Un cuento perfecto
Capítulo 27
Quizá no deberíamos
Me desperté con Candela sentada en mi cama. No fue agradable. Al principio pensé que era una puta aparición, después que tenía a uno de esos guardianes del sueño que velaba por mí, pero la mala sombra de que se pareciera a mi hermana no tardó en despejar dudas.
—¿A qué hora llegaste? —Y el tono en el que lo preguntó no sonaba a hermana animándote a sentirte libre.
—¿Perdona?
—Que a qué hora llegaste.
—Creo que a las tres y media.
—Un miércoles.
—Estoy de vacaciones. Déjame en paz.
—Lo que estás es loca del chinostro. ¿Con quién estuviste?
—Como si no lo supieras. —Me giré en la cama y me acurruqué con la esperanza de que me dejase en paz—. No sé si te has dado cuenta pero no tengo ganas de hablar contigo. Por eso te evito, ¿sabes?
—Margot, no puedes irte con él de vacaciones.
El corazón me bombeó rápido, pero la ignoré.
—Lo digo en serio. Y te conozco.
—¿Me puedes dejar en paz? —insistí.
—No. —Tiró de mí—. Sabes que siempre te animo a hacer cosas, pero esto…, con esto no estoy de acuerdo. Es encantador y divertido, pero no lo conoces de nada. No sabes de dónde viene, si es un pervertido, si sería capaz de meterte en un lío de la hostia. ¿Y si es violento? ¿Y si pertenece a una secta? ¿Y si quiere robarte? ¿Y si quiere chantajearte?
Me puse el cojín en la cabeza.
—Margot, lo digo de verdad. Escríbele ahora mismo, delante de mí, y dile que te has vuelto loca y que acabas de darte cuenta de que no debéis iros juntos.
—Ya te he dicho… —empecé a decir bajo la almohada, donde era mucho más fácil mentir, pero ella me la arrebató—. Que ya te he dicho que me voy sola.
Se puso en pie y tiró de la sábana de mi cama, haciéndome rodar. Estaba visiblemente nerviosa.
—Estoy superpreocupada —me dijo en un hilo de voz.
—Deberías volver ya a tu trabajo —le sugerí—. No sabes estar quieta y tantos días aquí…
—Ese no es el problema. Tú estás a punto de irte de viaje con un tío que acabas de conocer y tu hermana mayor me ha citado mañana para seguir al detective que ella misma ha contratado para seguir a su marido. Yo no me muevo de aquí hasta que no me asegure de que mis dos hermanas no van a aparecer en el telediario.
Chasqueé la lengua y cerré los ojos. Aquello era una puta pesadilla. Yo era la primera persona que sabía que irme con David dos semanas a Grecia era, sin lugar a dudas, lo más loco que había hecho jamás. Pero ¡es que me apetecía! Me apetecía sentirme viva, loca, joven…, encontrar el sentido a todas esas cosas que, de pronto, no lo tenían. Quería la emoción recorriéndome la piel, calentándola bajo el sol, y quería que a mi lado estuviera David porque… ¡era mi catalizador!
—Candela, lo digo de verdad…, me voy sola pero es que, aun así, deberías dejar de meterte en mi vida. Y si Patricia quiere investigar al detective y a ti no te parece bien… ¡no le des coba! Deja de alimentar sus paranoias y se cansará. Como yo de que intentes tutorizar todo lo que hago.
Candela se sentó con aire arrepentido mientras yo, en mi interior, cantaba victoria. Había sonado de lo más firme y estaba orgullosa de ello, aunque mentir esté mal. Pero en ese mismo momento, cuando ya pensaba que mi hermana me dejaría hacer sin más, mi móvil avisó de que acababa de llegar un wasap. Candela y yo nos miramos en silencio durante un segundo para abalanzarnos las dos a la vez sobre el aparato; sabíamos de quién era el mensaje.
