Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 6 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 6

La paranoia

El vestido me apretaba una barbaridad, pero no porque no estuviese bien ajustado o porque hubiera cogido peso. Es que tenía que ser así. Si no quedaba al milímetro, completamente ceñido, hacía bolsa en la curva donde terminaba la espalda y, además, se escurría de los hombros.

Había tardado muchísimo en dar con mi vestido. Al principio todo el mundo, incluidas la wedding planner y una personal shopper, opinó que debía escoger un vestido de alta costura de algún diseñador afamado. Me probé…, no sé. Muchos. Valentino. Chanel. Incluso alguno de noche de Saint Laurent que podrían arreglar y transformarlo en un vestido de novia.

Nada. No había nada que me gustase: me sentía disfrazada.

Así que no había otra opción que confiar en que alguien convirtiera la imagen mental que tenía de mi vestido perfecto en algo real. Y ahí estaba, materializada. Un vestido que From Lista With Love había cosido según mis deseos, mis sueños, mi personalidad…, y la de verdad, no la de Ana Margarita Ortega Ortiz de Zarate. Escote barco, media manga, espalda abierta hasta la cintura, un pequeño fajín rematado por dos botones forrados y una falda con caída. Sencilla. Sin excentricidades ni las cosas modernas que buscan algunas novias para salir en las revistas. Un moño bajo, un lazo de plumeti rodeándolo del mismo blanco que el vestido y unos zapatos color rosa empolvado que prácticamente se perdían bajo el vestido. Los pendientes de la abuela. El anillo de compromiso. Todo en su sitio. Todo tal y como se planeó.

Me miré en el espejo, respiré hondo y sentí las costuras del vestido quejarse abrazando con fuerza la piel.

—¿No te gusta? —me preguntó la peluquera, sacándome unos pocos mechones cortitos del recogido para que quedara más natural.

—¿Qué? ¿Eh…? Sí, sí. Me gusta mucho.

El vestido era perfecto. Increíble. Lo más bonito que había visto en mi vida, el peinado cómodo y elegante, natural…, igual que el maquillaje, nada recargado. Todo, hasta la manicura, era perfecto, pero lo único que podía ver al mirarme en el espejo era la velocidad a la que me latía la vena del cuello.

—Habría quedado más elegante si se te marcasen los huesitos de la cadera, pero ahora ya poco podemos hacer —dijo mi madre y suspiró.

—Estás increíble. —Patricia contuvo la respiración a mi lado y sé que no quería llorar—. Decidle a la tía lo guapa que está.

Mis sobrinos, ataviados con pantalón corto y camisa, tirantes y pajarita ellos y un vestido a conjunto ella, gritaron a la vez que estaba muy guapa, no porque lo pensaran sino para quitarse de encima a su madre. Acto seguido, se lanzaron a perseguirse a mi alrededor para, como nos temíamos, terminar enzarzados en una pelea con mordiscos incluidos. Todo ello en segundos que a mí me parecieron minutos.

Largos. Eternos. Pesados. Llenos.

Todo giraba y tenía colores. Ellos, la habitación, mi vestido, el espejo, los demás. Fue como si lo viera todo a través de un calidoscopio. Y yo respiraba fuerte. Solo podía escuchar mis jadeos.

Hacía calor. Tenía calor. Pero las manos frías.

—Buff —logré decir.

—Tómate esto. —Candela se acercó con un vaso de agua y la media pastilla que no me había tomado un rato antes, después de que diera dos sorbos a un gazpacho a la hora de la comida. Era una benzodiacepina suave

—. Al final va a ser verdad que la necesitabas entera.

—Estoy bien —mentí.

—No se te ocurra beber nada en unas cuantas horas —susurró—. O

parecerás mamá.

Aunque por un segundo sentí que estaba a solas con ella, al dar la espalda al espejo me encontré en una habitación llena hasta los topes de mujeres que me miraban, cada una con una expresión. ¿Por qué narices estaba toda aquella gente allí? Gente que salpicaba el aire con sus motivaciones y emociones, como la saliva que sale despedida de un

estornudo. Había celos, burla, admiración, cariño, felicidad, incredulidad.

De todo.

Agarré la muñeca de Candela, quería que me dejaran sola con mis hermanas, pero no me salieron las palabras.

—¡Niña! —Una de las amigas de mi madre se acercó corriendo—.

¿Estás mareada?

Negué con la cabeza. Otra me acercó una silla. Mi suegra me palmeó sin parar la frente, por si tenía fiebre. Ni siquiera la había visto entrar.

