Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 14 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 14

Nueve dígitos

—De verdad que lo siento muchísimo —se descojonó David.

—Tú estás chalado.

—Que no, que no. ¿Has visto su cara? Si llegamos a ensayar, ya la matamos del disgusto. Ha quedado de puta madre…, ¡cosa de magia!

—La próxima pareja cómica de la capital. Esos somos. —Le sonreí y miré sobre mi hombro—. Sigue ahí la tía, mirándonos.

—Joder, joder, joder. —Se rio—. Que esta es de las que se da la vuelta enseguida. ¿Tú crees que está celosa?

—Creo que tu «devuélveme mis cosas» era la excusa menos sólida que he escuchado en mi vida, pero, no sé por qué, ahí hay cierto rescoldo de duda.

—¿Tú crees? —volvió a preguntarme emocionado.

—Sí, sí. Te ha salido bien, no me preguntes por qué.

—¡Por ti! —Me sonrió—. Margot, tía, no te conozco pero ¡eres la mejor!

Y su mirada, de pronto, brillaba. Me dio envidia.

—Espero que el karma me lo devuelva.

—El karma no lo sé, pero tengo diez pavos en el bolsillo y aquí al lado hay una pizzería cojonuda. ¿Has cenado?

—No.

—Genial. Déjame que te invite.

No me imaginé nada. Quizá por eso, que me llevase hasta uno de esos puestos semicallejeros que venden pizza por porciones durante toda la noche me pareció una fantasía. Joder. Olía de vicio y tenía hambre. ¿Había comido algo a mediodía? Ah, no. Lo último fue el cruasán de Mamá Framboise.

Escogí jamón york y champiñones. Él, carbonara. Le dimos un bocado, sin protocolos de por medio, mientras andábamos y, cuando me di cuenta, hasta se me subieron los colores.

—¿Qué coño estoy haciendo? —me dije en voz alta, mezclando las palabras con el mordisco y una risa nerviosa.

—Cenar —contestó con sencillez.

—Pero si no te conozco de nada.

—Tranqui… —se burló—, que es una pizza sin compromiso.

—No es eso. Es que… soy tímida.

—Y muy buena actriz. —Sonrió.

—¿Sí?

—No sé a qué te dedicas, pero te diría que esta es tu vocación oculta.

—Mi vocación oculta es probar camas.

David se giró hacia mí con una sonrisa.

—¿Para dormir o para…?

—¡Ey, alto!

—Iba a decir para saltar.

—Ya, sí, claro. —Me reí y alcé la porción en una especie de brindis—.

Oye, gracias por la pizza.

—Dos con cincuenta. ¿Te lo puedes creer? Es la mejor de Madrid.

—¡Qué va! La mejor pizza de Madrid es la de Ornella. Hay una que lleva unos trozos de trufa como mi puño.

—¿Y con qué te la tomas, con Möet?

—Sabes que el Möet no es el mejor champán del mundo, ¿verdad?

—No sé. En Instagram le tienen mucha fe.

—No te hacía consumidor de Instagram.

—Bueno, consumidor, consumidor no sé si soy. Ni siquiera sé cómo he podido instalar la aplicación en mi móvil.

—¿Qué tienes, una calculadora que llama?

—Pues básicamente. —Se sacó el teléfono del bolsillo y me lo enseñó.

Lo agarré sin dar muestras de la que mi madre presumía que había sido nuestra exquisita educación. Era el aparato más rudimentario que había visto en toda mi vida. Casi, casi, casi… al nivel de mi hermana Candela. En serio…, parecía uno de aquellos Nokia que se pusieron de moda a

principios de los 2000. Me quedé anonadada…, y no es por ser esnob, pero es que hoy en día hasta las abuelitas miran los horarios de misa en sus smartphones.

—¿Estás de coña? —Me descojoné—. ¿Desde cuándo tienes esta reliquia?

—¡¡Eh!! ¡No te pases! Solo lo quiero para llamar y mandar wasaps. Se adecua a mis necesidades. Lo de ver Instagram en detalle es accesorio.

