Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 32 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 32

Sorpresa: eres libre

Un mes y una semana sin sexo. Ese era, con toda seguridad, el motivo por el que David empezaba a parecerme atractivo. Bueno. Estoy mintiendo.

Siempre me había parecido atractivo, pero de esa forma en la que aprecias la belleza de alguien sin verdadero interés. Sin embargo, ahora…, en aquel momento, metido en la piscina con el puñetero bañadorcito negro (cortito, haciéndole un culazo de escándalo), David me estaba poniendo un poco perra.

Si lo comparaba con Filippo, David era minúsculo. Filippo medía un metro noventa y cinco, su espalda era ancha, sus brazos fuertes y grandes, en resumen, un tiparraco de impresión. Ya lo he comentado alguna vez…, ir con Filippo a cenar era como ir con una estrella de cine: acaparaba todas las miradas.

David, sin embargo, ¿cuánto mediría? Uno ochenta como mucho. Y era delgado. Tenía los hombros bien torneados y los brazos fibrosos, seguramente como resultado de levantar cajas de bebidas y maceteros pesados, pero era delgado. No un tirillas pero…

Eso sí, tenía un culazo respingón que, joder, era para pegarle bocados. Y

la cara. Tenía una cara bonita: dos ojos marrones con luz propia, una boca mullida, una nariz…

—¿Me estás oyendo? —le escuché gritar.

Pillada.

—¿Qué?

—¿Dónde te has ido de viaje, colega? —se burló—. Te decía que tengo una sorpresa.

—¿Una sorpresa? ¿De qué tipo?

«Deja de pensar con lo que te palpita ahora mismo, por favor, Margot».

—Una. Pero para luego. ¡¡Yo creo que vas a gritar y todo!!

«Margot. De-ja-de-pen-sar-con-el-me-ji-llón».

—Te vas a quemar. —Cambié de tema.

—Y tú.

—Yo me he puesto crema.

«Que no me pida que le ponga crema, por favor».

—Y yo. —Se señaló los hombros—. Aquí. —Después la nariz y los pómulos—. Y aquí.

—¿Sabes que eso no es suficiente?

—Es suficiente si vas a echarte la siesta. —Sonrió como un bendito.

«Pero ¿qué he hecho yo para merecer tanta tentación? ¡Joder!».

—¡Tú ya te echaste una siesta en el barco!

—Pero son vacaciones, ¿recuerdas?

Vino nadando hacia mí con expresión burlona y saqué las piernas de la piscina antes de que pudiera tirar de ellas y meterme de nuevo en el agua.

Fallo mío. Le dejé espacio para que se impulsara delante de mí y saliera.

«Me cago en la puta».

—¿Vamos?

¿Y por qué de pronto David daba por hecho que nos íbamos a echar la siesta juntos?

Los platos con los restos de la comida se quedaron en la mesa de la terraza, junto a la piscina, y nos metimos en nuestras respectivas habitaciones para cambiarnos. Yo me quedé allí, con la puerta cerrada, sentada, esperando a que David se echara en su cama y se quedase dormido.

A ver, no pasaba nada por tenderse sobre la cama y echar una cabezada o…

charlar. Ya lo habíamos hecho. En su habitación en Atenas habíamos hablado un buen rato cada noche, antes de dormir, y hasta habíamos tocado temas sexuales pero…

Pero cuando lo hicimos yo no sentía la llamada de la jungla, estaba claro.

Tenía que centrarme. Todo era culpa del mensaje de Filippo y de ese

«echo de menos tus labios» que podía ser sencillamente un «quiero que me beses» o un «quiero volver a verlos rodeando mi polla». Su polla me gustaba. A ver, era mi novio, me iba a casar con él…, lo lógico es que me

gustase, ¿no? Era un italiano elegante con el cuerpazo de un maldito vikingo. Era normal que me humedeciera y… ¿cómo tendría la polla David? No le pegaba tenerla pequeña. Igual la tenía delgada. No me gustaban las pichas delgaduchas…, eran como…, puff. No. Él dijo alguna vez que estaba contento con su tamaño, así que… no sería escandalosamente enorme, como la de Filippo (puto príncipe perfecto de cuento de hadas), pero igual era un buen salchichón. Gordita. Inhiesta.

