Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 15 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 15

Un plan

Candela seguía sin incorporarse a su trabajo en Estocolmo y, cuando le pregunté, me dio explicaciones aún más vagas que las anteriores, por lo que me incliné hacia la hipótesis de que había llamado para pedir más días, a cuenta de sus vacaciones, tratando de no dejar tantos fuegos encendidos a sus espaldas cuando se marchase. Tenía muchos más fuegos que sofocar que mi inminente caída a los infiernos. Patricia estaba volviéndose loca y no por la falta del móvil, que le envié con alguien de la empresa la mañana del domingo.

El lunes, de buena mañana, se presentó en mi piso, perfectamente vestida y arreglada, cargando con una caja de Manolitos que ni siquiera iba a oler (porque ella no toma azúcar, que es la nueva cocaína), para decirnos con una sonrisa en los labios que había registrado la cartera, la agenda, el portátil y el coche de su marido y que tenía pruebas de la infidelidad.

Los expuso en la mesa del salón, apartando el jarrón de flores frescas que todos los lunes alguien colocaba en su sitio.

Su llegada nos había pillado aún en la cama, pero le pidió al «servicio»

que nos despertase. Aclaro que mi casa no era un hervidero de mayordomos, amas de llaves, internas y limpiadoras, pero todos los días Isabel, una señora de mediana edad muy afable, se ocupaba de los quehaceres, y también de cocinar. Eran las siete y veinte de la mañana cuando Isabel entró en mi habitación.

—Tu hermana está aquí —susurró mientras activaba el interruptor que abría las cortinas—. Insiste en que te levantes. Dice que tenéis que elaborar un plan.

Miré al techo y me imaginé, con felicidad, que la lámpara se me caía encima. No quería una muerte dramática, solo un par de semanas de

hospital.

—Ahora voy.

Me permitió darme una ducha antes, eso sí. Y mientras me ponía un pantalón y una camiseta del rincón del armario de «ir por casa» (primer y segundo cajón más pegados al baño en suite), una frase se grabó a fuego en mi cabeza. Fue como cuando te despiertas canturreando un par de estrofas de una canción que no recuerdas haber escuchado recientemente, pero que repites sin cesar durante todo el día: «Tienes que alejarte de esto». Quizá esa certeza nacía de mi sueño: Filippo mandándome un mensaje enumerando los motivos por los que debía alejarme de nuestra casa y de lo que estuvo a punto de ser. No recordaba ni uno de esos motivos, pero quizá había llegado el momento de elaborar mi propia lista.

—A ver, ¿qué pasa?

Patricia me esperaba sentada en una banqueta, en la barra de la cocina, con las piernas cruzadas y una taza de café en la mano. Isabel estaba preparando el desayuno, pero me acerqué y amablemente le pedí que lo dejase estar.

—Ya me hago yo el café.

—¿Nada más? ¿Un bol de fruta?

—Una tortilla de diazepames de diez, por favor —rumié. Ella sonrió. Ya conocía a Patricia y esa cara que pone cuando quiere hacer creer que todo va bien—. Llama por favor a Sonia y dile que venga a casa después de comer, a la hora que mejor le venga.

Necesitaba a mi mano derecha allí. Necesitaba entretenerme y quizá pudiera traerme un par de informes para saber cómo estaban las cosas en el trabajo.

Patricia me señaló la mesa con el dedo, a lo estatua de Cristóbal Colón, casi sin mirar a nada en concreto. Allí estaban las pruebas del «delito»…, unos tiques.

—¿Qué es eso? ¿Y por qué no está despierta Candela?

—Porque me ha mandado a la mierda en siete idiomas y uno no tenía vocales, por eso. Lo que tienes delante es…

—¿Una instalación artística que demuestra cómo nuestra vida es dominada por el consumismo?

—No. Son tiques.

—¿De qué? ¿Diamantes, moteles?

—Restaurantes y aparcamientos.

—Ay, Dios.

Enchufé la cafetera y me quedé allí, colgada de ella, como si fuese mi mejor amiga. Cada gotita de café que caía en la taza fue dándome ganas de vivir.

