Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 56 de 61

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Un cuento perfecto

56. A

Asumir la vida

Tardé dos años en asumir el abandono. Tal cual. No voy a adornarlo. Tardé dos putos años en asumir que David no iba a volver. Y que yo no quería ir en su busca.

Los primeros tres meses fueron, creo, los más largos, porque entonces aún estaba viva la fantasía de que, pasada su aventura en el crucero, volvería. Que se presentaría en mi puerta, bronceado, sonriente, arrepentido… y me diría algo tonto pero con mucho significado, algo como:

—¿Ya ha pasado «para siempre»? Me he cansado de esperar.

Eso, como puedes imaginar, no ocurrió y los tres meses siguientes se convirtieron en una prórroga en la que cualquier pensamiento iba seguido de «pero a lo mejor vuelve».

Supe de él unos nueve meses después de la última vez que lo vi en la estación de Atocha. Solía pasarme que a veces, en medio de una muchedumbre que andaba por la Gran Vía o que recorría la Castellana de una acera a otra, se me paraba el corazón porque me parecía verlo.

Normalmente esperaba quieta, casi sin parpadear, para comprobar si era él, pero nunca lo era. Hasta que sí lo fue, porque Madrid no es tan grande. Yo iba hablando por teléfono con mi hermana Candela, con las ventanillas del coche de la empresa bajadas, mientras revisaba en el iPad un par de cosas.

Multitask. Estaba agobiada porque al día siguiente tenía una reunión importante y bajé la ventanilla para que me diera en la cara la brisa de primavera, aún un poco fría. Y lo vi.

No llevaba consigo más que las manos hundidas en los bolsillos de una cazadora de cuero que le quedaba muy bien. Le había crecido el pelo y lo llevaba peinado con la raya al lado, en una especie de look grunge pero

arreglado. No sabía de dónde venía ni adónde iba. Solo supe que no quería detenerme para averiguarlo.

Él me vio. Sí, también me vio. Me vio mirarlo, dejar caer hasta mi regazo la mano que sostenía el teléfono y conjugar su nombre en mis labios, sin apenas moverlos. Él me vio prefiriendo abandonar la posibilidad de pedir explicaciones, de exigir su regreso. Él me vio marcharme, en mi coche, en mi vida.

Me escribió aquella misma noche. Sabía que lo haría y, aunque estaba preparada, lloré mucho.

Nunca pensé que, si volvíamos a vernos, sería de este modo. Siento haberme marchado como lo hice. Siento no haber dado la cara frente a lo que sentíamos.

Siento haberme hecho pequeño cuando tocó ser grande. Lo siento, Margot, porque queriendo no sufrir nos hice daño. Si recibes este mensaje es porque no has cambiado de número, así que gracias por darme la posibilidad de decirte que no te he olvidado.

Lloré durante más de cincuenta minutos sin parar y, cuando pude tranquilizarme, tiré al cuarto de las basuras las flores que tanto me había costado secar, porque ya no significaban nada.

Otra lección: el amor no es que caduque, es que hay que conjugarlo a tiempo o dejará de significar algo.

Porque yo había estado esperando nueve meses y él estaba allí. Porque ninguno de los dos escribió al otro. Porque ambos nos escondimos en la fantasía romanticona e infantil de los amores que no pueden ser para no asumir que no tuvimos las agallas necesarias para hacerlo posible.

Tiré las flores y después me odié por ello, pero al día siguiente ya no había marcha atrás: había entrado de pleno en la segunda fase del duelo. La ira.

Lo odié durante unos cinco meses más, pero no sirvió de nada hasta que no dejé de vigilar sus redes sociales, por si un día publicaba alguna foto que me hiciera el suficiente daño como para quemar hasta los recuerdos que guardaba en mi pecho. Pero no. La última foto seguía siendo «Nosotros», como a quien le gusta ver flotar a la deriva la proa del barco en el que ha naufragado.

Pasado el verano siguiente fue más fácil. Dicen que el calendario tiene que dar la vuelta entera para que dejen de doler los aniversarios. Con eso quiero decir que cuando ya cumplimos un año de todas aquellas primeras veces (un año del primer beso, un año del primer polvo, un año que me dijo tal cosa, un año desde que vivimos esta otra…), solo se despliegan frente a nosotros dos opciones: una es la de vivir aferrada a cosas que ya no existen; otra es seguir andando sola en busca de algo nuevo.

Yo elegí seguir andando, aunque aún me costara unos cuantos meses más.

Si digo que tardé dos años es porque ese fue el tiempo que tardé en entender que si continuaba viviendo donde lo hacía, era para que él pudiera encontrarme si me buscaba. Tardé dos años en poner el piso en venta y se lo vendí en dos meses a un magnate chino. Con muebles y todo. De esa casa no quería llevarme ni los recuerdos. Era el símbolo de haber dejado que los demás me dijeran quién debía ser. Era una especie de mausoleo en el que dormiría para siempre la Margot que jamás se sintió suficiente.

Lo vendí, me embolsé el dinero y me mudé a mi piso de Londres.