Descarada…, de las que se ponen morcillonas sin esconderse demasiado y superduras en la boca…

—Margot… —susurró David abriendo la puerta.

—¡¿No puedes dormir solo?! —exclamé, presa de los nervios.

—¡¡Oye!! —se quejó, sorprendido—. ¿Qué te pasa, loca?

Me eché hacia atrás mientras lloriqueaba. Por favor…, yo no sabía lo que era estar cachonda sin tener a mano a Filippo. Bueno, sí, antes de Filippo, pero ya no me acordaba.

—Ey… —David se tumbó a mi lado, mirándome—. ¿Qué pasa?

—Nada.

—No, nada no. Algo pasa.

Giré la cabeza y lo miré. A ver ahora cómo le daba una explicación.

—Estoy un poco inquieta —confesé.

—¿Por Filippo?

El último polvo que echamos fue uno rapidito en la cocina, recordé. No estuvo mal, pero tampoco mereció premios. Recuerdo haberlo comentado con él, de risas. Teníamos mucha prisa porque Filippo se iba de viaje de trabajo a Barcelona y su tren salía en una hora.

—Sí. —Asentí. Estar cachonda porque hace un mes y una semana que no chingas cuenta como estar inquieta por tu pareja, ¿no? Aquello no fue mentir.

—¿Qué pasa? Cuéntamelo.

Tardé en ordenar mis pensamientos. No sabía qué decirle sin mencionar el hecho de que llevaba un rato un poco tontorrona. No creía que fuera consecuencia de estar con él, más bien que el hecho de estar « to perra»

teniéndolo al lado forzaba que me pareciera tan atractivo de repente.

—¿Crees que se está acostando con otras? —le pregunté de golpe.

—Ehm… —Dibujó una mueca—. Pregúntame otra cosa.

Uy. Qué reacción tan rara.

—No. Contéstame.

—No tengo ni idea —respondió acomodándose con la cabeza sobre los cojines.

Subí en el colchón hasta estar a su altura.

—No disimules. Sí tienes idea.

—No tengo ni idea de lo que haría Filippo porque no lo conozco de nada.

—¿Pero…?

—Sé lo que haría yo.

—Desarrolla.

—No estoy en un examen —se defendió.

—Oh, sí. Sí que lo estás —insistí.

—Joder… —Se revolvió los mechones de un lado a otro—. Si mi novia me hubiera plantado en el altar y yo le hubiera propuesto un verano separados para saber si deberíamos arreglarlo o no…, no me cortaría de estar con otras si surgiera la oportunidad.

—Imagínate que la que te hubiera plantado en el altar hubiese sido Idoia.

—Entonces me esforzaría muchísimo por acostarme con todas las que pudiera. Es más, intentaría seducir a todas sus amigas, su hermana, sus primas y probablemente a alguna de sus tías más jóvenes. —Sonrió—. El sexo por venganza es menos placentero, pero…

Me agarré al cojín y le di la espalda. Bueno. Al menos había dejado de estar cachonda.

—Margot… —Noté el calor que emanaba del cuerpo de David acercándose—. Idoia es un poco bruja. Sinceramente, no creo que opinara lo mismo si hubiera vivido la situación contigo en lugar de con ella. —Me cogió de la cintura—. Venga…, Filippo te conoce. Te conoce mucho mejor que yo. Sabe que no lo hiciste por hacerle daño o por inmadurez. Tuviste que pasarlo muy mal para salir corriendo así. No estabas riéndote de nadie ni humillándolo. Solo… escapando. Tenías miedo. Uno no folla por venganza porque la persona a quien quiere tuvo mucho miedo.

Me giré. Estaba muy cerca. ¿De verdad sabía Filippo todas aquellas cosas? Ni siquiera yo las tenía claras.

