Un cuento perfecto
Capítulo 23
Borrachera de esperanza
A las dos de la tarde colgué la foto que Margot me había pasado en mi cuenta de Instagram y esperé con el móvil en la mano a que Idoia diera muestras de vida (y de interés), pero después de un buen rato consultando el móvil cada cinco minutos, me cansé.
—Eso no es amor —canturreó Domi, que tenía el día libre y estaba terminando de preparar bolas de yuca, un plato típico de su tierra.
—Es parte del cortejo, mujer de poca fe —le respondí.
Ada gritó sentada en la hamaquita y me levanté a cogerla en brazos. Su madre me lanzó una mirada de reproche porque decía que su hija no aprendería a manejar la frustración si la teníamos en brazos todo el día.
—Domi, estoy pensando que voy a esperar veinte años y me casaré con tu hija.
—Antes me abro las tripas.
Me eché a reír y fui hasta la pequeña cocina.
—Lo primero, me ofende ese asco que me tienes y, lo segundo, parece mentira. Quiero a Ada como si fuese mi sobrina.
—No te tengo asco. Es que… —Me miró y sonrió—. Eres de esos y no es lo que quiero para mi niña.
—¿Qué esos?
—Ay, David, de los que sienten demasiado.
El teléfono empezó a sonar sobre la mesa de centro, un mensaje tras otro, y corrí hasta allí con Ada en los brazos. El movimiento hizo que ella se partiera de risa.
—¿Ves, Domi? ¡¡Que seguro que es ella!! Esto va genial. Ve comprándote una pamela porque la seduzco y nos casamos.
Ada intentó alcanzar el teléfono cuando lo cogí, pero lo mantuve lejos de ella. Sonreí. Era Margot:
He visto tu foto en Instagram y cuando he leído el texto he pensado: «Margot, el alumno ha superado a la maestra». A tus pies. Ahora creerá que tienes una apasionada vida lejos de ella. Pero si hoy no escribe, no te preocupes. Hay personas que se cuecen a fuego lento.
—¿Es ella?
—No. Es Margot dándome ánimos.
—¿Y esa Margot de dónde ha salido? Hablas mucho de ella.
—La conocí en el bar. —Le di un beso a Ada y la dejé otra vez en la hamaca—. Te caería bien. Es una tía superrara, pero no en mal sentido.
—Tus «es una tía superrara» me dan miedo.
—Qué va. —Intenté concentrarme para responderle a Margot el mensaje.
—Pues sonríes mucho cuando habláis.
—Porque me parto con ella.
¿Qué voy a hacer sin ti cuando te vayas de viaje?
Mi sensei. Y, sobre todo, ¿qué vas a hacer tú sin mis sabios consejos?
—¿Por qué no la invitas a comer?
—¿Qué? —le pregunté, viendo que Margot ya estaba escribiendo.
—Digo que por qué no la invitas a comer. Hay comida de sobra.
—Hoy es muy precipitado.
—Mañana trabajo.
—¿En domingo?
—Me han cambiado el turno.
Dominique alternaba sus estudios de enfermería con un trabajo en una residencia de ancianos, donde ejercía de auxiliar.
—Pues no va a poder ser —sentencié.
—¿Y el lunes a cenar?
Levanté la mirada del teléfono, extrañado, esperando que me explicara a qué venía toda aquella insistencia, pero ella fingió que no me veía.
—¿Por qué insistes tanto?
—Tengo ganas de conocerla. Nunca nos presentas a tus amigos.
—Conoces a todos mis amigos. Prácticamente sois ya parte de la pandilla de toda la vida, Domi.
—Nunca nos presentas a tus «amigas». —Levantó las cejas con una sonrisita.
El móvil me vibró en las manos, pero por el momento no le presté atención.
—Margot no es ese tipo de amiga que estás dando a entender. Es más como las del pueblo.
—Ya, claro.
—Ya, claro que sí. No me lío con todas mis amigas, ¿sabes?
—Ya lo sé. En la pandilla hay al menos tres que pagarían por que lo hicieras.
Le pedí que lo dejara estar con un gesto, pero ella volvió a la carga.
—Dile que venga a cenar, anda. Prepararé chicharrón con mangú.
—Ay, la Virgen.
Miré el móvil, dispuesto a invitar a Margot formalmente, pero me quedé algo desconcertado con su mensaje.
Margot:
Pues a mí sin tus sabios consejos no pinta que me vaya a ir mal porque… (redoble de tambores) anoche me escribió Filippo. Me dijo que me echaba de menos, que ojalá yo también ME FUERA DE VIAJE y que esperaba que al final del verano NOS ENCONTRÁSEMOS EN EL MISMO PUNTO. Oh yeah.
