Un cuento perfecto
Capítulo 24
In vino veritas
Los chicharrones estaban de muerte y el puré de plátano me pareció sencillamente delicioso. Lo acompañamos todo de cazabe (una especie de tortas buenísimas) y batata frita. Nos pusimos hasta arriba. Hacía muchísimo tiempo que no comía tanto y tan a gusto. Y el vino, que los chicos habían puesto a enfriar un poco aunque era tinto, entró y ablandó todas mis extremidades hasta hacerme elástica y flexible. Lo suficiente como para sentir que dejaba de tener que interpretar un papel.
De postre comimos los pasteles que llevé. Iván se marchó de la mesa un momento para ir a acostar a la niña, y Dominique y yo hicimos café mientras David preparaba unas copas. Lo estábamos pasando bien y, aunque hice amago de marcharme un par de veces, a los que tenían que madrugar al día siguiente parecía no importarles dormir poco aquella noche.
Iván y Domi eran una pareja encantadora y tenían un piso pequeño (minúsculo para tres adultos y un bebé) pero adorable. Se notaba mimo en cada uno de sus rincones, olía a familia y era cómodo. A David se le veía integrado, uno más, pero hasta yo, que acababa de conocerlo, sabía que tenía que abrir las alas y echar a volar.
Ella me habló de su tierra, de lo poco que recordaba y de lo mucho que había aprendido a través de su madre, que vivía a un par de manzanas de distancia y que se quedaba con la niña siempre que ellos (tres) no podían apañarse.
—No hay que abusar de los abuelos —se excusó.
Y a mí todo me parecía maravilloso. Y la cerveza del aperitivo, el vino que nos tomamos entre David y yo (Dominique aún daba el pecho e Iván era más de cerveza) y la copa del «postre» me tenían flotando. Tenía un buen rollo dentro que hacía años que no sentía. Cómo estaría mi cuerpo
para terminar hablándoles del INCIDENTE y de mi plan para recuperar a Filippo. Les hablé de sus ojos azules, de lo alto y fuerte que era; les conté lo bonito que fue aquel atardecer sobre el puente Vecchio y la ilusión en su voz grave al pedirme matrimonio.
—Qué historia tan bonita —susurró Dominique con sinceridad—. Es como un cuento.
—Era como un cuento —suspiré—. La cagué. Aunque David me ayudará a recuperarlo, ¿verdad?
—Verdad.
Cuando dejó su enorme mano sobre la mía, en la mesa, sentí un cosquilleo. Uno bonito. Porque a veces las personas que están tristes pueden hacer mucho más que comprenderse.
A la una y media me marché, pero David insistió en acompañarme. Yo no quería porque iba a avisar al chófer de la empresa para que me recogiese, pero insistió tanto que cambié de idea.
—Pediré un Cabify —le anuncié, como si él supiera algo de la situación.
—¿Ya? —me preguntó—. Vamos a fumarnos un pitillo en ese banco.
Señaló un banco solitario en una acera, con vistas a una pared, y me dio la risa. A él también.
—David, ninguno de los dos fuma.
—Mentalmente sí. Arrea.
Nos sentamos y él estiró los brazos sobre el respaldo a la vez que yo colocaba mis pies en sus rodillas. No solo era un gesto de confianza, además así me aseguraba de que se mantenía a cierta distancia. No me había gustado verme tan nerviosa cuando se acercó en el ascensor.
—Ha sido muy agradable, gracias por invitarme —le dije—. Iván y Dominique son encantadores.
Cacé de reojo la mirada que me estaba echando.
—¿Qué? —le pregunté.
—Hablas como en un anuncio de bombones caros. —Sonrió—. Dime que ha estado que flipas, que somos la caña y que volverás.
—¿Y hay que hablar como un cani para que me entiendas? —bromeé.
—Oye —dijo palmeando mi pierna—, la verdad es que has estado…
Asintió como si aquel gesto completara el resto de su frase. Solo asintió, pero yo lo entendí.
—Gracias.
