Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 22 de 61

Páginas del PDF

Un cuento perfecto

Capítulo 22

Nadie me hace sentir como tú

Al parecer, el oficio de detective privado se estaba perdiendo, pero los que quedaban en pie parecían suplir la falta de clientela con unos precios elevados. Patricia no mencionó la minuta en concreto, solo que iba a ser

«una pequeña fortuna».

—¿Y te vale la pena?

—Me valdrá en el proceso de divorcio —pronunció con tono aguerrido.

Pobre Alberto. Y digo «pobre Alberto» porque no tenía ni idea de qué había hecho para que Patricia creyera tan a pies juntillas que la estaba engañando. La adoraba. Desde que empezaron, tantos años atrás, él la adoraba. Siempre tenía palabras bonitas que no se quedaban en eso, en palabras. Alberto demostraba todos los días que la quería con confianza ciega en cada proyecto que ella emprendía, como un compañero de vida entusiasta y comprometido, mirándola como si fuera una aparición mariana y él un pastorcillo. Siempre habían encarnado para mí el summum del amor, el ejemplo a seguir.

—¿Y si es ella la que se quiere separar y está buscando un motivo que lo respalde? —le pregunté por la noche a Candela.

—Eso es superretorcido hasta para ti.

La miré de soslayo. Desde que había vuelto a casa la notaba extraña.

Como a la defensiva o desconfiada.

—No es retorcido —me defendí—. Es… una explicación bastante factible.

—Si se quisiera separar lo diría, ¿no? La gente no va buscando excusas barrocas para dejar a alguien.

—O sí. La mente humana…

—La mente humana es compleja, vale. Pero ahora, mejor, dime qué es lo que haces cuando te vas por ahí.

Me quedé noqueada y no supe qué contestarle; tragué saliva y escondí instintivamente el móvil debajo de mi muslo por si escribía David y respondí:

—¿Qué quieres decir?

Bueno, tenía que ganar tiempo.

—Quiero decir lo que quiero decir y la frase no puede ser más clara.

Cuando te vas por ahí, cuando nos dices que «tienes cosas que hacer» y hablas de «preparativos de tu viaje», como si te fueras a ir a hacer el Camino de Santiago o estuviéramos en el siglo XVIII y fueras a recorrer África en coche de caballos… Dime…, ¿qué es lo que haces en realidad?

—Preparo el viaje.

—¿Ah, sí? Puedes mostrarme alguno de esos preparativos.

—Pues… no tengo por qué.

—¿Cómo que no tienes por qué? ¿Y ahora te pones chulita?

—No me pongo chulita, es que me parece… una falta de respeto. Una falta a mi intimidad como persona adulta y como mujer. —Cogí carrerilla

—. Porque a ti nadie te pregunta allá, en tierras nórdicas, qué haces ni qué dejas de hacer. Ni siquiera te pregunto por qué te has instalado en mi habitación de invitados si se supone que ibas a estar en casa de mamá.

—Mamá es un gato sphynx que bebe demasiado y que además no nos quiere, ¿cuánto creías que iba a durar en el Palacio Barberini en versión castiza, casposa y diabólica? ¿Qué pasa? —Me miró con sospecha en sus ojos saltones—. ¿Te molesto mientras «preparas tu viaje»?

—Pero… —fingí estar muy consternada— vamos a ver, Candela. ¿Qué te iba a esconder? Porque si me estás preguntando todo esto es porque sospechas algo.

Es mejor intentar que el enemigo muestre sus cartas antes de marcarte un farol.

—Que te estás viendo con alguien.

—Sí, claro. ¿Por qué no le preguntas al detective si os hace un dos por uno?

—Tú estás quedando con alguien.

—Y me fugué de mi boda porque estoy enamorada de otro, no te jode.

—¿Lo estás?

—¡¡Candela!! —Y admito que levanté la voz, pero para que no se escuchara la continua vibración de mi móvil que no paraba de recibir wasaps.

—¿Qué es eso?

—¿El qué?

—Lo que suena. ¿Estás escondiendo el móvil entre las piernas?

—No. —Puse cara de sorprendida—. Qué cosas tienes. Para eso tengo un Satisfyer. Un invento, el Satisfyer, te lo recomiendo.

