Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 53 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 53

Porque nunca fue nuestro momento

De entre los recuerdos de todas las noches tristes de mi vida, el que más me duele es el de aquella. Sabía que a veces se necesita romper con alguien cuando aún lo quieres, pero no estaba preparada para decidir, de mutuo acuerdo, que aquel amor no sería suficiente antes de sentirlo en su plenitud.

Le estábamos robando su oportunidad. Era raro pero… cuando alguien dice que te quiere lo suficiente como para dejarte marchar es porque no puede darte lo que tú necesitas.

Dispusimos nuestra vida como si fuera un tablero y trazamos los límites para no hacernos daño. Asumimos que no siempre basta con sentir las mariposas y constaté, de puertas para adentro, lo que ya sospeché en Grecia: la magia no existe si nadie cree en ella.

No nos buscaríamos. No nos escribiríamos. No podíamos ser amigos.

No podíamos engañarnos más. No podíamos fingir que no había pasado.

«Nosotros» ya no existía.

Y aunque mi decepción pesaba muchísimo y no me daban las manos para hacerme cargo de la suya, debo ser justa y admitir que cuando nos despedimos, estaba más roto que yo. Lo que una vez nos unió, reconocer los dos ojos más tristes de un local de copas, era ahora casi el último guiño de nuestra despedida porque… entre todas las personas que se despedían en aquella acera, frente a la estación de Atocha, nosotros éramos los que más tristes estábamos. Nosotros no íbamos a volver a vernos.

Perdóname si lo cuento mal. Pero solemos ser incapaces de contar como se merecen las historias de lo que más amamos. Déjame volver a intentarlo.

«Dice que me quiere pero que no puede hacerme feliz, ergo ya tomó una decisión».

Cuando me di cuenta de todas las posibles vidas a las que decía que no, me hundí. Qué curioso; todas eran un desastre en alguno de sus puntos, pero las quería. Las quería todas. Es sorprendente que, en su dramatismo postadolescente, David tomase una decisión relativamente madura, aunque por los motivos equivocados: no estábamos preparados para una relación.

Ni siquiera habíamos dado el paso de superar la anterior.

Pasamos la noche juntos, aunque no ocurrió nada de lo que venía pasando desde que me besó por primera vez. Nos acostamos el uno frente al otro y prometimos no hacernos daño. Después, recordamos. Enumeramos todas aquellas cosas bonitas que nos quedarían como un regalo dentro de nosotros y que cuidaríamos hasta el final.

No hay nada más bello que aquello que el tiempo es incapaz de alcanzar.

Al día siguiente, cuando me desperté, él no estaba allí. Cuando bajé a la cocina, una de sus amigas, sonriente, me dijo que ya le había comentado David que nos había surgido algo y que teníamos que irnos pronto.

—No pasa nada. En cuanto se levante Jose, os podéis ir con él.

—Déjame que te ayude a recoger —fue lo único que pude decir.

David estaba en casa de sus padres, me dijo mientras fregábamos. Tuve clarísimo que quería ser raudo, imponer ya cierta distancia para no darnos la oportunidad de arrepentirnos y… me pareció bien.

Recogimos. Nos despedimos. Escuché todos los planes para los que sus amigas contaban conmigo y dije que sí sabiendo que no volvería a verlas.

Queriendo ser dulces y atentas, dibujaron un paisaje aún más desolador y, lamentablemente, no desapareció al subirme al coche.

David y yo hicimos el trayecto de vuelta en silencio. David, en el asiento del copiloto, apoyaba la frente en el cristal y yo, en el asiento de detrás del conductor, fingía dormir.

—¿Dónde os dejo? —le preguntó Jose a medio camino.

David echó un vistazo hacia atrás para comprobar que yo «seguía dormida».

—En Atocha, si te viene bien. Una vez allí, ya nos apañaremos.

Abrí los ojos veinte minutos antes de llegar, pero no hablé hasta que el coche paró. Bajamos en Atocha como si aquello estuviera ya pactado. Me acordaba, igual que se acordaba él, de que decidimos hacerlo en territorio neutral, en un sitio que no nos recordara al otro y que no tuviéramos necesidad de pisar demasiado. Atocha. Pude decirle que cogía trenes a menudo, pero ya habíamos faltado a todas las promesas que nos hicimos,

¿qué importaba una más?

Cuando el coche de Jose desapareció, David se cargó la bolsa al hombro y me sonrió.

—Ni lo intentes —le dije—. No sonrías. Ya sabes que los ojos te hablan demasiado.

—Joder, Margot —musitó—. Al primer vistazo ya me conocías más que el resto. —Se revolvió el pelo—. ¿Y si no somos tan rotundos? ¿Y si dejamos que pase un poco el tiempo y…? Podemos ser amigos.

Creo que estuve a punto de flaquear hasta que dijo aquello último. Yo no podía ser su amiga, joder. Yo me había enamorado de él y ser amigos no compensaría.

—Adiós —le dije aguantando el llanto, y me salió una vocecilla ridícula mitad sollozo mitad súplica.

—No llores, por favor.

—Es que no quiero echarte de menos.

