Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 41 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 41

Las normas

David se quejó cuando no quise darme una ducha con él, pero necesitaba un segundo. Quería llamar a Candela y confesarme: «Perdóname, Candela, porque he pecado… tres veces en la última noche. Cinco de pensamiento, pero entiendo que el chaval tiene que descansar».

Cogí el móvil de dentro de la bolsa que había dejado tirada en cuanto llegamos a la habitación el día anterior y me sorprendió comprobar que estaba apagado. A ver, que la batería de los aparatos no es infinita ya lo sabía, pero en los últimos cuatro años nunca había tenido el teléfono apagado más de una hora.

Cogí el cargador, enchufé el móvil a la batería externa y llamé al servicio de habitaciones con el fijo:

—Disculpe, se nos ha pasado la hora del desayuno, pero ¿podrían traernos algo a la habitación? Un poco de fruta, pan, algún dulce… y café.

Mucho café.

Después me acerqué a la puerta del baño a través de la que salía la voz de David canturreando.

—David…

—¿Qué?

Entré y se asomó tras la mampara. Estaba espectacular allí desnudo, medio cubierto de espuma y empapado. Casi flaqueé.

—¿Te lo has pensado mejor?

—No. —Sonreí—. He pedido el desayuno. Tengo un hambre canina.

¿Puedes estar atento por si llegan los del servicio de habitaciones? Tengo que hacer una llamada de trabajo.

—Vale. Déjame la puerta abierta. Me aclaro y salgo.

El móvil vibró al encenderse y tras poner el pin vibró varias veces más.

Tragué saliva al ver algunas de las notificaciones y salí a la terraza.

Mi madre. Llamada perdida y mensaje de voz: «Una señorita no solo tiene que serlo, también que parecerlo. Acuérdate y sé discreta en esas dichosas vacaciones tuyas. Solo hace falta que alguien te haga una foto en bikini. Aunque, claro, con esa manía tuya de no dar entrevistas ni hacer photocalls y esas cosas dignas de tu posición, sería difícil que te reconociera alguien, pero… por si acaso. Tú siempre ponte bañador. He soñado que salías en una revista de esas casposas que no son el ¡Hola!

y…».

Colgué el buzón de voz. Qué horror de mujer.

Candela. Siete llamadas perdidas. Un wasap:

Entiendo que estás viviendo tu aventura, pero no apagues el teléfono, pardiez, que me asusto. Tengo ganas de que charlemos. Te prometo que no es por lo del detective con más años que las tablas de los Diez Mandamientos. Solo quiero que me cuentes cómo estás.

Sonreí. Candela podía ser muy torpe con las emociones pero era mi hermana.

Patricia. Un wasap:

Ya te vale. Vaya tela. ¿Puedes conectar con el mundo real y llamarme? Estoy mal con lo del detective, ¿vale?

Si no estuviera tan relajada y bien follada, me hubiera dado por pensar que mi hermana era uno de los seres más egoístas sobre la faz de la tierra.

Filippo. Dos llamadas perdidas. Dos wasaps:

Hola, Margot. Te he llamado porque me apetecía mucho escuchar tu voz. Bueno…, y a lo mejor también me he tomado unas copas de más y ya sabes cómo va eso.

Dicen que cuando te emborrachas siempre llamas a tu ex. Llámame cuando leas esto.

¿Perdona? ¿Tu ex?

No me has devuelto la llamada y sigues teniendo el teléfono apagado. Estoy preocupado por ti. Por favor, llámame.

Bufé y miré por encima de mi hombro al escuchar a David silbar dentro de la villa. Escribí con dedos ágiles:

Hola, Filippo. Perdona…, estuve en una de esas excursiones de un par de días y dejé el cargador en el hotel. Pero… ¿sabes? Creo que es mejor que mantengamos esta distancia unas semanas más. Ambos tendremos las cosas mucho más claras cuando nos encontremos.

Se conectó enseguida:

Filippo:

Menos mal, Margot. Estaba tan preocupado que había barajado la posibilidad de hablar con tu madre, por si ella sabía algo de ti.

¿Estás bien?

Yo… también estoy pensando mucho sobre lo que pasó.

Volveré a Madrid en dos semanas. ¿Te parece bien que nos veamos?

Margot:

Claro. Vamos hablando.

Filippo:

Te quiero.

Margot:

Escribiendo…

Escribiendo…

Escribiendo…

Yo también.

No tengo palabras para describir la sensación de vacío que sentí entonces.

