Un cuento perfecto
Capítulo 29
Confesiones
—¿Cómo era Filippo como pareja?
—¿A qué te refieres?
David y yo estábamos tumbados en su cama después de una ingesta masiva de queso, tzatziki y gyros en pan de pita. Los dos mirábamos al techo con las manos sobre el estómago. Nos sentíamos cansados e hinchados, pero aún no teníamos sueño.
Él se volvió hacia mí.
—¿Era divertido, cariñoso, empotrador…?
—¡David! —me quejé con una sonrisa—. No voy a hablarte de mi vida sexual con Filippo.
—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Qué tontería. El sexo solo es otra faceta de una relación.
Me quedé callada, mirando al techo.
—Venga… —Me dio un codazo, animándome a hablar.
—Filippo es muy agradable, pero no diría de él que es divertido. A ver…, en el sentido de que no hace demasiadas bromas ni cuenta chistes ni…
—Yo tampoco cuento chistes y soy divertido.
—Lo tuyo es que tienes cara de risa —me justifiqué; sin saber por qué, había sentido aquel comentario como un ataque hacia Filippo—. Él es un hombre de pocas palabras. Habla poco pero hace mucho.
—¿Te vas a poner guarrindonga?
—¡No! —Me carcajeé—. Me refiero a que él… no sé. Es de pocas palabras, aunque a veces se ponga de un romántico un poco desfasado —me burlé con cariño—. Tiene un carácter tirando a seco pero luego se arrodilla en mitad de un parque lleno de ciervos para pedirte matrimonio.
—Aún llevas el anillo. —Señaló mi mano.
—Sí. Qué estúpida. —Suspiré algo triste.
—No es estúpido que sigas queriendo llevar algo tan valioso contigo. Y
con valioso me refiero al valor sentimental, aunque ya imagino que puedes comprarme a mí y media provincia de Cuenca con lo que vale.
—No seas así —me quejé, y me volví hacia él, quedando frente a frente
—. Me encantaban nuestras rutinas, ¿sabes? Eso lo echo mucho de menos.
—¿A qué te refieres?
—No sé. A llegar a casa de trabajar y que Filippo estuviera allí, leyendo, con una copa de vino en la mano y escuchando música italiana.
Todos los jueves pedíamos comida vietnamita y los sábados cocinábamos nosotros… Nos metíamos en unos saraos… La mitad de las veces iba la comida a la basura porque no conseguíamos hacer nada comestible.
—Bueno, eso suena divertido.
—Ah, no. —Sonreí—. Filippo se enfada mucho si algo no le sale bien.
Es muy orgulloso y siempre he sospechado que aspira a la perfección.
—Hombre, con esos genes… —musitó David.
—No me enamoré de él por sus genes. —Le sonreí.
—¿No tuvo nada que ver la anchura de su pecho o los tres metros que mide?
—Bueno, me entró por el ojo, no te voy a mentir. Pero fue, no sé…, Filippo es…
—¿Qué es lo que más te gusta de él?
Me puse boca arriba y me mordí el labio, buscando las palabras adecuadas. David se apoyó en el codo y vi aparecer su cara sobre mí, ávida de información.
—Me hace sentir un diez.
Arqueó una ceja. No pareció la respuesta correcta.
—A ver, que yo me entere. —Se irguió y se quedó sentado—. ¿Me estás diciendo que Filippo te hace sentir mejor? Mejor mujer, quiero decir.
—Sí. —Asentí—. A su lado es como si creciera.
—Es un hombre, no levadura —se burló con mala cara.
—¿Qué he dicho? —Me incorporé también y nos quedamos cara a cara.
—Que no entiendo lo que dices. ¿Cómo vas a basar tu opinión sobre ti misma en otra persona? Es como si yo dijera que…, no sé, que soy gracioso porque tú te ríes.
Entrecerré los ojos, confusa.
—¡Yo ya soy gracioso, te rías o no!
—A ver, partiendo de la base de que no eres gracioso, pero tienes cara de chiste, creo que entiendo lo que quieres decir.
—A ver, ¿qué quiero decir?
—Que ya soy válida y ya soy un diez al margen de él.
Asintió levantando las cejas, emocionado.
—Sí, lo eres.
—Tendrías que decírselo a mi madre, a ver cómo se lo argumentas.
—¿Cómo se lo argumentarías tú?
—Ah, mi madre no entiende de argumentos, David. Es un gato humano enganchado a las pastillitas para el dolor y al champán.
—Entonces ¿te interesa realmente lo que opine?
