Un cuento perfecto
Capítulo 3
De mal en peor
Estaba hablando, pero no la oía. Bueno, a decir verdad, oírla la oía, pero solo era capaz de cazar un par de palabras aquí y allá. Lo que quería decirme me había quedado claro con las primeras frases, así que, como de costumbre, me perdí los matices del discurso, embobado en sus facciones.
Me cago en mis muertos…, qué guapa era. Era increíblemente guapa. Tenía un magnetismo especial, un halo de mujer fatal que atraía al suicidio emocional. Lo tenía todo. Para mí era la chica más increíble del mundo.
Siempre me gustó la forma puntiaguda de sus labios porque, de algún modo, me parecía coherente. Eran como su carácter porque, de pronto, cualquier palabra podía quedar enganchada en una de sus aristas y cortar la tranquilidad en pro de la tormenta. Ella era tormenta. Con su pelo rubio platino y su corte desigual, media melena, a caballo entre las películas francesas en blanco y negro y el moderneo de ciertos festivales musicales.
Era una chica con un físico explosivo. Mentiría si dijera que en lo primero en lo que me fijé fue en sus ojos o en su estilo. Menudas curvas. El día que la conocí, perdóname, me enamoré de los dos perfectos pezones que se le marcaban en la camiseta.
Esa tía sabía siempre qué ponerse para volver loco a cualquiera; su atuendo nunca respondía a la opción más lógica…, se arreglaba hasta lo excéntrico para tomar una cerveza en el Lavapiés más escondido y luego se colocaba unos vaqueros holgados y llenos de rotos para las reuniones de trabajo. Así era con todo…, no había quién la entendiera y aquello, me temo, fue lo que me enamoró (además del tema de los pezones, que puede ser que tenga una lectura freudiana que apunte a algún vestigio de trauma infantil).
¿Cuántos tangos se habrían escrito sobre mujeres como ella? ¿Cuántos tipos como yo habrían caído a sus pies?
—David, ¿me estás escuchando?
Me mordí el labio superior y asentí fastidiado; estaba mucho más a gusto en mi ensoñación que contestándole.
—Claro que te estoy escuchando, Idoia, pero estarás de acuerdo conmigo en que hace un buen rato que ya no tengo nada que responder.
Una sonrisa se prendió a sus labios pintados de rojo, pero… no era una sonrisa de las que aliviaban…, más bien de las que mordían. Había pocas cosas que me molestasen más que la condescendencia y, viniendo de ella, todavía me parecían menos tolerables los «qué joven eres, David» o «esto lo aprenderás con los años». Me sacaba trece meses. Llámame raro, pero no había vivido tanto como para que yo confiara en la sabiduría que hubiera podido acumular en ese año y treinta días de diferencia.
—Estamos de acuerdo entonces, ¿no? —dijo por fin.
A esas alturas de la película, tenía pocas opciones. Una era ser franco y confesarle que, a pesar de no haber estado del todo atento a su discursito, no, no estaba de acuerdo. Eso implicaba discutirle, uno a uno, todos esos argumentos que tan fríamente había ido poniendo sobre la mesa, y…
estábamos de pie en una esquina, en plena calle: no me apetecía airear trapos sucios allí; no era ni el momento ni el lugar. Sería terriblemente embarazoso. Nunca me gustó arrastrarme, pero sospechaba que venía haciéndolo bastante desde que empezamos lo nuestro. Además, después de todo lo que me había dicho, no tenía ganas de regalarle los oídos diciéndole que la suya era una decisión unilateral para la que no me había tenido en cuenta, de igual a igual.
—Totalmente de acuerdo —sentencié.