—Yo tampoco. Escucha, Margot, vamos a dejarlo estar, vamos a dejarnos llevar —insistió—. Dejaremos que esto respire unos días y te llamaré en un mes. Mes y medio si lo necesitas.

—Si no hacemos las cosas bien será un desastre.

—No puede ser para siempre —me dijo, muy serio.

—No funcionaría.

—Ya lo sé. —Apretó los labios y tragó—. Nosotros no funcionaríamos.

—¿Entonces?

—Podemos ser amigos.

—No. No podemos. Si te quedas como amigo me harás daño de verdad.

—Joder.

—Lo nuestro no funcionaría y no puedo ser tu amiga. Alejarnos es la única solución que se me ocurre.

—Pues yo no voy a pedirte que me esperes. Tus alas son tuyas, ojos tristes. Solo tuyas.

Me sequé una lágrima antes de que rodara y asentí.

—¿Qué vas a hacer?

—No lo sé —negó nervioso. Los ojos se le estaban humedeciendo, pero disimulaba bien—. Ordenar mi vida. Averiguar por qué mierdas he hecho todas las tonterías que he hecho hasta acabar viviendo en un sofá es un buen punto de partida.

—Te vas a ir de Madrid.

No contestó. Pateó el suelo con la suela de las Converse que le regalé.

—Gracias, Margot.

—El sexo no se agradece. —Sonreí, queriendo hacerme la graciosa.

—No. El sexo no. —Apretó los labios—. Gracias por el viaje de mi vida.

—Viajarás más y a lugares más bonitos.

—Pero no contigo.

Agaché la cabeza y me sequé en silencio las lágrimas.

—Otra promesa a la mierda —dijo—. ¿Ves, Margot? No sé hacerlo mejor. Pero gracias, de verdad, por devolverme al mundo real. No siempre es bonito, pero tiene su aquel. —Al final, sus labios se curvaron en una sonrisa—. He sido muy feliz contigo. Puede que la nuestra sea la historia de amor más corta jamás contada, pero creo que podemos decir que es la más bonita. Bonita como son bonitas las cosas más pequeñas.

Quise decirle que me daba mucha rabia pensar que volvería a querer y que olvidaría aquella pequeña historia de amor, pero no pude porque no se lo merecía.

—Y tú, ¿qué vas a hacer? —preguntó.

—Pues… —Cogí aire—. Volver al trabajo. Romper con Filippo. Dejar de dar explicaciones y de intentar demostrar cosas a todo el mundo. Quizá vender mi casa.

—Nunca fue nuestro momento —musitó—. Siento ser un crío. Ojalá nos hubiéramos conocido dentro de un par de años.

—Dentro de un par de años te encontraré paseando de la mano de una buena chica a la que sabrás querer.

—O alguien dirá que nos vio vendiendo cocos en una playa, muy lejos.

—Si me fugo, ¿te busco?

—Tú nunca te fugarías, Margarita Ortega. —Sonrió y me apartó un mechón detrás de la oreja—. Ya nos encontraremos.

«Ya nos encontraremos». Otra mentira.

—Dime una cosa…, te asustó, ¿verdad? Mi apellido, mi trabajo…

—No. Lo que me asusta es no tener nada con lo que corresponder a tu amor. Quererte mucho y mal es lo que me da mucho miedo.

Miramos a nuestro alrededor.

—Qué suerte tuvimos al encontrarnos entre tanta gente —musitó, acercándose—. Duró poco, pero fue de verdad. Podemos quedarnos con eso.

Le agarré por la cintura. Él a mí también. Juntamos nuestras frentes.

—Adiós, Margot —le escuché decir—. Que la vida te sonría.

—¿Y ya está?

—Que alguien te quiera como yo no he sabido. Que el mundo sea tuyo.

Que no te acuerdes de mí jamás. Pero quédate con las canciones, ¿vale? Y

si puedes… perdóname porque el amor me venga grande.

—Adiós.

—No me quiero ir —confesó con la voz algo tomada, y su nariz acarició la mía—. Pero me voy. ¿Vale?

—Vale.

Nos quedamos mirándonos unos segundos antes de fundirnos en un abrazo. Fue solo un abrazo, pero encerramos en él la vida que ya no tendríamos, para que cada uno se llevara su parte.

—Joder… —le escuché decir—, ¿cómo puede ser que alguien inventase la electricidad y yo no haya sabido hacer esto de otro modo?

—Ojalá el amor fuera una ciencia.

—No cambies de número, ojos tristes. Quizá en unos años necesite decirte que nunca te olvidé.

David dio un paso hacia atrás. Yo otro. Dimos un par más. Unas cuantas personas cruzaron por el espacio que dejamos entre nosotros y nos volvimos para andar en direcciones diferentes. «Nosotros» se acababa; al

menos cumplimos aquella norma que nos impusimos en Santorini. Al menos supimos respetar la más importante.

Nos giramos para buscar al otro entre la gente al menos cinco veces más, pero este gesto, lejos de significar algo, fue solo la antesala de la última despedida. Hasta que desaparecimos.

Desaparecimos.

Nosotros.

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