasaje iba prácticamente vacío. Me invitó a un café con leche y a un bollito y desayunamos mientras jugábamos: yo intentaba adivinar nuestro destino haciéndole preguntas que él solo podía responder con «sí» o «no». No, no lo adiviné.
Nos bajamos en la primera escala: Íos, una isla más o menos del mismo tamaño que Santorini, a una hora y veinte en ferri de esta. Estaba flipando con que hubiera organizado todo aquello.
Anduvimos unos dos minutos bajo el sol de las nueve y media de la mañana, hasta llegar a un hotelito de dos estrellas que ocupaba la parte superior de la típica agencia donde los turistas contrataban excursiones y
actividades marítimas. Nos dieron una sola habitación (claro) en el segundo piso, pequeña pero y limpia, muy correcta aunque con cierto recato monacal: una cama de matrimonio con un pesado cabezal de madera a conjunto con una mesa pequeña, dos sillas y dos mesitas de noche. También teníamos una terraza donde reinaban adustas dos sillas de plástico de playa y una mesa. La barandilla de la terraza estaba pintada de un azul que resaltaba sobre el blanco encalado de todo lo demás y casi se fusionaba con el mar oscuro del puerto que quedaba delante de la habitación.
David dejó las cosas en la habitación y el baño mientras yo miraba embobada el vaivén de los barcos. No lo escuché llegar y cuando habló di un respingo:
—No es muy bonito, pero…
Me volví y le abracé. Le abracé como se abrazan dos personas que tienen mucho más que una amistad, eso es verdad, pero no quiso ser un gesto de pareja. Solo uno de agradecimiento.
—Es precioso. Gracias.
—No me las des, por favor. Era lo menos que podía hacer…
Deshice el abrazo para mirarlo. En ocasiones, los ojos matizan las palabras con emociones que no caben en ninguna frase. Tenía unos ojos increíbles…, nunca dos ojos marrones guardaron tanto en su interior…, galaxias escondidas en pequeñas vetas doradas. Dudas. Emoción. Un cuento imperfecto.
No. Tampoco me besó entonces.
—Venga… —dijo cogiéndome de la mano, dando un paso atrás y tirando de mí—, te voy a llevar a un sitio increíble, ya verás.
Nos acercamos a uno de esos Rent a Car tan cutres que hay en algunos destinos de playa y David intentó hacerse entender por todos los medios con el tipo que encontramos allí atendiendo, pero tuvo que darme el relevo cuando se evidenció que este no tenía ninguna gana de entenderle.
—Dile, por favor, que necesitamos un coche pequeño hasta esta noche.
—Pero ¿dónde me llevas?
—A matarte en un rincón recóndito de esta isla, donde me haré fotos con tu cadáver y te abandonaré en el maletero. Anda, por favor… —Señaló al dependiente.
Fue la primera vez que vi a David exasperarse.
Se empeñó en pagar, pero mientras lo hacía se lanzó a un discurso sobre los motivos por los que lo hacía, que no tenían nada de heteropatriarcal.
—Que a mí, ya ves, que tú seas mujer, hombre, medusa o cacatúa tropical, en lo del pagar, lo mismo me da. Pero no puedo permitir que lo pagues todo.
—¿Te sientes un putillo? —me burlé.
—No. Me siento un gorrón. Y no trabajo desde los dieciséis para sentirme así contigo.
—Sabes que a mí me sobra, ¿verdad?
—A nadie le sobra el dinero. —Hizo un gesto de desdén hacía mí cuando nos encaminábamos hacia el C2 blanco que nos habían asignado—.
Sencillamente tienes más del que puedes gastar.
—No, David. Me sobra —insistí.
Se paró de camino al coche y me miró con el ceño fruncido.
—¿Y por qué me cuentas esto ahora?
—Porque no quiero que, mientras estés conmigo, te preocupes por eso.
—Y yo no quiero que, porque te sobre el dinero, pienses que todo tiene que ser como tú quieres o estás acostumbrada. —Sonrió burlón—. Tus millones me la soplan, reina. Hoy vas a dormir en una pensión.
No pude más que reírme.