—¡¡No tengo catorce años!! ¿De qué vas? —gritaba yo intentando quitárselo de entre los dedos—. ¡¡Deja de fiscalizar mi vida, hija de perra!!
—¿¿Qué escondes?? ¡¡Eh!! ¿Qué escondes? Si no escondieras nada no estarías montando este pollo.
—¿Conoces el concepto «intimidad»?
Me clavó las uñas en la mano en una maniobra que cualquier juez, incluso de valetudo, hubiera definido como inmoral y se alejó de la cama con el teléfono.
—¡Ajá! ¿Adivinas quién es? —me dijo.
—¡¡¡Pues claro que adivino quién es!!! ¡¡Devuélveme el puto móvil!!
—«Hola, ojos tristes —empezó a leer poniendo una voz ridícula—. Aún no puedo creerme que vayamos a hacer esto. Ha salido todo redondo. He conseguido que un amigo me sustituya en los dos curros y los dueños de los perros no me han puesto problemas para darme la mañana libre, que era el último día de paseo». —Paró y abrió la boca—. ¡¡Eres una puta mentirosa!!
—¡¡Que me dejes vivir!!
—¡¡Que te vas con un desconocido de viaje!! Escríbele ahora mismo y dile que te lo has pensado mejor.
—¿Te estás escuchando? —la interrogué, tratando de calmar al menos el tono—. Pareces mamá.
—No me digas eso, Margot, que te lo digo por tu bien.
—Ella también nos mandó al internado porque pensaba que sería la leche para nosotras.
—Nos mandó al internado para poder vivir la vida loca con su champiñón, no me jodas.
—Pues a lo mejor yo también quiero vivir la vida loca con mi champiñón.
—Lo tuyo no es un champiñón, es un toy boy de toda la vida.
Solté un alarido de impotencia y me volví a tirar en la cama.
—No me va a matar. No me va a vender. No me va a usar de mula para mover fardos de droga por Europa. Ni siquiera tiene ninguna intención romántica o sexual conmigo.
—Ja. —Candela se sentó de nuevo en la cama y cruzó los brazos, dándome la espalda.
—Solo quiero divertirme.
Se volvió y me miró con ojos de cordero degollado.
—Sé que no te va a matar ni te va a vender, y que tampoco pasa droga.
Este chaval no sabe ni lo que es la droga, seguramente. Ni siquiera me da miedo que te time o te saque unas vacaciones gratis y luego se pire.
—¿Entonces?
—Entonces… me da miedo que te enamores, que hagas tonterías, que te jodas la vida, que de verdad quieras recuperar a Filippo y después de esta aventura no puedas. Me da miedo que te lo tires en una borrachera y te pegue algo o que te deje embarazada. Me da miedo que te enchoches de él y luego no quiera nada contigo. No sé de qué tengo miedo y sé que a lo mejor no estoy siendo racional porque yo he hecho cosas peores, pero por eso mismo estoy en situación de decirte que esto puede hacer que toda tu vida se quede patas arriba porque ¡te vas de vacaciones con un tío que acabas de conocer!
Tiró el móvil encima de mí y se levantó. La mención a Filippo me había dejado fuera de juego. Filippo. Mi Filippo. Él no lo entendería. No. Él tampoco entendería aquel viaje con David si algún día llegara a enterarse.
Lo que me estaba preguntando Candela era: ¿quería yo empezar nuestra nueva vida con una mentira?
—Mi consejo es que le digas que te lo has pensado mejor, que es una locura y que…
—Joder. —Cogí el móvil, tecleé y me levanté.
El teléfono aterrizó en el regazo de mi hermana.
—Ya lo tienes. Ahora, por favor, déjame en paz y vete a la mierda.
Candela cogió el teléfono y se puso a leer el mensaje.
Creo que nos hemos equivocado tomando esta decisión. Perdóname. Si aún quieres, nos veremos a la vuelta.
—Margot… —musitó.