—Bueno, es mi madre. —Quise cambiar de tema y le puse un dedo sobre la punta de su nariz respingona—. Ahora deja a mi madre y dime…,
¿qué era lo que más te gustaba de Idoia?
—Pues… —Se mordió el interior del carrillo, perdiendo la mirada por la habitación—. No quiero incomodarte.
—¿Por qué ibas a incomodarme?
—Porque igual me pongo guarro. —Sonrió canalla.
—Creo que podré soportarlo.
—Pues es que al principio Idoia y yo solo nos acostábamos —contó algo tímido—. Era la típica relación de «te llamo y si puedes bien, y si no también».
—¿Y qué pasó para que se convirtiera en algo más?
—Me colé. —Sonrió un poco avergonzado—. Poco a poco empezó a importarme mucho más que ella me diera largas. Me hizo esforzarme a saco.
Arqueé una ceja.
—¿Qué? —me preguntó.
—O sea, que te colaste porque ella pasaba de ti.
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué exactamente?
—Pues no sé. Me gustaba mucho. Me descubría música guay, hacíamos planes chulos, me volvía loco… En serio, literalmente loco. Era…, es una fuerza de la naturaleza.
Puse cara de no creerle.
—¡¿Qué?! ¡Nos tendrías que haber visto en la cama! Bueno, lo de «nos tendrías que haber visto» es un decir; no creo que te guste el porno en vivo.
Pero éramos la hostia. En serio.
—Vale —dije un poco incómoda. Fue inevitable imaginarlo con aquella chica rubia, preciosa, despampanante, dándole bien fuerte—. Pero
¿hablabais de verdad?
—Mujer, por señas no nos comunicábamos.
—Me refiero a si hablabais de vosotros, de libros o pelis, de la muerte, del futuro, de si la felicidad existe o si hay vida en otros planetas.
—De libros, sí. —Asintió—. Y de pelis. También de música.
—Te repites —le indiqué burlona.
—Es que Idoia no es muy comunicativa, ¿sabes? —Se encogió de hombros—. Tampoco le gustaba demasiado la idea de juntarse con mis amigos. Casi siempre nos peleábamos por eso o porque…, no sé, porque a veces parecía que yo no era suficiente. Es posible que no lo fuera de verdad y que por eso me dejara, pero… casi siempre terminábamos haciendo las paces…, duro. —Abrió los ojos mucho, dándome a entender qué partes de sus cuerpos hacían las paces.
—Pues suena bastante a relación tóxica.
—Lo mismo digo de la tuya, maja —me señaló.
—Pues apañados estamos.
Me dejé caer hacia atrás y la cara de David volvió a aparecer sobre la mía.
—Pero esta vez lo haremos bien —me aseguró—. Cuando los recuperemos, lo haremos bien.
—Sí —dije sin estar tan segura como parecía él—. Seremos la hostia.
David se tumbó a mi lado y suspiró.
—Joder. La echo de menos.
—¿Has colgado la foto que te he hecho en el aeropuerto de Atenas?
—Sí. —Asintió—. Me ha dado un «me gusta», pero nada más.
—No me lo habías dicho.
—No le he dado mucha importancia. Solo es un «me gusta», como la otra vez. Esto no avanza.
—¿Y qué echas de menos? —quise saber.
—¿Ahora? Bueno, la respuesta no te va a gustar.
—Prueba.
—Echo de menos cómo resoplaba cuando follábamos —dijo con un tono de voz mucho más bajo de pronto—. Nunca conseguía arrancarle ni una palabra, pero me gemía de esa manera… Clavaba las uñas en mi espalda o en mi pecho y gemía que se me derretía el cuerpo dentro de ella.
Tragué sonoramente. Él me miró.
—Perdón.
—No te preocupes. —Me incorporé—. Yo creo que me voy a ir a la cama.
—Puedes quedarte si quieres —ofreció.
—Ah, no, no. Te dejo intimidad. Creo que la necesitas.
Se echó a reír y me levanté. Mientras recogía mi bolso y mi móvil, David alargó la mano y me agarró de la muñeca.
—Ahora me siento mal.
—¿Mal por qué? —pregunté.
—Porque me he puesto verraco, a hablar en plan porno duro y tú no has soltado ni una, con lo que me imagino que es un tema que te incomoda y…
Me agaché hasta que mis labios quedaron cerca de su oreja y, sin dejarlo terminar, dije:
—No sabes lo mucho que echo de menos su polla en mi boca.
Me incorporé y David sonrió de oreja a oreja, con los ojos superabiertos.
—¡Eres una marrana! —Se carcajeó.
—Y tú, ¿qué eres?
—Tu alma gemela.
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