—Te lo voy a volver a preguntar. ¿Crees que se está acostando con otras este verano?

—¿Sinceramente?

—Sí —respondí.

—Creo que deberías actuar al margen de lo que creas que haga él, porque este verano, este, es para ti. Y es un regalo increíble. Haz y deshaz como si no hubiera nadie a quien darle explicaciones más que a ti misma.

Creo que él está haciendo lo mismo.

Podría haber dicho sencillamente que no. Es lo que hubieran dicho mis hermanas con total seguridad, pero David prefirió la verdad, elaborada, cocinada en una explicación que suavizara la información que podía hacerme daño, pero la verdad al fin y al cabo. Posé la mano en su mejilla.

—Joder, David.

—¿Me odias? —Sonrió con timidez.

—No, pero cuando te conocí no esperaba una cabeza tan bien amueblada debajo de un pelo tan despeinado.

Le di un beso en la frente. Respiré hondo. Me di la vuelta y fijé la mirada en la pared. Él seguía ahí, detrás de mí, con su brazo en mi cintura.

—David…

—¿Uhm?

—¿Me puedes hacer un favor?

—Claro.

—Vete a tu habitación.

Tampoco era cuestión de hacer experimentos más allá de la lógica.

David me dijo que su sorpresa estaba fuera del hotel. No entendí ni una palabra de lo que me decía. En serio. Fue como si hablase en arameo antiguo. ¿Cómo que fuera del hotel? Ni siquiera pude hacerme una idea ni sospechar porque… ¿a santo de qué? ¿Cuándo había organizado él algo? Y, sobre todo, ¿qué tipo de sorpresa esperaba fuera de un hotel a que

comiéramos, nos bañáramos, echáramos una cabezada, nos ducháramos, nos vistiéramos y saliéramos de allí?

—Espera un segundo, David. Voy a preguntar cómo llegamos a Fira.

Igual el hotel pone una furgoneta o algo.

—¡No! ¡Espera! ¡Primero la sorpresa!

—Dame un segundo, David.

Tiró de mi brazo, me pegó a él y después me tapó los ojos con una mano, dirigiéndome hacia la salida.

—¡Suéltame, tonto del culo! —me quejé.

La brisilla de la tarde noche me recibió cuando supuse que estábamos saliendo hacia el aparcamiento. Ni siquiera me dio tiempo a pensar antes de que me soltara y gritara:

—¡¡¡Sorpresa!!!

La sorpresa tenía dos ruedas y la apariencia de no poder con los dos en cuestas muy empinadas. La sorpresa era blanca, tenía un nombre en inglés (¿Twister?, ¿Storm?, algo así) serigrafiado en uno de los lados y dos espejos retrovisores llenos de mosquitos pegados. Era una sorpresa con una apariencia terrible, pero… me encantó.

—Pero ¡¡qué guay!! —grité.

Pues mira, al final sí que me hizo gritar.

Abrió el asiento con una llave que llevaba escondida en el bolsillo y sacó dos cascos…, bueno, eran como dos cáscaras de huevo partidas por la mitad. Horrorosos. Daban hasta lástima.

—¡¡Para que cumplas tus propósitos!! —me propuso superemocionado.

—¿Sabemos quiénes se han puesto estos cascos antes?

—¿Qué? —Miró los cascos—. No lo pienses. Venga, sube.

—Bueno, sube tú y ahora me monto.

Levantó las cejas a la vez que bajaba la barbilla.

—No, no. Vas a conducir tú, ojos tristes.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes.

—Yo no he llevado una moto en mi vida. Nos vamos a matar.

—Pues será mejor que aprendas, porque tú y yo… —señaló la moto—

no nos vamos a matar en una moto de esta cilindrada, mi amor.

La negociación duró minutos. Muchos. Terminé sentándome en el murito, con las piernas colgando, para hacerle ver que no iba a convencerme.

— Not today —le repetía yo sin parar, creyéndome Arya Stark, asumiendo valiente que no era el día… ni para morir ni para ensayar cómo hacerlo.