—Dame el móvil.

—¿Qué?

—Que me des el móvil, sorda. Dame el móvil ahora mismo.

—¿Con qué autoridad?

—Con la de la sagradísima hostia que te voy a dar como no me lo des.

Me aparté un poco. Candela de pequeña me daba bien de hostias, la verdad. Recordé de manera demasiado gráfica cómo me apaleó armada con una libreta de tapa blanda porque le cogí prestado un jersey. En ese momento, estaba aprovechando para forcejear conmigo.

Le clavé las uñas en la mano. No se inmutó. Pataleé para impedirle que lo cogiera. Me inmovilizó cogiéndome del cuello como a un gatito. Se hizo con el móvil.

—Pero ¿¡¡¡quién es este que te está escribiendo!!!?

—Uno de mi curro. No es nada. Es solo trabajo. Estoy…, vale, me has pillado, estoy trabajando a escondidas.

—Y un culo. ¿Quién es David?

—¡Que ya te lo he dicho! Es uno de mi curro.

Dio un par de pasos hasta el centro del salón, cosa que no le costó mucho porque, según el decorador, ese tipo de pisos hacían gala de la arquitectura como contenido y no debían tener demasiados muebles.

Papanatadas. La casa menos cómoda del mundo.

Candela miró la pantalla, tecleó y, para mi sorpresa, desbloqueó el teléfono. ¿A quién se le ocurre poner su fecha de nacimiento como contraseña?

—Vamos a ver qué es ese asunto de trabajo tan importante que te tiene que contar a las once de la noche de un viernes. «Llevo puestas las zapas, son la leche. Están tan limpias que brillan dentro del garito. Vale, confieso que también he estrenado los vaqueros. Me he dado cuenta de que me hacen un culazo que flipas. Oye, oye, que igual me pilla el ojeador de alguna importante agencia de modelos y te quedas sin amigo».

Candela me miró y, mientras me aguantaba la mirada, empezó a boquear como un pez. Dibujaba una «o» y luego una «a» a la velocidad del rayo, con los ojos fuera de las órbitas.

—¡¡¿Qué?!! —grité, por pura histeria.

—Pero ¡¡¡¿quién es este y por qué te escribe estas cosas?!!!

No sé qué me pasó. Solo sé que no pude controlar el puchero y que cuando quise darme cuenta estaba llorando. Pero con un soponcio…, como el de los niños pequeños cuando los pillas en un renuncio o les riñes por algo que ellos saben que está mal.

—¡Es solo David! —me quejé entre sollozos.

—¿Pero… pero…? No, joder, Margot, no llores. Venga… —Se sentó a mi lado—. No te estaba riñendo. Bueno, sí. Pero porque…, no sé. Tú nunca has sido de tener muchos amigos. Amigas sí, bueno, las pijas esas con las que te vas de vez en cuando de vacaciones y que posan de lado con sus bolsos, pero amigos… no.

—Es solo un amigo —balbuceé—. Y… me…, me…, me lo paso muy bien con él.

—Vale, vale. Tranquila.

—¿Está mal? —le pregunté de golpe.

—Si está mal, ¿qué?

—Que tenga un nuevo amigo justo ahora.

—Pero ¿es un nuevo amigo? ¿Cuándo lo has conocido?

Me mordí las uñas.

—Qué esmalte tan chulo. Qué moderno.

—Eso dice él.

Candela se revolvió el pelo, nerviosa.

—¿Cuándo lo has conocido, Margot? Dime que no es un ciberamigo, que no lo conoces de alguna red social o… mira que siempre hay listillos

que encuentran la manera de sacar provecho de la buena voluntad de personas como tú.

—No es eso. Lo conocí… el día que salimos por ahí.

—¿Quiénes?

—Nosotras. El día que Patricia nos contó todo eso de que Alberto tiene una amante.

Candela arqueó las cejas y se echó un poco hacia atrás.

—¿Esa noche? No te vi hablar con nadie.

—El camarero…

—¿El del pelo rizado, rubio, con pinta de surfero?

—No. —Me limpié la nariz con el dorso de la mano—. El moreno. El que nos invitó al último chupito.

