Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 37 de 61

Páginas del PDF

Un cuento perfecto

Capítulo 37

Un plan perfecto

Si te digo que, en realidad, nada importante cambió entre nosotros después de tomar aquella decisión, seguramente no te lo creas. Pero fue así. Nada cambió. Seguimos siendo David y Margot y, durante buena parte de aquel día, solo fuimos el David y la Margot de siempre, lo que me hizo pensar que había habido algo desde el principio… algo tácito, íntimo, solo nuestro.

Nos hicimos fotos (y qué bonita esa en la que estamos tumbados, escondiendo mis pechos con su brazo, carcajeándonos en la arena rojiza), buceamos en busca de pececitos con sus gafas, por turnos. Vigilamos la puerta del baño mientras el otro hacía pis y nos comimos unos bocadillos, en los que igual metimos tzatziki, fiambre de pavo que patatas fritas. No había normas a su lado. Cualquier imposición podía ser desafiada con un

«¿por qué?». Si mi madre me hubiera visto ser tan feliz se hubiera muerto.

La habitación estaba congelada cuando entramos, quizá porque nos habían dejado un plato con fruta en la mesa del salón y no querrían que se pusiera pocha.

—El gasto energético de este hotel roza lo irresponsable —musitó él—.

Me voy a chivar a Greta Thunberg. —Se metió una uva en la boca y sonrió mientras masticaba—. Voy a darme una ducha.

—Yo también.

—¿Conmigo? —Arqueó las cejas.

—Pregúntamelo en unos días.

Me encaminé hacia mi cuarto de baño, pero David corrió a atraparme entre sus brazos y me cogió en volandas.

—¡¡Para!! —grité divertida.

David intentaba abrir la puerta que daba a la terraza conmigo a cuestas, trabajo harto difícil con lo que yo me movía, tratando de huir.

—David, en serio, que tengo que ir al baño —me quejé.

—Calla un rato.

Pataleé y, sin querer, le di al marco de la puerta, que se abrió de par en par. David me agarró con fuerza y corrió hacia la piscina sin pensárselo dos veces: con la camiseta, las gafas de sol, las chanclas. Recuerdo la tela de mi vestido flotando a mi alrededor, rodeada de burbujas, y a David delante de mí aguantando la respiración, con las gafas aún puestas. Recuerdo aquellos segundos bajo el agua con casi más nitidez que muchos de los momentos que en teoría deberían haber marcado mi vida. La luz rebotaba en el azul de las teselas que cubrían el fondo de la piscina y las manos de David, en lugar de soltarme, me asieron más fuerte para emerger juntos, con las piernas entrelazadas y jadeantes. Aquellos cinco o seis segundos duraron horas. A veces, en el mismo instante en el que vives algo sabes que pasarás años deseando vivir perdida en ese recuerdo.

Y es una lástima que la vida no sea una película en la que podamos ir escogiendo la banda sonora que merecemos en cada momento, porque allí nos merecíamos escuchar una de esas canciones ñoñas y apoteósicas que nos hiciera comprender que uno ya es afortunado viviendo y sintiendo las cosas, aunque sea a destiempo y con alguien con quien no se deberían vivir.

Uno no puede escoger guardar un poco de emoción para vivirla más tarde con quien todo parece apuntar que toca hacerlo.

Y allí, empapados, agarrados, sonrientes, felices…, no podía dejar de mirarlo y de preguntarme cómo era posible que convivieran en mí dos necesidades contrapuestas: volver a tener a Filippo cerca de mí y David.

David en general.

—¿Qué? —preguntó.

—¿Qué canción escogerías para que sonara ahora?

—¿Te cubre el seguro médico necesidades psiquiátricas en el extranjero? —Sonrió.

—Lo digo en serio.

—«Never tear us apart», de INXS —contestó resuelto en un inglés bastante rígido.

Le quité las gafas de sol y eché los brazos alrededor de su cuello.

—No la conozco.

—Lo siento. Soy un nostálgico de los ochenta —dijo mirándome los labios.

—Ni siquiera habías nacido.

—Cuando se escribió esta canción, tú tampoco.

—Deja de mirarme así.

—No puedo.

La voz de David salía de su garganta un poco estrangulada. Acaricié su pelo en las sienes y él apoyó la boca en mi barbilla.