Fui a dar un paso hacia atrás para marcharme sin darme la oportunidad de suplicar. Me había venido a la cabeza un fogonazo de una imagen de mí agarrado a sus rodillas, gimoteando y lamiéndole las piernas y… estaba consternado; tengo mi orgullo, pero estaba muy colgado de Idoia y podía darse el caso. Quizá lo de lamerla en plena calle ya era producto de mi imaginación tendente al drama, pero seamos sinceros: todos (ella, yo, el dueño del kebab de la esquina, su profesora de yoga…) sabíamos que por
ella yo era capaz de suplicar. Quería marcharme con la poquita dignidad que aquella charla me había dejado, a poder ser imaginando que al alejarme sonaba una música chula, que los demás transeúntes me veían a cámara lenta y que un montón de cosas explotaban de manera espectacular detrás de mí sin que yo ni siquiera parpadeara. Pero el estreno de esa película mental tuvo que cancelarse por el momento, porque Idoia me cogió de la muñeca para acercarme a ella. Miró mi boca y sus pechos, inhiestos bajo su top negro, se apretaron contra mi torso. Cerré los ojos un nanosegundo: no llevaba sujetador. Tampoco es que le hiciera falta. Esas gloriosas tetas se sostenían perfectamente sin ayuda…, de eso se preocupó bien el cirujano.
Madrecitaayúdameparanoempalmarme.
—¿Qué haces? —me permití preguntarle con una sonrisa pero con el ceño fruncido.
—Darte un beso de despedida.
Debería haberme negado, lo sé, pero me dije a mí mismo que, ya que había sido ella quien lo había propuesto, no podía negarme. Era demasiado pronto como para asimilar la verdad: que por ella, por mantenerla a mi lado cinco segundos más, me hubiera tirado al suelo para hacerle de alfombra.
Los tíos somos unos gilipollas orgullosos, pero, a la hora de la verdad, nos arrodillamos para rendir pleitesía a la primera mala malvada que nos calcine el corazón.
Y nos besamos. Nos besamos como debería besarse todo el mundo.
Como en una despedida en la estación. Como en las canciones que se dedican en una gramola. Como los protagonistas de un drama cargado de premios que, una vez estrenada la película, se enamoran fuera de la pantalla.
Maldita Idoia. Nueve meses de relación y esperó a aquel momento para darme el mejor beso, que fue increíble pero breve, como todos los buenos momentos con ella. Es probable que eso fuera lo que me enganchara a aquella relación: el vaivén, la intensidad, la sensación de caída libre.
No me di ni cuenta de que se apartaba de mí, pero, cuando unos segundos después abrí los ojos, ella ya se estaba retocando los labios, ayudándose de un espejito que debía de haber sacado de su bolso.
—Me voy.
—Adiós —respondí con un hilillo de voz bastante gilipollas.
—Te llamaré para darte las cosas que te dejaste en mi casa.
—Puedes quedártelas.
No respondió.
—Mucha suerte, Idoia —insistí.
—Igualmente.
Sonrió, guardó el pintalabios y el espejo y, con un golpe de melena, se dio la vuelta, sin nada más que añadir.
—Ya sabes dónde encontrarme si alguna vez necesitas algo —me escuché decir, solo por verla volverse.
«Venga, venga. Vuélvete. Vuélvete y me arrastro si quieres que me arrastre. Y me compro un collar de perro para que me pasees a tus pies.
Vuélvete, mírame.
»Si se vuelve es ella, tío».
Pero no lo hizo.
Su media melena platino fue perdiéndose entre la gente que vagabundeaba por la calle Hortaleza a aquellas horas de un viernes de junio: millones. Aun así, esperé como un pasmarote unos minutos más, esforzándome por distinguir su figura entre el gentío, esperando a que volviera corriendo, se lanzase sobre mí, envolviera mis caderas con sus piernas y me metiese la lengua en la boca otra vez. A imbécil no me gana nadie. O a romántico. O a cerdo.
En las películas, el chico siempre se resguarda de la cruda realidad tras un vaso de algún licor muy fuerte que bebe sin aspavientos mientras un camarero de mediana edad, con grandes consejos preparados, espera dispuesto a escucharle.
