Un cuento perfecto
Capítulo 50
Fin de semana. La pasión
—No sé si debería ir.
David no contestó y la línea se llenó de un silencio ensordecedor.
—No sé si debería, David —repetí para provocar una reacción en él; no sabía si quería que aceptara que no era buena idea o que insistiera hasta la demencia para que le acompañase al pueblo aquel fin de semana.
—Creía que ya lo tenías decidido. ¿Cuál es el problema?
—Todos pensarán que soy tu chica.
—Lo que piensen me trae sin cuidado.
—Son tus amigos, claro que te importa lo que opinen. Además, no sé si sabemos comportarnos como colegas.
—Sí sabemos —me respondió en un tono de voz de todo menos seguro.
Me volví en la cama, acurrucada y agarrada al teléfono. Junto a la puerta, mi bolsa de viaje cerrada me recordaba que hacía un rato opinaba todo lo contrario. Estaba hecha un lío. El ramo, la nota, la despedida, Filippo, el olor de David impregnando la almohada.
—¿Qué pasa? Venga… dímelo —atajó David.
—Ya lo sabes. —Le recordé—. Deberíamos dejar de hacer planes.
Estamos atrasando lo inevitable.
—Bueno, ya hemos acordado que el lunes empezaremos nuestro periodo de desintoxicación, ¿no?
—Si lo dices así me siento fatal —me quejé.
—¿Es por mis amigos? ¿No quieres conocerlos?
El tono de súplica que escondía aquella pregunta me rompió un poco el corazón. Recordé sus quejas por que Idoia nunca quiso hacer planes con ellos y la sensación de inseguridad que aquello le provocaba.
—No es eso. —Le prometí—. Es que…
—Todos pensarán que eres mi chica, vale, pero… ¿y qué?
—Que dormiremos en la misma cama y…
—No somos animales, Margot. —Se burló—. Hay muchas habitaciones en casa de los padres de Cristina. Puedes dormir sola si es eso lo que te preocupa.
¿Cómo aunar todas las cosas que me preocupaban en realidad para que él pudiera entenderlas? Si ni siquiera yo era capaz de sintetizarlas, ordenarlas y enfrentarme a ellas.
—Por favor… —musitó—. Por favor, Margot. Quiero este fin de semana.
Sí. Yo también lo quería, pero… no debíamos.
Me recogieron a las seis y media de la tarde en un Ford Fiesta de tres puertas del año de la polca y de color amarillo. Amarillo. Cuando bajó la ventanilla y sonrió, me di cuenta de que David conseguía que a la niña acostumbrada a los lujos se le olvidara cualquier cosa que no fuera la compañía. Me acerqué y sonreí:
—Dime que esto tiene aire acondicionado.
—¿Por quién nos tomas? No hay princesa sin su carruaje.
David y yo nos quedamos mirándonos como dos bobos hasta que el chico que conducía carraspeó, lo que despertó súbitamente a David.
—Margot, te presento a Félix. Somos amigos desde el parvulario. —Se apresuró a salir del coche.
—¡Hola, Félix! ¿Qué tal?
—Encantado, Margot. David nos ha hablado mucho de ti.
—¿Ah sí? —sonreí.
—¡Sí! No dejaba de mandarnos fotos de vuestro viaje. Es casi como si hubiéramos ido con vosotros.
David cogió mis cosas algo incómodo y las fue a cargar en el coche.
—Venga. Nos queda un buen rato para llegar.
Cuando llegamos, todo el mundo estaba ya allí. Cristina, la cumpleañera, nos recibió con dos besos y una cerveza fría. Mientras me presentaba y le pedía disculpas por unirme al plan a última hora, una jauría de chicas muy divertidas se lanzaron sobre nosotros y recitaron sus nombres con rapidez (Rocío, Marta, Laura, Esther, María). No me costó darme cuenta de que, de alguna manera, me había convertido en una especie de atracción. ¿Quién era esa chica con la que David se había ido a Grecia y que ahora aparecía en el cumpleaños de Cristina? ¿De dónde había salido? Y, sobre todo…, ¿iba a formar parte de la pandilla?