Cuchicheos. La palabra «embarazada» flotó en el aire, aunque no sé de qué boca salió. Los nudos de la garganta, el pecho y el estómago se apretaron.

No sabía si quería gritar, desmayarme o eructar. Quizá peerme. Las voces seguían girando a mi alrededor, como volutas de humo que me iban dejando ciega, sorda y con la garganta seca y en llamas. ¿Y si me estaba muriendo?

El corazón rebotaba contra las costillas de manera enfermiza.

Una voz conocida pidió, con mucha educación, que saliera todo el mundo excepto Candela y Patricia.

—Son momentos de emoción. Vamos a dejar que los disfrute en intimidad.

Sonia. Bendita Sonia. Era un ángel sin alas.

Patricia me dio aire con un abanico mientras escuchaba cómo la puerta se cerraba y mi madre invitaba a todo el mundo a acudir a la capilla y ocupar su banco.

—Todos los asientos están bien distribuidos, queridas. Encontraréis vuestro nombre allí.

Esperé que ella también se fuera a la capilla junto con el resto de los invitados, pero volvió. Lo noté incluso con los ojos cerrados y el sonido del abanico. Me pareció que su presencia volvía el aire más denso.

Quedaban veinte minutos para la ceremonia.

—¿¡Se puede saber qué te pasa!? —me increpó en voz baja—. ¿Qué es esto? ¿Una llamadita de atención? ¡Por Dios! ¡Eres la novia! ¿No tienes suficiente atención ya que me tienes que dejar fatal delante de todas mis amigas?

Nadie contestó. Le hice un gesto para que se marchase, pero no me hizo caso.

—A ver, ¿qué quieres?

—Aire —conseguí decir.

Patricia corrió a abrir las ventanas. El olor a césped recién cortado entró a paso lento en la estancia, apenas a dos metros de donde empezaba el jardín, en la parte de atrás de la finca que ocupaba el parador.

—Margot, esto es un ataque de pánico con todas las letras —susurró Candela.

—No. No. Qué va —gemí.

Tragué. Me daba la sensación de que el vestido me cortaba la respiración. Notaba presión hasta en la garganta.

—¿Me podéis desabrochar el vestido?

—Falta menos de media hora para la ceremonia —anunció mi madre.

—El vestido. Por favor.

—Si me hubieras hecho caso y hubieras atendido bien a la dieta. Un minuto en la boca y toda la vida en la tripa.

—Madre, ¿puedes callarte, por favor? —le pidió Candela con un gruñido—. ¿No ves que está pálida y no puede respirar?

—Pues haz algo. Que valga de algo la carrera de Medicina.

—Lo que faltaba.

—¿No puedo hablar? —respondió la interpelada.

—Patri… —Tiré de su mano—. Dile a Filippo que venga, por favor.

—Ay, Margot… que da mala suerte.

—Por favor. Dile a Filippo que venga.

Patricia me miró dudando antes de levantarse y dirigirse hacia la puerta.

Candela y mi madre se habían lanzado de lleno a una discusión pasivo agresiva en voz moderada pero contundente. Silbaban a mi alrededor, como flechas envenenadas, acusaciones de una parte a la otra, cada vez más enrevesadas, pero disfrazadas de falsa tranquilidad.

—Parad ya. Por favor —pedí.

Candela se calló y empezó a desabrocharme el vestido.

—Tampoco pasa nada por retrasarse un poquito. —La boca de mi madre, hinchada por los pinchacitos puntuales de ácido hialurónico, dibujó una sonrisa de hiena—. Las novias elegantes siempre se hacen de rogar.

Que no piensen que tienes prisa o estás desesperada.

Candela contuvo la respiración y se tragó la contestación que le empujaba tras los dientes; después me frotó la espalda, vistiendo su sonrisa de la ternura con la que las madres abrazan a sus hijos.

—¿Mejor?

—Cuando vea a Filippo, estaré mejor.

—Con la mala suerte que da eso.

—La mala suerte no existe, madre —respondió ella, tirante—. La vida pasa, a veces para bien y a veces para mal.

La puerta se abrió y mi hermana Patricia apareció con una sonrisa.

—Cierra los ojos. Está demasiado guapo como para aguarte la sorpresa.

—Él siempre está guapo —contesté.

Filippo llenó la estancia de una luz especial. Todas, incluida mi madre, sonreímos con cierto alivio. Él siempre provocaba esa sensación.