—Nos damos una ducha y vamos a Oia a cenar. ¿Quieres? Podemos llegar a tiempo de ver ponerse el sol y dicen que es el mejor lugar de la isla para verlo. Pero conduces tú, ¿vale? He visto que es como media hora en moto.

—¿Puedo pedir algo a cambio?

—Inténtalo.

Nos miramos sin decir nada y, como siempre, sonreímos de inmediato.

—Me guardo el intento como un as en la manga —susurró—. Venga, vamos o no llegaremos a la puesta de sol. Tenemos una cita.

Para ser alguien que quería recuperar al novio que perdió cuando salió corriendo vestida de novia en dirección opuesta a la de la iglesia, me esmeré demasiado en vestirme para aquella «cita». Me puse una faldita de flecos corta (muy corta, ¿en qué momento me compré esto? Ah, bueno, en alguno posterior a cuando fui de compras con David y eso me dio alas) y una camiseta negra, sencilla. Unas sandalias discretas en negro también, con un poco de cuña. Hasta me pinté los labios. Y me hice la raya del ojo.

Y me alisé el pelo. Sí…, me tomé demasiadas molestias para aquella cita, pero es que… me apetecía una noche perfecta. Quizá tenía algo que ver con el desastroso final de la noche anterior. Quizá tenía algo que ver con mi maldita necesidad de convertirlo todo en algo lo suficientemente impecable como para justificar su existencia.

Cuando nos encontramos en la salita de la villa, David pareció sorprendido.

—Ah…, qué guapa. —Se señaló contrariado—. ¿Me cambio?

Lo miré de arriba abajo. Un vaquero bastante hecho polvo y una camiseta negra. Me acerqué, tiré de ella y localicé el sempiterno agujero

que me hizo sonreír.

—No. El look grunge va contigo.

Y lo decía en serio. Me daba igual que no llevara puesta una perfecta camisa blanca y un pantalón estrechito. Me daba igual que se le viera la goma de la ropa interior porque la cinturilla de sus vaqueros se escurría hacia abajo a pesar de llevar cinturón. Me daba igual.

El plan parecía idílico. No se me ocurría nada más perfecto que ver ponerse el sol en el extremo noroeste de la isla, sentados en algún restaurante encastrado en el mismo acantilado, sosteniendo una copa, mirándonos…

Pero lo que pasa con los planes es que rara vez salen como uno se lo espera.

Lo primero fue la falda…, que no era elástica y que para subir a la moto me dio problemas. Bastantes. Tantos que o volvía a la habitación a cambiarme, o iba de paquete en bragas o conducía yo. No estaba preparada para media hora de conducción, pero… quería llevar esa faldita. Era lo que más combinaba con la idea de velada que tenía en la cabeza.

El segundo problema, además del mal rato que pasé conduciendo aquella cafetera infernal, fue olvidar que David y yo no éramos, al fin y al cabo, los únicos habitantes de la tierra. Nunca había viajado de aquella manera, a un sitio como Grecia en plena temporada alta, así que no estaba habituada a tener que dar codazos para atisbar, allá a lo lejos, un pedacito de mar, por lo que ni siquiera pensé en la posibilidad de que Oia estuviera plagada de gente que acudía con, exactamente, la misma intención que nosotros.

La entrada al pueblo ya estaba bastante atascada, pero es que, cuando conseguimos acceder, no quedaba un restaurante, bar o terraza con una mesa libre. Ni siquiera una banqueta en la que sentarse para ver el atardecer.

Las calles estaban plagadas de turistas (como nosotros, por otra parte) y el único sitio que encontramos para ver la puesta de sol fue el aparcamiento en el que dejamos la moto al llegar, en el que, además, tendríamos que buscar un hueco entre cientos de cabezas. Y mejor no comento el calor que hacía aquella tarde noche. Me sudaban las piernas por detrás, el bigote, la frente, el cuello, el entreteto y el bajoteto.

—Esto es increíble —musité decepcionada, dándole golpecitos a mi labio superior con el dorso de la mano, intentando que las gotitas de sudor de mi bigote se secaran—. ¿De dónde sale toda esta gente?

—Princesa… —Se rio David—. Sé que te costará creerlo, pero no somos los únicos sobre la faz de la tierra.

—Eso ya lo sé —gruñí.