David era, sin duda, parte esencial del grupo, tal y como demostraron todas sus amigas al abalanzarse sobre él, tirándolo al césped y cubriéndolo de besos, cosquillas y grititos. Yo les miraba sin saber qué hacer, sintiéndome un poco fuera de lugar y esforzándome por aplacar los celos que me ardían en las tripas. Esas chicas no debían alejarse de él, como yo; esas chicas le tendrían de por vida. Era difícil no plantearse qué me quedaría de él dentro de un par de años… quizá solo un bonito recuerdo.
Las habitaciones del primer piso estaban ya ocupadas, de modo que tuvimos que dejar nuestras cosas en la buhardilla, donde algo me decía que haría más calor que en el resto de la casa. Casi hubiera preferido que diesen por hecho que éramos pareja y que necesitábamos la intimidad de una habitación porque… en aquel espacio había tres camas y Félix no dudó en dejar su bolsa en una de ellas antes de desaparecer escaleras abajo, en busca del resto de la pandilla y algo para comer.
—¿Todo bien? —se interesó David mientras abría su bolsa y sacaba un bañador.
—Sí. Bueno… es todo un poco raro, pero parecen majos.
—Lo pasaremos bien, ya verás.
Antes de que pudiera añadir algo, desabrochó el botón y la cremallera de sus vaqueros. Levanté las cejas.
—¿No irás a cambiarte aquí, delante de mí?
—Es mi habitación y me quiero dar un baño. —Sonrió socarrón—.
Además, no creo que vayas a descubrir nada nuevo.
Arqueé las cejas mientras él se quitaba la camiseta. En unos minutos, la cama se cubriría de prendas de ropa y todo el control del que pensaba hacer
gala saldría por la ventana. Me acercaría, besaría su cuello, acariciaría su pecho y subiría mi vestido en una invitación silenciosa que él aprovecharía haciendo que su mano recorriera…
—Mejor voy a dejarte un poco de intimidad. —Me interrumpí—. Hay cosas que, como amiga, prefiero no ver.
No puedo quejarme: me trataron como si fuera la invitada de honor. Eran simpáticos, atentos y familiares. Te hacían sentir, muy pronto, parte de aquello que les unía desde hacía tantos años. Eran como él: cálidos y divertidos, y parecía no importarles que yo acabara de aparecer en sus vidas; mi visita no era una intromisión, sino algo natural. David se reía con la boca abierta y palmeaba a sus amigos mientras se preocupaba de que yo formara parte de cada conversación. No me dejó sola ni un segundo, aunque después de un par de cervezas no me hacía falta estar pegada a él para no sentirme fuera de lugar. Era una de esas noches en las que todo te parece mágico, aunque estés comiendo tortilla superprocesada y patatas de bolsa.
Me estaba divirtiendo como hacía mucho tiempo que no lo hacía con un grupo grande de gente. Conque… aquello era tener amigos, ¿eh?
Por supuesto, todos querían compartir algo sobre David que «seguro que no me había contado». En un ratito se airearon trapos sucios a dos manos, como que llevó el pelo larguísimo o que su cuñado le dio una vez una palmada en el culo delante de todo el mundo porque lo confundió con su hermana.
—En los pueblos se bebe mucho —se justificó con cara de apuro—.
Estás a punto de comprobarlo.
Después de picar un poco y brindar mucho, a la una y media se decidió que era el momento de bajar a la plaza, que pronto descubrí que era un pequeño espacio donde confluían cinco calles y en el que se encontraba el que parecía el bar más concurrido del pueblo. Estaban celebrando la semana de fiestas patronales y habían instalado una barra fuera para atender a la clientela que pedía copas. El escenario de una orquesta ocupaba al menos el
treinta por ciento de la plaza y todo el mundo parecía muy atento a un señor que estaba vendiendo algo.
—¿Qué pasa? —le pregunté a David.
—El bingo. —Me sonrió—. Bienvenida a la república independiente de mi pueblo. Antes del baile se sortea un jamón. Pero ni te molestes en participar, que todos los años lo gana Esther.