—Lo digo en serio. Déjame en paz.
Salí a comprar cosas. Protector solar, un par de bikinis y algo más de ropa.
Salí con el ánimo por los pies, decepcionada porque nadie entendiese que aquella era mi vida y que en ella solo decidía yo. ¿Y qué si era una locura?
¿Y qué si después salía mal? ¿No iba de eso vivir?
Qué chorrada, pero… me sentí más sola ese día que el día que me fugué de mi propia boda.
David no respondió. No, no respondió. Lo averigüé por la noche cuando me encontré con Candela en casa, donde me había dejado el teléfono a propósito. Estaba sentada en la barra de la cocina con cara de pena. Se sentía culpable. Supongo que por mucho miedo que le diera alguien como David, un desconocido medio loco con el que de pronto me sentía más en casa que en casa, había tenido todo el día para darle vueltas a cómo se habría sentido ella de estar en su piel. Mal. Fatal. Una mierda. Y yo quería que lo sintiera.
—No te ha contestado. —Señaló el móvil, que descansaba frente a ella sobre la barra.
—Ya me imagino. ¿Qué se le contesta a eso?
—Llámale.
—No tengo ganas.
—Escríbele —insistió.
—Que no tengo ganas, Candela. ¿No tienes ya lo que querías? Deja de marear. Voy a terminar de hacer la maleta.
—No quiero que te vayas enfadada conmigo. Imagínate que se cae el avión y te matas. Menuda mierda irte a esparragar enfadada con tu hermana favorita.
—No eres mi hermana favorita —mentí—. Y muchas gracias por darme siempre una visión tranquilizadora de la vida.
—Jo, Margarita. —Pateó el suelo, con los ojos llorosos—. No te enfades.
Suspiré, dejé las bolsas y me revolví el pelo.
—No sé lo que me pasa. No tengo ni puta idea de por qué salí corriendo el día de mi boda con el hombre de mis sueños. No sé por qué me siento tan cómoda y tan yo con David. Pero quiero averiguarlo. Cómo descubra estas cosas es cosa mía y solo mía. Esperaba esto de mamá o de Patricia. Pensé
que me guardarías el secreto y que seríamos cómplices. Pero ya… ¿qué? No te tengo ni a ti.
—No es eso. —Se tapó la cara—. En serio. Si quieres ir con él, lo entiendo. Somos capaces de tomar decisiones muy estúpidas por el simple hecho de sentirnos momentáneamente felices. Es como las drogas. Y soy tu hermana: nunca te dejaría engancharte a las drogas, aunque me juraras que te hacen sentir de la hostia. Así que… a veces necesitamos que alguien nos ayude a decidir.
Me quedé mirándola muy sorprendida, pero después de unos segundos sentí que no tenía ningún interés en rebatirla, así que me dirigí a mi habitación mientras le decía:
—David no es una droga de diseño, es una persona y yo no soy ninguna niña.
—Margot… —suplicó.
—No me marcho enfadada. —Me agarré al marco de la puerta de mi dormitorio—. Por si se cae el avión, ya sabes. No estoy enfadada. Solo es que… esperaba más confianza por tu parte. Buenas noches.
Casi no pegué ojo aquella noche.
Siempre me ha gustado el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas. Es verdad que, cuando era niña, vivía con cierta angustia la vuelta al cole, maleta enorme en mano, con destino a Suiza, pero con el tiempo reconvertí esos recuerdos hasta el punto de que dejaron de tener importancia frente a todo lo demás que vive en un aeropuerto. Son lugares llenos de emoción: viajes de estudio, lunas de miel, escapadas, vidas que comienzan en otro lugar, sueños cumplidos, vacaciones, responsabilidades y trabajo. Hay de todo. Las despedidas siempre me resultan emocionantes, pero… en aquella ocasión yo no tenía de quién despedirme porque me fui sola, en taxi, aprovechando que Candela estaba en la ducha.