No me dio la opción de conducir y… me hubiera gustado, la verdad, porque verlo a él era una auténtica tortura. ¿Por qué un chico guapo al volante está mucho más guapo? Cada vez que cambiaba de marcha, mi cabeza se iba a su expresión al correrse y a sus dedos frotándome. Me gustaba que no fuera de esos chicos que, cuando tienes la regla, te tratan como si tuvieras el ébola o te estuvieras muriendo. Creo que Filippo y yo jamás habíamos tenido sexo de ningún tipo mientras yo estaba con el periodo. ¿Era eso raro? ¿Era lo normal? Con Idoia, ¿él…?
—¿Qué? —me preguntó despegando la mirada de la carretera un segundo—. Pones cara de estar haciendo cálculos.
—Que estás buenísimo.
Sonrió, pero esa sonrisa fue derritiéndose poco a poco.
—En realidad soy poquita cosa.
¿Se lo decía? ¿No se lo decía? «Venga, hemos venido a jugar»:
—Anoche no me lo pareciste.
Estudié la reacción de David con interés. Levantó momentáneamente las cejas, de manera casi imperceptible, y después se humedeció los labios.
—Tú tampoco me lo pareciste.
Silencio.
Me sentí violenta. ¿Y si David quería dar por olvidado lo que había pasado en su cama la noche anterior? Me puse a mirar por la ventanilla.
—¿Le respondiste el mensaje? —preguntó.
—¿Cómo?
Lo miré, pero él no despegó los ojos del frente.
—A Filippo, ¿le respondiste el mensaje?
Una palmada en la frente hubiera tenido un efecto menos devastador.
Me quedé cortadísima. Sí, sé que hacía un segundo yo misma estaba pensando en Filippo, pero que él se lo pusiera en la boca… no me gustó. No me gustó nada. Quizá no tuve la reacción más madura del mundo.
—Ah… —Me mordí el labio y volví los ojos a la ventanilla—. Jugamos a eso.
—¿Cómo que…? ¿A qué se supone que juego?
—Ya sé que lo de anoche no significó nada. No hace falta que saques a Filippo en la conversación.
—¿En serio? —Me miró con el ceño fruncido—. Margot, soy cero pasivo-agresivo. Te aseguro que si estuviera en ese plan, ibas a darte cuenta.
—Oye, ¿tú no te estás poniendo muy chulo?
—¿Yo? —Abrió muchísimo los ojos—. Solo quería saber si has respondido al mensaje del tío a quien, hasta hace dos días, querías recuperar.
—Pues eso —sentencié.
Lanzó un suspiro.
—¿Te sientes mal? —le pregunté—. ¿Es eso?
—Yo no tengo por qué sentirme mal. Estoy soltero y, hasta donde yo sé, tú también.
Abrí la boca, pero no se me ocurrió nada que responder porque tenía razón, aunque no estaba de acuerdo en los matices.
—No te conocía en este plan —musité finalmente.
—Supongo que no me conoces en muchos planes.
No daba crédito y bufé para darlo a entender.
—Oye, Margot, ¿qué crees que te estoy diciendo? En serio.
—Pues me parece que esta es la típica salidita de tiesto machirula en la que, con la polla en la mano, me dices que «tranquilita», que no me emocione, que esto no es nada.
Arqueó una ceja. Era la primera vez que le veía aquella expresión.
Estaba muy serio.
—Salidita de tiesto machirula. Ajá. También podría leerse como interés sincero sobre cómo planteas hacer las cosas con tu exprometido ahora que, de alguna manera, estoy implicado en la movida, pero vamos… mucho mejor pensar que estoy siendo hostil.
—No sé, David. Estábamos hablando de anoche y de pronto me sales con Filippo.
—Pues perdona si te ha parecido inapropiado, pero en mi cabeza tenía sentido, ¿vale?
—Pues explícame ese sentido como mínimo.
—Joder… —Resopló.
—No te preocupes, David. Esto es tan fácil como incluir lo de anoche en el episodio de enajenación mental que hizo que te propusiera venir.
—Me estás tocando los cojones. —Me lanzó una mirada de soslayo.
—¿Yo te estoy tocando los cojones?
—Ahora, además de hacer como si no hubiera pasado nada, me dices que traerme de viaje fue una cagada, ¿no?
—No te estoy diciendo eso.
—¿Entonces?
—¡Yo qué sé! ¡No te entiendo una mierda!
David llevó el coche hacia un lado del camino (que no podía llamarse carretera), donde las hierbas altas de color amarillo parecían dar un respiro al paisaje, y frenó de golpe. Me llevé un susto de la hostia.