En la vida real, sin embargo, no habría copazo para mí…, yo era el camarero y juro que lo último que me apetecía era que un borracho me contase su vida.
Suspiré y miré la hora en mi móvil viejo y cascado. Era tarde de inventario e Iván ya estaría en el local.
—¡Hombre! —me saludó Iván desde detrás de la barra cuando entré por debajo de la persiana a medio abrir del pub donde trabajábamos los fines de semana—. ¡Benditos los ojos!
—Perdona el retraso. Estaba con Idoia. Teníamos que hablar.
—Bendita Idoia. Es como la evolución hecha persona: ha convertido al mono en hombre.
Normalmente hubiera recibido el comentario con una carcajada, pero esta vez vacié mis bolsillos junto a la caja y cogí un cuaderno sin mediar palabra. Me había pasado los escasos veinte minutos de paseo hasta el bar repasando mentalmente los jirones de conversación que podía rescatar de mi memoria…, tarea harto difícil porque había desconectado mentalmente en la primera cascada de reproches.
Inmaduro. Cabeza llena de pajaritos. Un romántico desfasado. Nula visión de futuro. Cortoplacismo enfermizo. Necesidad de reafirmación.
Dependencia emocional. Tendencia a llamar «libertad» al mecanismo mediante el cual justificaba mi mediocridad. Conformismo y resignación a no conseguir nada mejor que mis tres trabajos como autónomo. Mis pintas.
Vivir «compartiendo piso» (ocupando el sofá, mejor dicho) con mi mejor amigo, su novia y su bebé de siete meses. No tener un chavo en el bolsillo para hacer planes ni viajes. Eructar después del primer trago de cerveza.
La hija de la grandísima puta me había hecho un traje. De las comidas de coño que le hacía día sí y día también no se quejó, la muy cabrona.
Vale. Estaba cabreado. ¿Qué fase del duelo era esa?
¿A quién quería engañar? Estaba triste. Muy triste.
—¿Me estás oyendo? —me preguntó Iván.
Me volví y me quedé mirándolo como alelado. Estaba apoyado en la barra, con el paño en el hombro, con su camisa a cuadros preferida y una sonrisa que a algunos podría parecerles bobalicona, pero que yo sabía que era sencillamente honesta. Chasqueó los dedos y me enrabieté. Como un chiquillo al que riñen en clase y que se siente humillado por las risas de sus compañeros.
—David, que estás en la parra.
—No, Iván, no estoy en la parra —respondí de malas maneras mientras me volvía con la intención de fingir que contaba los refrescos que había en
una de las cámaras frigoríficas tras la barra.
—Te estaba diciendo, por enésima vez, que la traigas a casa cuando quieras. Dominique tiene ganas de conocerla y… yo también. Verla en foto está bien y eso, pero… no sé. Al final vamos a creer que nos escondes, que te avergüenzas de nosotros.
—No digas chorradas.
Era ella la que no quería conocerlos. No tenía «especial interés» en mezclarse con mi gente, decía. Ni con Iván y Dominique ni con mi pandilla del pueblo.
—Que ya me has dicho que es elegante y sofisticada —siguió diciendo Iván—, además de tener ese curro supermoderno, pero… los de barrio seguimos siendo buena gente.
—Ajá. Oye, ¿empiezo mejor por el almacén?
Iván se acercó y estudió mi expresión mientras fruncía el ceño. Llevaba el pelo aún más despeinado que de costumbre. Solía bromear con él, inventándome cuentos sobre un surfista de alma que se crio en Madrid y surfeaba en la M-30, pero aquel día el hecho de que Iván hubiera abandonado su sueño de vivir junto al mar me parecía mucho más triste que de costumbre.
—¿Qué pasa? —me preguntó muy serio.
—Nada.