David demostró ser bastante cabezón, pero… yo lo soy más, de modo que tuvimos que llegar a un acuerdo. Él la conduciría aquella tarde noche y yo tendría que cumplir con mi lista de cosas por hacer a partir de la mañana siguiente.

Se subió con soltura y yo me agarré la falda del vestido sin saber muy bien cómo montarme.

—He mirado en Google Maps ya cómo llegar. Son como diez minutos

—dijo guardándose el móvil en el bolsillo, con el casco aún colgando del codo.

—Oye —dije tímida—. No sé cómo decirte esto, pero… no sé cómo se hace.

—¿Qué no sabes cómo se hace?

—No sé subirme.

—¿No has montado nunca en moto?

—No. Solo en un caballo que me odiaba.

—¡Anda, la pija! Algo más habrás montado. —Me guiñó un ojo.

—No sé si es momento, David.

—Oye, no es ninguna tontería. —Palmeó el asiento detrás de él—. Es como si te fueras a subir encima de un tío. A horcajadas. ¿Sabes? Cógete de mis hombros, lanzas la pierna al otro lado y ya te acomodas apoyándote en los estribos.

—¿Qué estribos? ¿Las motos también tienen estribos? —pregunté confusa.

—Dios mío.

Se apoyó en el manillar, muerto de risa.

—¿Qué pasa? ¿Eres un ángel del infierno de esos y yo no me he enterado?

—Pero ¿quién no ha montado nunca en moto a los treinta y dos años?

—Pues yo. Quédate quieto.

Le agarré del brazo y lancé la pierna por encima del sillín con la agilidad de una gimnasta jubilada. No calculé, la verdad. Creo que incluso me di impulso, así que al aterrizar me hice un daño terrible en…, bueno, en la entrepierna, donde fue a parar todo mi peso sin nada que amortiguara la caída. Le clavé los dedos en el brazo y apoyé la frente en su espalda.

—Creo que me he roto algo.

—¿Qué? —Se volvió hacia mí.

—Que creo que me he roto el chocho.

—Viene de fábrica ya con una raja, no te preocupes.

Le aticé un par de veces mientras él se reía a carcajadas y después me acomodé como pude.

—¿Preparada o llamo a urgencias?

—Nos vamos a perder la puta puesta de sol, gilipollas —gruñí.

—Madre mía, qué romántica estás hoy. Agárrate a algo.

—¿A qué algo?

—Pues a mí, al sillín, a la parte de detrás…, no sé. No vaya a acelerar y te deje sentada en la calzada.

—Ay, Dios. Ve con cuidado, joder —lloriqueé.

El cuerpo me dio un tirón cuando puso en marcha la moto y aceleró, así que como consecuencia terminé pegada a él. Decidí agarrarme a su cintura, pero me daba un poco de vergüenza, de modo que encerré en mi puño un pedazo de tela de su camiseta mientras enfilábamos recto hacia Fira. No tardó en soltar el manillar por turnos para colocar mis manos sobre su vientre.

—Así mejor. Este trasto no corre mucho, pero por si acaso.

¿Has montado alguna vez en moto? Qué digo. Claro que lo habrás hecho. Aquí la única que se había perdido la experiencia era yo. Y aunque pasé unos minutos de angustia pensando en todo lo malo que podría pasar y en lo poco seguros que parecían los cascos, terminé sintiéndome segura con David. Conducía bien. Tranquilo. Con el viento colándose por el cuello de su camiseta y haciéndome llegar el olor de su piel. Con una sonrisa que, si me movía un poco, aparecía en el retrovisor, a la vista.

Toda la vida escuchando a mi madre decir que la gente envidiaba a personas como yo porque tenemos chófer personal, porque viajamos en primera y porque, en ocasiones, hasta alquilamos jets privados y… qué triste darme cuenta de la purita verdad. Lo único envidiable es la sensación que experimenté montada en aquel trasto y que tardé treinta y dos años en entender: ahí fuera se puede ser libre, independientemente de lo que tengas o de quién seas.

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