—¿Qué haces?
—No puedo discutir y conducir a la vez. No soy tan buen conductor.
—Que ya está, David. Que da igual. Todo claro.
—¿Qué te pasa?
—¿A mí? —pregunté gritona.
—A ti, claro que a ti. Si me hubieras preguntado por Idoia, ¿entenderías que reaccionara así?
—Ahí está la cuestión: yo no habría mencionado a Idoia.
—¿Sabes lo que me parece que está pasando? Te sientes fatal, ¿no? Por lo que ocurrió ayer, por haberte corrido conmigo. Te acuerdas y piensas, ¿en qué estaba yo pensando?
—¿Qué dices? —pregunté levantando la voz.
—Que ya sé que comparándome con Filippo parezco un crío de instituto, me queda claro, pero si te sientes mal es mejor que me lo digas.
¿Dónde está la confianza que nos tenemos?
—A ver si el que te sientes mal eres tú. Porque Idoia y yo no somos, directamente, ni de la misma especie. Pero no te preocupes, que no tiene por qué repetirse. Que tú vuelves a Madrid y la tienes comiendo de tu mano, que es lo que querías, ¿no?
—Sí. —Asintió—. Y tú tranquila, que en cuanto pises Madrid, tu príncipe te recogerá en coche de caballos. Si al final, mira, los dos podemos estar tranquilos, ¿no? Todo va a salir bien. Tú volverás con Filippo y yo con Idoia. Y no pasa nada, porque esto es solo un calentón, una atracción momentánea. —David me miró la boca, casi jadeando—. Una aventura de verano que…
Tiré de su camiseta hacia mí y tuvo el tino de desabrocharse el cinturón de seguridad antes de abalanzarse sobre mí con la boca ya entreabierta.
Gemimos de alivio nuevamente mientras David tiraba, entre mis piernas, de la palanca que echaba mi asiento hacia atrás y yo le daba a la ruedecita que lo inclinaba en la misma dirección. Se me subió encima. No tengo ni idea de cómo lo hizo en el interior de un coche tan pequeño ni de cómo nos acomodamos, solo sé que se colocó entre mis piernas abiertas con la facilidad de dos piezas que encajan. En menos de dos minutos, ya teníamos las manos por debajo de la ropa y las bocas empapadas.
—Ponte encima —me pidió.
Giramos y, en el proceso, me clavé el freno de mano, la palanca de cambios y me golpeé la cabeza con el techo. Pero me gustó. Me gustó
tenerlo abajo, mirándome con la boca entreabierta, jadeando, tocando lo que podía como podía. Forcejeó con mi vestido hasta que dejó los tirantes caídos por los brazos y consiguió sacarme los dos pechos a través del bikini, mientras yo le hacía una paja con la mano metida en su bañador. Así.
Con todo el protocolo, ¿eh?
Cómodos no estábamos, pero… calientes sí. Mucho.
—Joder… —empezó a gemir—. Joder…, sigue. Sigue…
La polla le palpitaba en mi mano y sus dedos se deslizaban, sin ton ni son, desacompasados, entre mis piernas, por encima del bikini. Iba a indicarle dónde y cómo podía hacerlo mejor en aquella postura cuando escuchamos una especie de derrape y, de pronto, desde un coche sonaron los pitidos de un claxon mientras dos chavales gritaban fuera de sí vete tú a saber qué, y a saber en qué idioma. Y yo allí, con las dos tetas al aire.
Apoyados en la carrocería del coche, nos fumábamos un cigarro mental en silencio, con la ropa ya colocada en su sitio y los ojos perdidos en el mar de hierbajos resecos que se extendía frente a nosotros. Él fue el primero en hablar.
—Lo siento —musitó, agobiado.
—Yo también.
—En serio, no lo he hecho con mala intención. Ni siquiera lo he pensado. Has dicho eso de que estaba bueno conduciendo y yo he pensado en Filippo y… —Se frotó las cejas—. Ese tío es como el Iron Man de los novios.
Me puse frente a él y apoyé mi estómago en el suyo. Él suspiró.
—No quiero hacer como si no hubiera pasado nada —me confesó—.
No me sale.
—Yo tampoco. —Negué con la cabeza.
—Pero quiero volver con Idoia.