—Margot…, es normal. Este pueblo saldrá en todas las guías y a los turistas no se nos conoce por ser gente demasiado original.

Lo miré de reojo y me sentí ridícula al pensar que si se me había ocurrido aquel plan era porque lo había visto en el Instagram de una influencer; a partir de la foto de una desconocida, que probablemente estaría de lo más estudiada, yo había construido la imagen de la cita que me apetecía tener con David.

—Pues me parece fatal —pataleé malhumorada.

—Porque estás acostumbrada a ver las cosas desde el palco de honor.

Vamos a hacer una cosa…

Me volvió hacia él.

—Regresamos. Pasamos por Fira, cogemos una pizza y nos vamos a la habitación. Escuchamos música, charlamos…, apenas estamos disfrutando la terraza de la habitación.

—Hemos hecho media hora de camino hasta aquí —me quejé.

—Margot…, hay dos tipos de personas en la vida: las que se quejan y las que buscan soluciones. ¿De cuál quieres ser?

—Ahora mismo, de las que se quejan.

David se echó a reír a carcajadas, acumulando sobre él muchas miradas.

Qué guapo estaba cuando se reía. Qué guapo estaba a aquellas horas, cuando la luz anaranjada empezaba a teñirlo todo. Qué libre me hacía sentir.

—Tú querías ver atardecer —me dijo, burlándose de mí.

—Sí.

—Pues lo mejor del atardecer es que se repite todos los días. Venga, niñata, acompaña a tu perro, que tiene hambre.

Tiré de su brazo, resistiéndome.

—Una pizza y Spotify no es mi idea de una noche perfecta —seguí lloriqueando.

—¿Y por qué tiene que ser perfecta?

Me sonrojé. Me sentí tonta. Quizá él solo quería beberse una cerveza y dormir, y yo… me había tomado al pie de la letra lo de la «cita» solo porque la noche anterior nos habíamos besado. Y tocado. Y estuvimos a punto de…

—Ey… —David me envolvió la cintura con su brazo derecho y me agitó hasta que sonreí—. Las cosas no pueden ser perfectas solo porque tú quieras que lo sean. Median muchos factores y nosotros solo somos dos humanos.

—Pero…

—A mí no me hace falta que todo sea perfecto. Solo tengo una petición para esta noche y es pasarla contigo. Habrá muchas más y, quizá, si tenemos suerte, una de ellas será completamente perfecta. No hará falta planearla.

Sonreí en una mueca conformada.

—Estás preciosa —susurró—. Pero no es por la falda ni por el pintalabios. Estás preciosa cuando eres libre y te enfadas y quieres que todo salga como tú deseas…

Le tapé la boca y vi sus ojos sonreír.

—No me digas esas cosas.

—Vale —le escuché decir con la voz amortiguada por la palma de mi mano y le solté—. Vamos a hacer una cosa. Desabróchate la falda.

—¿Qué dices? —exclamé.

—Ven. —Tiró de mí hasta donde estaba la moto, abrió el sillín, sacó los dos cascos y se subió.

Echó las caderas hacia delante y bajó el caballete. Ni que decir tengo que ese movimiento de cadera me puso como un mono de los que roban cosas a los turistas: enloquecida.

—Desabróchate la falda y sube detrás —insistió—. Seguro que la tela cede y vas más cómoda.

—Le voy a enseñar las bragas a todo dios.

—Pues más fresquita.

Bajé la cremallera de la falda y la subí un poco en mis muslos. Tenía razón, así podía sentarme detrás de él, abrir un poco las piernas y encajar contra su cuerpo sin tener que ir en culo todo el trayecto.

—¿Estás? Pues ve pensando de qué quieres la pizza, nena, que esta noche pago yo.

Y con la carcajada que me robó, arrancó y, mientras avanzábamos a toda la velocidad que permitía aquella dichosa moto alquilada, dejamos atrás a un centenar de personas y un reguero de risas.

El atardecer nos descubrió en las curvas que enfilaban hacia la carretera principal que nos llevaría hasta Fira. No vimos cómo el sol se escondía tras el mar y no brindamos con un vino bueno y frío en un local con aire acondicionado, pero no cambio por nada del mundo el momento que vivimos marchándonos de allí y la sensación de que podíamos hacer de lo anodino algo especial. Ay, el olor de David golpeándome en la cara junto al aire y dos de nuestras manos unidas en su vientre…

Compramos una pizza, un par de refrescos light y unas galletas. Cenamos sentados en las tumbonas, rápido y con hambre, tragando antes de que la pizza se enfriara y limpiándonos los dedos aceitosos con papel higiénico.