— Dolcezza. —Sonrió mientras se sentaba a mi lado—. ¿Qué pasa?

—No lo sé. —Y la voz me salió estrangulada.

—¿Nos podéis dejar solos? —pidió a mis hermanas y a mi madre.

—No hace falta —le respondí.

—¿Hay algo que quieras decirme?

—No. No. Solo quería verte. Estoy…, me falta el aire.

— Amore… —susurró en mi cuello—. Estás nerviosa. Pero llevamos viviendo juntos un año y… todo va genial. Esto es solo un trámite. Con mucho público, pero un trámite.

—No puedo —me escuché decir.

—¿Qué no puedes?

—Hay mucha gente.

—¿Y qué? —Sonrió—. Venga, Margot…, diste una conferencia en Los Ángeles delante de mil personas y en otro idioma. Esto, al lado de aquello, da risa.

—¿Y si no puedo?

—Claro que puedes.

—Pero ¿y si no puedo?

Frunció el ceño.

—Margot…

Cerré los ojos y jadeé. Era como si el aire se disolviera al llegar al pecho y mis pulmones necesitaran siempre un poco más.

—Filippo… —gemí, a punto de echarme a llorar—. Es que me ahogo.

—No te ahogas. Y esto no es nada.

—Es mucho.

—Pues lo tendríamos que haber pensado antes. Ahora mismo no hay manera. Lo hacemos y ya está.

—Son cientos. —Cerré los ojos.

—¿Y cuál es el problema?

Cientos. Miles. Ojos que miraban. Reptaban. Eran como babosas, dejaban un hilo brillante y pegajoso de prejuicio, de crítica, de juicio sobre la piel. Asco en el estómago. Cosquilleo desagradable en el cuello. Como millones de patitas recorriendo el cuerpo. Patitas de insectos.

Me estaba volviendo loca. Cogí aire. Me presioné las sienes y me hice un ovillo.

—Filippo —escuché decir a Candela—. Quizá deberías plantearte la posibilidad de retrasar esto un poco.

—¿Cómo?

Sonó tremendamente contundente. ÉL. El coloso. La parte oscura del gran hombre.

—Está claro que es un ataque de pánico y…, bueno, la entiendo. Hay más de quinientas personas apiñadas en una capilla, llenando los aledaños…

—No es nada que no supiéramos —sentenció.

—El pánico no se controla. Si mediara la razón no sería pánico.

—Margot. —Filippo se volvió hacia mí de nuevo—. Respira hondo.

Tranquila. Estoy contigo, ¿vale?

No me moví, a pesar de sentir su aliento cálido cerca de mí. Era como cuando alguien le dice a otra persona que se encuentra fatal la célebre frase:

«Venga, no estés mal». Ah, pues muchas gracias, ya soy plenamente feliz; gracias por tu ayuda.

—No puedo —gemí.

—Vas a tener que poder, amore.

Levanté la cabeza en busca de aire. En mi regazo se estaba terminando el oxígeno.

—Hay unas doscientas personas de la embajada y del…, cómo se dice…, del gobierno italiano. Hay… cargos públicos. Personas importantes que me respetan. No puedo permitirme que…

—Filippo, no ayudas —me defendió mi hermana Candela.

—No ayuda, ya lo sé. Pero es la vida. La vida es así. Nosotros tuvimos la suerte de encontrarnos en un mundo en el que hay millones de personas y esto es una tontería.

—¿Y si le damos unos segundos a solas? —propuso Patricia, que estaba apoyada en el armario, muy seria, con los brazos cruzados—. Vamos a darle unos minutos, a dejar de opinar y que ella sola vea la luz.

Filippo cogió suavemente mi cara entre sus grandes manos y me obligó a mirarlo.

— Dolcezza, necesito que me mires. Soy yo. Soy el amor de tu vida.

Solo tienes que salir ahí y hacer lo que ya hicimos en el ensayo. Decir sí, sí, sí y firmar en un papel. Les darás la espalda a todas esas personas, solo me verás a mí.

El aliento de quinientas personas humedeciéndome la nuca. Qué asco.

Me estremecí.

—Es una tontería. —Estaba empezando a ponerse nervioso—. Una tontería, Margot.

—Es mucha gente.

—Son solo personas. No entiendo nada. No entiendo que tú ahora…

—Es mucha gente —repetí.

—¡No me hagas esto, Margot! —contestó firme—. Sería una vergüenza para mi familia.