Sentí un latigazo de angustia que no entendí.
—Y yo quiero a Filippo —afirmé sincera.
—¿Entonces?
Me encogí de hombros y él echó mi pelo hacia un lado.
—Somos gilipollas. —Suspiró mirando la piel de mi cuello, por donde deslizaba la yema de sus dedos.
—Puede que solo queramos divertirnos, como dijiste tú el otro día.
—O puede que estemos la hostia de dolidos y queramos vengarnos.
—No es un buen plan —admití—. Aunque, sinceramente, creo que no es mi caso. No estoy dolida con Filippo. Quien tendría que estarlo sería él.
Yo solo…, no sé. Estoy abriendo las alas.
Me miró mientras se mordía el interior de las mejillas.
—Pues deberías sentirte libre para volar —insistió.
—Y tú.
—¿Y si…? —propuso.
—Si… ¿qué?
—Si nos dejamos llevar. —Arqueó las cejas—. Sin plantearnos nada más. Como dos amigos que se gustan. Porque… es evidente que me gustas, pero no te quiero perder.
—Yo a ti tampoco quiero perderte. Pero no sé si lo que queremos hacer es posible.
—No me apetece preocuparme por eso ahora. —Dibujó una mueca.
Lo miré de reojo.
—A mí tampoco.
Le vi cerrar los ojos cuando se acercó a besarme. Fue un buen beso…, uno de esos que das cuando quieres salirte con la tuya.
—Eh, eh, eh… —Le paré echando la cabeza hacia atrás.
—¿Y si no nos preocupamos de esto?
—¿Y cómo lo hacemos?
—Tú quieres volver con Filippo y yo con Idoia, ¿no? Bien. No es incompatible…, ellos no están aquí.
—David…
—Cuando nos conocimos…, bueno, supimos ver en el otro algo que no ha desaparecido porque haya pasado algo entre nosotros.
—Suenas exactamente igual que si me ofrecieras salir a buscar la piedra filosofal.
—No es una locura, Margot. Piénsalo. Lo hacemos y ya vemos. —
Intentó sonreír y me rodeó la cintura—. Hablaremos de ellos cuando tercie
y trataremos de manera natural lo que pase entre nosotros y lo que pase con ellos en paralelo.
—Dices eso porque te has quedado con ganas. —Presioné mi cadera contra la suya y asintió, risueño.
—¿Tú no quieres?
—Si no quiero ¿qué?
—Repetir lo de anoche, darnos revolcones, saber cómo es follar con el otro…
—Lo veo complicado. —Quise jugar, aunque lo deseaba tanto como él.
—¿Y si nos ponemos una fecha de caducidad? Sabiéndolo de antemano será más fácil, ¿no?
—¿Vamos a ser amantes? —me burlé.
—Ami-novios de vacaciones. —Sonrió—. Hasta que volvamos a Madrid.
—Pues cuando volvamos…, tendremos que estar un tiempo sin vernos para normalizarlo todo, ¿no?
—Vale. Cuando lleguemos, nos concentraremos en recuperar a nuestras parejas y nos veremos cuando ya esté hecho. Entonces podremos ser amigos sin más.
—Nunca he sido amiga de un ex.
—Bueno…, con los ex siempre hay rencillas, pero si nosotros ya tenemos fecha para la ruptura antes de empezar, será más fácil, ¿no?
Asentí. No creo que ninguno de los dos creyéramos en lo que estábamos defendiendo, pero el ser humano es curioso a la hora de encontrar excusas para justificar lo que le apetece hacer en cada momento.
—¿Quieres? —me preguntó.
—¿Solo sexo?
—Intimidad.
Sonreímos. Quise decirle que desde que nos habíamos conocido no habíamos hecho otra cosa que ser cómplices de una intimidad que no había sentido nunca con nadie, pero ese pensamiento me asustó. Intimidad, decía él, y yo temía lo que sabía que pasaría: el día que llegáramos a Madrid se me rompería un poco el corazón porque, de alguna manera que no sabía explicar, yo ya había empezado a querer a David. No era amor, pero era
algo. Nos despediríamos en el aeropuerto, me montaría en un coche y lloraría todo el camino a casa, donde tendría que reponerme y hacer algo con mi puñetera vida, que parecía irse al garete por minutos. Estaba allí para buscarme a mí misma, pero terminé encontrando otra cosa, una que no estaba muy segura ni de qué era pero que no quería perder nunca.