La parte de Margot que había construido a partir de los discursos románticos y las películas de amor murió al darse cuenta de que, efectivamente, su existencia no se sostenía con nada real. La perfección es romántica por pura casualidad y lo más bello es siempre lo más efímero. Y

en aquella escena imperfecta, en realidad, no eché de menos nada. Ni servilletas de hilo ni magret de pato. Bueno, servilletas igual sí.

Cuando terminamos, nos echamos sobre las hamacas a mirar el cielo estrellado. Nunca me había interesado la astronomía, pero quizá porque nadie me había contado, como lo estaba haciendo David, con voz pausada pero llena de pasión, el mito de Andrómeda.

—Andrómeda era hija de los reyes de Etiopía. Su madre, que de ego no iba mal, declaró que ambas eran más bellas que las Nereidas, ninfas del mar. Estas, muy ofendidas, se quejaron a Poseidón en plan: «A ver, o haces algo o salimos y se lo explicamos nosotras a esas creídas». —Yo me reía a carcajadas, como una niña.

Y él me contaba más y más cosas sobre un monstruo marino; sobre Perseo, que llegó a ser rey algunos años después; del amor fulminante que

sintió cuando vio a Andrómeda encadenada a una roca, preparada para ser devorada. Y yo alucinaba… con la historia, con sus labios conjugando cada verbo, con la manera en la que narraba todo aquello, como si tenerlo almacenado en la cabeza, junto a todos esos nombres de plantas y flores, combinara a la perfección con quien parecía ser.

—Y esa de ahí, sigue mi dedo…, es la constelación de Andrómeda.

Y yo, apoyada en su pecho, fingía encontrar las estrellas que formaban el conjunto mientras pensaba que el lujo a veces tiene poco que ver con lo material.

Odié a cada uno de los mosquitos que pasaron zumbando cerca de nuestras orejas, que nos obligaron a retirarnos dentro para evitar las picaduras. Estaba tan a gusto que no quería que la noche terminase. Me sentía tontamente decepcionada porque, bueno, al final la «cita» había ido genial, pero de manera inconsciente esperaba más de ella. Es curiosa la capacidad que tiene el ser humano de decir una cosa y actuar en busca de la contraria.

Pareció que nos despedíamos en la sala de estar, pero cuando ya iba a cerrar la puerta, David la interceptó.

—¿Vienes un rato a escuchar música a mi habitación? Aún es pronto —

preguntó.

Asentí. No pude ni hablar. Estaba perreándole en mi imaginación con un talento que te aseguro que no poseo. Cómo molamos en la imaginación, por favor.

—Dame un segundo, ¿vale? Ahora voy.

Me desmaquillé, me puse mis cremas, me peiné un poco, me perfumé, me lavé los dientes, me puse otro camisón más corto e hice un par de inspiraciones antes de salir hacia allí. Diez pasos separaban su puerta y la mía, y nunca caminé más segura de mí misma a pesar de ir descalza.

Lo encontré tumbado en la cama, manipulando su anticuado iPod. Me sonrió cuando me acerqué y me ofreció un auricular.

—Bienvenida a «Introducción a la música nostálgica». En esta clase vamos a repasar los temas que evidencian que las mejores canciones de la historia se escribieron hace unos veinte o treinta años. ¿Preparada?

—Preparada. —Me tumbé a su lado y coloqué el auricular en mi oreja.

—Esta es la que te decía esta tarde —dijo tumbándose frente a mí—. Se llama «Never tear us apart» y es de un grupo australiano que se llamaba INXS.

David, un chaval que estaba más cerca de los veinticinco que de los treinta, que ponía copas los fines de semana en un garito donde sonaba un noventa por ciento de reguetón, escuchaba en su viejo iPod canciones de los ochenta, baladas que no pasarían de moda, pero que casi nadie conocía ya.

Le acaricié la mejilla áspera y se movió buscando la caricia.

