Un cuento perfecto
Capítulo 11
La desesperación de Margot
Fue como aquella película donde un hobbit y varios enanos tienen que echar a un dragón que vive en una montaña, acostado encima de un montón de moneditas de oro y joyas. Tú quieres que ganen los enanos porque, pobres ellos, quieren recuperar su hogar y la prosperidad de su pueblo, pero en el fondo no deja de darte pena el pobre dragón. ¿Alguien ha pensado en el dragón? No puede evitar sus instintos.
Pues algo así fue, aunque ahora mismo creas que me he vuelto completamente loca.
Candela estuvo buceando por Internet durante un par de días para dar con el garito adecuado para nuestra salida. El manual de la ruptura perfecta dice que hay que salir a emborracharse después de que te dejen, y puesto que yo había plantado a mi prometido en el altar y él se había pirado a su país previa petición de que no contactara con él hasta septiembre, sumaba dos rupturas en la misma persona. No sé si cuenta, pero a mí en ese momento me daba todo igual. Después de escuchar «Miss you like crazy», de The Moffatts, más de seis veces, el mundo pierde sus matices y empieza a emborronarse por los bordes.
Pero Candela dio con el local ideal porque ella es así. No sabe combinar dos prendas de ropa sin hacer que Agatha Ruiz de la Prada se sienta orgullosa de ella, pero sabe encontrar cosas. Así que lo único que tuvimos que hacer después fue reservar mesa en algún bareto de los alrededores, uno donde sirvieran jarras de sangría y estuvieran acostumbrados a tener como clientela a un montón de guiris.
Patricia dejó a los niños con Alberto; habían planeado una noche de peli, palomitas y chuches y estaban superemocionados porque iban a ver alguna de superhéroes. A ella le daba miedo que tuvieran pesadillas
después, pero lo cierto es que Capitán América tendría pesadillas de conocer a mis sobrinos, no al contrario.
Vino a casa a cambiarse, donde ya estaba Candela que, en realidad, había hecho de mi piso algo así como su madriguera. Fingía que seguía hospedándose en casa de nuestra madre pero en mi habitación de invitados había una mochila de campamento y un montón de ropa de colores esparcida por todas partes que indicaba lo contrario.
—Cojones. Esto parece una tienda de Desigual —comentó Patricia al asomarse.
—¿Qué me pongo? —preguntó Candela.
—Nada que habite tras esta puerta. Vamos al armario de Margot, que tiene cosas chulas.
Patricia había traído sus cosas, eso sí. Como le había pedido que no se arreglara mucho (es preciosa y llama la atención hasta en camisón de parturienta, y no quería que pareciera una supernova y atrajera demasiadas miradas sobre nosotras), se colocó unos vaqueros y un top lencero. Y puede parecer poca cosa, pero… estaba deslumbrante. Con su pelo rubio ondulado, un poco de brillo en los labios y el eyeliner perfectamente trazado sobre las pestañas, no le hacía falta más.
Candela escogió lo único de mi armario que pareció gustarle: un mono corto, color camel, con un cinturón marrón. «Lo compré para nuestro viaje de novios», pensé cuando la vi comprobar si no le vendría demasiado holgado. «En realidad ni siquiera lo compraste tú», me corregí; «te lo compró tu maldita personal shopper, que es guapa y rubia y cobra como un ministro. Aunque ya no importa, porque no existe ni el viaje ni el novio».
—No me ha escrito —musité mientras la veía revolver en mi zapatero en busca de unas sandalias planas que cumplieran los parámetros que Patricia le había indicado.
—Ese era el trato, ¿no?
—¿Creéis que estará ligando con otras?
—No —dijeron al unísono.
¿Recuerdas lo de las verdades a las que se les añade poesía como el caramelo al algodón de azúcar? Pues pasa lo mismo con las mentiras. A veces son más digeribles.
Dije que «no» sistemáticamente a todos los modelitos que propuso Candela, que, como se había visto guapa en el espejo, parecía creer que de pronto tenía talento con esto del estilismo. A lo que Patricia iba señalando también me negué, pero porque las prendas de mi armario tenían un orden y un concierto que ellas parecían no entender. Así que cogí dos perchas aledañas y me vestí con lo que había en ellas. Estaban en la parte del armario de
«cóctel informal», como solía indicarme la personal shopper con perchas de color negro, así que no había peligro de fallar: una blusita negra de plumeti de manga corta con escote cruzado combinada con un pantalón vaquero del mismo color, tobillero.