—No, no. Gracias a ti. Es probable que esos dos, a estas alturas de la vida, ya pensasen que no me relaciono con nadie normal fuera de la pandilla. Creo que se han quedado gratamente sorprendidos.
—Será por mis exquisitas maneras aprendidas en el internado suizo.
—Qué coñazo. —Se rio—. ¿Eres siempre tan correcta?
—Sí, pero para compensar siempre llevo una goma de pelo en la muñeca en la primera cita. Por si acaso.
Levantó las cejas y después fingió que me golpeaba el costado con el puño cerrado.
—¿Sabes lo que me ha gustado mucho? —me preguntó.
—¿Que acabe de mencionar cuánto me gusta hacer mamadas?
Nunca. Jamás. Me. Deis. Vino.
—Además de eso. —David no se consternó… o al menos no dio muestras de ello—. Que le dijeras a Ada cosas como «te vas a comer el mundo» y no «qué princesa».
—¿Princesa? —Le lancé una mirada—. Ya lo cantaba Sabina, cariño.
«Las niñas ya no quieren ser princesas».
—«Y a los niños les da por perseguir…
—… el mar dentro de un vaso de ginebra» —cantamos los dos juntos.
—¡Ey! Hablando del mar…, ¿cuándo te vas?
—¡Ah! Es verdad. No te lo he contado. Me voy el viernes. Estaré, contando el día que llego, dos días en Atenas, una semana en Santorini y seis días en Miconos. Dos semanas en total. —Suspiré—. Hasta tengo ganas.
—¿Hasta tienes ganas? Lo dices como si fuese un castigo.
—No, pero… es raro. ¿Has viajado alguna vez solo?
—No. —Negó con la cabeza—. Pero tiene que ser la hostia.
—La hostia de aburrido. ¿Dos semanas sin hablar con nadie?
—Con alguien hablarás, mujer. Tienes muchas cosas que cumplir en esa lista que te di.
—Sí, sí. Una lista superrealista.
—Oye, me tienes que mandar fotos —me dijo con las cejas arqueadas
—. Si no, Idoia descubrirá el pastel.
—Vale, pero prométeme que no te vas a recortar de otra foto para pegarte con Photoshop con el fondo del mar y fingir que estás allí.
—Seré más sutil. Te lo prometo.
David me guiñó el ojo y nos dimos la mano a modo de cierre de trato.
Después, no la soltó.
—Oye, Margot…, ¿puedo llamarte cuando estés allí?
—Claro. —Tiré de mi mano, un poco incómoda, y para fingir que no había sido para huir de su tacto apoyé la barbilla en el puño, mirándole.
—Creo que me estoy acostumbrando a estar contigo y me sentiré mazo solo.
—Mazo solo. ¿No serás tú Rimbaud?
—«¡La hemos vuelto a hallar!/¿Qué?, la Eternidad./Es la mar mezclada con el sol».
Me quedé atónita. De verdad. Nunca había escuchado a nadie recitar a Rimbaud y mucho menos de memoria.
—¿Perdona?
—No me gusta la poesía, si es lo que vas a preguntarme. —Encogió las piernas, las subió al banco y se colocó de manera que pudiéramos mirarnos de frente—. Lo estudié en la universidad y se me quedaron ahí clavados esos versos.
—¿Has ido a la universidad?
—Sí —dijo suspirando—. Supongo que te sorprende viniendo de un camarero.
Me tensé.
—No quería ofenderte —le dije.
—No me ofende. Siempre pasa.
—No, de verdad, David. Nunca he pensado que…, no sé, por dedicarte a la hostelería tengas que ser un analfabeto.
—Hay gente que no puede estudiar y no es analfabeta, bruta.
—Ya, si ya lo sé. Joder…, no quería decir eso. No quería decir analfabeto en plan mal. A ver…, seguramente ahora sueno a niñata que ha estudiado en internado suizo. Lo que quería decir es que… —Moví las
manos, nerviosa—. No sé. Nunca había escuchado a nadie recitar de memoria a Rimbaud.