Dios. ¿No era muy guapo? Lo era. ¿Cómo no pudo parecérmelo la primera vez que le vi? Con ese aire de enfant terrible, de chico malo que hace que cualquier hija de matrícula de honor suspenda un par de asignaturas, de camarero que roba suspiros sin importar la edad de las bocas que los expulsen.

No sabía si David entendía el suficiente inglés como para darse cuenta de que la canción tenía mucho de nosotros… o de los nosotros que a mi parte romántica le apetecía imaginar, pero me hizo ilusión. ¿Una ilusión adolescente y nada madura por mi parte? Evidentemente. ¿Una ilusión que me hizo sentir muy muy viva? También.

Se acomodó un poco más cerca. Yo hice lo propio. Sonreímos, como dos tontos.

—Esta se llama «I want to know what love is» y es de Foreigner —

susurró sin apartarse.

—Tu inglés es nativo, ¿no? —Me reí.

—¿Te estás burlando de mí?

—Un poco.

Admito que fui yo. Me arrimé hasta que su nariz y la mía estuvieron pegadas, suplicando en silencio que me besara. Colocó su mano en mi mejilla y rozó su naricita por mi barbilla, mis labios y mi nariz de nuevo, pero no me besó.

—Perdona… —musité.

—¿Por qué tengo que perdonarte?

Miró mis ojos y volvimos a colocarnos a solo un par de centímetros de encajar nuestras bocas.

—Creo que me he acercado demasiado —respondí.

—A mí me parece que quieres acercarte más.

Me alejé un poco, sintiéndome rechazada, pero él eliminó la distancia aproximándose más.

—¿Por qué dejas en mis manos algo que tú quieres hacer? —Y cuando hablaba, su boca casi rozaba la mía.

—Eres un cabrón.

—No lo soy. Solo…

No le dejé terminar. Sabía a menta cuando metí la lengua dentro de su boca, y la suya respondió con más pasión de la que esperaba. Gimió, y me pareció que lo hizo de alivio, a la vez que apartaba de un manotazo el iPod para pegarse más a mí; en una de nuestras orejas, aún teníamos colocado el auricular y la música continuaba sonando.

Coloqué mi pierna izquierda por encima de sus caderas y pronto David dejó que el peso y las ganas vencieran hacia mí, colocándose encima.

—Bufff… —resopló, mirándome, antes de volver a pegar su boca a la mía.

Su lengua se movía en mi boca tan despacio que sentí que me deshacía.

Qué manera de besar. David seguía besando con la misma pasión que a los quince, estaba segura. Para él los besos no habían perdido su poder, como suele pasar cuando pruebas el sexo. Para él, besarse era erótico, sensual, sexual, un acto de carne. Me lo confirmó, de alguna manera, la forma en la que besaba mi cuello y sus manos parecían animarse, poco a poco, a alcanzar mis pechos.

La canción cambió en nuestros oídos y él, sosteniéndose con sus brazos sobre mí, sonrió socarrón.

—¿Quieres saber cuál es esta?

—Me importa una mierda. —Me reí—. Pero me lo vas a decir de todas formas.

—«Love bites». —Y acto seguido, se mordió el labio inferior—. ¿Lo he dicho bien, profesora?

—Fatal. Bésame —exigí.

Volvió a hundir su boca en mi cuello y su mano derecha, por fin, alcanzó mi pecho izquierdo. Clavó los dedos, frotó la palma sobre la fina

tela de mi camisón y después bajó con la boca hacia él, hasta soplar sobre la marca de mi pezón endurecido.

—Esta canción es rara de la hostia. —Sonreí, mientras se hacía sitio entre mis muslos y empujaba su erección hacia mi pubis.

—Sí. Como yo.

—¿Te gusta follar con esta música?

—Sí, pero esta noche… —Se inclinó hasta que su nariz y la mía se rozaron otra vez—. Esta noche solo quiero besarte.

—Eso no hay quien se lo crea.

—Pues deberías, porque solo voy a besarte. Bueno…, puede que te toque un poco.

—¿Y qué harás con esto? —Levanté las caderas y rocé su polla dura.

—Joderme y aguantarme. —Sonrió—. En esta vida hay mucho más que la gratificación inmediata.

—Vas a mojar la cama.