Todas las amigas de David corrieron a comprar unos cuantos cartones; al parecer, formaba parte de una tradición pasar el cartón por la espalda de Esther y decirle muchas veces que este año no era su año. Antes de que pudiéramos comprobar si lo era o no, David pareció localizar a alguien entre la gente.
—¿Me das un segundo? —susurró en mi oído—. Vuelvo en dos minutos.
—¿Dónde vas?
Pero no respondió. Me lanzó un beso con una sonrisa pícara. Estaba despeinado, con la ropa hecha un Cristo y los ojos rojos…, un poco borracho después de los brindis; ¿cómo podía estar tan guapo? ¿Cómo podía alguien a quien casi acababa de conocer, parecer tan fiable? ¿Cómo podía tener tantas ganas de coger su mano y mandar el mundo a la mierda?
—Lo que estás intentando es imposible. —Me dije en voz alta.
Fingir que solo éramos amigos era imposible. Hasta para mí era evidente que en cada pestañeo salían despedidos de mis ojos, en forma de polvo brillante, puñados de esperanza.
Miré en la dirección en la que David se había ido y lo vi llegar hasta una mujer que le sonreía con sorna y que lo recibía con un abrazo y el gesto universal de «te voy a dar». ¿Quién era esa mujer tan guapa? Pelo castaño recogido en una coleta, ojos enormes poco maquillados y cuerpo pequeño y delgado. Había cierto parecido entre ellos y algo en la forma en la que se abrazaron me hizo sentir en casa.
—Margot, ¿una copa? —me animó una de sus amigas.
—Claro.
La verbena empezó con pasodobles y cosas así. Todo el mundo estaba animado, viejos y jóvenes, en el típico ambiente festivo y hogareño de los pueblos pequeños, en los que se saluda siempre por el nombre. Esther lo dio todo bailando… con su jamón, y cuando David volvió hasta nosotros formamos parte del cuerpo de baile, pegados, riéndonos, descoordinados y burlones. Y al corrillo de vecinas debió de gustarle cómo bailamos porque a nuestro paso arrojaron un «olé» y un par de aplausos.
Conforme el reloj fue avanzando, los mayores se fueron retirando y la gente joven reclamó otro tipo de música. Sonaba algún tema de salsa, a caballo entre la actualidad y el pasado, cuando David se despidió con un gesto de la mujer a la que había saludado al llegar.
—¿Es tu hermana? —le pregunté.
—Es mi señora madre. —Me sonrió—. Pero le encantará que le diga que has pensado que era mi hermana. El año que viene celebramos por todo lo alto que cumple cincuenta.
—¿Te tuvo a los veintidós?
—Y a mi hermano a los diecisiete. ¿Escandalizada?
Arqueé una ceja.
—Por favor, David. Para escandalizarme necesitas algo más.
—Poco. Con decirte que te lamería durante horas ya lo tengo.
Y lo tenía. Me tenía.
David era más divertido con todos sus amigos a su alrededor. Se olvidó bien pronto de que el reguetón no le gustaba y se puso a perrear con sus amigas hasta que ellas le gritaron que les ahuyentaba a los pretendientes. Y
él se reía como nunca lo había visto reírse. Relajado. Contento. Dando botes. Cogiéndome del brazo y dándome vueltas. Ver a David cantando y bailando «Ahí viene el bombero» fue realmente traumático, pero también muy divertido. Al parecer… otra tradición desde que, muy borracho, la bailó con la tía de Jose unos años atrás.
Solo necesité dos copas más para lanzarme a perrear hasta abajo canciones que no había escuchado jamás y pronto se confirmó, al menos en el estrecho espacio que quedaba entre nosotros, que David y yo no estábamos preparados para controlar lo que sentíamos.
Cuando terminó la orquesta, un DJ se puso a «los platos» para lanzar más música hasta las cinco y media de la mañana y la gente, que parecía salir de debajo de las piedras, se vino arriba. Fue entonces, entre tanto jaleo, cuando sentí la mano de David en mi vientre acercándome a él. Supe que estaba sonriendo sin necesidad de volverme. Su cadera se pegó a mí y me dirigió al ritmo de la música, frotándose demasiado para ser solo amigos.