Candela vivía navegando el Mediterráneo de arriba abajo, y Patricia estaba demasiado ocupada haciendo encajar las piezas de su vida… como de costumbre. Para estar sola en Madrid, prefería estarlo en Londres. Y allí aprendí que todo era más fácil de lo que nos empeñamos en creer.

La oficina de Londres era un poco más pequeña que la de Madrid, pero funcionaba como el mecanismo de un reloj suizo. En dos semanas estaba más integrada allí que en Madrid. A Sonia tampoco le costó el cambio.

Estaba feliz. Decía que ahora su vida podía convertirse en una novela de Marian Keyes. Supongo que los románticos nunca aprenden.

Me costó, pero empecé a ser feliz. Sin esperar a nadie. Con mi soledad.

Aprendiendo de mis mierdas. Felicitándome por mis logros. Brindando conmigo misma, con una copa de buen vino y un libro, los días en los que todo iba bien. Saliendo a tomar una pinta con Sonia y más gente del equipo cuando teníamos un mal día. Supongo que esa era mi norma: todo pasa mejor con un vino, pero nunca bebas sola si el trago es amargo.

Si alguien me pregunta si olvidé a David, le diré que no. En ningún instante. Pero dejé de odiarlo por haberse alejado. Dejé de pensar en lo suyo

como en un abandono. Aprendí que éramos dos personas diferentes que no necesitaban lo mismo. Él aún tenía que crecer, aprender, asumir. Y, fíjate, con la rabia se fue también la seguridad de que no volvería a querer como nos quisimos nosotros durante aquel verano.

Conocí a alguien. La vida, como el agua, siempre encuentra un lugar por donde fluir. Y resulta que a veces vuelve por sitios que creías ya secos.

Lo conocí en un parque. A veces, cuando hacía buen tiempo (lo que en Londres era sinónimo de «con que no llueva, me conformo»), iba a leer allí y me sentaba en un banco para que me diera un poco el aire. Uno de esos días, su perro se lanzó sobre mí, ladrando como un loco porque quería comerse a la ardilla a la que le estaba dando una nuez. Me dio un susto de muerte porque, aunque es un perro bueno y juguetón, es una mole de músculo llena de dientes; él, su dueño, insistió en invitarme a un café para compensarme.

Hablamos. Me pidió mi número y, como no se lo quise dar, entre risas avergonzadas, me dio el suyo. Después me fui andando hasta casa y lloré, porque David hizo lo mismo. Me dio su número para que pudiéramos hablar, pero no había podido ser porque ninguno de los dos fue lo suficientemente valiente o inconsciente como para lanzarse de lleno a quererse. Y a mí ya no me apetecía ser más cobarde.

Quedé con Barin un par de veces (lo sé, qué nombre más extraño) antes de tener claro que aquello no funcionaría si no hacía algo por mi yo de ayer.

Así que después de la cita en la que por fin me besó, compré un billete de ida y vuelta a Madrid, y no precisamente para ir a ver a mi madre que, por cierto, me había informado en un mail muy protocolario de que se había quitado medio kilo de culo y que se había inyectado la grasa en la cara. O

algo así. En el chat de hermanas estábamos living. Ya no era Lady Miau.

Ahora era Miss Cara Culo.

Lo cierto es que no me costó nada encontrarlo. Menos que nada. Si no fui a verlo antes, supongo que es porque necesitaba haberlo superado de alguna manera.

Al entrar en el local sentí un escalofrío de placer. El interior de la tienda estaba a una temperatura perfecta. Olía a flores, a tierra húmeda, a David.

Me acerqué al mostrador y una voz masculina anunció que venía enseguida. Me arreglé el pelo con los dedos, un poco nerviosa, y… salió.

Llevaba unos vaqueros y un jersey de lana, de los gordos, de esos que les quedan tan bien a los chicos monos…, aunque él ya no era un chico mono. Era un hombre increíblemente guapo. Ya había cumplido los treinta, pero seguía teniendo mirada de niño triste. Creo que se puso más triste cuando me vio.

—Joder. —Se apoyó en el mostrador y después, cuando volvió a erguirse, aprovechó para apartarse el pelo de la cara. Volvía a llevar sus greñas.

—Es raro porque… sabía que dirías exactamente eso —dije con una sonrisa.

No nos movimos. Nos quedamos unos segundos quietos, estudiándonos, buscando las diferencias que había entre la persona que teníamos enfrente y lo que recordábamos de aquel breve amor.

—Pasa —me dijo al fin.

—Si tienes trabajo puedo volver más tarde.

—No digas tonterías. Pasa.

Salió del mostrador, me señaló la trastienda y cerró la floristería por dentro, dándole de paso la vuelta a un cartel supervintage donde indicaba si estaba abierta o cerrada.

—¿Quieres un café? —me ofreció.

—Gracias. Hace un frío que pela.

—¿Lo sigues tomando solo?

—¿Y tú ahogado en un litro de leche?