—Es mundialmente conocido. —Se frotó una ceja y dejó caer las manos.
—Dios… —Me avergoncé—. Te he molestado. Soy idiota. Perdóname, de verdad. Me explico fatal.
—Margot. —Sonrió de medio lado—. Que no.
—Que sí, que soy una imbécil. Perdóname, de verdad, no quise decir nada malo. Ni de ti ni de nadie. Solo quería expresar mi admiración. —
David levantó la barbilla y se rascó el cuello mientras miraba el cielo—.
¿Ves? ¡Ni me miras! ¡Te he ofendido!
David tiró de mi pierna hasta acercarme.
—Margarita. —Sonrió frente a mí—. Que no me ofende. Si me hubieras dicho, yo qué sé: «Eres un rancio y un putero», igual me pienso lo de envenenarte con laxante, pero ¿por eso? ¡¡Relájate!!
—A veces puedo sonar muy estirada —le confesé.
—A estas alturas ya casi me parece parte de tu encanto.
—Pues perdona que te diga, pero tú me miras con muy buenos ojos.
—Con estos. —Se señaló sus ojos oscuros—. Venga, cuéntame más cosas del viaje. Dame envidia.
—¿Tú no tienes vacaciones?
—Las tendría si mandase a la mierda el pub. —Suspiró y puso cara de hastío—. Te juro que no lo dejo por Iván. No quiero que se quede ahí solo, en ese tugurio de mala muerte.
—Tampoco es tan malo, hombre. He estado en sitios peores.
—¿Ah, sí? —se burló, ufano—. ¿Dónde?
—En Tailandia, una vez. —Hice memoria mientras sacaba el móvil y abría la aplicación de Cabify—. Después de cerrar un trato de trabajo, me llevaron a un ping pong show. No voy a entrar en detalles, pero fue el peor rato de mi vida.
—¿A qué cojones te dedicarás? —Se rio—. ¿Y por qué hay tanto señoro en los trabajos?
—Eso mismo me pregunto yo. Es tarde. —Le enseñé la aplicación, donde ya me habían asignado un conductor que estaba a trescientos metros.
—Sí.
—Y mañana paseas a los perros.
—Sí. —Asintió—. Que se van de vacaciones como tú, el viernes.
—¿Y la floristería?
—Cierra en agosto.
—¿Y no te deben días?
—¿Deberme días? ¡Si soy autónomo! Como casi todos los menores de cuarenta que se quieren buscar la vida. ¿Qué pasa, muchacha? —Se rio—.
¿Me quieres llevar contigo a Grecia? Si quieres pillarme el billete, mi nombre completo es David Sánchez Rodrigo. El DNI…
—¿Te imaginas? —Me reí.
—¿Cómo sería?
—Infernal. Nunca he viajado con un desconocido.
—Soy superordenado —respondió mientras estiraba sus largas piernas y se ponía de pie—. Y me oriento que te cagas.
—¿Sabes regatear? Si sabes regatear te llevo.
—No soy tu hombre. —Se encogió de hombros—. Regatear me da una mezcla entre vergüenza y pena. Pero ponme otra prueba. No puede ser ese el único requisito.
—¿Llevas maletas? —Me puse en pie y él me empujó suavemente con el hombro, encaminándome de vuelta hacia el portal.
—Llevo maletas, abro puertas, sé poner crema en la espalda —lo dijo como si estuviera hablando muy en serio— y soy un gran fotógrafo.
—Y sabes versos de Rimbaud.
—Solo ese. Pero te lo puedo recitar cada vez que veamos el mar.
—Creo que podría llevarte conmigo. ¿Qué hacemos con la floristería?
—Amparito lo entenderá.
—¿Y Asunción?
—Asunción es el rival más débil. La tengo en el bote. Les traeré…,
¿qué es típico de Grecia?
—Pues no sé. —Me encogí de hombros—. El queso feta y el yogur.
—Con eso seguro que se ponen muy contentas. ¡Que vivan los lácteos!