Estaba cansada, eso es verdad, pero mientras arrastraba la maleta por la terminal hacia el control de seguridad, me di cuenta de que no estaba triste.
Eso quería decir que, de la manera que fuese, poco a poco iba estando en paz con las decisiones que tomaba. Es verdad que echaba de menos a
Filippo, pero incluso había empezado a perdonarme por estropear nuestro día. Estaba, de pronto, convencida de que hacía lo correcto con aquel viaje.
Pasé el control de seguridad de la zona VIP en apenas unos minutos, con mi maleta de mano, vestida con un pantalón negro baggy, una camiseta de manga corta bordada en colores, de Kenzo, y una chaqueta vaquera echada por encima de los hombros. Cargaba, además de mi maleta de mano, un bolso lleno de todos los «por si acasos» que cualquier persona pueda imaginar para un vuelo que no llegaba a cuatro horas y unas revistas que compré en la terminal. Al llegar a la zona de espera, mientras un chico bastante guapo me cedía el paso, me vi reflejada en un cristal y, por primera vez en mucho tiempo, me gustó lo que vi. Todo. No era una cuestión de piel ni de ropa. Estaba orgullosa de mí aquel día y la imagen que proyectaba me hacía sentir segura.
Me tomé un café y un sándwich en la zona VIP mientras ojeaba unas revistas. Candela me escribió para cagarse en mi estampa por no esperarla para que me acompañase al aeropuerto y, de paso, me deseaba buen viaje.
Escríbeme y llámame siempre que quieras. Yo te escribiré también, pero recuerda que no querré molestarte. Es tu viaje. Y volverás entera, estoy segura.
Puse los ojos en blanco. Un poco enfadada sí que estaba, no lo voy a negar.
David también me escribió, pero en su caso se limitó a un escueto
«buen viaje», que hizo que se me atragantara un poquito el café. Patricia no debió ni acordarse. Lanzar una línea de joyas en una cadena importante e imponente mientras seguía al tipo al que había contratado para seguir a su marido, además de cuidar de sus tres críos, ya ocupaba mucho en su vida y su cabeza.
Por si lo preguntas…, no. No respondí a ninguno de los mensajes.
Sonia me había comprado el billete en business, como siempre que viajaba por trabajo y la empresa no alquilaba un jet, detalle que a mí me ponía de los nervios porque, sinceramente, no hacía falta. Mi asiento era amplio y cómodo y dejé mis cosas sobre él mientras agarraba la maleta e intentaba subirla al compartimento superior. Un chico me preguntó si necesitaba ayuda.
—Para nada. Puedo sola.
«Puedo sola» era una frase que no acostumbraba a creerme, pero estaba a tiempo de cambiarlo.
La deposité en el portaequipajes, organicé las cosas de mi bolso para quedarme solo con las que iba a usar durante el vuelo y por fin me senté a beberme una copita de champán mientras esperaba el despegue.
Alguien se sentó en el asiento de al lado y me volví a echarle un vistazo.
Sonreí. Me devolvió la sonrisa, dejando su libro sobre la mesita y aceptando a la vez la copa que le ofreció un azafato.
—Buen vuelo —susurró levantando hacia mí su bebida.
—Lo mismo digo.
Dimos un sorbo. Sonreí, bajé la mirada y me mordí el labio. Y se me ocurrió…, cogí el móvil y antes de apagarlo, hice una foto. Cuando le di el visto bueno, se la envié a Candela junto a un escueto texto: A partir de ahora solo yo decidiré en mi vida. Pero gracias. Sé que tu intención era buena.
Y qué guapos salíamos David y yo en la foto, sonriendo, sosteniendo nuestras copas y prometiéndonos las mejores vacaciones de nuestra vida.
Candela, cariño…, tú eres muy inteligente, pero a mí, ser la pequeña de tres hermanas me obligó a desarrollar cierta picaresca.
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