Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 36 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 36

Todo nuevo bajo el sol

Me desperté, como venía siendo costumbre en los últimos dos días, por los sonidos y la luz entrando en la habitación. Me torturaba pensar en los días en los que el despertador volviera a mandar sobre todas aquellas sensaciones: la luz, el tacto de las sábanas frías bajo los pies, la pereza de que todo el tiempo sea tuyo. Pero es que, además, allí todo era mejor; el mundo despertaba con calma, el agua de la piscina bailaba girando, girando, girando en remolinos provocados por el depurador, los pajaritos gritaban felices por las sobras de algún desayuno olvidado durante un momento en la terraza del restaurante. Recuerdo que pensé que me iba a costar volver a la rutina.

Intenté alcanzar la mesita de noche, pero me sentí un poco desorientada cuando no encontré mi móvil sobre ella. Después David se movió detrás de mí y recordé.

Recordé que la noche anterior me besó. Recordé ese «¿Quieres o no?»

que me puso tan perra. Y los mordiscos, los lengüetazos y las manos tocándolo todo hasta llegar a la cama. Recordé su polla en mi mano, dura, gruesa, cálida, y sus dedos entre mis piernas, frotando. Recordé la sangre, la vergüenza y la cena, intentando hacer ver que no había pasado nada.

Recordé su ofrecimiento:

—Puedes dormir en mi habitación si quieres.

Las sábanas estaban manchadas y, bueno, no sé si sirvió de excusa, pero no acostarme allí me pareció lo más lógico. Nos dormimos abrazados en la suya, después de hablar durante un par de horas: sus amigos del pueblo, su madre, la mía, mi año en Estados Unidos; cualquier tema era bueno para desviar la atención sobre lo que habíamos hecho. Y si nos dormimos abrazados, nos despertamos en la misma postura porque en aquel hotel el

maldito aire acondicionado no se podía apagar nunca, solo regular un mínimo, y hacía el típico fresquito que te invitaba a buscar el calor de otro cuerpo.

—Buenos días —musitó la voz de David a mi espalda.

Me volví para mirarlo. Siempre se despertaba algo ojeroso y muy despeinado. Estaba guapo, aun con las ojeras, las greñas y los labios hinchados. Y me apeteció besarle, como si en lugar de olvidar lo que había pasado, tal y como acordamos, hubiera olvidado nuestro acuerdo.

—Qué pelos —me burlé.

—Tú, sin embargo, parece que acabas de salir de la pelu, chica.

No sé si me tranquilizó o me martirizó intuir que lo de la noche anterior ya no existía para él.

—Qué dolor de espalda —se quejó, colocándose boca arriba con un gemido.

—¿Por el colchón?

—No. Creo que es porque no estoy acostumbrado a dormir con alguien y me he pasado la noche retorcido encima de ti, como Gollum. Ha hecho frío.

—Tú no te preocupes, que te pido una manta en recepción. —Le sonreí

—. Además, es una suerte que vayan a cambiar mis sábanas hoy y ya no te moleste más en todo el viaje.

Apoyé la cabeza en mi mano y el codo en la almohada. Él me miró y sonrió. Durante unos segundos, no se dijo nada en aquella habitación…, al menos no se dijo con la voz, pero sí con la mirada.

—¿Qué? —probé suerte.

—Ah, no. No hagas eso.

—¿El qué?

—Pincharme para que sea yo el que rompa la promesa.

—No tengo ni idea de a qué te refieres —dije con sorna.

—Claro que lo sabes, pero ahí vamos: por mí, no habría más cama que esta de aquí a Madrid.

Le tapé la boca. Besó mi palma. No parecía que fuéramos a comportarnos como si nunca hubiera pasado nada y… me sentí aliviada.

Pero… ¿y Filippo, Margot? ¿Y Filippo?

Me levanté y miré la hora.

—Se nos ha pasado el desayuno.

—Podemos pillar un par de cafés en la panadería que hay yendo hacia la carretera —sugirió, desperezándose entre las sábanas.

Qué fácil era todo con él. Vale que estábamos de vacaciones, pero para cualquier cosa, David siempre tenía una respuesta, una solución o, por el contrario, una huida divertida hacia delante. Eché un vistazo a la cama. Allí tumbado, con el brazo bajo la nuca, sin camiseta, despeinado, entre tanta sábana blanca…

—¿Qué miras?