—A Patricia le pasa algo —musitó Candela mientras esperábamos el taxi en mi portal.
—¿Qué?
—Que sí. Que a Patricia le pasa algo. Está rarísima.
—No está rara, está estresada. Tiene treinta y seis años, tres hijos y un negocio de éxito. ¿Cómo estarías tú?
—Muerta. Pero no me refiero a eso. En serio, fíjate.
Las dos nos volvimos disimuladamente hacia ella, que se colocaba el pelo con un movimiento del cuello mientras tenía la mirada perdida en el teléfono.
—Está haciéndolo otra vez —apuntó Candela.
—¿El qué? ¿Ser guapa?
—No, idiota. Ya está con el móvil otra vez.
Puse los ojos en blanco.
—Cande: es normal. Tú no lo eres. Y no digo que esté mejor lo nuestro, pero entiende que para ti es raro porque sigues teniendo un Alcatel con antena. En los móviles de ahora podemos leer las noticias, gestionar nuestra agenda…
—¡Ya lo sé, zopenca! Pero esas son las cosas para las que tú usas el móvil. Ella está haciendo otra cosa.
—¿Qué cosa? —pregunté con intriga.
—Está todo el rato chateando.
—Ahora se le llama «wasapeando» —le indiqué.
—Como se diga. Está todo el rato hablando con alguien.
—Cande: Alberto y ella tienen tres hijos. ¿Tú sabes la intendencia que eso supone para dos personas que trabajan fuera de casa?
—Pues no, pero dado que me dedico a intentar curar a gente que a veces se está muriendo…, me hago a la idea de que su vida no es nada fácil.
—No hagas eso —le pedí—. No tergiverses lo que te he dicho.
—Te digo que le pasa algo.
—¿Y qué le va a pasar?
—¿Y si está pensando divorciarse?
La miré alucinada.
—Tú estás chalada.
—O a lo mejor quieren mudarse a otro país. Los dos tienen proyección internacional y… —Y la teoría parecía convencerla más conforme iba desarrollándola.
—O a lo mejor quiere matarnos y quedarse con nuestra herencia.
—La mía la he donado toda, así que buena suerte.
Me reí.
—Deja de hacer cábalas. No le pasa nada. Ella es… así.
Candela no se mostró conforme y yo me encogí de hombros, sin darle importancia. Ya no sé si no quise dársela por no preocuparme más o por no compartir espacio en mi drama.
Sin embargo, como ya he dicho muchas veces, Candela era la hermana lista. No debí dejar caer en saco roto su preocupación, aunque solo fuese para ahorrarme su mirada de superioridad cuando Patricia, tras la primera copa de sangría, empezó a largar.
—Os tengo que contar algo.
Los ojos ligeramente saltones de Cande brillaron de orgullo. Parecían decir: «¿Lo ves?».
—Lo sabía —musitó—. A ti te pasa algo.
—¿A que no? —intenté ganar en mi apuesta—. ¿A que es estrés por lo del curro y los niños y…?
—No. —Se llevó la pequeña copa rayada de tanto uso a los labios y dio un trago al brebaje que en aquel bar llamado El Españolito Yeyé servían
bajo el nombre de «sangría»—. Hay algo que…
Las miré con recelo.
—Ah…, ya entiendo. Os habéis conchabado. Queréis hacerme sentir mejor inventándoos movidas raras en plan: «Mi vida no es tan feliz como parece».
—Es que ninguna vida es tan feliz como parece.
—La tuya sí —la acusé—. Que no cuela.
—¿Puedes dejarla hablar? —me pidió Candela.
—Sí, sí. Ahora se inventará algo en plan: «Desde hace meses me crecen los pelos de las ingles a una velocidad suprahumana y parece que lleve siempre pantalón ciclista».
—Esa es buena.
—¿Os podéis callar? —pidió Patricia mientras se llenaba la copa—.
Estoy intentando contaros algo. Y Dios sabe que me está costando un mundo.
—¿Te has descubierto un tercer pezón que creías que era una peca? —
me aventuré.
—Oye, tía, ¿en serio te dedicas a la experiencia del cliente y a la reputación corporativa? Porque yo creo que ibas para guionista de pelis de serie B y te has descarrilado.
—Que no me lo trago. —Me crucé de brazos—. De verdad. No me lo trago.