David:
¿Habéis vuelto ya? ¡Eso no vale! El motor que impulsa esta relación de consejeros es la reciprocidad. Ahora me darás consejos desganados porque estarás venga a darle al amor. Y yo muriendo solo rodeado de ratas.
Margot:
Será «muriendo solo rodeado de gatos», ¿no?
David:
Los gatos son demasiado monos. No me importaría morir rodeado de gatos. Pero ojo con las ratas o las palomas…, final triste donde los haya.
Margot:
No seas dramas. No hemos vuelto. Solo… hemos abierto una ventana a la reconciliación.
David:
Tú ya tenías una ventana abierta a la reconciliación y era del tamaño del Bernabéu.
Margot:
Ti yi tiniis ini vintini…
¡Alégrate por mí!
David:
No, si yo me alegro. Pero me das una envidia de muerte. Yo quiero que Idoia me escriba también algo así. Algo como: «He visto ese culazo en Instagram y he pensado, ¿qué hago yo en la vida sin clavarle las uñas en las nalgas a este mancebo?»
Margot:
En serio, me tienes que explicar cómo te la ligaste porque, por lo poco que sé de ella, te juro que no lo entiendo.
David:
Pues precisamente te iba a hacer un ofrecimiento… ¿Te apetece venir a casa a cenar el lunes? Domi tiene muchas ganas de conocerte y libra ese día. Dice que puede hacer chicharrón con mangú, que no sabes lo que es y no te lo diré, pero podría decirse que es mi sueño erótico y mi postura sexual preferida, todo en el mismo plato. Sueño con comer eso a todas horas. Si no vienes no lo hará. Ahí lo dejo. Sin presión.
Me quedé mirando el móvil. Margot no escribía, pero seguía en línea.
—Creo que me he pasado pidiéndole que viniera a cenar —le dije a Dominique.
—¿Por qué vaina?
—Para llevar veinte años en España, a veces hablas más raro… —la piqué, como siempre que decía alguna expresión de las que le escuchaba a su madre a menudo—. No lo sé. Quizá es demasiado pronto. Se lo he dicho y de repente ni me contesta ni se desconecta ni nada. Se ha quedado como paralizada.
—¿No será que le gustas, David, mi amor?
—¡No! Está intentando recuperar a su novio. Casi se casa… —Pero me callé antes de decir nada que hiciera referencia a su fuga porque quería guardarle el secreto—. Y parece que le está yendo bien.
—¿Y qué tal te sienta a ti eso?
—¿A mí? —La miré con una sonrisa—. ¡¡Fatal!! ¿Quién me va a escuchar lloriquear por Idoia cuando ella se arregle con su chico?
Dominique sabía que estaba de coña. No soy tan egoísta. Además, casi no conocía a Margot. En aquel momento no podía decir «no me alegro» por ninguna razón que fuera mínimamente justificable. No sabía si él le convenía o no; no sabía si él hacía que ella fuera la Margot que soñaba o si, todo lo contrario, potenciaba la figura de la que no quería ser.
El móvil me vibró en la mano y miré raudo su contestación. Pero no era ella. Era la notificación de un «me gusta» en mi foto de Instagram.
¿Alguien adivina de quién?
—¡¡Domi!! ¡¡Que me ha dado me gusta!!
—¿Quién, Margot?
—¡No! ¡Idoia! ¡Que le gusto! ¡Que la llama del amor sigue viva!
Ada, que parecía haberse quedado momentáneamente traspuesta, emitió un gritito de júbilo. Algo así como: «Menos mal, casi me duermo y dejo a esta gente descansar».
—A mí me tienes mareada con tantas tías —escuché que farfullaba Dominique—. Que si Idoia es la mujer de mi vida, que si Margot es supermaja, que si la china del colmado me mira con ojitos.
—Esto lo tengo hecho ya. Voy por el buen camino, Domi. En dos meses, fíjate lo que te digo, en dos meses… estoy mudándome al piso de Idoia.
—Te diría que es una pena, pero no sé si me compensa que hagas la colada, planches y cuides a Ada de vez en cuando y que, sin embargo, no pueda echar un polvo sin sordina.
—Buena suerte, ahora eres madre. —Le enseñé el dedo corazón con bastante estilo.
Y decidí escribir a Margot, que seguía en línea, pero sin responder.
David:
Voy a obviar el hecho de que no hayas respondido a mi invitación y estés en línea y a arrastrarme de una manera lamentable volviendo a escribirte porque… necesito contarte que… alguien… le ha dado… me gusta… a… mi… culazo.
Margot:
¿Idoia?
David:
No. Uno de los One Direction.
¡¡Claro!!
Margot:
¡Oye, chico! Estamos que lo tiramos.
David:
Estamos de oferta.
Bueno. Entonces, ¿qué?
Margot:
¿Qué de qué?
David:
Que si vienes el lunes a cenar a casa.