No me quejé, por si alguien lo duda.
—Estás preciosa —susurró en mi oído.
—Voy hecha un asco. —Me miré, llena de lamparones de cubata, que me salpicaba constantemente con los empujones de la gente, con una sencilla camiseta negra y una de las faldas que compré con él, de flores y con un par de rajas.
—Bueno, pues vamos a la casa y te cambias. Yo te acompaño.
—¿Eres idiota? —Me volví a mirarlo.
—Por verte sin ropa soy capaz de cualquier cosa. —Levantó las cejas.
—Estás borracho.
—La última vez que estuve borracho te dije que quería comerte el coño durante horas.
Me giré y le tapé la boca con una sonrisa. Me lamió la mano y le solté.
—¡Cállate!
—Solo estaba recordando. Tú y yo solo somos amigos. Amigos que duermen en camas separadas.
—Sí. —Asentí, mirándole la boca mientras lanzaba los brazos alrededor de su cuello.
—Que no me mires así. —Se rio, enseñando sus perfectos dientes blancos.
—Te miro como puedo.
—Como quieres. Podrías mirarme desde más cerca.
—No podría. No podemos.
—No —dijo, y puso morritos mientras bailaba—. No podemos cogernos de la mano, ir alejándonos por esa calle que queda detrás del escenario y comernos la boca apoyados en el muro de la antigua panadería.
Sería…, bueno…, ¡una locura!
—Claro que lo sería. —Me pegué a él y le acaricié la cara hasta que mi pulgar quedó bajo sus labios, y al bailar no cabía entre nosotros ni un alfiler
—. Porque hemos terminado nuestra aventura.
—Ya. El último estuvo bien, ¿eh?
—Y el anterior.
—Joder… —Me miró fijamente la boca y sus manos me rodearon las caderas hasta perderse hacia abajo y agarrarme el culo—. Cómo me gustas, joder.
—David…
—¿Sabes lo que me jode? —me preguntó inclinándose hacia mi oído—.
Que no solo quiero follar contigo en plena calle. Que luego quiero abrazarte. Y eso, querida Margot, es una putada.
Me alejé un paso con un nudo en el estómago, pero él no me soltó.
—¿Qué?
—Nada. —Negué con la cabeza, tratando de que me soltara.
—Y yo me lo creo… —Su boca se torció en una sonrisa comprensiva
—. ¿Pensamos en todo eso ya mañana?
—No. Tú mismo lo has dicho. Esto es una putada.
—¿Y qué le vamos a hacer? No puede ser.
David se mordió el labio y levantó las cejas mientras buscaba mi mano y tiraba un poco de ella, tratando de empujarme hacia fuera de la masa de gente que bailaba y bebía.
—Vámonos. —Leí en sus labios.
Entrelacé los dedos con los suyos y nos agachamos para pasar desapercibidos mientras rodeábamos el tumulto y nos colábamos por la callejuela que quedaba detrás de la plaza. No nos soltamos la mano hasta que giramos la esquina y la oscuridad del callejón nos envolvió, y si lo hicimos fue para poder enredarlas en otras partes. Las mías fueron directas a su nuca y el final de su espalda. Las suyas a mi cintura y mi nalga derecha, por debajo de la falda, a través de una de las rajas de la tela.
No cerré los ojos cuando me besó. Él tampoco. No queríamos perdernos nada. La discomóvil había cambiado a rock y nos llegaba, amortiguada por muros y calles, «Use somebody», de Kings of Leon.
—Dijimos que debíamos pararlo —le solté tras el cuarto o quinto beso.
—¿Y qué si no puedo?
—Sí puedes, pero no quieres. Y dijiste que…
—Dije, dije, dije.
Sí. Dijo que si no parábamos terminaríamos enamorándonos y que sería un desastre. Dijo que no quería comprobar si nuestra relación pasaba de los dos años. Dijo.