—Yo con esta —Candela señaló a Patricia con ese desprecio que solo puede tenerte una hermana que te quiere con toda el alma— no me he conchabado para nada. Pero si no me pongo de acuerdo con ella ni para…, bueno, es que ni ejemplos me salen. Para nada. No nos ponemos de acuerdo en nada.
—¿Me dejáis hablar? —insistió la aludida.
—Que sepáis que me parece superruin lo que estáis haciendo. ¿No podéis hacer como las personas normales y emborracharme para ver si al menos lo olvido durante una noche? No, vosotras tenéis que planear un…
—¡¡Que no hemos planeado nada!! —me gritó Candela.
—¡Barriobajera! —grité indignada.
—Barriobajera no lo sé, pero la hostia te la llevas puesta.
—Creo que Alberto me engaña.
Candela y yo soltamos el trozo de pan con el que íbamos a atizarnos y miramos a Patricia sorprendidas.
—¿Qué dices?
Patricia cogió aire y asintió. Me pareció que volvía a contener las lágrimas, como la tarde de mi boda. Exboda. Supuesta boda. Aquella boda de la que me fui corriendo.
—Que creo que me engaña, joder.
—Eso es imposible —certificó Candela—. Ese tío está loco por ti desde COU. ¡Pero si orbita a tu alrededor, Patricia, por Dios!
—Estoy tan segura como de que mamá me llamó Patricia por los patricios romanos.
—¡Y a mí Candelaria por la tía esa de papá a la que no aguantaba!
Mamá es idiota, pero tú no. Alberto no te engaña; todo lo contrario: lo tienes enchochado.
—Enchochado, dice la barriobajera —la pinché.
—Sé cómo hacer que se te pare el corazón y no se note en la autopsia
—me dijo con una sonrisa.
—Llega tardísimo a casa, cuando está por allí siempre tiene cosas que hacer, llamadas, mails…, por no hablar de esos viajes para acudir a
«congresos» y los planes en el Club.
—Al Club vais los dos —apunté—. Bueno, no. Vais los cinco.
—Claro. No hay mentira más efectiva que una verdad a medias. Nos lleva a su mujer y a sus hijos con él a su puto picadero. Así no hay quien sospeche…
—Estás siendo superretorcida, tía —le aseguré—. Estás paranoica.
Se llenó la copita mugrienta de nuevo y se la bebió prácticamente de un trago, como había hecho mientras Candela y yo nos amenazábamos.
—Que sí, que lo sé. Que luego estas cosas pasan con quien menos te lo esperas.
—Pero… —Me acerqué, intentando crear un ambiente un poco más cómplice en aquel bar aceitoso en el que cada dos por tres se escuchaba gritar a alguien «¡olé!» con acento del norte de Roncesvalles—. Patricia,
¿cómo te va a engañar? ¡A ti! Pero si eres inteligente, interesante, tus días
tienen más horas que los del resto de los mortales porque siempre estás descubriendo cosas superchulas, tienes un negocio boyante, combinas la ropa de tus hijos… ¡entre sí! Y encima estás buenísima…
—Mira que me lo dijo mamá. —Se sujetó la frente en ese gesto tan suyo
—. Da igual cuánto te cuides, siempre habrá algo que mejorar y alguna mujer que no lo sufra.
—¿En qué idioma está hablando? —me preguntó Candela.
—Que me he dejado y…
La miramos con los ojos abiertos de par en par.
—¿Lo está diciendo en serio? —volvió a consultarme Candela.
—¡Deja de preguntarme a mí! —me quejé—. Yo sé lo mismo que tú.
—Vamos a ver, Patricia, ¿eres idiota?
—No. —Sollozó mientras tanteaba en la mesa en busca de la jarra ya casi vacía.
—Pues entonces.
—Que no. Que sé que me engaña.
—¿Lo dices en serio?
—¡Coño! Que sí.
—Bueno, vale. —Candela se enderezó mientras yo seguía acariciando el brazo de Patricia como si fuera un perrito—. Pues entonces hay que averiguar si es verdad. Cuando sepas la verdad, podrás decidir qué hacer.
La miré con el ceño fruncido a la vez que un camarero dejaba encima de la mesa una ración de las croquetas más pochas que he visto en mi vida.
—¿Nos trae otra de sangría? —pidió Patricia antes de volverse hacia Candela—. ¿Y cómo lo averiguo?
—¿Has cotilleado su móvil?
Asintió.