Patricia había traído también una copia en papel de la agenda de su marido. Había copiado citas y recordatorios de su Google Calendar mientras Alberto se daba una ducha y ahora, además de cruzar los datos de los tiques con la agenda, teníamos también que aprender a descifrar jeroglíficos egipcios.

—Por el amor de Manolito —dije con uno de sus pequeños pero contundentes cruasanes en la mano—, ¿en serio sabes escribir?

—Prueba a copiar un mes de citas mientras tu marido se da una ducha.

¡Es calvo! No tiene que enjabonarse el pelo ni ponerse mascarilla, Margot.

¿Te haces a la idea de lo rápido que puede ser?

Candela hizo acto de presencia cuando las ganas de vivir que me había regalado el café ya se me estaban pasando y, como prueba de lo caprichosos que son los genes y lo diferentes que pueden ser unas hermanas entre sí, a ella todo aquello le pareció superemocionante.

—¡Madre mía! Es como jugar al Cluedo.

—Sí, pero con mi matrimonio. Si me está engañando os juro que me pongo tetas.

La lógica y mi familia tenían una relación complicada desde hacía años, no era nada nuevo.

—¿Creéis que me fugué de mi boda por culpa de un gen recesivo que vosotras sí tenéis activo? —se me ocurrió.

—No. Es culpa de tu falta de conocimiento emocional, pero nada que no se pase con unas vacaciones en alguno de tus hoteles.

—Nuestros hoteles —puntualicé.

—Tus hoteles. Te recuerdo que yo te vendí mis acciones y doné el dinero. Lo único mío de esa empresa es el apellido —dijo Candela

orgullosa, instantes antes de enfrascarse en los datos que habíamos ido sacando de todo aquel lío de papeles.

Miré a Patricia que, con unas gafas de pasta de lo más modernas y favorecedoras, me sonrió antes de decirme:

—Pero un poco míos sí que son.

No tardaron demasiado en darse cuenta de que allí no había nada reseñable. Tiques de comidas con clientes que correspondían al milímetro con lo que Alberto tenía programado en la agenda. Cuando empezaron a comentar que podía haber nombres en clave para ocultar sus aventurillas, decidí marcharme. Y me tendí en la cama. Bocabajo. Con suerte me ahogaría. Ya no quería un par de semanas en el hospital, quería la experiencia completa: muerte por aplastamiento con lámpara de diseño.

Sonia, como siempre, avisó de su llegada con tanta antelación que pude vestirme y asearme para no tener pinta de tía que no sabía qué cojones hacer con esa vida de ensueño que tenía y que ahora se parecía más a un paquete de bragas del Primark al que alguien había robado un par.

La recibí en el despacho de mi casa (nada que ver con la calidez del oficial) con una Coca Cola Light (odia la Zero) y unas ganas tremendas de pedirle que me matara.

—Ey, jefa. —Me sonrió con ternura—. Tienes buen aspecto.

—Ya puedo. Llevo siete capas de Double Wear de Esteé Lauder.

—Entonces vas a tener que desmaquillarte con gasolina.

—Mira, como las Kardashian.

Nos dimos un abrazo con la mirada. Hay personas a las que solo les hace falta mirarte para estrecharte entre sus brazos.

—Pensaba que no tendrías ganas de verme. —Se sentó frente a mí y sacó su inseparable iPad, donde tenía organizado el universo en su totalidad. Qué buena es, la cabrona—. Que ibas a descansar y eso.

—Mis hermanas no me dejan. Están jugando al Cluedo en la vida real.

Sonia arqueó una ceja.

—¿Han matado a alguien?

—Déjalo. Cuanto menos sepas, mejor —bromeé—. ¿Me pones al día?

Arrugó la nariz.

—¿Qué? —pregunté alarmada.

—No quiero que pienses que no he hecho mi trabajo.

—Nunca pienso que no has hecho tu trabajo porque haces el tuyo, el de tus compañeros y a veces el mío. ¿Qué pasa?

—No quiero meterme donde nadie me llama —sentenció, sin mirarme.

—Te he llamado yo.