—Voy a comerte la boca hasta que te duela. Voy a acariciarte los pechos hasta que me los sepa de memoria. Voy a frotarme entre tus piernas. Y

cuando no podamos más, a lo mejor, encontramos la manera de sentirnos mejor con estos límites.

Mi labio se quedó atrapado entre sus dientes y lo fue dejando libre poco a poco, mientras su cadera se movía adelante y atrás entre mis piernas. Me volví loca y como gemí para demostrarlo, él siguió haciendo exactamente lo mismo durante una canción entera, hasta que pensé que me moría. Me ardía la piel, me escocía la boca y el palpitar de mi sexo ya era insoportable.

Entonces, en nuestros auriculares sonó The Police con «Every breath you take» y, sin darnos cuenta, hasta los besos y nuestros movimientos se acompasaron a aquella cadencia.

David sabía a tardes tumbado en el parque viendo nubes pasar. David se movía como quien pierde la esperanza de parar el tiempo. David me devolvía a una época de mi vida en la que todo lo que no importa importaba un poco menos.

Fue inevitable perder más ropa porque cada vez nos molestaba más.

Estábamos febriles, como aquellas primeras veces que dejaste que otra persona te tocara como lo hacías tú a escondidas, muerta de vergüenza. Me

quitó el camisón y yo a él el pantalón corto, pero mantuvimos la ropa interior de cintura para abajo. Para cuando colocó mis brazos en lo alto de la almohada, los agarró con una mano y se dedicó en cuerpo y alma a frotarse contra mis bragas, ya había perdido la noción de las canciones que habían pasado por nuestros oídos. Entonces salió de los auriculares una que conocía: «Nothing compares 2 U», de Sinéad O’Connor. Debía admitir que aquella era la mejor lista de reproducción de la historia. La mejor para enrollarse como cuando teníamos quince años.

Insistimos con una de sus manos agarrándome ambas muñecas y la otra con los dedos clavados en la carne de una de mis nalgas, donde había encontrado el punto perfecto de apoyo para lanzarse al orgasmo.

—¿Podrías correrte así? —me preguntó.

—No lo sé.

—Sí lo sabes. ¿Podrías?

—No —confesé.

Su boca volvió a la mía, que la esperaba hambrienta, y se las ingenió para soltar mis muñecas y meter esa mano entre los dos. Ahí, justo ahí. Puse los ojos en blanco y después me abandoné, cerrándolos. Ni siquiera yo me toqué de una manera tan certera nunca.

—Avísame —susurró separándose solo un instante de mi boca.

Colé una de las mías y la uní a la fiesta. Le ayudé. Sonrió sobre mis labios y su cadera volvió a encontrar un punto donde frotarse. El ritmo empezó a ser rápido, rápido…, y perdimos los besos del otro para ganar en gemidos y jadeos que empañaban las paredes y reptaban por el suelo.

Sentí todo mi cuerpo antes del azote de placer. Los dedos de los pies, uno a uno, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. La piel de las piernas, que enredé en las suyas. Mi coño, mi clítoris. Mi monte de Venus.

El vello que lo cubría. Mi ombligo. Los pezones. Las yemas de mis diez dedos… estuvieran con lo que estuvieran ocupados: cinco entre los mechones del pelo de David, tres perezosos viendo cómo se desarrollaba todo y dos frotando, frotando, frotando.

—Me voy… —conseguí decir.

—¿Puedo correrme? —preguntó.

—Sí.

—¿Sobre ti?

Asentí y susurró que lo mirara. Los ojos se me cerraron un par de veces durante la caída, pero logré devolverlos al faro de los suyos hasta el latigazo final, que me arrancó un grito ahogado. David parpadeó despacio. Muy despacio. Casi tanto como movía su lengua en los primeros besos. Después se mordió el labio inferior, serpenteó entre mis piernas y los dedos de su mano izquierda se arrastraron entre los mechones de mi pelo.

—Ah…, ah…, ah… —gimió, espeso.

Se movió un poco más sobre mí, cada vez más descoordinado, hasta que me soltó y se apoyó sobre los dos brazos con un gruñido. Miró hacia su polla, me miró a mí, en bragas debajo de él, y después… me besó.

Me besó hasta que ambos volvimos a gemir.

No tengo ni idea de qué canción estaba sonando entonces, pero yo tenía ganas de bailar.

OceanofPDF.com