—Dios, eso es horrible —me quejé—. Una falta total de respeto. ¡Es tu marido, por favor, no un posible terrorista! ¿Dónde está la confianza en tu pareja?
—A lo mejor se puso unas Nike y salió corriendo por los jardines del Parador donde iba a casarse —atacó.
—Oy, oy, oy —me ofendí.
—Ponle un detective.
Las dos nos giramos hacia Candela esta vez. Me entró la risa y tuve que alcanzar la copa para no soltar una carcajada.
—¿Un detective?
—Sí. Claro. Si tiene una aventura, en dos semanas, como máximo, lo sabrás.
—¿Y eso cómo funciona?
—Coño, Patri, ¿no has visto nunca películas de detectives? —le preguntó Candela, encantada con su idea.
—Tú te pones unas medias con raya detrás, una falda estrecha y tacones altos y vas a ver al detective, que seguramente esté saliendo ya del despacho, que huele a tabaco, de camino al bar. Hace años era el número uno, pero desde que su mujer le engañó con su mejor amigo… solo le queda el calor de la bebida para que las noches sean menos largas. Lo reconocerás porque lleva sombrero y una gabardina roída…
Candela apretó los labios con rabia al lanzarme el trozo de pan con el que me había amenazado antes.
—Eres una completa patana —me atacó.
—Perdona, ¿que contrate a un detective? Pero de qué narices va esto.
Anda, hombre, anda… —Las dejé por locas.
—¿Tú me acompañarías? —Patricia cogió la mano de Candela con sus enormes y redondos ojos azules húmedos.
—Claro que sí.
Me puse celosa e hice un puchero sin querer.
—Joder, ahora yo también quiero ir.
Las tres soltamos una risita ñoña, casi a lágrima viva. Estaban siendo unos días demasiado intensos.
—Echo de menos tener madre —se lamentó Patricia.
—Tenemos madre —le recordé.
—Bueno, pues echo de menos tener una madre que no maúlle.
La carcajada resonó, esta vez sí, con fuerza sobre la mesa en la que acababa de aterrizar otra jarra de sangría.
La cuenta no salió tan barata como cabía esperar tras comprobar la calidad de la cena. Si la noche no se estropeaba por una colitis aguda sería un milagro. Aunque, a juzgar por las risotadas que soltaba Patricia, era bastante posible que se fuera al garete cuando tuviéramos que llevarla a casa entre las dos y sujetarle el pelo mientras vomitaba los dos litros de sangría que se había metido entre pecho y espalda. Y lo peor… a Candela todo parecía hacerle también mucha gracia. ¿No se suponía que era yo la que necesita olvidarse de todo una noche? Por lo visto, era la única cuyo organismo ejercía de pronto resistencia al alcohol. No era justo.
El puertas del garito daba miedo. Al verlo a una le daba por pensar que por qué se necesitaba a un tío tan grande y con pinta de haber sido entrenado en Guantánamo para vigilar la entrada a un pub.
—¿Y cómo has encontrado este garito? —le pregunté a Candela mientras esperábamos a que las dos chicas que teníamos delante entregaran algún documento que acreditara que eran mayores de edad.
—Pues en Google. Tiene buenas opiniones. Ambiente amigable, música actual y alcohol no demasiado malo. Y al parecer una de las camareras ganó algún certamen de belleza hace poco.
—Interesante. —Asintió Patricia—. Perdona, ¿tienes un cigarro?
Uno de los chicos que esperaban detrás de nosotras le pasó un cigarrillo y un mechero en décimas de segundo, muy solícito.
—¿Desde cuándo fumas?
—Lo dejó con el primer embarazo —le confesé a Candela—. Fumaba desde los dieciséis, pero a mí no se me permitía hablar de ello.
Le dio una calada honda con los ojos cerrados.
—Qué bien esta salida de hermanas. —Asintió para ella misma.
—Sí —contesté con cierta ironía—. Ahora, además de por mi vida también estoy preocupada por la tuya. Gloria divina.
—¡Relájate! ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¡¡No es el fin del mundo!! Vamos a bailar agarradas a dos tiarrones que nos quiten las penas.
—¿Tiarrones? Patricia, a las chicas de delante les han pedido el DNI,
¿qué crees que te vas a encontrar ahí dentro?
—Yo bailo muy bien y soy mayor de edad. —La cabeza del que le había dado el cigarro apareció entre nosotras.
Miré a Candela con gesto consternado, esperando que me echara un cable, pero todo seguía haciéndole mucha gracia.
