Un cuento perfecto
Capítulo 17
Gente triste
Estaba tumbada en la cama con el teléfono en la mano. Mis hermanas se habían ido a recoger a mis sobrinos del cole y Sonia había vuelto a la oficina para ultimar los detalles de mi próximo viaje. Ya tenía redactado un mail oficial para el resto de consejeros de la empresa donde informaba de que finalmente había decidido alejarme de todo unos días. Iba a disfrutar de unas vacaciones. Unas largas. Es lo bueno de tener una cantidad obscena de acciones de la compañía.
También había escrito y enviado un mail a mi departamento para compartir con ellos, de manera muy formal, mi profunda decepción por su comportamiento de la semana anterior.
Me quedaba un rato de tranquilidad hasta que Candela volviera a casa, y la sola idea de verla tumbarse a mi lado y escucharla preguntarme cómo andaba, si sabía algo de Filippo, si hacíamos algo, qué me apetecía cenar o qué había hecho en su ausencia… me producía un cansancio tremendo.
Sonaba un disco que me recordaba a mi estancia en Estados Unidos, cuando fui a estudiar allí un máster, donde quise tener amigas pero todo el mundo competía demasiado. Quizá ese era mi problema: no me gustaba competir de la misma manera que no me gustaba arriesgarme. Debía darle la razón a mi madre en algo: era sorprendente que alguien con una personalidad tan, como dicen los americanos, low profile, hubiera llegado a ostentar un puesto de responsabilidad. Pero claro, como ella se afanaba siempre en aclarar: no todo el mundo tenía la suerte de ser una Ortega Ortiz de Zarate.
Siempre había andado por la sombra. Siempre había sido responsable.
Siempre había sopesado las posibilidades, los resultados que podría obtener.
Nunca me había lanzado por un camino sin mirar atrás. Solo dos veces.
Dos. En toda mi vida: cuando decidí acostarme con Filippo la primera noche (una, que no es de piedra) y cuando salí corriendo de mi propia boda.
¿Y si lo que había dicho Sonia era verdad? ¿Y si realmente había algo que no funcionaba? Bueno, me largué de nuestro enlace, alguna explicación tendría que haber. Quizá…, quizá un pedazo de mí tenía miedo a lanzarse de lleno con el definitivo sin haber vivido más. Nunca había cometido locuras, nunca me había equivocado ni me habían roto el corazón: todo, antes de Filippo, había sido un mero simulacro.
Pero… ¿de qué serviría ese tiempo en barbecho si no cambiaba? Un poco. No hablo de cortes de pelo modernos ni un coche nuevo con muchos caballos y carrocería roja. ¿Y si…, sencillamente, me abría al mundo?
No fue fácil y me arrepentí de haberlo hecho doscientas veces antes de que contestase, pero me sentí orgullosa de aquella primera pregunta que formulé en una conversación recién abierta con un contacto casi desconocido que… estaba a punto de cambiarme la vida.
Margot:
Y tú, ¿por qué estás triste?
David:
¿Qué dices? ¿Quién eres?
Margot:
La tía rara con la que tu ex cree que estás liado.
David:
¡Ah! Margot.
Margot:
Que no es un nombre gallego.
David:
Te sientan bien las conversaciones por WhatsApp. Eres más simpática.
Margot:
Soy simpática.
David:
Eres correcta. Hay un abismo entre los dos términos.
Margot:
¿Me vas a contestar? Tú, ¿por qué estás triste?
David:
Me dejó el amor de mi vida. ¿Te parece poco?
Margot:
Sí.
David:
¿Tú la viste? Es perfecta.
Margot:
Una diosa.
David:
Si te vas a poner borde te bloqueo.
Margot:
¿Borde? Tu ex es una diosa. Casi me hizo plantearme mi heterosexualidad.
David:
Yo por ella me hacía hasta mormón.
Margot:
Hombre, con ese móvil que tienes estás a un paso de hacer tu propia mantequilla.
David:
Creo que te refieres a los amish, no a los mormones.
Margot:
¿Me puedes explicar por qué un completo desconocido me está dando clases de religión?
David:
Más bien de cultura general, pero si lo que te preguntas es por qué te has decidido finalmente a escribirme, te diré que porque es más fácil hablar con alguien que no te conoce y que no tiene por qué juzgarte.
Margot:
Todo el mundo juzga. Es inevitable.
David:
¿Es por eso por lo que estás triste? Y no me vengas con que no lo estás. ¿Alguien sacó conclusiones equivocadas sobre ti?
Margot:
No. Yo también he perdido al amor de mi vida.
David:
Según tu criterio eso no es motivo suficiente como para estar tan triste, así que algo más habrá.
Margot:
Escribiendo…
Escribiendo…
En línea…
Escribiendo…
En línea…
No.
David:
¿Sabes lo que no tiene mucho sentido? Escribirle a un desconocido con el que te puedes desahogar y que no te va a juzgar, aunque le digas que tu padre es una nutria, y terminar mintiéndole.
Margot:
Aclárame una cosa, ¿qué significa «nutria» en tu argot?
David:
Estoy llegando a casa del curro con la única aspiración de vivir una apasionada historia de amor con un bocata de jamón y una ducha, y tú me mientes y me hablas de nutrias. Margot, ¿qué voy a hacer contigo? No me merezco esto.
Margot:
No es mi intención molestarte.
David:
¡¡Margot!! ¡Por favor! Que estoy de coña.
Mira, vamos a hacer una cosa. Como hablar contigo por WhatsApp prometía, pero aún es más complicado que hablar en persona, ¿qué haces mañana de nueve a diez?
Margot:
¿De la mañana o de la noche?
David:
Así me gusta, fingiendo que tienes más planes.
Margot:
Aún estoy decidiendo si eres imbécil o…
David:
Lo otro. Escojo la otra opción, la que sea.
Mañana a las nueve. De la mañana.
Te mando la dirección ahora mismo.
Esperaré cinco minutos. Si me plantas, me piro y te bloqueo, pero sin rencores,
¿vale?
Margot:
Vale.
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