—Vale. Vale. Vamos a calmarnos. —Patricia cogió a Filippo del brazo y tiró de él—. Vamos a salir todos. Vamos a darle un momento a la novia para que respire hondo. Y si se tiene que retrasar media hora la ceremonia, oye, pues se retrasa, que más se perdió en Cuba y volvían cantando.

—Ya está doña refranes —se burló Candela mientras le señalaba la puerta a mi madre.

—Sirven para todo. —Sonrió—. Margot, mi niña, vamos a dejarte a solas, ¿vale? Cuando estés preparada, llámanos. Estaremos en el pasillo esperando. Tú con calma. Te sientas, te relajas, te fumas un puro…

—No fuma —dijo Candela.

—Pues a lo mejor quiere empezar ahora. Venga, amor. Tú respira hondo y olvídate de todos. Todos los que están en la capilla también cagan. Tú acuérdate de eso. Ale, ale, todos fuera.

Filippo, de pie frente a mí, cogió aire, muy serio.

—Te espero fuera, Margot.

La puerta se cerró y la habitación quedó en un silencio relativo. A través de la ventana abierta llegaba el eco de las conversaciones muy lejanas, un rumorcillo como de agua corriendo sobre un lecho de lenguas y dientes. Los pajaritos cantaban. Las hojas se movían con la suave brisa de junio. Las pisadas de mis hermanas, mi madre y Filippo se fueron alejando, amortiguadas por la alfombra, y cuando no se escuchaba nada más que la respiración del viejo parador sentí que podía respirar.

No sé cuántos minutos pasaron hasta que me levanté del sofá. Solo sé que de pronto todo parecía diferente. Como cuando volvías a clase después del verano, cambiabas de aula con el nuevo curso y, aunque fuera exactamente igual, todo parecía distinto. Vi la habitación como si volviera a entrar por primera vez. Los robustos muebles de estilo castellano. La polvorienta alfombra de imitación persa. Las cortinas deshilachadas en los bordes. El falso lujo polvoriento. Aquella habitación era como yo. Una falsa proyección.

Mátame, camión, que soy como una cortina de terciopelo apolillada, comida de mierda de a saber cuántos años.

Es complicado explicar el mecanismo por el cual la mente te hace asumir que ciertos miedos son verdad. Es difícil hacerle entender a alguien que no lo haya sufrido la manera en la que se estremece el cuerpo cuando sientes que no eres suficiente, porque por mucho que consigas nunca serás… añádase la palabra adecuada a cada caso. En el mío eran

«magnética», «suficiente» o «especial». Síndrome de la impostora. Mi vida de cuento… en realidad la merecía otra persona.

El corazón me bombeó rapidísimo, las imágenes entraron a fogonazos en mi mente, mis oídos estaban siendo recorridos por un continuo zumbido.

El pánico nadaba por mis venas a toda velocidad. Mentiría si expusiera las ideas que se me pasaron por la cabeza porque la verdad es que no puedo explicar de dónde nació de pronto aquella ansiedad y la necesidad visceral de salir corriendo.

El latido de mi corazón lo invadió todo. Escuché mis dientes rechinar.

Jadeaba. La habitación. Las paredes de piedra. La bolsa de viaje abierta sobre la cama perfectamente hecha. El baño con la luz encendida. La alfombra. La sombra de la horrible lámpara de imitación antigua sobre la pared contraria, pintada de beis. Todo. Todo dando vueltas, como en una feria. Y en el centro yo. Yo. Yo. Yo. Yo.

Apagón.

¿Sabes el sonido que produce la pérdida de energía en una torre de alta tensión? No. Yo tampoco lo sé, pero imagino el súbito descanso que produce la desaparición de un sonido que ni siquiera sabías que estabas escuchando. De pronto todo se calmó. Sí, lo sé. ¿Qué mierda de explicación es esa? No lo sé. Pero todo se calmó. Todo.

Aunque yo no era yo.

La persona que se puso las zapatillas de deporte con el traje de novia.

No era yo.

La que abrió del todo la ventana y saltó fuera. Tampoco. No era yo.

La que salió a la carrera sobre el césped. Ni de coña. No era yo.

A la que todo el mundo, en la puerta de la capilla, vio correr en dirección indeterminada… Nah, nah. No era yo.

Esa a la que persiguieron Candela, Patricia, mis sobrinos riéndose a carcajadas, Lord Champiñón, Filippo y un par de invitados. ¿Qué dices? No era yo.

Era y no era yo. Pero… ¿y lo parda que la lio esa que no era yo?

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