—Parece que estás amortajado, destápate un poco, hombre —

aproveché.

—¿Quieres ver algo en especial?

—¿Tienes reparos en enseñar algo en concreto?

Echó a un lado el cubre y las sábanas con una expresión de superioridad y pronto entendí por qué. «Buenos días a ti también, querida polla de David que saludas alegre». Joder…, me apetecía mucho volver a meterme en la cama.

—Tengo que pasar por el supermercado. —Hice una mueca, despegando los ojos de la erección que no se había cortado un pelo en enseñar—. Se me olvidó meter tampones en el equipaje. Encontré un par en las bolsas de aseo, pero voy a necesitar más.

—Claro. Ahora pasamos. ¿Conduces tú?

—Tendré ojo con los frenazos.

—No vaya a ser que vuelva a empotrarte contra un mueble mientras te meto la lengua hasta la garganta.

Me escabullí hacia mi baño.

Fue él quien entró al supermercado. Al volver, traía una caja de tampones para mí y algo más que metió en su mochila con bastante misterio. Barajé la posibilidad de que fuera una caja de condones para usar con otra en cuanto tuviera la oportunidad y me enrabieté como una chiquilla por dos razones: una, que no quería que ninguna turista afortunada se retorciera de placer

con David encima (o debajo o al lado o detrás o de frente), y dos, porque el punto número uno no era nada coherente con lo que, con tino y madurez, le dije la noche anterior. ¿Qué me estaba pasando? No dejaba de rememorar lo que hicimos e imaginar mil finales diferentes. Nadie me había besado como él y, aunque sabía que estaba mal…, me sentí tan viva… como cuando tenía quince años y aún albergaba la esperanza de ser libre.

El trayecto hasta Red Beach duró unos quince minutos largos y, al llegar, nos encontramos con que había mucha menos gente de lo que esperábamos.

—¿Habremos tenido suerte?

Bastante. Era tarde y, como no había más que un chiringuito bastante cutre, la gente se marchaba a comer, dejando su sitio libre en la mayoría de los casos. Tiramos nuestras toallas sobre la arena y David pareció tan feliz que ni siquiera eché de menos alquilar una hamaca.

—Están todas ocupadas —dijo mirando la zona donde se encontraban

—. Pero si quieres luego…

—No. Aquí estamos bien.

Y al decirlo, le abracé la cintura por detrás, apoyando la barbilla en su hombro.

Volvía a llevar su bañador negro, cortito y algo apretado. Yo llevaba un bikini estampado con dibujos de limones; la braguita tenía un volante muy gracioso, que pareció gustarle.

—Vas perfecta para seguir cumpliendo puntos de la lista, ¿no? —dijo mientras se ponía protector solar.

—¿Para el topless, quieres decir?

Asintió, y me dio la espalda para que le extendiera la crema por detrás.

Me recreé, lo admito.

—Que digo yo —aproveché que no me veía la cara—, que podré tachar ya el punto de la noche loca, ¿no?

—Uhm… Yo diría que no.

—¿Por qué?

—Porque tendrías que haber obtenido gratificación, ¿no te parece? —

Me miró por encima del hombro, con una sonrisa canalla.

—Sufrir no sufrí.

—En mi opinión, es como tachar de la lista comer por haber sostenido unos cubiertos.

Le di una palmada, anunciando que ya estaba, y me concentré en ponerme crema yo también.

—¿Te voy dando en la espalda? —se ofreció.

—Sí.

—¿Desabrocho? —Levantó las cejas, bromeando.

Me reí. Miré al alrededor y luego a él.

—¿Te imaginas?

—Uhhhhh —se burló—. ¡Qué salvaje! ¿Cómo vas a quitarte la parte de arriba del bikini como… por lo menos, por lo menos…, dos docenas de chicas en esta playa?

—Pero yo no soy de esas dos docenas de chicas. —Me aparté un poco el pelo—. He crecido escuchando a mi madre enumerar todo lo que es vulgar en una mujer y resulta que engloba prácticamente todo lo que es divertido.

—Ese es el concepto de vulgaridad de tu madre. ¿Cuál es el tuyo?

—Enseñar las tetas en la playa no está incluido en el concepto, eso seguro.

Miré a David por encima de mi hombro y sonreí con cierta malicia.

—Venga. —Moví un brazo—. Desabróchalo.

Arqueó las cejas.

—¿En serio?

