Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 18 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 18

El loco paseador de perros

La vi llegar y no pude disimular mi sonrisa porque si la reconocí entre la gente que correteaba por la calle de camino a sus trabajos fue porque venía acompañada de esa actitud, probablemente inconsciente, que la hacía parecer perdida allá donde fuera. Como siempre, llevaba un look bastante discreto: pantalones vaqueros, una blusa liviana y unos zapatitos planos; sin embargo, todas las prendas y los pocos complementos que llevaba, todo, tenían un lustre de lujo que soy incapaz de describir. Su sosez era elegante, supongo. Y estaba guapa.

No sé por qué tipo de asociación de ideas, me pregunté qué se hubiera puesto Idoia para aquella quedada. Probablemente hubiera aparecido con un vestido de noche y botas militares o una minifalda de látex de color rojo con una blusa blanca de hombre y unas zapatillas blancas.

Saltó un par de cacas de perro y se plantó frente a mí sin saber muy bien cómo saludarme ni adónde mirar. Le tendí la mano a punto de soltar una carcajada; en el fondo me gustaba sentir que ella estaba tan perdida: era liberador. Con Idoia era todo lo contrario y llegué a pensar, de verdad, que las únicas mujeres con las que me sentiría cómodo y yo mismo serían Dominique, las chicas de mi pandilla del pueblo, mi madre y mi hermana.

A la abuela no la cuento porque siempre me hacía sentir pequeñito. Eso no auguraba un futuro muy espléndido para mi vida social. Ni sexual.

—Buenos días —le dije.

—Buenos días.

Le di un apretón de manos corto pero firme, no sin dibujar una sonrisa canalla al hacerlo.

—Te estás burlando de mi saludo del otro día, ¿verdad?

—No. —Me reí—. Quería hacerte sentir cómoda. He supuesto que en tu planeta os saludáis así.

—Me estoy arrepintiendo de haber venido. Por cierto, ¿se puede saber qué haces con esos perros? ¿Son todos tuyos?

Miré a mis pies, donde esperaban sentados, educados y jadeantes un pastor alemán, un bulldog francés y un dálmata.

—Son mis clientes.

—¿Tus clientes?

—Sí.

—¿Pero tú no trabajas en la discoteca esa? —preguntó con cierto desdén y el ceño completamente fruncido.

—Sí. Pero tengo más curros.

—¿Curros? ¿En plural?

—Recojo en casa todas las mañanas, de lunes a viernes, a estos caballeros y a esta señorita —los señalé—, y después de un paseo y unos juegos, los llevo a casa. Las tardes de los martes, miércoles y jueves ayudo en una floristería.

Arqueó una ceja.

—Tienes tres curros.

—También soy canguro, pero eso lo cobro en especies.

—¿En sexo?

Me eché a reír y decidí dar un paso al frente. Mis chicos me siguieron andando civilizados, como ya teníamos aprendido.

—No, tronca. —Le eché una mirada—. Iván, mi colega del pub, tiene una niña de siete meses. Vivo con ellos. Bueno, con Iván, su chica y la nena. Compartimos gastos y cuido a Ada los ratos que a sus padres se les solapan los horarios de trabajo.

—¿Iván también tiene otro curro?

—Es camarero en una cafetería de lunes a viernes. —Me encogí de hombros—. La hostelería no está muy bien pagada.

No me sorprendió ver un destello de agobio en sus ojos.

—¿Y tú dónde trabajas?

Reticencia. Me miró con reticencia. No quería hablar. Era como esas chicas con las que de vez en cuando quedaba por Tinder antes de Idoia, esas

que no querían que se supiera del otro más que el nombre, por no complicar las cosas.

—Bueno —atajé mientras miraba al frente y seguíamos paseando—, vamos a hacer un trato. Solo hablaremos de nuestros problemas y traumas más secretos, pero no nos contaremos las cosas cotidianas. ¿Te vale así?

—No sé muy bien ni por qué he venido.

—Porque soy encantador. —Le sonreí.

—Pago a un tío con un despacho lleno de títulos de universidades superprestigiosas la friolera de cien euros la hora para hablar de traumas y secretos.

—¿Sí? —pregunté tirando suavemente de Walter, el pastor alemán, que se había quedado rezagado oliendo un tronco—. ¿Y te va bien?