En línea, pero Margot no contestaba. Estaba a punto de decirle que no se preocupara, que olvidara la invitación, cuando respondió por fin: Margot:
¿A qué hora? ¿Llevo vino?
David:
A las nueve y media. Trae lo que quieras.
—¡Domi! —grité—. El lunes chicharrón.
Después me marqué lo que quería ser un baile de la victoria que horrorizó de todas todas a Dominique, que cogió a su hija y la sacó del salón.
El lunes recogí a Margot en el portal. No sé por qué la esperé allí, pero me pareció un detalle. La vi bajar de un coche negro, que deduje que era un Cabify, y dar las gracias al conductor por su nombre.
—Qué dulce eres, Daisy —le dije.
No se había percatado de mi presencia y al escuchar mi voz dio una especie de saltito. Siempre lo hacía cuando se asustaba y con el tiempo me descubrí buscando ese gesto, escondiéndome por los rincones para ver cómo se sobresaltaba. Era tan tierno como ver a Ada bostezar.
Llevaba en las manos una botella de vino tinto y una cajita, seguramente con dulces, y se había esforzado por no arreglarse. No la conocía tanto como para saber cómo solía vestir siempre, pero por cómo se apartó el pelo detrás de la oreja, deduje que estaba insegura, nerviosa. Llevaba los pantalones vaqueros que escogí para ella, anchos y con cintura alta, con una camiseta blanca, una americana y un bolso que parecía bueno, cruzado a modo de bandolera. En los pies, unas sandalias planas con una flor en el centro.
—Oye, ¿no serás tú Jenny from the block? —le pinché.
—¿No serás tú Karl Lagerfeld?
—¿Quién?
Se acercó y le tendí la mano, lo que, como siempre, hizo que sonriera.
—¿Cuándo me saludarás como Dios manda?
Me volví a mirarla mientras abría la puerta.
—¿Cómo manda Dios que se salude a una chica como tú?
—Con una genuflexión.
Solté una carcajada que resonó en el portal.
—¿Estás nerviosa, ojos tristes?
—No, ¿por?
—Porque pareces nerviosa.
—Pues no lo estoy. —Me enseñó los dientes.
—¿Eso era una sonrisa o tienes picores vaginales?
Chasqueó la lengua contra el paladar y pasó de largo, dirigiéndose al ascensor y abriendo la puerta.
—¿Qué piso es?
—El tercero.
—Mira, tres, mi número de la suerte.
—Quizá tu número de la suerte sea yo. —Entré y me planté delante de ella. Noté que daba medio paso atrás y, no sé por qué, quizá para comprobar su reacción, di uno hacia delante.
Contuvo la respiración y yo pulsé el botón del tercero.
—¿Qué pasa?
—Estás muy cerca. —Posó su mano en mi estómago y empujó—. Y
este sitio es muy pequeño.
—¿No pensarás que te tiro los tejos?
—No. Solo creo que eres muy pesado. Aparta, no me gustan los sitios cerrados.
Apoyé la espalda en la pared contraria y alargué la mano para que me pasara el vino, pero se negó. Me divertía sobremanera verla perder la paciencia, ponerse nerviosa, no saber qué decir. Era como tener asiento en un palco de honor en el partido entre la Margot oficial y la real.
Agarré con fuerza la botella y tiré de ella.
—«Nebro, 2013» —leí en voz alta.
—Busqué en Internet la comida que me dijiste y vi que era cerdo frito y puré de plátano, de modo que un tinto era la mejor opción.
—Mira que eres aplicada. Eras siempre la primera de clase, ¿eh?
—Pues no, listillo. Mis notas nunca resaltaron por encima de la media.
Soy la definición de «mediocridad».
—¿Tú? —Me reí a carcajadas—. ¿Me lo estás diciendo en serio?
—A las pruebas me remito. —Se señaló con una mueca—. No destaco en nada. Ni alta ni baja, ni morena ni rubia, ni flaca ni gorda, ni guapa ni fea.
—Eso no es verdad —musité, sin saber por qué lo decía.
—Sí lo es. —Sonrió—. Pero no pasa nada. No todo el mundo tiene que despuntar.
Me encogí de hombros. No opinaba lo mismo, pero no estaba seguro de si Margot querría que insistiera o si, por el contrario, se sentiría más incómoda al escucharme decir que a mí me parecía mucho más destacable que sus hermanas, por ejemplo. Con esa apariencia tan desvalida y esa fuerza interior. Era como una de esas galletas que, al morderlas, dejan deslizarse sobre tu lengua un relleno que no esperabas. En serio, nunca dos ojos castaños, redondos, grandes, dijeron tanto. Se desnudaba al pestañear, pero probablemente ella no lo sabía y yo no quería desvelar el secreto.