—Espera…, ¿el que recogió las cosas del bolso de Patricia cuando las tiró por toda la barra? —Asentí y ella siguió hablando—. ¿Y se puede saber cómo habéis terminado siendo amigos en…, no sé, una semana?

—No lo sé. Patricia perdió el móvil y él lo encontró. Pero no le digas que te lo he dicho… ya sabes lo rara que es, que siempre quiere parecer doña perfecta. No quería que nadie se enterase, por eso no te lo conté. Al día siguiente me tocó ir a recogerlo y… fue supersimpático y de pronto apareció su ex y quise echarle una mano…, mira, no lo sé. Lo único que sé es que es la única persona con la que me río últimamente.

—Muchas gracias. —Cruzó los brazos.

—No te lo tomes a mal, Cande. Es que… es un desconocido. Y no me juzga. Es divertido, no me trata según el dinero o qué puesto ocupo en la empresa. Y me da unos consejos buenísimos para recuperar a Filippo.

—¿Para recuperar a Filippo?

—Sí. Él quiere recuperar a Idoia, a su ex. Y nos ayudamos el uno al otro.

—¿Cómo?

—Dándonos consejos, hablando. Nos hemos ido de compras. —Sonreí un poco—. Y nos comprendemos.

Candela resopló agobiada y después me miró de frente.

—Pero si no lo conoces.

—Bueno. Lo conozco un poco.

—No lo conoces, Margot. Igual esto te sale rana.

—Bueno…, nadie es de fiar. Mira lo que le hice yo a Filippo.

—Eso es otra cosa. Tú… estabas… Te dio un ataque de pánico. Siempre has sido muy autoexigente y no se puede ser siempre de hierro.

—Cande…, es buen chico.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

El móvil, que aún sujetaba Candela fuertemente en una mano, volvió a vibrar. Lo miró, más por inercia que por afán de control.

—Dice que si estás bien, que es raro que no contestes. Y que si quieres ir a tomar algo, que el pub está tranquilo.

—Ahora le contesto.

Candela miró el móvil y luego me miró a mí varias veces hasta que se decidió y se puso a teclear.

—¡¡¡¿Qué haces?!!!

—Toma. —Me devolvió el móvil—. Venga, cámbiate.

En la pantalla, la contestación:

Voy en un rato. Me llevo a Candela.

Me puse la falda que David había arrebatado a una chica en Zara y la conjunté con una camiseta negra y las Converse del mismo color. Quizá a otra persona le hubiera extrañado verme con un cambio de look tan evidente, pero Candela no reparaba en esas cosas. Llevaba unos pantalones bombachos hechos a parches y recé por que nuestra madre no los hubiera visto (o la tendría hablando sobre ellos durante meses cuando se marchase) y una camiseta blanca sin mangas que le hacía un pecho inexistente. Iba como un cuadro de comedor, pero de comedor de casa donde se hacen trabajos esotéricos.

La calle estaba ciertamente muy tranquila cuando nos dirigíamos hacia allí. Era pronto, eso también. Quizá en unas horas, una horda de gente llegada de todos los bares de alrededor llenaría el local, pero cuando entramos estaba prácticamente vacío. Solo dos camareras hablando entre ellas en la barra que encontrabas nada más entrar y él en la del fondo.

David sonrió al vernos y yo lo hice a continuación casi sin pretenderlo.

Palmeó la barra, como en un redoble de tambor, y gritó:

—¡Tachán!

Candela me miró de reojo y yo escondí la sonrisa tras un carraspeo.

—¿Qué tal? —dije, fingiendo ser una persona sumamente cuerda.

—Pero ¡bueno! ¡Si estrenamos look!

—Ya ves.

Me chocó la mano cuando llegamos a la barra y después me enseñó el pulgar.

—Te queda genial. Te has quitado como…, no sé, por lo menos dos años y un palo del culo.

—Eres imbécil —exclamé avergonzada—. ¿Te acuerdas de Candela?

—Claro, ¿qué tal el detective privado?

—¿Se lo has contado? —me preguntó ella, extrañada.

—Solo para desahogarme.

—Me lo contó el otro día, mientras hacíamos unos arreglitos florales. —

Me sonrió—. Pero tú tranquila, que de mí no sale. Además… ¿cuándo voy a volver a ver a Patricia? No creo que vuelva por aquí. Ni siquiera quiso venir a recuperar el móvil.