El garito estaba muy oscuro. Juraría que más de lo habitual, pero como hacía siglos que no salía de fiesta tampoco podía asegurarlo. La música atronaba haciendo que el pecho reverberara al ritmo. Sonaba algo que ni en un millón de años hubiera reconocido por aquel entonces, pero que ahora sé que era C. Tangana con Paloma Mami; la muchedumbre que abarrotaba el local se agitaba casi acompasada en una actitud que rozaba el preliminar sexual. Una pareja se besaba apoyada en la máquina de tabaco. Dos chicas bailaban entre ellas sensualmente. Dos chicos y una morena, al fondo, se entregaban en un sándwich que me pareció excitante hasta a mí, que estaba depre.
—¡Vamos!
Mis hermanas tiraron de mi brazo y yo me ajusté el bolso cruzado en el pecho. Aquel ambiente era completamente hostil para mí. Me sentí como adentrándome en la jungla sin un mal machete al que echar mano si la cosa se ponía fea.
A trancas y barrancas llegamos hasta la barra. Un par de chicas guapas y rápidas se afanaban en poner copas a dos manos. A su alrededor decenas de personas reclamaban su atención.
—Esta barra está petada —gritó Candela—. ¿Vamos a la del fondo?
—Creo que necesitaríamos equipamiento de espeleología para llegar —
le respondí a gritos para hacerme oír.
Pero Patricia ya estaba abriéndose paso entre la gente.
—¡¡¡Perdona!!! —vociferó en cuanto llegó a tocar la otra barra.
Un chico rubio la miró y la invitó a hablar con un movimiento de cejas.
—¡¡¿Nos pones unos chupitos y unas copas?!!
—Dame un segundo, porfi. Mi compi ha ido a por hielo y estoy solo.
—Tranquilo, amor, que yo te espero.
—Patri, por favor —le supliqué—. No seas babosa.
—¿Lo has visto? —Se volvió a mirarnos con los ojos abiertos de par en par—. Mamma mia!
—Creo que tiene edad de ser nuestro hijo.
—Oye, somos treintañeras interesantes y él no es ningún niño. ¡Déjame coquetear, que mi marido me engaña!
Cuando se giró, un chico aparecido de la nada la miraba con media sonrisa mientras volcaba en el fondo de un congelador unas bolsas de hielo.
Abrió una con un ademán y llenó con ella un recipiente. Moreno, con greñas, ojos oscuros, nariz respingona, cara de niño…, de niño malo, de los que te enamoran en la puerta del colegio, te roban tu primer beso y te rompen el corazón. Pero con una barbita que le crecía desigual.
—¿Qué te parece? ¡Mi marido me engaña! —repitió a gritos Patricia.
Este también parecía haberle gustado.
—¡Será cabrón! —le siguió el rollo el camarero—. Pues deberías dejarlo. Ponle las maletas en la puerta.
—¿Verdad?
—Tres gin-tonics. —Me apoyé en la barra, poniéndome por medio para cortar aquella conversación. Miré a Patricia—. Deja de contarle tu vida, por Dios.
—Pídele tres chupitos y el número de teléfono.
—¡Cállate ya! —respondí muy nerviosa—. Te brillan los dientes con esta luz y das mazo de miedo.
—A ver…, a ver. —El chico se asomó, buscando mi atención—. Tú pareces la líder. Cuéntame. ¿Los chupitos de qué los queréis?
¿Habría escuchado también lo del teléfono?
—De… ¿piruleta? —sugerí.
—¿Y si te los pongo de arcoíris?
Otra se hubiera ofendido. A decir verdad, yo en otro momento de mi vida me habría ofendido. Pero… me hizo gracia. Agaché la cabeza, eso sí, para que no me viera sonreír.
—¡¡De tequila!! ¡¡Tres chupitos de tequila!! —gritaron mis dos hermanas a la vez.
—Por Dios… —me quejé.
—¡¡Margot, suéltate un poco, anda!!
Suspiré y me giré con cara de apuro hacia el camarero.
—Pues… tres gin-tonics de…, uhm…, de la ginebra que quieras y tres chupitos de tequila.
El chico se quedó mirándome con una sonrisa con cierto tufillo a suficiencia.
—¿Qué? —pregunté apurada.
—Tú no sales mucho, ¿eh?
Negué con la cabeza.
—¡Tranquila! Diviértete un poco.