—Pero creo que ha llegado el momento de decirte que no sé si me veo besando a una mujer.

El lazo de mi espalda desapareció entre sus dedos y yo me agaché a por la crema de mayor protección, en stick, para ponérmela en los pechos.

David me miraba embobado cuando dejé caer el top del bikini y me concentré en la tarea.

—Si sigues mirando… —le advertí sin levantar la mirada hacia él.

—Me mearé en la cama.

—Lo de mearse en la cama dicen que es si te embobas con el fuego, creo.

—Pues eso…

Lo miré. Me sonrió mientras se apartaba con los dedos el pelo de la frente.

—Es superbaboso y asqueroso que me mires las tetas —insistí.

—No te las estoy mirando —contestó con los ojos clavados en los míos

—. Pero son preciosas. Y ahora, si me disculpas, me voy al agua.

Una familia con niños reía mientras construía castillos en la arena. Dos chicos hablaban, muy cerca, de algo que les hacía gracia. Un perro ladraba, recorriendo la orilla y salpicando a los bañistas que entraban y salían. En mis auriculares sonaba «Lights up», de Harry Styles, mientras intentaba concentrarme en la lectura de un libro sobre el uso de nuevas tecnologías en estrategias de internacionalización, actualización y asentamiento de imagen de marca. Unas gotas me cayeron en la espalda.

—Ese libro es un coñazo y lo sabes. —David se tumbó a mi lado y con los dedos aún mojados dibujó un par de figuras sobre mi piel, uniendo las gotas que habían caído de su pelo.

Se había puesto las gafas de sol. Joder. Putas gafas de sol. Cerré el libro y aproveché para quitárselas cuando se tumbaba boca arriba.

—¡Ey! —se quejó—. Dámelas. Cae un sol del infierno.

—Vamos a tener la fiesta en paz, David. Con ellas estás muy guapo —

advertí.

Me coloqué de lado y él hizo lo mismo, apoyando la cabeza en el antebrazo.

—Estás casi desnuda a mi lado. Merezco mis gafas de sol.

—Hacemos una cosa. Me pongo la parte de arriba del bikini y tú te olvidas de las Ray-Ban, así estaremos en igualdad de condiciones.

—No. —Me las arrebató y se las puso—. Así ya lo estamos. Tú cumples con tu lista y yo compenso.

—Así no veo dónde miras.

—A tus tetas. No lo dudes ni un segundo.

Quise sentarme encima de él, peinarle el pelo húmedo con los dedos…, quizá hablar sobre la noche anterior; si hubiera sido cualquier otro tío no me hubiera atrevido a pensar en sacar el tema, pero era él y con él siempre me sentía cómoda. Tranquila. Segura bajo mi piel.

Abrí la boca para decir su nombre y dejar en el aire unos cuantos puntos suspensivos, esperando que me ayudara a abordar el tema, pero mi móvil empezó a sonar.

—No me jodas, hombre —farfullé—. Aquí no debería haber cobertura.

—A lo mejor es Filippo, que se lo ha pensado mejor y viene a por ti en helicóptero.

—Vete a la mierda.

Intenté incorporarme con la mayor elegancia posible y alcancé el móvil del bolsillo de la mochila de David.

—Ay, Dios —farfullé cuando vi la procedencia de la llamada.

—¿Trabajo?

—Peor. Mi hermana Candela. Voy a alejarme un poco, ¿vale?

—Vale. —Asintió—. Así no escucharé nada cuando le cuentes lo de anoche.

Ni contesté. Tuve suficiente con ponerme de pie en la arena desigual y blanda y alejarme sin parecer una excombatiente alcanzada por una granada.

—¿Qué? —respondí.

—No te lo vas a creer.

—Yo también estoy bien. Sí, el retiro para pensar en mí y en mis prioridades está yendo genial, gracias por preguntar.

—Jooooder, qué humos, reina.

—¡¡Es que estoy hasta la tota!! —lloriqueé, mirando por encima de mi hombro a David acomodarse para leer su libro.

—¿Quieres contarme algo?

—No —contesté rotunda—. ¿Ahora qué ha pasado?

—A Patricia le han llegado más fotos del detective. Te las he mandado.

Necesito que las veas.

—¿Qué coño me estás contando? —me asusté.