—Estará avergonzada. O muy ocupada con lo de su enajenación mental

—musitó Candela sentándose en una de las banquetas que flanqueaban la barra.

—¿Qué os pongo?

—A mí una cerveza —pedí.

No me pasó desapercibida la mirada de soslayo de Candela.

—¿Qué?

—Nada. Que no recordaba que te gustara la cerveza. Yo quiero otra.

—¿Dónde está Iván?

—Hoy llega un poco más tarde. Domi terminaba a las diez, y entre que llegaba a casa y todo… —Miró a Candela—. Dominique es la novia de Iván. Tienen una niña de siete meses y se van dando el relevo —le explicó.

—Vaya.

—Sí.

Abrió dos botellines, limpió la boquilla con una servilleta y después nos los pasó con otra alrededor, para que no nos mojáramos los dedos con el cristal empañado.

—¿Qué os contáis?

—¿Y vosotros? —dijo mi hermana antes de dar un trago a la cerveza alternando una mirada amenazante entre los dos.

—Pues poco. Nos fuimos de compras ayer. Al parecer, según tu hermana, voy hecho un zarrio. Intento conquistar de nuevo a mi ex y Margot dice que va a hacer de mí un dios. —Se palpó un poco el pecho, con la camiseta del bar.

Candela dibujó una sonrisita.

—Oye…, ¿y qué es eso de los arreglos florales?

—Curro en una floristería y vino a verme el otro día.

—Ah…, por eso esas flores en tu habitación —me acusó, como si estuviera supersatisfecha de haber ido encontrando pistas de mi amistad secreta aun sin saberlo.

No sé por qué, pero el hecho de que mencionase que las flores estaban en mi dormitorio hizo que me ruborizara. Me dio mucha vergüenza. Ya ves.

Solo eran unas flores, y no es que las tuviera allí porque David me gustara.

No me gustaba, lo juro. Solo me caía muy bien.

Justo en ese momento, Iván entró a la carrera pidiendo perdón.

—Tío, lo siento, lo siento. —Se volvió hacia las otras camareras—.

Hola, chicas.

—Esto está supertranquilo; habrá fútbol. ¿Te acuerdas de Margot?

—Claro. Tu nueva novia falsa.

David y yo miramos instintivamente a Candela, que daba buena cuenta de su cerveza.

—Ella es Candela, su hermana. Estuvo aquí la semana pasada, no sé si te acuerdas.

—Con la de gente que pasa por esta barra… —Nos estudió un segundo y arqueó sorprendido las cejas—. Madre mía, os parecéis como un huevo a una castaña.

—Ya. Yo salí a la rama no nórdica de la familia. —Me señalé—.

Españolita media.

—Lo de ser rubia y alta está sobrevalorado —dijo David arrugando la nariz.

—Claro, como lo de Idoia.

—Idoia no es rubia de verdad. —Me lanzó un guiño—. Pero no te diré cómo lo sé.

—Qué sutil. Es imposible que me lo imagine. —Puse los ojos en blanco.

—Me molan tus pantalones —le dijo Iván a mi hermana después de meterse tras la barra.

—¿Los suyos? ¿Has visto los míos? Pero ¡si me hacen un culo como para parar camiones! —exclamó David, llevándose las manos hacia los bolsillos traseros.

La verdad, siendo objetiva… le quedaban muy bien.

—Tengo unos iguales para cuando voy a surfear —siguió diciéndole Iván a mi hermana, sin hacer caso a David.

—¿Tú surfeas?

—Sí. Bueno, cuando puedo. En septiembre me voy una semanita a Zarauz a ver si tengo suerte. Mi chica pilla vacaciones también y nos vamos con la niña. Que respire mar desde bien pequeña.

—Qué guay —dijo Candela. Estaba siendo honesta. Le había caído bien

—. Yo estuve en Sudáfrica hace un par de años y pillé alguna ola.

—¿Tú? —La miré extrañada, pero ella me ignoró.

—¡¡Sudáfrica!! Pero cómo mola. Qué envidia. Cuéntame, pero ¿tu tabla…?

Me desconecté de una conversación en la que estaba claro que no iba a entender nada y que, además, no me interesaba lo más mínimo y miré a David, que me observaba fijamente.