—No. La verdad es que no mucho, a juzgar por las circunstancias.

—Dame un titular.

—No voy a darte un titular. No te conozco de nada.

—¿Sabes qué tenemos en común los camareros, paseadores de perros y floristas?

—¿El tipo de cotización en la Seguridad Social?

—Sí, que todos somos autónomos, pero no me refería a eso. Escuchar.

Sé escuchar.

—Explícame una cosa. —Se ajustó el bolso al costado, sin mirarme—.

¿Por qué hemos quedado?

—Porque me echaste una mano con mi novia.

—Tu ex.

—Mi ex, repipi asquerosa —me burlé.

Margot me miró indignada, pero rebajé sus humos con una carcajada.

—¿Por eso me propusiste vernos hoy?

—No. Fue por lo de los ojos, tronca.

—No me llames tronca, por Dios —dijo, y suspiró.

—Dos pares de ojos tristes que se reconocen. ¿Te acuerdas? Los dos estamos tristes y los dos sabemos dar buenos consejos. Es posible que no sepamos encauzar nuestra vida, pero quizá podamos hacer algo por la del otro.

—¿Y eso por qué?

—Pues porque nos hemos cruzado en el camino. Algo tendrá que significar, ¿no?

—Que los dos vivimos en Madrid y que mis hermanas tienen muy mal gusto escogiendo garitos para salir.

—Puede. O puede que no. No sé tú, pero yo no soy muy de quedarme con las ganas de averiguar algo.

Crucé a través del hueco entre dos setos y los animales me siguieron.

Margot tampoco tuvo muchos reparos. Al reconocer el espacio donde todos los días corrían y jugaban, los perros se movieron intranquilos, al menos hasta que desenganché sus correas y se lanzaron a la carrera, unos con otros, hermanos ya de tantos paseos a cuestas. Desde allí podía vigilarlos sin problemas y a mi espalda se encontraba la única salida de aquel parque.

Estaban seguros, así que me volví hacia Margot. Tenía la mirada perdida en las formas concéntricas que dibujaban las carreras de los perros sobre el césped y una expresión bastante indescifrable. Tuve claro al instante que no era de esas chicas que, como yo, se dijera a menudo que no tenía nada que perder.

—¿Cuál es el problema? —le pregunté—. Aparte de que has perdido al amor de tu vida y eso… No estará muerto, ¿no?

—¡No! —se quejó—. Está vivito y coleando, disfrutando de su verano en un barco, en la costa amalfitana.

—Joder, qué nivel. Tenía perras, ¿no?

Me miró como a un auténtico friki y le hice el gesto universal del dinero, por si no me había entendido. No contestó.

—Vale, vamos a hacerlo al revés: Idoia es la mujer de la que más me he enamorado en mi vida. Nunca sentí ni la mitad de lo que sentía cuando estaba con ella. Era…, era una salvaje, una bruja, una maga, una señora, una diosa…, todo junto, a la vez y por horas. Me hacía sentir vivo. Y libre.

—¿Libre? ¿Teníais una relación abierta?

—No me refiero a ese tipo de libertad. —Me apoyé en un tronco y silbé en dirección a los perros, que se estaban poniendo un poco cerriles—. Me refiero más bien a que… no sentí que por estar con ella dejase de ser libre.

No me molestaba estar atado.

—¿Estar atado? Tu concepción de las relaciones es…

—Cuando estás con alguien te atas de alguna manera a él o a ella, ¿no?

—Bueno, pero por elección propia, no porque estés «atado» —repitió la palabra con intención.

—Ya me entiendes.

—¿Y qué pasó? Quiero decir, ¿por qué te dejó?

—Porque soy poco para ella.

Arqueó una ceja.

—¿Estamos hablando de tu situación económica?

—Económica, social y si me apuras hasta religiosa. Al parecer soy un pobre chico que se acostumbró a ser mediocre e hizo nido allí, en la mierda, donde se está calentito pero apesta.

—A ver… —Se frotó las sienes.

—Duermo en el sofá de mi mejor amigo, soy consciente de que…

—Por poco que ganes con los tres trabajos, debes alcanzar el salario mínimo interprofesional, con lo que… podrías permitirte compartir piso. En Malasaña incluso. Un pisito con otros dos chicos, en alguna calle chula y moderna.