—Eso está muy bien. —Le sonreí devolviéndoselo.

—Seguro que tú tienes uno que hasta te hace la cena.

—La cena no, pero sin él estoy perdida. —Me quedé plantada en la calle y lo miré—. Oye…, ¿y el móvil de mi hermana?

—No sé. Yo te lo di dentro. —Señaló en dirección a su trabajo.

—Joder, me lo dejé encima de la barra. —Suspiré.

—No pasa nada, Iván lo estará custodiando.

En mi mano, la porción de pizza a medio comer dentro de una bolsita de papel que, ya grasienta, casi dejaba a la vista su contenido. Enfrente de mí, él, al que había conocido hacía ¿cuánto?, ¿quince minutos? La noche anterior no contaba. Y yo, una de esas personas para las que las conversaciones con desconocidos fuera del ambiente de trabajo resultaban un arduo trabajo, ahí, charlando con él, comiendo pizza y riéndome. ¿Qué me estaba pasando? Desde el sábado pasado no dejaba de descubrirme a mí misma haciendo cosas extrañas, siendo alguien que no era Margot ni Margarita y que no me infundía confianza.

—Yo… me tengo que ir —le dije.

—Uhm. —Le dio otro bocado a su porción y señaló la calle por la que teníamos que seguir andando para volver—. Venga, vamos.

No dijimos nada durante el resto del paseo. Bueno, no dijimos nada en voz alta, porque en realidad yo no dejé de hablar dentro de mi cabeza. No dejaba de reprenderme. No había hecho nada malo, ya lo sabía, pero…

¿dónde estaba eso de sentirme solo cómoda con mi gente, en mi círculo, en lo conocido? Sí, sé que Filippo antes de ser mi pareja fue alguien a quien conocí en una fiesta, pero era como si eso no contase porque, bueno, quizá porque era más esnob de lo que pensaba o porque el evento en el que lo conocí fue de trabajo. Todo era raro…, y lo más raro era que, en el fondo,

no me sentía incómoda. Llevaba todo el día pensando en mil mierdas…, una semana pensando en mil mierdas, en realidad, y ese ratito había sido…, no sé, tranquilo. Agradable. Entre iguales.

Lo miré. Andaba masticando, saludando de vez en cuando a diestro y siniestro a gente que entraba, salía o velaba las puertas de los garitos. Él también estaba cómodo, pero es que tenía pinta justo de eso: de ser una persona todoterreno, que estaba a gusto allí conmigo y que estaría a gusto en cualquier parte. ¿O no?

—Oye… —me escuché decir—, sabes que a la larga eso no te va a funcionar, ¿verdad?

—¿Cómo?

—Esa chica… se ha ido a su casa con dudas, pero no tardará en estar segura de que te estás tomando demasiadas molestias por ella.

—No es verdad. ¿En qué habíamos quedado? Se ha puesto supercelosa, que la conozco yo. Cree que he quedado contigo, que estoy recuperando mi vida y…

—No —negué tajante—. He hecho lo que he podido, pero no había mucho que salvar. Créeme. Cuando una pareja rompe lo mejor es dejar que, al menos, pase el tiempo.

—¿Lo dices por experiencia? —Me lanzó una mirada displicente.

—Lo último que haría es montar una opereta para darle celos.

—Eso es que sí lo dices por experiencia. —Me sonrió, saludó al seguridad del garito donde trabajaba con un pellizco cariñoso y me sujetó la puerta—. Pero te diré que cuando dejas tú a alguien, lo de darle celos no tiene mucho sentido.

—¿Estás dando por sentado que rompí yo? —le pregunté.

—Siempre sois vosotras. —Puso los ojos en blanco.

—Tu vida amorosa casi hace que la mía parezca de película. —Sonreí.

—¿Y tú qué sabrás, listilla?

Le señalé los ojos con una sonrisa cálida.

—Ponte gafas de sol si no quieres que lo veamos, guapito, que esos dos ojos hablan a gritos.