Llegamos al tercer piso antes de que se me ocurriera algo que decir (salvado por la campana), así que salí primero y sujeté la puerta para ella.
—Qué caballeroso. ¿Te encuentras bien?
Saqué las llaves de casa del bolsillo derecho del pantalón y me pregunté si se habría fijado en que estrenaba ropa de nuevo: el chino negro y una
camiseta lisa del mismo color. Todo escogido por ella. Pero no dije nada al respecto; solo abrí y anuncié nuestra llegada.
—Ya estamos aquí. Domi, Iván…
Dominique salió la primera, precipitada, empujando un poco a Iván para poder ver a Margot. Tenía muchísima curiosidad por conocerla, aunque yo no entendía bien por qué. Solo era una amiga. Y yo, en teoría, solo accedí a aquello para que cocinara chicharrón… y porque me gustaba estar con Margot y cualquier excusa, en esos casos, es buena.
—Hola, Margot. —Se lanzó hacia ella y le plantó dos sonoros besos, uno por mejilla—. Tenía ganas de conocerte. David habla mucho de ti.
—Bueno, David habla mucho en general, por lo que he podido comprobar.
Las dos compartieron una risa.
—Os he traído unos dulces para el postre.
—Y el vino —enseñé la botella.
—¡No tenías por qué!
—Qué menos porque… ¡huele de maravilla! —alabó Margot—. ¿Has cocinado tú?
—Sí, pero no es nada. Solo un plato típico de mi tierra que a David le encanta.
—Ya me dijo. Se puso bastante obsceno. Hola, Iván —le saludó—.
Pero…, pero ¡bueno! Pero ¡¿quién es esta personita?!
Iván se acercó con Ada en los brazos, que se agitaba como una posesa.
—¿Y esta sonrisa tan bonita es para mí? —le preguntó Margot inclinándose hacia Ada. Iván se la tendió y ella, sorprendida, la cogió en brazos con mucho arte—. Madre mía, guerrera. Te vas a comer el mundo.
Y, señores y señoras: no lo dijo poniendo voz aguda ni como si estuviera hablando como un dibujo animado. Margot le habló a Ada igual que me hablaba a mí. Y eso me gustó. Me gustó tanto como que no la llamase
«princesa» ni «cosita bonita», y tuve que desviar la mirada.
—¡Se os parece a los dos! —les dijo—. Y está superdespierta, además.
¿Me dijo David que tiene siete meses?
Iván me dio una palmada en el hombro.
—Relájate, hombre —susurró.
—Estoy relajado.
—Igual que el palo de una escoba.
Y tenía razón. No sé por qué, desde que Margot había entrado en casa el que estaba nervioso era yo. Quizá porque se notaba en sus maneras que ella jamás había vivido durmiendo en el sofá del apartamento de sus mejores amigos. Creo que me sentía… en inferioridad de condiciones. Pero…
¿respecto a quién?
Domi le enseñó la casa mientras nosotros dos poníamos a enfriar la botella de vino y colocábamos la mesa. Cuando volvieron, nos estábamos bebiendo un botellín de cerveza, apoyados en la pared del salón, indecisos, sin saber si sentarnos o no.
—Pero ¿qué hacéis de pie? —se extrañó Margot con una sonrisa. Seguía llevando a Ada en brazos y esta parecía encantada.
Estiró la mano hacia mí. Margot, no la niña. Bueno en realidad hacia mi cerveza. Le pasé el botellín y cogí a Ada en brazos mientras ella le daba un trago a morro antes de devolvérmela. Cuando volví a beber, me miró y se rio.
—Anda, ven.
Pasó su pulgar por encima de mis labios un par de veces, con brusquedad, y cuando lo apartó vi que lo llevaba manchado de carmín. Ni siquiera lo pensé al compartir el botellín. Perdona…, ¿acabábamos de compartir un botellín? Cuánta confianza de repente.
Agaché la cabeza, me pasé la palma de la mano por la boca y al levantar la mirada vi a Iván y a Domi sonriendo socarrones. Y me preocupé. Me preocupé por un momento de que pensasen que mi amistad con Margot no lo era, que nos agobiaran o que no entendieran lo nuestro, fuera lo que fuese lo nuestro. Probablemente, éramos los únicos que lo entendíamos. ¿Y decía que no era especial, que no destacaba? Pues yo sentía una paz al estar con ella que no era normal ni mediocre.
Solo éramos dos casi desconocidos muy cómplices. Solo éramos dos amigos recientes, torpes y enganchados a la sensación de sentirse comprendidos. ¿No te ha pasado nunca? De pronto conoces a alguien y lo quieres en todos tus planes y te parece increíble haber podido divertirte sin él/ella. Eso nos pasaba. Solo éramos un montón de esperanza.
OceanofPDF.com