—¡Me estoy divirtiendo!
Pero mi afirmación ya no le alcanzó. Se había movido con la velocidad del rayo para coger una ginebra del estante de arriba del todo.
—¡¡Está bue-ní-si-mo!! —gritó Patricia.
—¡Qué va! —contestamos Candela y yo a la vez.
Estaba de acuerdo en que el chico era mono, pero no me apetecía darle alas a una potencial adúltera por despecho.
—¡¡Ay!! ¡¡La Rosalía!! —gritó Candela cuando empezó la siguiente canción.
—Qué puesta te veo.
—Siempre moderna, nunca «inmoderna», hermana.
Tres vasos de tubo llenos de hielo aparecieron frente a mí en la barra y una mueca de horror me partió la boca en dos.
—¿En vaso de tubo? —se me escapó.
—Pues para no salir mucho tienes el morrito fino, ¿eh? —me contestó el camarero.
Me tomé un segundo para analizar si Patricia tenía razón y era algo más que un chico mono. Moreno, pelo que necesitaba un corte urgente (greñas, muchas greñas, como de skater de los años 2000), ojos castaños, hondos, labios gruesos. Veinti… ¿pocos? O veintimuchos. Era uno de esos chicos sin edad que podrían estar a punto de graduarse en el instituto o en la universidad. Llevaba una camiseta negra con el nombre del local en blanco bordado en el pecho y, la verdad, le quedaba bastante bien, pero… no era una cosa así… como de locos. No sé si me explico. Mi prometido (¿Exprometido? ¿Ex? ¿Futuro marido? ¿Novio?) era de esos hombres que levantan revuelo allá donde van. Si íbamos a cenar, nuestra mesa terminaba siempre siendo un nido de miradas disimuladas y suscitaba algún cuchicheo entre amigas. «Mira qué tío tan guapo», «Madre mía, qué hombre», «Las
hay con suerte». A Filippo solo le faltaba una corte de trompetas para anunciar su entrada. Era el príncipe del cuento y la medida a partir de la cual yo «juzgaba» la belleza de otros hombres, así que… en mi opinión, para lo que estaba babeando Patricia, ese chico no me parecía para tanto.
¿Qué estaría haciendo Filippo en aquel momento? ¿Habría salido de fiesta con sus amigos? ¿Estaría apoyado en la barra de algún garito?
Seguro, pero con más glamour, uno elegante y con un montón de chicas guapas, de esas que enamoran a cantantes y deportistas y que…
—Los chupitos eran de tequila, ¿verdad? —preguntó el camarero a tiempo de romper mi hilo de pensamiento.
—¡De lo que tú quieras, chato! —escuché gritar a mi hermana mayor.
—De tequila —me apuré.
Me sonrió y deslizó tres vasitos en la barra y un platito con limón.
Agarró la botella del mostrador y con un solo movimiento llenó los chupitos.
—Cuarenta y ocho —me dijo.
—¿Cómo?
—Son cuarenta y ocho euros —repitió casi gritando.
—Ahm…, ¿te puedo pagar con tarjeta?
Me tendió el datáfono y yo, desprevenida, di un saltito antes de ponerme a rebuscar nerviosa dentro del bolso. Le lancé una mirada y allí estaba, observándome divertido mientras marcaba el ritmo de la canción que estaba sonando de manera inconsciente con los hombros. Rocé el móvil con los dedos y tiré de él para, con un toquecito, confirmar el pago.
—¿Quieres copia? —me preguntó.
—No hace falta.
Se atusó el pelo, estiró el cuello para hacerlo crujir y me devolvió la mirada. Ojos marrones, comunes pero… tristes.
—Si lo sé te cobro el doble —se burló.
Fruncí el ceño y él se quedó parado un segundo.
—Era broma.
—Ya. —Sonreí—. Gracias.
Me di la vuelta para pasarles los chupitos y el limón a mis hermanas.
—Oye —escuché a mis espaldas.
El chico seguía allí cuando me giré. Nos sostuvimos la mirada unos segundos extraños hasta que levantó entre sus dedos un chupito como el nuestro.
—Por vosotras —anunció.
Patricia soltó un gritito de júbilo antes y después de beberse el tequila de un trago; Candela se descojonó y yo… me quedé sosteniendo el chupito convencida de que aquel chico me había reconocido entre la masa. No por ser la chica rica que se había dado a la fuga en su propia boda, sino como los otros dos ojos más tristes del garito.
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