Frunció el ceño, pero lo hizo con una sonrisa que, no obstante, no llegó a calmarme. ¿De qué cojones iba yo? Cogí aire y me acerqué a la barra

donde seguía su amigo, intentando poner tierra de por medio entre mi súbito papel de consejera amorosa de desconocidos y mi yo real.

—Me he dejado el móvil —le expliqué al tal Iván antes de que David me alcanzara y volviera detrás de la barra mientras se chuperreteaba los dedos.

—¿Quieres tu Coca Cola? Te la he guardado por si volvías. Una actuación sensacional, por cierto.

—Sí, sí. —Bajé la mirada y alcancé el móvil que me tendía—. Pero ya me voy.

Sonrió y le ofrecí lo que quedaba de pizza a David, que la cogió sin hacerle ascos aunque estuviera mordida.

—Buena suerte —le deseé—. Y gracias por guardar el móvil de Patricia.

—A ti por tu…, ¿cómo lo has dicho? —le preguntó a su amigo—. Ah, sí, por tu actuación sensacional.

Me reí y di un par de pasos hacia atrás.

—¿Y si me pregunta por ti qué le digo?

—Que me has dejado porque sigues pensando en ella —solté sin más.

—Eso es menos sexi que lo del mensaje para recuperar tus cosas —le aconsejó su amigo.

Caminé hacia la salida.

—¿Sabéis que el suelo está superpegajoso? —pregunté sin volverme.

—Aquí todo está siempre pegajoso, Margot. No se espera menos del infierno.

Casi consiguió arrancarme una carcajada.

—Sois muy raros.

Esa fue mi despedida. «Sois muy raros», pero con una buena sonrisa.

Aquel era, sin duda, el tugurio más infecto en el que había pasado una noche de juerga en Madrid; sin embargo, tenía que admitir que el dueño había tenido ojo con las contrataciones.

Ya alcanzaba la calle cuando alguien me agarró del brazo.

—¡Espera!

David se quedó parado delante de mí, visiblemente dudoso. No dijo nada. Seguía llevando en la mano el sobre grasiento con mis sobras de

pizza.

—No quiero más pizza —le dije, intentando animarlo a hablar.

—Calla.

Se frotó la frente y luego arrugó la nariz.

—Esto va a ser raro —murmuró mientras sacaba un boli del bolsillo trasero de su pantalón vaquero y me agarraba la mano.

Miré alucinada cómo escribía sobre ella una serie de números.

—¿Qué haces? —me quejé.

—Este es mi número. No me gusta mucho hablar por teléfono, pero escríbeme si necesitas charlar sobre lo de tus ojos, que también hablan,

¿sabes? Y…, bueno, la gente que está triste necesita gente que aún lo está más para entenderse.

Dio un paso hacia un lado y yo uno hacia atrás. No supe qué decirle por muchas razones. La principal era que yo pensaba que mis ojos no contaban nada…, nada de nada y, en el caso de que lo hicieran, jamás imaginé que fueran a decir la palabra «pena». Me sentí avergonzada y quise huir, pero al menos esta vez no lo hice corriendo… ni vestida de novia.

Saqué del bolso los iPots y los metí en mis orejas con más fuerza de la necesaria, hincándomelos hasta el fondo. La gente paseaba feliz, contándose historias, riéndose, tropezando con bordillos y sillas de terrazas, pero sin perder la sonrisa. ¿Es que todo el mundo era afortunado en Madrid? Todos excepto yo. Incluso aquel pobre diablo, que pensaba que poner celosa a su ex con alguien que acababa de conocer era una idea brillante, parecía tener la situación más dominada que yo, a pesar de la mentira sobre la que se sustentaba su plan. Podría haberle dicho que los celos jamás despiertan nada que merezca la pena alimentar, pero me callé.

No solía dar consejos a desconocidos y a él ya le habían caído unos cuantos.