Me quería. Y yo estaba fingiendo estar meditando sobre mi vida, sola, mientras me follaba a un chaval de veintisiete años. Por favor…, pero si incluso le había presionado para que me dijera que no creía que aquello fuera una infidelidad… mientras le tocaba la polla. Pero ¿me arrepentía?

Candela contestó justo en el momento en el que David se asomaba, de modo que hice lo primero que se me ocurrió: hablarle en inglés.

— Hi, this is Margot. What’s up?

—¿Margot? —contestó mi hermana, totalmente alucinada.

— Yep.

—¿Por qué me hablas en inglés, so pedante?

—Perdona, Margot… —susurró David. ¿Qué llevaba puesto? ¿El albornoz del hotel? Madre mía, qué morenito estaba—. Ya ha llegado el desayuno, ¿vale?

—Vale, gracias. Entro enseguida, David. Soluciono un par de cosas y…

—¡¡¡Ah!!! —exclamó Candela—. Esto es para que no te entienda él.

— Exactly. Just follow my lead, okay? Are you alone?

—Sí. Estoy en el sofá de tu casa, comiendo el pollo frito del KFC que me sobró ayer. ¿Sabes que ya no les dejan llamarse Kentucky Fried Chicken por una cuestión legal?

Me senté en una de las hamacas, lo más alejada posible de la villa, y susurré de vuelta a mi idioma:

—Es solo sexo. —Miré de reojo a David organizando la comida sobre la mesa. Joder, qué mono era.

—¿Cómo? —respondió mi hermana.

—Que es solo sexo. Es… animal, pasional, una puta locura que me va a desmontar entera, pero es solo sexo. Y no es una infidelidad porque Filippo y yo estamos dándonos un tiempo.

—Vaya. Cuando saliste de Madrid era solo una amistad. Después solo unos besos… ¿y ahora?

—Bueno…, pues ahora hemos aislado en una bolsa estanca nuestra amistad y nos dedicamos a follar como descosidos.

—Ya lo sabía yo. Me llevé todas las neuronas de la familia.

—Y los ojos saltones del tío abuelo Rogelio.

—El tío abuelo Rogelio era un sex-symbol y lo sabes. ¿Y desde cuándo te lo follas?

—Eso no importa. Solo necesito que entiendas que es un acuerdo entre amigos que necesitan desfogar ciertas emociones. Creo que… —Me mordí las uñas—. Creo que esto será incluso bueno para mi relación con Filippo.

Volveré… más centrada. Voy a quitarme pajaritos de la cabeza.

—¿Cómo? ¿A rabazos? ¡Y una mierda! Lo primero, eso no es verdad…, nada de lo que me has dicho lo es. Lo segundo: no necesitas que YO

entienda nada porque solo estás intentando autoconvencerte. A TI.

David se apartó el pelo de la frente justo cuando pasaba junto a la ventana, sin mirarme.

—A lo mejor —farfullé.

—¿Te has enamorado? Dime que no te has enamorado.

—¡No! Es solo sexo —repetí.

David se asomó:

—¿Va todo bien? —me preguntó en voz baja, pero proyectándola lo suficiente como para que le escuchase desde allí—. Estás desencajada.

—Un marrón del curro. Ahora voy. Solo necesito un café.

—Y cerrar las piernas —añadió Candela.

— Shut up, asshole!

—Eso ha sonado mal. —David hizo una mueca—. Te dejo.

Esperé a que cerrara la puerta y me volví de nuevo.

—Margot, escúchame. A veces, a las mujeres…, bueno, a todos, pero especialmente a las mujeres… se nos enamoran los bajos. Nos volvemos locas y al día siguiente creemos que queremos al tío, la tía o al succionador de clítoris que nos ha hecho pasar tan buena noche. Pero no son sentimientos de verdad.

—¿No eras tú la que, el día que me fugué de mi boda, me animó a hacerlo?

—Una cosa es que no quiera que te cases si veo que solo de pensarlo te está dando un brote psicótico, y otra muy diferente es que te empuje a los brazos del primer tío que pasa por tu vida. Es muy majo, muy mono, te hace reír y CREO, insisto, CREO que no tiene malas intenciones contigo, pero…, tía, Margot…, aún estás débil para tomar decisiones importantes. Tienes que darte tiempo.

—Bueno…, eso es lo que estoy haciendo. Darme tiempo… mientras follo.

—Es una manera de verlo, pero a mí no me engañas. A ti ese tío…

—Me encanta —carraspeé—. No sé. Me gusta, pero esto no entraba en mis planes. Y mis planes son importantes. No es…, no es como si hubiera decidido engancharme al crack y dejarme morir; o al bótox como mamá, hasta parecer un felino sin pelo o…

—Calma. Respira hondo. A ver, que me entere…, ¿habéis hablado?