—Te ha pillado con el carrito del helado, ¿no? —me susurró.

—Totalmente. Se ha puesto a gritarme que le escondía algo.

—¿Me escondes?

—Claro que no. —David alzó las cejas y yo sonreí—. Bueno, sí. Te escondo todo lo que puedo. Candela me guardará el secreto.

—Oh, vaya. Soy un secreto. ¿De qué te avergüenzas exactamente? ¿De que solo nos conozcamos desde hace una semana?

—Sinceramente: sí. De eso y de haber hecho amigos nuevos tan pronto, después del INCIDENTE. Quizá debería estar…

—Bordando velos negros para cuando salgas a la calle. ¡Margot! Tía.

Estamos en el siglo XX.

—Estamos en el siglo XXI, David.

—No me cambies de tema. —Esbozó una sonrisa canalla para después rascarse el atisbo de barba que salía de sus mejillas y apoyarse en la barra con semblante serio—. Cuéntame, ¿sabes algo de Filippo?

—No.

—Oye…, tú has llorado. —David me señaló los ojos con el dedo muy cerca de ellos.

—No. Déjame.

—¿Qué voy a hacer contigo? —Suspiró—. Tenemos que trazar bien la estrategia de comunicación para cuando estés de viaje. Eso tiene que surtir efecto. Cuando vea que te has ido en plan Kerouac, mochila al hombro, recorriendo carreteras, buscándote a ti misma…

—Me sorprende esa referencia literaria, la verdad.

—Y a mí que tú vayas a llevarte una mochila al viaje, pero lo he dicho por decir. —Me tocó la nariz—. ¿Ya tienes la fecha?

—El lunes.

—¡¿Te vas el lunes?! —exclamó.

—Nooo. El lunes Sonia me dará todos los detalles.

—¿Quién es Sonia? ¿Otra hermana?

—No. Es… mi secretaria.

—Joder…, qué nivel, millonetis.

Me puse tensa. Él, en consonancia, también. Ambos carraspeamos.

—Vas a tener que darle caña a tu Instagram para que te vea: supermoderna, superguapa, morenísima, haciendo topless en la playa…

—Pues me voy a tener que comprar un palo selfi.

—Conocerás a gente, ya verás.

—Como soy tan simpática…

—Oye, pues míranos. Hace diez días ni siquiera nos conocíamos.

—Y ahora nos vamos de compras juntos.

—Qué culito me hacen los vaqueros… —Movió la cabeza de un lado a otro, sonriendo—. ¿Quieres verlo?

—No. Paso. ¿Y tú sabes algo de Idoia?

—No. Pero no tardará. Lo siento en todo mi ser.

Solté una carcajada. Si es que… ya no eran las cosas que decía, era…

David. Era gracioso, natural, estaba cómodo y yo con él. Tenía una sonrisa preciosa de dientes blancos, la sombra de una barba aún irregular en el mentón y unos ojos hondos, como un pozo, como una noche, como…

—Hazte una foto para Instagram. ¿Ella te sigue? —preguntó Candela.

Me sorprendió que mi hermana participara en la conversación haciendo añicos el silencio que nos había envuelto mientras nos mirábamos, pero lo que propuso me pareció buena idea. A decir verdad, me extrañó no haberlo propuesto yo antes.

—Es que mi Instagram no es de ese rollo. Casi no lo uso, además.

—A ver.

Sacó su móvil.

—Mira, Candela, David tiene una calculadora que llama.

—Mira, Candela, a tu hermana le chorrea la gracia de lo cómica que es

—respondió él mientras giraba el aparato hacia nosotras.

La calidad de la pantalla era pésima. Pero muy mala. Me pregunté si no quedaría en la empresa algún móvil de la remesa de los que retirábamos a los trabajadores. Los que considerábamos que ya estarían medio obsoletos eran diez veces mejores que el suyo. Pero no dije nada, claro. No era cosa mía y además quedaba como una gilipollas superficial cada vez que mencionaba el tema.