Me quité el teléfono de la oreja y busqué un poco de sombra bajo unas rocas, al faldón de la ladera por la que habíamos bajado para acceder a la playa, y me senté como pude para abrir el mail que me acababa de mandar Candela. Y tenía razón, no me lo podía creer. En las fotos, dos tías rubias y altas vigilaban…, escondidas detrás de un contenedor de reciclaje, mirando

a través de un periódico enorme (plantadas en mitad de una calle llena de gente…, lo que se llama DISCRECIÓN en mayúsculas), usando un carrito de bebé para desplazarse «sin ser vistas». Miré hacia el cielo, me revolví el pelo y pedí fuerzas al cosmos.

—Pero ¿qué quiere decir esta mierda? —le pregunté.

—Pues para empezar, que el detective no era tan malo como creíamos.

Nos ha pillado siguiéndole.

Me salió una risa camuflada por la nariz.

—No sabes el pollo que le ha montado a Patricia. Que le devolvía el dinero, pero que no se pusiera en contacto con él nunca más. Se ha sentido acosado. Acosado. Al parecer, tu hermana mayor le ha dicho en alguna ocasión «qué detective tan atractivo he tenido la suerte de encontrar». El señor se ha creído que Patricia era una pirada obsesionada con él.

—A tu hermana se le va la flapa. Dime que no la va a denunciar ni nada.

—No, no. Al final le ha devuelto parte del dinero a cambio de la promesa de que no volverá a saber nada de ella.

—Espero que le haya valido de escarmiento y que haya aprendido la lección —contesté muy seria—. El acoso no es divertido, Candela.

—A mí no me lo digas. Es tu hermana la que se está poniendo asquerosa.

Miré hacia David. Estaba abriendo una lata de cerveza. Quise ser todas las gotitas de agua que salieran despedidas al hacerlo.

—Ha contratado a otro tío —anunció Candela.

—¿Qué dices? —Me volví hacia el mar de nuevo—. ¿En serio?

—Sí, pero este es un loro. Tendrá doscientos años. Creo que se lo encontraron en las Pirámides de Egipto.

Me eché a reír tapándome los ojos.

—¿Hay alguien normal en esta familia? —Lancé la pregunta al aire.

—Creo que papá era normal.

—No creo. ¿Qué hacía entonces casado con mamá?

—Uhm…, nunca lo había visto desde ese punto de vista. Bueno, ¿y tú qué?

—¿Yo?

Eché un vistazo hacia atrás. Putas gafas de sol.

—Sí, tú.

Silencio. Estaba debatiéndome sobre si compartir aquella información me haría sentir bien o mal.

—Ya os habéis enrollado, ¿no?

Solté un lloriqueo de incomprensión y ella chasqueó la lengua.

—¿Os habéis acostado?

—¡No! Bueno…, íbamos a hacerlo.

—¿Pero?

—Me encantaría decir que en una lucha encarnizada entre mi raciocinio y lo que le apetecía a mi berberecho ganó el sentido común… pero no. ¿Tú has visto Carrie?

—¿La versión antigua o la nueva? Da igual, me quedo con el libro.

—¿Te acuerdas de esa escena en el baile, casi al final?

—¿Cuando a ella la llenan de sangre de cerd…? ¡¡Espera!!

—Sí. La cama terminó como si hubiera sido atrezo de La matanza de Texas.

—Qué palo, ¿no?

—Pues, ¿la verdad? No. Más bien vaya mierda, porque no sabes cómo toca, cómo besa, cómo…

—Vale, vale, vale. Tranquilita. ¿Y ahora?

—¿Ahora? Pues… —Vigilé por encima de hombro—. Vamos a hacer como si no hubiera pasado nada.

—Pero ¿cuándo pasó?

—Anoche.

—¿Y vais a hacer como si no hubiera pasado?

—Sí.

—Eso no te lo crees ni tú. —Se rio.

Me aparté el pelo de la cara, agobiada.

—Yo quiero a Filippo —aclaré.

—Vale.

—Esto no es justo.

Candela no dijo nada.

—Quiero volver con él.

—Vale —repitió mi hermana.

—¿Crees que él se habrá acostado con alguien? Quiero decir…, estaba muy enfadado conmigo, está de vacaciones con sus amigos y…

—Frena. No tengo ni idea de lo que ha estado haciendo Filippo; a mí lo que me interesa es lo que haces tú. Si él se hubiera acostado con alguien,

¿eso qué cambia para ti?