—Un poco.

—¿Y qué?

—Pues… hemos decidido que esto se terminará el día que volvamos a Madrid. Sin más historia.

—Vale. Uhm…, pues creo que deberíais poner unas normas.

—Normas, vale. Me gustan las normas.

—Proponle aquello que creas que será mejor para los dos a largo plazo, aunque te cueste llevarlo a cabo cuando volváis. ¿Has pensado…?

—¿En qué? —dije asustada—. Lo estoy haciendo con condón, te lo juro.

—Mujer, ya me imagino que no eres una inconsciente. Me refería a si has pensado qué hacer con Filippo cuando vuelvas.

—¿Cómo que qué hacer con Filippo? Filippo quiere volver. Justo antes de hablar contigo me he cruzado un par de mensajes con él.

—Filippo quiere volver, ajá…

—Que sí —insistí—. Que lo está dejando ya superclaro. Se acabó el problema.

—Margot, pedazo de imbécil… —Me sorprendió el ataque de ira, pero era Candela…—. ¿Y tú qué quieres?

—¿Yo? Pues olvidar de una puta vez todo este embolado y volver a tener la vida que tenía.

—¿La misma? ¿La vida que tenías? Porque déjame decirte que no parecías muy feliz. Pasabas catorce horas en la oficina, malcomiendo y maldurmiendo, disfrazada de oficinista seria, demostrándole a un grupo de tíos sin ninguna gana de darte la razón que mereces lo que tienes. Eres una Ortega, Margot, pero eso no te hace menos válida.

—Díselo al Consejo. —Me froté las sienes.

—No tomes decisiones importantes ahora.

—Pero ¿puedo seguir follando?

—¿Y yo qué sé? Por el amor de Dios, Margot. Te juro que a veces me arrepiento hasta de darte consejos.

—Es que me has metido miedo.

—¡Es que es tu puta vida y yo puede que no tenga razón! Yo solo digo lo que se me pasa por la cabeza. Eres mi hermana y estoy preocupada, pero eso no hace mi opinión más válida que la tuya. Pelea un poco, tía.

—Yo peleo un montón —me quejé—. Me paso el día peleando en el trabajo.

—El trabajo me come el coño ahora mismo. Me comen el coño un poquito cada uno de los hoteles del Grupo Ortega del que tan feliz me desvinculé. Ahora lo que quiero es que pienses un momento…, un momentito…, y me digas qué es lo que sientes de verdad. Como si yo acabase de descolgar el teléfono. Voy a olvidar toda esta conversación y me voy a quedar solo con lo que me digas ahora. Venga…, piensa.

Respiré hondo. Me fui acercando hacia la villa de nuevo y vi a David sentado a la mesa tomándose un café. Siempre lo tomaba con mucha leche…, me jugaba la mano derecha a que no le gustaba pero le daba vergüenza admitirlo. Sonreí.

—Candela, me he acostado con David y sé que debería sentirme fatal y tener muchísimo miedo, pero me estoy reencontrando con una Margot que me gusta, así que pienso seguir follando con él por todo el Egeo como si me hubiera vuelto loca, y cuando llegue a Madrid me despediré de esta aventura para madurar como persona y, sobre todo, como mujer.

—Las mujeres también somos personas.

—Te dejo. Falla la cobertura.

Colgué, entré, volví a apagar el teléfono y lo dejé sobre el mueble del salón.

—¿Todo bien? —me preguntó David metiéndole mano a un cruasán.

—Ehm…, sí. Nada importante.

—Joder, cómo hablas en inglés…, qué fluidez, tía.

—No creas. —Me encogí de hombros—. Hablo mejor en francés.

—¿Hablas más idiomas?

—Inglés, francés y alemán, aunque el alemán te adelanto que no es mi fuerte.

Me miró con media sonrisa y la boca llena de miguitas de cruasán.

—Pues que sepas que verte así me ha parecido la hostia.

—Te pone el rollo jefa, ¿no?

—¿Qué? ¡No! —Se humedeció los labios—. Joder…, de verdad. No siempre estamos pensando con la polla. Me refería a que no conocía esa faceta tuya y… seguro que eres una jefa de la leche. Ha sido… —Me miró,

frunció el ceño y volvió a empezar la frase—: Seguro que Filippo está orgulloso de compartir su vida con una mujer como tú. Lo tienes todo.