La cuenta de Instagram de David tenía seis fotos. Ni una más ni una menos. Las fotos eran muy variopintas, pero en ninguna salía él: un fotograma de una película, las manos de una chica sirviendo vino en una copa, tres tíos (a los que no se les veía la cara) con la misma camiseta clásica con la consigna «I love NY», las piernas de alguien andando por la calle por delante de un cartel donde podía leerse «Pechugas de pavo en oferta», una estantería llenísima de botellas (hecha con toda seguridad allí mismo) y la típica de un amanecer desde la ventanilla de un avión. En todas tenía seis o siete comentarios de la misma gente, que le llamaba «moderno»

o «artista» en un palpable tono burlón. Imaginé que serían esos amigos del pueblo de los que me había hablado alguna vez.

—¿Con esto piensas seducirla? —preguntó Candela.

—Claro. Que no soy solo un culazo perfecto. —Se tocó la sien—. Voy a reconquistarla con mi creatividad e intelecto.

—Eso es una chorrada. En persona dale toda la cancha que quieras a tu intelecto, pero en redes sociales eso parece solo postureo.

—¿Entonces qué? ¿Me hago fotos ridículas sin camiseta?

—No. Te haces fotos bonitas marcando cacha. Mira, ven. Voy a hacerte una. Margot, dame tu móvil.

—Hazle caso —le dije a David mientras le pasaba mi iPhone a Candela

—. Viaja mucho y es experta en fotos con las que dar envidia luego.

Los vi marcharse hacia la puerta discutiendo sobre si ponerse la mano en la barbilla posando para una foto era de gilipollas o no. Al volverme, me di cuenta de que Iván me miraba.

—Aquí, el modelo —se burló.

—Lo que hace uno por amor.

—Yo soy más de hacer un chocolate a la taza en agosto porque tiene un antojo. —Se rascó la cabeza.

—Seguro que tú ni siquiera tienes Instagram.

Negó con la cabeza y sonreímos los dos.

—Mira, mira, mira. —David entró a la carrera con mi móvil en la mano.

En el suyo solo se habrían visto píxeles enloquecidos—. Pásamela. La voy a colgar ahora mismo.

—¡¡No!! —le dije sujetándolo del brazo—. Mañana como a las dos de la tarde. Y en el texto pones algo que dé a entender que te la ha mandado alguien…, alguien con quien estuviste aquí anoche. Toda la noche…

—Pero ¡qué bruja eres! ¡¡Me encanta!!

En la foto él, de espaldas, apoyado en la puerta, hablando con el de seguridad a quien solo se le veía medio torso. Era una foto casual, pero con un aire de making of de película. Como si él fuera un actor y el fotógrafo, un fotógrafo profesional, lo hubiera pillado en un acto tan humano y cotidiano. Me fijé en que el nombre del local se leía también en la espalda de la camiseta y… fue una cuestión de reflejos: yo no quise mirarle el culo.

Fue solo que… vi el nombre del local en la espalda y mis ojos bajaron de manera natural hasta su trasero (mecagoenmimadrequéculo). Tragué saliva.

Mi hermana me miraba.

—Tú, viciosa, deja de comerme con los ojos. —David me quitó el móvil con una sonrisa—. ¿Te hago una para tu «Insta»?

—¿Cuántos años tiene? —preguntó Candela delante de él.

—Veintisiete. Se nota, ¿verdad?

—Pensaba que eran menos.

—Venga, Margot, que estás muy guapa. Seguro que Felipe se muere cuando la vea.

—Se llama Filippo, y no quiero que se muera.

—Ya lo sé. ¡¡Venga, boba!!

—No creo que verme en la puerta de un local nocturno le tranquilice o le seduzca mucho.

A David le cambió la cara y me devolvió el teléfono.

—Ostras, es verdad. Es que tu estrategia y la mía son completamente diferentes. Mejor quedamos el lunes en una cafetería que conozco, es preciosa, llena de flores…, y te hago una foto elegante. Leyendo o algo así.

Puedes poner…, uhm… «Mis hermanas, un café y un libro. Despidiéndome por unos días del Madrid de mis quebraderos de cabeza».

—Es bueno. —Asintió Candela.

—No es mi culazo, pero…

Le di un puñetazo en el hombro y los dos nos echamos a reír. Candela seguía mirándonos.

—Ten cuidado.