Aun así sellamos aquel acuerdo y… no lo hicimos con un apretón de manos precisamente. Nos besamos durante quince minutos, hasta que tuvimos que parar y dar el acuerdo por bueno.
Llegamos a Manganari Beach unos veinticinco minutos después. Ese era el destino sorpresa. La playa estaba prácticamente vacía y no me extrañó, porque para llegar el camino era largo y un poco mareante. Se trataba de una playa larga, de arena fina (finísima) y agua cristalina dividida por una línea invisible en dos zonas: la más virgen, donde un par de parejas habían instalado sus trastos y que era como un paraíso escondido, y la parte que quedaba más alejada de nosotros, con la zona de hamacas para alquilar y el bar Christos Taverna, donde tampoco es que hubiera mucha gente pero sí se percibía más movimiento. David me preguntó si quería una hamaca. Le respondí que lo que realmente deseaba era revolcarme con él por la arena.
Fue básicamente lo que estuvimos haciendo todo el día. Tendidos al sol, siempre encontrábamos alguna excusa para acercarnos al otro y, sin necesidad de mediar palabra, partirnos la boca a mordiscos. Me encantaba besarme con David. De pronto, como si me hubieran embrujado, me parecía el hombre más deseable del mundo, siendo, como era, apenas un tío de veintimuchos. Uno guapo, con un cuerpo bonito, una sonrisa clara y sincera y una buena polla. Nada que objetar.
Pero hicimos mucho más que besarnos, claro. He ahí el problema.
Además de besarnos, tocarnos, frotarnos y susurrarnos al oído cosas que nos apetecía hacerle al otro, hablamos. Y había tal calma entre nosotros mientras hablábamos que era lo más parecido a estar en casa.
—Compartía el piso con un chico y una chica, cerca de Tirso de Molina, pero de un día para otro el casero nos dijo que había vendido la casa y que en un mes teníamos que estar fuera. Mis compañeros buscaron otro alquiler
—me contaba, tendido a mi lado, jugando con la arena— y encontraron un piso de tres habitaciones en Lavapiés, pero… les dije que no.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace poco más de seis meses. Llevaba casi cuatro meses con Idoia y estaba tan colgado de ella que pensé que, si me iba a ese piso, quizá cerraba la puerta a la posibilidad de que ella se animara a dar el paso de vivir conmigo. Iván y Domi acababan de tener a la niña y yo ya iba de vez en cuando a echarles una mano, así que Dominique me ofreció el sofá para el tiempo que necesitase. Y el tiempo pasa muy deprisa.
—Entonces no es una cuestión de libertad, ¿no? —le pregunté.
—Supongo que no. Era una necesidad bastante dependiente, la verdad: quería ser libre para poder irme corriendo detrás de Idoia en cuanto ella me lo pidiera. Pero he estado pensando…, me has hecho pensar, en realidad, y creo que septiembre es un buen mes para mudarse. —Sonrió de lado, convencido.
—¿Y si Idoia te ofrece dar el paso?
—Ah, pues… —Negó con la cabeza—. Ahora está claro que tenemos que esperar para hacerlo. Lo nuestro es aún…
— Walking on thin ice —le dije. Arqueó una ceja—. Que aún camináis sobre una capa de hielo muy fina.
—Exacto. Qué sabionda —se burló.
Me puse boca arriba y suspiré.
—¿Por qué suspiras? —me preguntó.
—Sí le contesté —confesé—. A Filippo.
—Ya me lo imaginaba.
—Le contesté como a escondidas, no sé por qué. Me daba vergüenza, supongo.
—¿Y qué le dijiste?
—Que este verano separados era lo mejor que podríamos haber hecho por nosotros y… le mandé otra canción.
—¿Qué canción?
—«Sola con la luna», de Anni B Sweet.
Se incorporó y frunció el ceño.
—¿Qué? —le pregunté al ver su reacción.
—Nada.
—No, ¿qué pasa?
—Es que… —Se tumbó boca arriba, dejándose caer a mi lado, y en esta ocasión me incorporé yo para poder mirarle a la cara—. La noche que nos conocimos, al verte, pensé en esa canción. Los ojos te la cantaban a gritos.
