Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 10 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 10

Cabezota

¿Que cuánto dura un chisme? Pues en teoría poco… a no ser que se hagan memes. Si se hacen memes del asunto entonces se alarga un poco más.

Unas semanitas, me dijeron mis hermanas. Era cuestión de unas semanitas.

Solo tenía que tener paciencia. Y paciencia tenía, eso seguro…, porque con la cantidad de dignidad que había perdido disponía de más espacio en mi ser para cultivarla.

Según mis cálculos, Candela debería haber vuelto ya a su trabajo. Solía decir que en su hospital si pedías más de una semana seguida de vacaciones te miraban fatal, pero esta vez me dijo, cuando le pregunté cuándo volvía, que había juntado muchos días. Muchos días, así en plan vago, sin concretar. Tendría que haberme preocupado, pero… estaba a otras cosas.

Que volviera cuando le saliera del mondongo. Yo tenía que gestionar el desmorone de mi vida. Mucha tragedia como para ocuparme de ella.

Yo, como a cabezota no me gana nadie, intenté seguir a lo mío: tenía que hacer vida normal. Si seguía con mi vida era solo cuestión de tiempo que Filippo entendiera que lo que me había dado no era más que una pájara.

Probablemente un desequilibrio químico en mi cerebro había provocado todo aquel episodio. Le comenté a Candela mi hipótesis y la di por buena con su silencio, obviando el gesto de estupefacción que me devolvió. «Hay que llamar a la cordura», me dije. Tenía que sentirme dueña de mí misma y de mi destino.

Así que pensé que me sentaría genial ir a quemar un poco de energía al gimnasio. Nada de volver a casa arrastrando los pies y encontrarme con una casa vacía de vida pero llena de Filippo por todas partes: su ropa en el armario, su perfume en el baño, mis condones (míos porque los compraba yo) en la mesita de noche.

—¿Sabes algo de Filippo? —me preguntó Patricia cuando le dije que quería ir al gimnasio.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—No sé, pero… ¿sabes algo de él?

—No —gruñí.

—Bueno. —Suspiró—. Lo del gimnasio no me parece buena idea. Son todas unas porteras —me advirtió Patricia—. Yo dejé de ir porque entrar en el vestuario era como enfrentarse al polígrafo.

—Tengo que generar endorfinas —le respondí, convencida de lo que decía.

Y de verdad que creí que había sido buena idea. El primer día hice máquinas, saludé a un par de conocidos, me compré una bebida isotónica sin azúcares añadidos y volví a casa paseando. El segundo entré en la clase de boxeo y le di al saco con más fuerza que técnica. Pero… al tercer día, lo que parecía haberse quedado en un par de miraditas dio su verdadera cara cuando mi entrenadora personal me preguntó, mientras me jaleaba para seguir botando con la cuerda (y a todo volumen), si era verdad que había dejado a Filippo porque la tenía pequeña o si en realidad era lesbiana. Creo que la segunda hipótesis era la que más triunfaba entre mis compañeras de gimnasio. Aquellas malditas estiradas deseaban a toda costa que el rumor de que me gustaban las mujeres fuera real porque aprendieron en un capítulo de Sexo en Nueva York que tener una amiga gay es de lo más cool.

Experimento finalizado. Conclusiones: el deporte no soluciona tus problemas y es una tortura medieval disfrazada de costumbre sana.

Además, la gente es imbécil.

Así que desistí y me quedé en la cama tirada, como un perro al sol, repasando fotos de Filippo y yo cuando éramos felices y yo no me fugaba de ninguna parte.

—¿Por qué no dedicas tiempo a todas esas cosas para las que normalmente no tienes ni un segundo? —me sugirió Candela cuando vino a verme a casa y me encontró con restos de espaguetis con tomate alrededor de la boca—. Mímate un poquito, Margot, cariño. No es el fin del mundo, solo… un impasse.

Bien. Me parecía buena idea. Me dedicaría a hacer más hogareña mi casa. Empezaría por ahí, por algo de lo que solía quejarme pero a lo que nunca ponía solución. Cambiaría las cortinas de la habitación y los cojines del sofá. Quizá era el momento de llenar también la nevera de alimentos que me hicieran sentir bien y con energía. Todo salió mal, claro.

¿Sabes cómo acabó lo de las cortinas? Fui a una tienda de decoración que quedaba cerca de casa, me enseñaron un muestrario y me eché a llorar porque el color azul índico me recordaba a los ojos de Filippo.

Lo de la frutería supongo que era la crónica de una muerte anunciada.

Pedí alguna fruta dulce que me alegrara un poco y la señora me preguntó si era más de bananas o de higos. Sé que solo quería recomendarme algo rico, pero estaba tan metida en la espiral de autocompasión, tan a la defensiva, que la mandé a cagar y me fui sin pagar los dos aguacates flácidos que llevaba en la mano, dentro de una bolsita de papel. Eran como dos cojoncillos ennegrecidos dentro de un escroto reciclado.