—Eso me ataría a una casa y… ¿si me quiero ir mañana?

—¿Te querrás ir mañana?

—Es un decir. Un suponer.

Me miró como si estuviera loco y lo hizo de tal manera que hasta yo me lo planteé.

—Es por elección personal —sentenció—. Si vives en casa de tu mejor amigo…, me aventuro, ¿vale?, supongo que es porque te acogió para lo que iban a ser un par de días, pero la situación se alargó. Luego ellos fueron padres y tú te diste cuenta de que lo que ayudabas en casa les iba bien. Y a ti estar allí también porque son de confianza, te sientes cómodo, te dan cariño…

—¿Me estás psicoanalizando? —La miré con pereza.

—Vale. He acertado.

—No exactamente, pero… estoy bien con ellos.

—¿Y no te irías a vivir con Idoia?

—Habría que preguntarle a ella. Creo que la sola mención de esa posibilidad le provocaba sarpullidos.

—¿Qué hacíais como pareja?

Le lancé una miradita, pero no se dio por enterada.

—No sé. Lo típico. Pasábamos tiempo en su piso, salíamos de vez en cuando a cenar o a algún concierto. Bebíamos vino en la cama. Follábamos.

Su mirada me traspasó el cráneo como un disparo.

—Apasionante. ¿Teníais planes de futuro?

—Ya te he dicho que no.

—Y dime una cosa…, ¿cómo aspirabas a que siguiera contigo si no le dabas nada a cambio?

—Le daba amor —dije ofendido.

—¿Y ella a ti?

—Amor —contesté poco convencido.

—Ya. Sí. Y con amor te dijo: vuela, vuela, pajarito.

Gruñí y ella sonrió.

—Si hubiera sabido que veníamos a un parque habría traído al menos un termo de café. —Suspiró—. Si quieres recuperarla no puedes limitarte a darle celos. Esa chica ya sabe que es la única para ti en el mundo. Te tiene cegado y, oye, puedo entenderlo. Pero lo que tienes que hacer es demostrarle que tu vida no va a la deriva, que estás haciendo planes, que sabes adónde te diriges.

—¿Y adónde me dirijo? —le pregunté.

Se encogió de hombros, coqueta, con una sonrisa. Desde luego, era un buen consejo y hasta yo lo sabía. No era fácil y no se parecía en nada a lo que yo deseaba escuchar, pero supongo que esas eran dos características de un buen consejo.

—Ahora tú. Mientras recapacito sobre adónde va mi vida.

—¿Cuántos años tienes, por cierto? —me preguntó.

—Veintisiete.

—Eres joven aún.

—Hablas como si me doblaras la edad.

—No, pero te saco cinco años.

—Ohhhh —me burlé—. La edad solo es un número.

—Para vosotros, quizá. Nosotras maduramos.

El hachazo se me clavó en mitad de la frente y me volví hacia ella sorprendido.

—¡Serás bruja!

Se rio. Y lo hizo abiertamente.

—Venga. Ahora tú.

Echó un vistazo a los perros y se mordió el labio inferior.

—Me… marché de nuestra boda.

—¿Cómo? —Pestañeé.

—Que me marché de nuestra boda.

—Suena a eufemismo de «lo planté en el altar».

—Tú lo has dicho.

—¿Lo plantaste en el altar?

—¡Oye! —se quejó—. ¡Yo no he hecho preguntas estúpidas!

—Vale, vale. Prosigue.

—Pues… como lo dejé plantado en el altar, digamos que ahora aprecio no me tiene.

—¿Te odia?

—No, pero me ha pedido unos meses para pensar sobre lo nuestro.

—¿Pero tú quieres volver? Si te piraste de tu boda… Por cierto,

¿corriste vestida de novia?

—Con unas zapatillas Nike, sí.

Solté una carcajada y ella se tapó la cara.

—Eso es tener narices. Oye, todos mis respetos. —Le di una palmadita en la espalda.

—No sé por qué lo hice. —Suspiró—. Le quiero. Quiero vivir con él, viajar con él, contarle todas las noches qué tal me ha ido el día mientras abre una botella de vino y escuchamos música.