Me agarró de los muslos y me levantó hasta apoyar mi espalda en el muro mientras mordía mi cuello; noté que intentaba bajarme la ropa interior y vi que a nuestro lado, a mi derecha, teníamos la puerta de una casa.
—David, ¿y si salen los vecinos?
—No van a salir.
—David…, ¿y si vuelven de la verbena y nos encuentran aquí?
Me miró y sonrió.
—Es mi casa. Están todos durmiendo.
Las braguitas bajaron un poco más y me apresuré a desabrocharle el pantalón. Con la explicación se habían desmoronado todos los muros de mi resistencia. Estaba enloquecida. Nunca había hecho algo así en la calle y…, joder, quería hacerlo tanto como no aceptar esos límites que, a esas horas, me parecían tan tontos. Bueno, y si nos enamorábamos ¿qué? ¿No lo estábamos ya?
Toqué su polla por debajo de la ropa interior y la saqué; mientras le acariciaba, le provocaba con la expresión más lasciva que podía dibujar en mi cara. Vi mis braguitas colgar de uno de mis tobillos, enganchadas en la sandalia. Ni siquiera había sido consciente de cómo habían llegado hasta allí, aunque empezaba a escocerme la piel a través de la cual habían bajado a trompicones, hechas un rulo.
—Espera, espera… —le pedí cuando iba a entrar en mí—. Condones.
—No los llevo encima —jadeó.
—¿Ni en la cartera?
—Espera.
Agarré mis bragas antes de que me dejase en el suelo. Agitó los brazos para relajar el esfuerzo de la carga. No le culpo; sujetar a alguien a pulso no debe de ser fácil. Echó mano a la cartera, en el bolsillo trasero de sus
vaqueros, y la abrió precipitado. Había tenido la delicadeza de volver a meterse la polla en la ropa antes de aquello y me hizo gracia.
—¿De qué te ríes? —Se rio conmigo, levantando la mirada hacia mí, mientras sus dedos palpaban el interior de su desgastada cartera de piel.
—Nada. Que he imaginado que hacías eso con la picha colgando.
—¿La picha colgando? —Levantó las cejas y lanzó una carcajada—.
Pues mira lo que te digo. —Sacó un condón y me lo enseñó orgulloso—.
Chico precavido vale por dos —dijo buscando ya mi boca.
—No vas a poder sostenerme contra el muro tanto rato.
—Ya lo sé. —Se humedeció los labios—. Aquí lo único que podemos hacer es follar como perros. Si no te apetece podem…
No terminó. Estampé mis labios en los suyos y metí la lengua en su boca. David tiró de mí hacia el rincón contrario, donde nos apoyamos en un coche.
—Nos va a ver medio pueblo —me quejé.
—Pues que disfruten.
Abrió el condón y, como siempre que no podía más de impaciencia, echó la cabeza hacia atrás y farfulló un par de maldiciones mientras lo desenrollaba. Después me subí hasta el borde, enganché las piernas alrededor de su cintura y dejé que él hiciera lo demás. Que empujara, que gruñera, que nos sujetara a los dos, con una mano debajo de mi falda y la otra contra la carrocería del coche. Me ardía el vientre del esfuerzo de mantener el equilibrio en aquella postura, pero valía la pena cada vez que David embestía con fuerza entre mis muslos y sus vaqueros bajaban unos centímetros más, piernas abajo.
—Por Dios, que no salte la alarma —suplicó—. Es el coche de mi abuelo.
Me entró la risa. A él también. Incluso follando como dos perros era feliz. Era… de cuento.
Tuvo que contenerse bastante para no terminar rápido; diré en su defensa que el ritmo que llevaban sus caderas era salvaje. Sin embargo, hasta que no me acomodé en una postura que me permitiera acariciarme para poder llegar al orgasmo, no dejamos que se acelerara demasiado. Nos corrimos a la vez, controlando los tiempos entre mis dedos, con las bocas
entreabiertas y mirándonos, entre sorprendidos y felices de no haber sido capaces de cumplir nuestras promesas.
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