—A ver… —Suspiró y se despeinó un poco, como rascándose el cuero cabelludo en un gesto que no me gustaba nada, pero que siempre hacía cuando la sometía a mucho estrés—. Traigo un montón de material actualizado, pero creo que no debería dártelo.

—Y eso, ¿por qué?

Cogió aire y me lanzó una de esas miradas. De esas. De esas que dicen

«te conozco más de lo que crees», «no te va a gustar lo que tengo que decirte» o «las dos anteriores son correctas».

Levantó la mano derecha.

—Prometo solemnemente que lo que te voy a decir no es un juicio ni una crítica.

—Escupe, bellaca.

Se mordió el labio.

—El Consejo tiene razón: necesitas unas vacaciones.

—Como todos los españoles ahora mismo.

—No sé si el resto de los españoles tiene tics en el ojo, se bebe siete latas de Coca Cola Zero al día y pasa de gritar en arameo a temblar como una hojita arrugada.

—¿Me estás diciendo que necesito un psiquiatra?

—No. Que necesitas descansar. Y hablar con alguien.

Apoyé la frente en la mesa.

—Me estás sugiriendo que coja cita urgente con mi psicólogo, ¿no?

—No. Margarita…

—Llámame Margot, de verdad.

—Margot…, te he despejado la agenda hasta la segunda quincena de agosto; la empresa te debe setenta y siete días de vacaciones. —Su mano

dubitativa se acercó a la mía para finalmente colocarse encima—. Estás sometida a mucha presión y vas a terminar cayendo enferma o…

—Volviéndome loca.

—No lo sé, pero… creo que de verdad necesitas salir de aquí. Dejar de vernos a todos y… buscarte.

—Pues como me encuentre, a ver qué me digo.

Sonia sonrió.

—Perdóname la pregunta, pero… ¿has hablado con Filippo?

—Sí. —Cogí aire—. Por mensaje, pero… no pinta bien.

Sus dedos apretaron los míos.

—Voy a ser muy sincera, ¿vale? Me pagas para que lo sea y me pagas bien, así que allá va: se rumorea que el resto del Consejo está presionando a tu padrino. Dicen que el hecho de que te dieras a la fuga el día de tu boda denota que tu estado mental no es el idóneo para un cargo de responsabilidad y que estás cediendo a la presión. Alguien ha mencionado que tu madre ha hecho comentarios sobre tu delicado estado.

—Es un gato que bebe, nadie le hará caso.

—Pero les viene muy bien creerla. Quieren que sea verdad. Sabes mejor que nadie que no…

—Que no me quieren allí, vale. ¿Algún dato más sobre lo desastroso que pinta mi futuro?

—No es desastroso. Solo haz lo que quieren que hagas. Es sencillo: vete. Pero aprovecha la oportunidad y vete por ti, no por ellos. Vete por ti y por todas las cosas que ni siquiera sabes que te apetece hacer porque nunca tienes tiempo de hacerlas. Vete por la parte de ti que está triste y por la que va a ser feliz. Vete por mí también, que no puedo. Vete, Margot. Vete y ráscate el toto en la playa, por el amor de Dios. Eres la heredera de un imperio hotelero y estás usando un tono de maquillaje traído de Siberia. No hace falta que estés continuamente demostrando que te lo mereces, ¿vale?

A la mierda quien se crea que no. Con que tú lo sepas…

—Mi equipo hizo memes conmigo fugándome de mi boda.

—Tu equipo también se iría de vacaciones si pudiera. Eres la dueña.

—Somos muchos dueños, no funciona exactamente así. Hay socios que han invertido en esta empresa…

Sonia tiró de mis dedos y levantó las cejas:

—Eres la puta Ana Margarita Ortega Ortiz de Zarate. Ve-te. Y no vuelvas hasta que se te haya olvidado la clave de tu ordenador.

Ambas nos quedamos mirándonos y una pequeña sonrisa prendió en la comisura de su boca.

—Nadie…, escúchame bien porque nunca volveré a hablarte en este tono…, NADIE se va corriendo de su boda si es feliz. Y te mereces ser feliz.

Como yo. Como tus hermanas. Como el chico que nos trae los pedidos.

Vete y averigua qué está fallando.

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