Me senté en sus rodillas de lado y le limpié las migas. Podría haberle dicho que me había mensajeado con Filippo o incluso que en lo que a orgullo se refería, mi EX (como se había referido Filippo a mí en su mensaje) iba sobrado. Pero ¿qué hice? Besarlo, porque era lo único que me apetecía. Besarlo con lengua. Abrirle un poco el albornoz. Morderle el cuello. Dejar que metiera la mano entre mis piernas. Follar sin mediar palabra sobre la bancada del cuarto de baño y correrme mientras gritaba

«sí».

—Deberíamos poner unas normas —le dije.

Estaba tendida encima de él, con la cabeza posada en su pecho, desnuda, con una de sus piernas entre las mías. Hacía cosa de veinte minutos que habíamos terminado de hacerlo… por segunda vez. Yo sabía que el segundo asalto le había costado un poco, pero después de retomar el desayuno y reponer fuerzas…

Bueno, vale, lo acepto: no podía parar. Me sentía como cuando perdí la virginidad; no quería hacer otra cosa en la vida. El ataque de remordimientos posterior a la conversación con Filippo se había desvanecido por completo, incluso de mi memoria, con el primer beso en el cuello. Aquello no estaba bien, pero ponerse ahora a pensar en ello…, buff.

Iba a acabarse pronto. Lo olvidaríamos. Nadie saldría herido.

—Deberíamos poner unas normas —repetí cuando vi que no contestaba.

David acariciaba mi espalda y miraba al techo. No cambió de postura cuando me contestó:

—Normas, ¿para qué?

—Para cuando se acabe.

—¿Tenemos que hablar de esto ahora? —se quejó con cierta sorna—.

Déjame en mi dicha poscoital. Estoy en la gloria. Qué manera de mover el culo, por el amor de Dios.

—Si noto que responde a los estímulos, te juro que voy a querer volver a hacerlo.

—Me vas a matar. —Suspiró—. En mi panegírico quiero que se alabe mi resistencia, mi persistencia y mi capacidad para obviar que empezaba a escocerme, porque yo solo quería satisfacerte.

—Las normas.

—Las normas —repitió, aunque sonaba bastante hastiado, como si no le interesara en absoluto—. A ver…

—Cuando nos despidamos, cuando esto termine de verdad…

—… de verdad verdadera…

—Te estoy hablando en serio.

—Vaaaale. —Colocó un brazo bajo la cabeza y me miró—. Cuando esto termine…, ¿qué?

—Ninguno intentará ponerse en contacto con el otro durante al menos un mes. Se permite un wasap después de un mes, pero nada más.

—Ajá.

—Y… no nos podemos besar para despedirnos. Tampoco creo en el sexo de despedida, aunque muy probablemente te suplicaré por él. Soy una viciosa.

—Vale. No beso, no sexo. ¿Qué más?

—Nos despediremos en un punto neutral. En algún sitio que no vaya a traernos malos recuerdos cuando consigamos ser amigos.

—Me parece bien. —Respiró hondo.

—Y no vamos a llorar. Ni a quejarnos. Ni a…

—Captado.

—A ver, enumera las normas. —Quise examinarle.

—Uno: no contactaremos el uno con el otro; cuando pase un mes, podremos escribirnos un wasap. Dos: no habrá beso ni sexo de despedida.

Tres: será en territorio neutral. Cuatro: no habrá lágrimas.

—Cinco —añadí—. No nos precipitaremos: nada de hacer planes demasiado pronto.

—Seis: no nos diremos mentiras.

Lo miré y asentí.

—Y con esto deberíamos empezar ahora —me dijo.

—¿Con ser sinceros? Creía que lo estábamos siendo.

—Soy de los que cree que también se miente por omisión, así que prefiero no callarme las cosas.

Empujó hasta dar la vuelta a nuestra postura y se sostuvo sobre mí con ambos brazos.

—Margarita…, mi Daisy…, florecita… —se burló—, nunca, nadie, me había hecho sentir como tú.

—¿Y cómo te hago sentir?

—Como si pudiera con todo.

Fui a besarlo de nuevo, pero se apartó.

—Por favor, si vas a querer que lo hagamos otra vez, es el momento de compartir contigo que tengo unos ahorrillos escondidos dentro de un libro de filosofía en casa de Iván. De Hume. Haz algo bonito con ellos cuando caiga muerto encima de ti. Y recuerda: que hablen de lo bueno que fui, y que no se olviden de eso de que tu mano no cerraba alrededor de mi polla.

—Me aseguraré de ello.

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