Candela habló con un hilo de voz que casi ni me llegó. No quise pedirle que me lo repitiera porque en realidad la había escuchado perfectamente, aunque no entendiera por qué me decía aquello. La miré, andando a mi lado por las empedradas calles del Barrio de las Letras, y fruncí el ceño.

—Pero ¿por qué? ¿No lo has visto? Es buen chico. Tiene tres trabajos, ayuda en casa de su amigo y…

—No es por eso. No creo que quiera sacarte nada… económicamente hablando. Pero…

—Pero ¿qué?

—Que es de los que te hacen reír, Margot.

—¿Y? Eso es bueno, ¿no?

—No. —Sonrió con pena—. Esos son los que no se olvidan nunca.

Me paré en la calle y ella también. Nos mantuvimos la mirada; yo esperaba que ella se explicase y Candela parecía buscar las palabras adecuadas.

—Margot, hace solo una semana que lo conoces y… ¡miraos! Ese chico y tú vais a tener algo.

—¡¿Qué?! ¡Para nada!

—No, para nada no. Estoy segura. Y no lo juzgo. Cuando pase, si quieres contármelo no te juzgaré y me llevaré el secreto a la tumba, pero tienes que tener claro lo que estás haciendo.

—Es solo un amigo. Los hombres y las mujeres pueden ser solo amigos.

—Sí, pero ese chico y tú no vais a poder.

—¿Por qué dices eso? —pregunté agobiada a modo de reproche—. Nos has visto juntos, ¿cuánto? ¿Una hora?

—Me han bastado los primeros cinco minutos. Va a surgir. Ya está ahí, latente. Y es normal: tú eres una chica preciosa, una monada, y él es un bombón. Es algo prohibido, seguro que medio salvaje…, es tentador, lo sé.

—Cande, no te sigo, de verdad.

—Que va a pasar, y no es de los que te da dos viajes en la cama y adiós muy buenas. Ese chico te hace reír, Margot. Nunca te había visto tan pizpireta y tan relajada. Hay algo en él que despierta la persona que quieres ser y eso… no tiene marcha atrás. No te digo que no lo hagas, que conste.

Fui la primera que te apoyó el día del INCIDENTE. Solo te pido una cosa: piénsatelo bien.

—No va a pasar nada.

—¿Tú quieres recuperar a Filippo?

—Más que nada en este mundo —dije enseguida, firme y convencida.

—Pues ten una cosa clara: David va a enamorarse de ti. Y tú de él. Si no quieres que pase, frénalo, porque no creo que vaya a ser la típica historia

que se olvida en un verano.

No supe qué decir. Me parecía extremadamente exagerado y estaba avergonzada. ¿Cómo había podido leer entre nosotros algo que no fuera solo amistad? Vale, nos acabábamos de conocer, pero…

El móvil me vibró en el bolso y eché a andar a la vez que lo buscaba.

Necesitaba quitarme aquello de la cabeza. Tenía ganas de salir corriendo sin mirar atrás, de no volver a escribirle ni cogerle el teléfono jamás. ¡Yo no lo miraba con esos ojos! Bueno…, le había mirado el culo un segundo, pero…

¿qué más daba eso?

Miré la pantalla del móvil y me volví a quedar clavada en el sitio.

—¿Qué pasa? —preguntó Candela.

—Es Filippo —respondí con un hilo de voz—. Dice que este viaje le está viniendo muy bien para despejar la cabeza y pensar en lo importante, y que me echa de menos. —Miré a mi hermana ilusionada, con un nudo en la garganta—. Dice que ojalá yo hiciera lo mismo que él y me diera cuenta también de que le añoro. Que ojalá lleguemos al mismo punto cuando termine el verano y podamos retomar nuestra vida.

—Margot… —Candela sonrió con ternura.

—Que me quiere. —Me encogí, toda sonrisa y emoción—. ¡Que me quiere, Cande! ¡¡Que me quiere!!

Me tiré encima de ella y la abracé. Cuando sus brazos me envolvieron, tuve que sofocar un conato de llanto, así que me quedé unos segundos de más allí, apoyada en el hombro de mi hermana, feliz y emocionada.

Esperanzada.

—Jo, Margot —escuché que decía.

—¿Qué?

—Que no me hagas caso, que soy muy madre contigo. Ten los amigos que quieras, ¿vale?

OceanofPDF.com