Me subí a horcajadas, le quité las gafas de sol y él me envolvió las caderas.
—¿Y ahora qué me cantan? —le pregunté.
—«True», de Spandau Ballet. —Y esbozó una sonrisa burlona—. Uh, uh, uh, uhhhhh —canturreó.
Me apoyé en su pecho y le clavé los dedos en el costado mientras lo insultaba. Él se reía a carcajadas y levantaba las rodillas para darme golpecitos en el culo y distraerme de mi propósito de hacerle cosquillas, cuando la sombra de alguien se nos acercó y nos tapó momentáneamente el sol.
—¿David? —musitó una voz femenina.
Los dos levantamos la cabeza, sorprendidos. Llevábamos ya bastantes días con esa sensación liberadora de no estar atados a nada del lugar y no esperábamos encontrar a nadie conocido. Pero allí estaba. Alta, delgadísima, con un bañador precioso, moderna, tatuada.
—¿Ruth? —preguntó David, estupefacto.
Me bajé de encima de él y se incorporó, incómodo, mientras se atusaba el bañador, seguramente para que la erección a media asta que había hecho acto de presencia no fuera más evidente. Se saludaron con dos besos, pero ella lanzó un brazo alrededor de su espalda y lo abrazó. Fijaos qué tontería, por la información que tenía podían ser hasta familia, pero me morí de celos. Con Idoia vale, pero… ¿ahora una nueva?
—¿Qué haces aquí?
—Eso mismo te iba a preguntar. Te he visto de lejos y he pensado… no puede ser él.
—Pues…, eh…, sí. Sí que soy.
—¿Y qué haces tan lejos de Madrid? —La chica me miró con evidente recelo.
—Vacaciones. —David miró hacia atrás, buscándome, y me tendió la mano—. Ruth, esta es Margot…
Tiroriroriroriro. Música de tensión, suspense y terror en la pausa que hizo tras mi nombre y que su amiga dedujo que iba antes de mi epíteto.
—Margot —repitió David, superincómodo—. Mi ¿chica?
Pasemos por alto el tono de semiinterrogación.
—Ohm. —Ella sonrió, también cortada.
—Hola, Ruth. Encantada. —Saludé con la mano al ver que no tenía ninguna intención de darme dos besos.
—Supongo que no te ha dicho nada —musitó David jugando disimuladamente con mis dedos.
—No. Qué va —respondió la tal Ruth.
—Cortamos el mes pasado. Bueno…, cortó ella.
Resuelta la incógnita: era amiga de Idoia.
—No tenía ni idea. Ya decía yo. Nunca tuviste pinta de ser un cabrón.
—Sonrió con cierta tristeza—. Es una pena. Bueno… —Ella me miró, colocando las palmas de las manos hacia mí, como disculpándose—. No es una pena porque veo que estás bien y que…, ya sabes, vosotros…
—Ya, sí. —David se rascó la nuca.
—Pero me gustabas para Idoia. La calmabas. Qué cosas…, creía que estaba loca por ti.
—Pues ya ves: no lo estaba.
Vi la nuez de David viajar de arriba abajo mientras me soltaba la mano y cruzaba los brazos sobre el pecho, visiblemente incómodo.
—No lo entiendo —musitó ella.
—Es Idoia, ¿quién sabe lo que le pasa por la cabeza?
—A veces se le va la olla. —Y parecía que aquella chica, de verdad, apreciaba a David o, más bien, lo que significaba para su amiga, pero…
inoportuna era un rato—. Quizá te echó un órdago y… perdió la mano.
—La partida más bien. —David carraspeó.
Ella se nos quedó mirando unos segundos y finalmente chasqueó la lengua contra el paladar.
—Bueno, no os molesto. Disfruta mucho. Disfrutad. Y mucha suerte con lo vuestro.
—Gracias. Reparte besos.
—A todos menos a ella, me imagino.
—Aún estamos en contacto —explicó David, nervioso—. No terminamos mal.
—Me alegro. Espero verte pronto.
—Sí.
Conforme esa chica iba alejándose, David pareció desinflarse. Le acaricié la espalda y apoyé mi barbilla en su hombro.
—¿Estás bien?
—Sí. —Se volvió hacia mí y sus ojos repasaron de arriba abajo mi rostro antes de envolverme con sus brazos y pegarme a su pecho desnudo
—. Contigo sí.
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