—Pues…, mujer, cambia un poco el mapa de la situación…

—¿No querrías volver con él?

—Yo quiero volver con él —repetí—. En septiembre, cuando nos veamos, tendremos que ver qué era lo que estaba mal y arreglarlo…, pero quiero estar con él.

—¿Y con David?

—David es un amigo.

—Con los amigos no se folla.

—Bueno, con los amigos no se folla, pero a lo mejor con David sí.

—¿Saldrías con David? —me preguntó—. ¿Podrías tener una relación con él?

—No. Ni loca. Este tío es un caos. —Me supo mal y lo miré. Pobre. Ese juicio no era justo. Solo estaba en un momento complicado. Como yo—.

Bueno, decir que es un caos también es injusto, pero la cuestión es que no, no podría estar con nadie como él.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Pues porque… no. Ni siquiera me lo he planteado.

—Tú te estás metiendo en la boquita del lobo. —Suspiró—. Margot…, ese tío te hace reír.

—Coño con la risa. Dani Rovira también me hace mucha gracia y no lo dejaría todo por él.

—Ay, tía, ya me entiendes.

Me quedé mirando a lo lejos un par de barquitos que se acercaban a la playa. Allí, donde el mar parecía fundirse con el horizonte, el agua relampagueaba en dorados y turquesas.

—¿Margot? ¿Estás ahí?

—Estoy, Candela. Estoy…, estoy en una playa increíble, de arena roja, con el agua cristalina, en tetas…

—¡¿¿En tetas??! ¿Tú?

—En tetas. Yo. La misma que te va a colgar el teléfono y que va a dejar de teorizar. ¿Me oyes, Candela? Porque voy a colgar el teléfono y a vivir.

Pero a vivir como si me fuera a morir al aterrizar en Madrid. Y viviré en secreto todo lo que me apetezca. Si me apetece chupársela, se la dejo en carne viva. Si me apetece que me la endiñe por el culo, bienvenida sea a la puerta de atrás. ¿Y sabes qué? Que nadie lo sabrá. Como nadie sabe qué cojones está haciendo Filippo. ¿Cuándo fue la última vez que fui egoísta?

¿Eh? Porque me piré de mi boda, ya lo sé; qué puta vergüenza para la familia de la gata madre, pero ¡¡es que…!! Que voy a gozar y ya está. Ale.

Colgué el teléfono y me quedé mirándolo como si acabara de caer desde un platillo volante. A mi lado, una familia me miraba un poco alucinada.

Supongo que por el tono. Recé por que no hablaran español, pero no me quedé lo suficiente para averiguarlo. En cuanto al móvil, este me volvió a sonar en la mano con la notificación de un wasap de Patricia.

Estás comunicando. Llámame. Estoy mal.

Me lancé hacia donde David esperaba tomando el sol.

—¿Todo bien? Has tardado… —preguntó cuando intuyó mi sombra.

Tiré el móvil encima de la toalla y me marché de vuelta hacia la orilla, donde me interné en el mar sin mirar atrás.

El agua me refrescó la piel que el sol iba enrojeciendo y las ideas, como lava, fueron endureciéndose al contacto con el mar. Más firme, más fría, inamovible.

Era consciente de que una aventura siempre hace daño a alguien. Yo quería arreglarlo con Filippo y… también quería seguir conociendo a la Margot que nacía cuando David me tocaba. No. La Margot que emergía cuando se sentía completamente libre, cuando nadie iba a juzgarla. Quería saber qué se sentía cuando una tomaba decisiones solamente por sí misma.

Cuando llegué donde David estaba tumbado, le quité el libro de la mano sin mediar palabra y se lo dejé en mi toalla bocabajo. Me senté a horcajadas en sus muslos, un poco más abajo de la zona que había estado sobándole la

noche anterior, eso sí. Lo de liberarse es una cosa y una sesión de petting en una playa pública, otra muy diferente. Pensé que se incorporaría asustado como un resorte, pero se quedó quieto, mirándome. Mi pelo, hacia un lado, se ondulaba, secándose con el sol. De mis pezones caían gotas caprichosas aquí y allá sobre su pecho, donde coloqué una mano al inclinarme.

—Sí. —Asintió serio.

—Sí, ¿qué?

—A lo que pidas, sí.

No hubo beso, pero la caricia que me dedicó con su dedo pulgar recorriendo mi espalda dijo mucho más.

Problemas.

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