Mientras andaba, fui saltando canciones: «esta la tengo muy oída»,

«esta es muy ñoña», «esta la escuchamos aquella noche que…», «esta le encanta a Filippo», «esta iba a sonar en nuestra boda»… No pude sino darme cuenta de que ninguna de las listas que escuchaba habitualmente serviría. Todas las canciones contenían pequeñas bombas en forma de frase o recuerdo. Es sorprendente cómo una melodía puede trasladarte a otro

lugar y otro tiempo. Era demasiado tentador. Sabía que si encontraba un refugio en los recuerdos, no saldría de allí.

Hacía una semana que no sabía nada de Filippo. Una semana. Sin noticias, ni un mensaje ni una llamada ni un maldito mail. Era mi novio, joder. Casi mi marido. Uno no puede desaparecer de la vida de alguien a quien ama de esa manera y esperar a que el tiempo haga magia. Joder. Las cosas no iban así.

Entré en Spotify y busqué una lista al azar. Empezó a sonar «Someone you loved», de Lewis Capaldi. Deseé no ser capaz de entender la letra.

Apreté el paso y hundí el teléfono móvil en el bolsillo de mis vaqueros.

¿Qué costaba escribir un mensaje? Uno. Uno escueto. Uno en el que dijera: «Margot, estoy en Italia y estoy bien. Lograré perdonarte». Una pizca de esperanza, algo a lo que agarrarse, un rescoldo de paz o una señal que indicara que el camino no terminaba allí, que había un sendero que llevaría al destino. Aunque, a esas alturas, ya pensaba que hasta lo contrario conseguiría aliviarme: si al menos supiera a qué atenerme…

Sorteé otro grupo de chicas vestidas a la moda. Las veía hablar animadas, pero lo único que llegaba a mis oídos era la letanía triste de aquella canción que contaba la historia de alguien que se había acostumbrado a ser amado. ¿Por qué el azar es tan perro? Bueno, también podría pensar que fui pasando canciones hasta que encontré una capaz de hacerme daño.

Palpé el móvil de nuevo en el bolsillo.

Metí la pata. Joder. La metí hasta el fondo. Pero ¿no es en eso en lo que consiste de verdad el amor? ¿No se supone que no amamos de verdad hasta que perdonamos algo importante? ¿O todo aquello eran pequeñas mentiras con las que nos convencían de que el amor mediocre, el que te hace daño, debe ser llevadero?

Me paré en seco y una pareja chocó contra mi espalda; pedí perdón, seguramente a gritos porque la música sonaba en mis oídos a todo volumen.

Apagué la música porque no podía soportar ni una melodía más, independientemente de lo que dijera, y cuando vi pasar un taxi libre lo paré, recité mi dirección y abrí la aplicación de WhatsApp. Tecleé. Borré. Tecleé.

Borré. Tecleé. Lo leí seis veces y lo mandé.

Solo necesito saber que estás bien.

No pude evitar hacerme un ovillo, pegando mi pecho a los muslos dentro del taxi. Las imágenes de mi huida se sucedían sin parar. Mi madre gritando. Filippo corriendo por el césped. Mis sobrinos riéndose. Patricia con la mano sobre el pecho, incrédula. Candela pidiendo calma a todo el mundo. Mis zapatillas. Las Nike que había llevado por si me apetecía correr un poco en la cinta antes de que empezaran los preparativos, pero que no pude usar porque el parador no tenía gimnasio. Las Nike manchadas de hierba, como el bajo de mi vestido.

El móvil vibró y me apresuré a leer el mensaje, rezando para que no fuera Candela pidiéndome que le comprase algo para cenar de vuelta de casa de mamá.

Septiembre, Margot. No puedo decirte más.

Apoyé la mejilla en el cristal de la ventanilla y suspiré.

—¿Quiere que suba el aire acondicionado? —me preguntó el taxista.

—No —musité—. Solo quiero que llegue septiembre.

—Ármese de paciencia. Nos quedan por delante dos meses de mucho calor.

Me limpié una lágrima antes de que fuese evidente que lloraba y al dejar caer la mano en mi regazo reparé en los garabatos que había escritos en ella.

«La gente que está triste necesita gente que aún lo está más para entenderse».

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