—¿Es por la nochecita que nos ha dado la niña? Ya lo siento, tío. Es que le están saliendo los dientes y… ¿sabes que dicen que si tuviéramos que sufrir ese dolor siendo adultos nos volveríamos locos?
—No es por eso, Iván. Vivo en vuestra casa y no me cobráis ni alquiler.
No voy a quejarme porque tu hija llore por las noches. —Me apoyé en la barra y sentí una corriente de mal humor, tristeza y frustración recorrerme la espina dorsal.
—¿Entonces?
—Nada. Es… —Suspiré; no me apetecía hablar de ello—. Es… este trabajo. No aguanto más niñatos exigiendo sus copas a gritos.
—Ah, bueno… —Se encogió de hombros—. Es lo que hay. Somos camareros.
—Camareros, repartidores eventuales, floristas, paseadores de perros…
—Haber estudiado, dice mi madre.
—Como si fuese garantía de algo… —farfullé mientras me encaminaba hacia el almacén.
—¡Oye! —Me paró de un bocinazo—. En serio…, ¿qué te pasa? Estás jodiendo el feng shui del local con tanta negatividad.
Resoplé y me apoyé en la pared. Iván no iba a parar hasta que me lo sonsacase; era mejor confesar ya.
—Me ha dejado.
—¿¡Qué!?
—Que Idoia me ha dejado.
—Pero… ¿por qué?
Cogí de nuevo el bloc de notas y seguí andando hacia el almacén mientras hablaba:
—No tiene tiempo para mí porque quiere centrarse en su trabajo. Si yo fuera alguien más maduro, más fiable, con algo más que ofrecer…, haría un esfuerzo, pero siendo como soy es mejor dejarlo aquí porque lo nuestro no tiene futuro. Bueno, a decir verdad, soy yo el que no tiene futuro, al parecer.
—¿Que no tienes futuro? ¿Y eso por qué?
—No me hagas repetir sus argumentos. No me dejan en buen lugar.
—Pero… ¡qué cabrona! ¡¡¿Quién se ha creído que es?!! ¿De qué va? No te merece, tío…, no te merece…, ¿sabes lo que te digo? Que lo que le pasa es que…
La voz de Iván se fue suavizando hasta perderse conforme me sumergía en el caos del almacén que, como siempre, olía a húmedo y rancio. A cervezas derramadas por el suelo, a licores dulzones fermentándose en los rincones. La cara oculta de la luna; el lado sucio de un club donde cientos de chicos y chicas iban a comerse la boca los fines de semana.
Supongo que las palabras de Iván me hubieran reconfortado si me hubiera parado a escucharlas, pero no le di la oportunidad. Dijera lo que dijera, no podía hablar más alto que la voz de mi cabeza que ratificaba todo lo que Idoia me había dicho. Era verdad. Aparte de muchos planes por cumplir, tenía poco que ofrecer, incluso a mí mismo.
Era un chico de veintisiete años sin un duro en el bolsillo. Era un tío sin garantías de futuro. Era un crío que no tenía ni la menor idea de qué sería de
él en un par de años. Sin estudios superiores. Sin másteres del universo. Sin contactos. Sin un tío en La Habana. David, yo, era el vivo ejemplo de a lo que no debía aspirar un niño pobre: la libertad, la de verdad, cuesta demasiado dinero.
Me senté sobre una caja llena de botellines de Coca Cola y hundí las manos entre los mechones de mi pelo. Mi vida era un desastre. Envidié a aquellas personas que tenían tiempo de lamerse las heridas. Envidié al chico de la peli, con su vaso de whisky y un camarero que no se parecía en nada a mí. Envidié a todo el mundo que no fuera yo, porque ser yo era un auténtico fiasco y nada salía nunca como quería.
Cogí aire, miré al techo y me pregunté por qué cojones, a pesar de todo, me sentía tan lleno. Rebosaba deseos.
Joder, acabaría ahogándome en mis propias ganas de ser amado.
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