—Salgamos de marcha —me dijo Patricia cuando le pedí que me trajera unas mandarinas y le expliqué por qué no podía acercarme yo a la frutería de debajo de mi casa—. En serio. Haz las cosas normales que hacemos todos después de una ruptura. Come chocolate, llora, bebe vino y baila con una minifalda muy corta.

—Esto no es una comedia romántica —me quejé.

—Pues, fíjate, ya nos gustaría que lo fuera, después de todo siempre acaban bien. —Al ver mi puchero, suspiró—. ¿Por qué no hacemos planes las tres? Vamos a aprovechar que Candela estará aquí unos días más. No creo que tarde en irse a Chiquitistán.

—Ese país no existe.

—Nunca fui buena en geografía.

—No hace falta que lo jures.

Sé que se repartieron mi tutela por días. Candela parecía estar encantada de pasar más tiempo conmigo, y no es que Patricia estuviese hasta el mondongo, pero… además del trabajo que tenía pendiente y la responsabilidad compartida de la organización de una familia con tres niños pequeños, andaba más estresada que de costumbre y era fácil verlo.

Quizá debí esperar a tirar la toalla y dejar de resistirme, pero me rendí rápido. Dos días les costó. El primero, Candela me llevó a una tasca vegana a beber kombucha. Probamos unas patatitas al horno con una salsa de queso vegano que estaban increíbles, pero… ¿has bebido alguna vez kombucha?

¿No? Pues no lo hagas. Es sinceramente terrible. Como beber pis fermentado con un chorrito de vinagre. ¿Por qué no me pedí otra cosa?

Porque Candela no me dejó.

—Tienes que probar cosas nuevas —repetía con un evidente subidón de azúcar.

Nunca había probado a que me pegaran latigazos a las papilas gustativas y no por eso me parecía un buen plan.

El segundo me tocaba con Patricia, pero esta tenía mogollón de curro.

Candela se ofreció a llevarme a comer a un restaurante tibetano que habían abierto no sé dónde, pero después de la kombucha, esperar a que Patricia estuviera disponible era mi mejor opción. Lo único que me apetecía era ponerme el pijama y ver series sobre asesinos, pero a ninguna de las dos le pareció que fuera sano ni estar sola ni lo de los asesinos. Así que tuve que pedirle al chófer de la empresa que me llevara a ver a mi hermana porque vivía en el quinto coño y yo no tenía coche.

Encontré a Patricia perfecta, como siempre, pero atareada. Me dio un beso y me pidió que sirviera un par de copas de vino en la cocina de concepto abierto de su precioso chalet mientras ella ultimaba unas cosas en el despacho.

—Tengo que hacer una llamada, pero enseguida estoy contigo.

La chica que recogía a los niños del cole me dejó pasar un rato con mis sobrinos antes de que se dedicaran a sus deberes. Mi sobrina se mostró encantada de que le hiciera una coleta, como las que llevaba Mel C, de las Spice Girls, pero después me obligó a explicarle quiénes eran esas señoras y qué cantaban. Me vi arrastrada por una vorágine de niños uniformados (tres, concretamente), que se pusieron sumamente pesados para que les enseñase la coreografía de «Wannabe». Después los dos mayores se pelearon, con mordiscos y tirones de pelo, por ser Geri (porque les dije que era la más guay de todas) y para que se tranquilizaran lo único que me valió fue seguir

enseñándoles vídeos de grupos de los años 2000 hasta que tuvieron que irse a clase de música. O de alemán. ¿No sería chino?

Cuando mi hermana volvió, móvil en mano, ya me había bebido mi copa, la suya y lo que quedaba en la botella.

—Pero ¡bueno! —se sorprendió.

—Por favor, Patricia —balbuceé—. Saldré de marcha. ¿Vale? Haré lo que tú quieras, pero dejad que viva esta ruptura con dignidad.

—Quizá tengas razón. —Se acercó a mí y me acarició el pelo—. A lo mejor es pronto y deberíamos dejar que pases tiempo con tus sobrinos, con nosotras, con mamá…

—Llevadme de fiesta —supliqué—. Pero no me dejes con tus hijos media hora más. Han descubierto a The Moffatts y dicen que son el mejor grupo de la historia.

—Dios mío.

Patricia se sentó en la banqueta y se sujetó la frente con agobio.

Decidimos que sería el viernes cuando perpetraríamos el crimen. Bueno, es que lo planeamos como si fuese un crimen. No creo que en La casa de papel organizaran tanto el asalto como nosotras aquella salida. Porque era una juerga posruptura, claro, pero por muchas cosas más. No podía ser en ninguno de los clubes pijos a los que iban los fines de semana mis compañeras del máster o de la universidad. Tampoco en ninguno de los garitos cool y super de moda que me había recomendado la hermana pequeña de Filippo (y a los que no había ido nunca). Nada donde pudiera encontrarme a alguien conocido y menos que trabajara bajo el techo de Grupo Ortega. Un tugurio, a poder ser, donde pusieran música bailable, hubiera mucho alcohol, oscuridad y fuera imposible encontrarse con la pobre frutera a la que había mandado a la mierda.

Y no. No me la encontré allí, pero sí choqué con la complicación más hermosa de toda mi vida.

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