—¿Tú qué vives, en una película americana?

Arqueó las cejas, como si no me entendiera.

—Lo cierto es que —siguió— tuve un ataque de pánico y me fui corriendo sin pensar en nada más, humillándolo delante de mucha gente…

Quizá debo aceptar que algo no funcionaba.

—Algo gordo no funcionaba. ¿En la cama bien? —le pregunté.

—¿No deberías esperar a…, no sé, a no ser un jodido desconocido para hacerme esa pregunta?

—Ya te he dicho que no me suelo quedar con la duda. ¿Bien o no? Tú solo mueve la cabeza.

Asintió y yo sonreí.

—¿Odias a su familia?

—No. Odio a la mitad de la mía. La suya es… la leche.

—¿Te trataba bien?

—Como a una princesa.

—No lo entiendo.

—Yo tampoco —me aseguró.

—¿Y en qué pensabas cuando corrías vestida de novia con unas Nike?

—No te recrees tampoco, ¿eh? —me advirtió—. No pensaba, David.

Solo… corría.

—¿Cómo Forrest Gump?

—Algo así. Como si todo aquello fuera demasiado para mí, como si no estuviera a la altura.

—Entonces quizá el problema de la relación eras tú, que sentías que no eras lo suficiente…

A juzgar por la mirada que me lanzó, yo diría que aquel también era un buen consejo.

—¿Y si dedicas este verano a hacer cosas para ti? Viaja, disfruta, date caprichos, haz un poco el loco. Tómalo como…, ¿cómo dice esa canción de Izal?, «un loop salvaje».

—¿Qué canción?

—Creo que se titula «Bill Murray». Dice: «Sé que no me queda mucho más tiempo de loop salvaje». Yo siempre lo he entendido como una especie de limbo vital de no pensar demasiado las consecuencias de tus actos.

—Entonces, yo tengo que entrar en un loop salvaje y tú salir de él.

—Algo así.

—Pues yo sé por dónde empezar. ¿Y tú?

Miré a los perros y eché a andar hacia ellos, rebuscando en mis bolsillos para encontrar algunas chuches que les convencieran de que volver a ponerse la correa era un planazo. ¿Era eso lo que me estaba sugiriendo

Margot? ¿Qué buscase una chuchería con la que entretener mis miedos mientras recuperaba las riendas de mi vida?

Walter, Milagros y Aquiles se dejaron poner sus correas mientras masticaban; Margot nos miraba, absorta, como si su cerebro estuviera compuesto de un millón de pequeños dientes y masticase las palabras hasta hacer de ellas un fluido que se incorporara directamente a su sistema nervioso.

Pasé por su lado, le lancé una sonrisa y seguí, dejándola atrás. Unos diez metros más adelante, ya la tenía al lado.

—¿Y por dónde vas a empezar? —le pregunté.

—Por irme.

—Eso no vale. Huir no es la respuesta.

—No es huir. Es casi una obligación. Digamos que… todo en mi vida apunta a que debo marcharme unas semanas. Tengo la suerte de poder compaginarlo con… mi vida laboral.

—¿Y adónde te vas a ir?

—A Grecia.

Me paré en seco y la correa de los perros los frenó de un tirón. Me volví hacia ella, que me sonreía con lo que me pareció un toquecito de descaro que me contagió. La miré fijamente y ella hizo lo mismo conmigo.

—¿Grecia?

Ella asintió.

—Atenas, Santorini y Miconos. Ya me imagino allí, en un hotel con vistas al mar y una infinity pool con la mejor puesta de sol de todas las Cícladas griegas.

—Querida Margot…, ese es nuestro viaje.

—Una lástima que no puedas acompañarme.

Mentiría si dijera que me quedé pensando en ello, porque no le di ni media vuelta. No. Se quedó ahí, en una anécdota más, como nuestro apretón de manos como saludo. Pero después de dejar a los perros en sus casas, cuando me encontré con ella en la esquina cargando con dos cafés templados, supe, como solo se pueden saber las cosas que aún no han sucedido, que ella no lo sería. No. Margot no era una anécdota, era un paso más en mi estúpida manía de no quedarme nunca con la duda.

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