Los dos nos sonreímos, uno frente al otro. El motor de un coche girando la esquina nos anunció que mi conductor se acercaba.
—Quiero despedirme de ti como Dios manda, ya que nunca te saludo en condiciones —dijo.
Tragué saliva.
—Venga.
—Pues venga, que no se diga.
Tuvo que encogerse un poco, pero encajamos enseguida. Fue tan natural como si no hubiéramos dejado de hacerlo nunca, como si lo lleváramos aprehendido, debajo de la piel. Sentí alivio. Alivio físico. Con su calor, con su olor, con su respiración. Con aquel abrazo.
Un abrazo es el primer acto de amor, pero no siempre respeta el orden.
A veces uno solo es capaz de abrazar de verdad cuando ya está todo roto.
Otras, sin embargo, como aquella vez, dos personas son capaces de reconfortar un cuerpo al que aún no han amado.
Apoyé mi mejilla en su hombro y besó mi pelo mientras su mano se deslizaba por mi espalda. Los focos del coche nos alumbraron, pero ninguno se movió.
—Buenas noches —susurró.
—Buenas noches.
Di un paso atrás. Él también. Sonrió. Yo también lo hice.
Justo antes de que el coche arrancara, bajé la ventanilla y lo llamé.
—¡David!
—¿Qué?
—¿Lo decías en serio?
—¿El qué? —Metió las manos en los bolsillos.
—Lo de Grecia. ¿Vendrías?
—¿Estás loca? —Y su sempiterna sonrisa triste se ensanchó—. Lo dices de coña, ¿verdad?
—No. —Negué con la cabeza—. ¿Te vendrías?
Vi su nuez viajar arriba y abajo. Casi podía ver las palabras saliendo atropelladas de entre su pelo revuelto, disparadas en todas direcciones al no encontrar el camino hacia sus labios. Abrió la boca y, a pesar de la duda que se veía en sus ojos, no sentí vergüenza. Ni por lo apresurado e inadecuado de la propuesta. Ni por estar ofreciéndole algo tan cómplice e íntimo a casi
un desconocido. Ni sabiendo que si Filippo lo hiciera con otra persona me moriría.
—Iría —dijo por fin—. Claro que iría, joder. Pero no puedo.
—Las flores. —Me apoyé en la ventanilla con los antebrazos—. No puedes vivir sin flores.
—¡Qué coño las flores! —exclamó muerto de risa—. No tengo un duro.
Bueno…, algo tengo, pero no puedo gastármelo en un viaje.
—Pero ¿vendrías si pudieras?
—Joder, que si me iba… —Movió la cabeza con suavidad, como si en el fondo quisiera ahuyentar las imágenes que la sola posibilidad estaba creando en su mente.
—Con eso me basta. Buenas noches, David.
El coche arrancó, despacio, deslizándose sobre el asfalto de aquella callecita pequeña, iluminada por una farola naranja cuya luz llegaba al suelo, salpicada de sombras provocadas por los árboles que estaban plantados aquí y allá. Era una calle bonita, pintoresca, de barrio.
Alguien silbó. Un silbido fuerte y seco que hizo que el coche frenara.
Me asomé por la ventanilla aún bajada y vi a David allí, plantado.
—¡Margot! —gritó, a riesgo de que algún vecino se quejase.
—¿Qué?
—Sí destacas. Mucho.
Cogí aire.
—Eres tonto. —Me reí—. Y… bonitos pantalones, por cierto.
Cuando llegué a casa, no debí ir a mi despacho.
No debí sacar el ordenador portátil ni meter la contraseña con dedos ágiles.
No debí entrar en la web de una aerolínea ni reservar un vuelo a nombre de David Sánchez Rodrigo, pendiente de cumplimentar más datos cuando confirmara el billete.
No. No debí dormirme pensando en cómo sería aquel viaje ni en si me atrevería a confesarle a David al día siguiente que le había comprado un billete de avión a Atenas. En primera. A mi lado.
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