—Nunca me gustó el café. Es hora de que lo admita. Era joven y quería impresionarte. —Hizo un mohín.

—Todo lo que puede impresionar un café latte. —Sonreí—. Sigues siendo joven.

—¿Sí?

—Solo han pasado tres años.

—Pues yo tengo la sensación de haber envejecido por lo menos quince.

—Se mordió el labio y metió las manos en los bolsillos de su pantalón.

—Será que los años sin mí son como años de gato.

—Siempre fuiste un poco gata, eso es verdad. Pasa y siéntate, por favor.

La trastienda tenía, a su vez, una trastienda y, a juzgar por cómo estaba montada, diría que David pasaba más tiempo allí que en su casa…, si es que la tenía. Había un sofá, claramente de segunda mano, de terciopelo verde oscuro, precioso, pero sobre el que ya pesaban los años. En el respaldo, bien doblada, descansaba una manta suave.

Una mesa, hecha con una tabla tosca de madera y unas barras de metal negro, contenía lo que eran claramente las sobras de la comida: solo un plato con migas y una servilleta arrugada. Una botella de agua de cristal ya casi vacía. Un libro muy viejo, con las hojas amarillas.

En un rincón me sorprendió encontrar una chimenea… o lo que quedaba de ella, pues era ornamental. En su interior, un cesto con flores secas. En la repisa, pequeños jarrones de cristal llenos de más flores y alguna maceta alrededor, con plantas altas y exuberantes. Unas cortinas, que parecían pesadas y algo polvorientas, cubrían dos ventanas que, al asomarme, descubrí que daban al patio de luces de una pequeña comunidad de vecinos.

Donde David estaba haciendo café en una máquina Nespresso, también tenía una pequeña nevera en la que vi un par de botellas de vino.

Me fijé en dos copas que descansaban, con restos de vino tinto, junto a él, en el mueble en el que tenía la cafetera. Una de ellas tenía una marca de carmín rojo. Me pregunté si seguiría sintiéndose atraído por las mujeres guapas que nunca le querrían o si, por el contrario, habría encontrado a otra como yo, llena de ganas de amarlo.

—No es lo que parece —me dijo.

—¿Qué de todo?

Fui hacia el sofá y me senté.

—Pues… —Cogió aire y me pasó una taza, de las antiguas, con filigranas doradas en el borde y en el dibujo de flores—. No vivo aquí, aunque parezca que estoy muy instalado. Tengo un piso a un par de manzanas de aquí. Vengo andando todos los días a trabajar.

—Se te ve feliz.

—Bueno, como te decía, no es lo que parece.

—¿No eres feliz?

—La copa. —No se volvió a mirarla, solo señaló fugazmente hacia sus espaldas—. Tampoco es lo que parece.

—Han pasado tres años, David, no tienes que darme explicaciones.

—Entonces ¿qué haces aquí?

Removí el café y le di un sorbo. Él se colocó frente a mí, apartando previamente algunos trastos de la mesa de centro y se sentó en ella.

—Has conocido a alguien —me dijo.

—Sí. ¿Y tú?

—A nadie que me haga sentir la necesidad de comprar un billete de avión e ir a buscarte a Londres.

—¿Cómo sabes…?

—¿Cómo sabías tú dónde encontrarme?

Me callé y dejé la taza a un lado. Para ello tuve que acercarme. Seguía oliendo exactamente igual. En tres años no había cambiado de perfume…, aquel con el que sustituyó el agua de colonia para bebés, porque en mi absoluta tontería le dije que aquello le ayudaría a enamorar a Idoia.

—He venido a decirte que ya no te odio —le dije—. Porque supongo que sabrás que te he odiado mucho.

—Me imagino. —Desvió la mirada y mordisqueó el interior de su carrillo—. Y tenías razones para hacerlo.

—No. Creo que no. Creo que me enfadé más con el tiempo, que no nos juntó cuando tocaba, que contigo. Por eso ya no te odio. Porque lo he entendido.

—Fue una excusa. —Se encogió de hombros—. Estaba aterrorizado.

Me daba miedo que saliera mal y me daba miedo que saliera bien. Creo que pensé que no estaba preparado para un «para siempre» y terminé comiéndome otro… más amargo.

—No hubiéramos durado para siempre. He tenido tiempo para pensarlo,

¿sabes? Y en las doscientas vidas que he imaginado contigo, en todas, había un problema insalvable. Hijos, rutina, el trabajo, mi obsesión por el control, tu desaliño, otra chica…

—Nunca te habría engañado.

—O sí. —Le sonreí—. No lo sabemos.

—Por eso no podré perdonarme yo, porque nunca lo sabremos.

—Yo también pude buscarte.

—Y lo hiciste. —Miró al suelo y cogió mucho aire.

—Sí. Es cierto.

—¿Te rompí el corazón?

—En trozos muy pequeños. No porque te fueras, que conste. Me rompieron el corazón tus dudas sobre si lo que habíamos sentido era real.

Me rompió el corazón que no volvieras.

—Me di cuenta cuando no contestaste aquel mensaje que te envié. Me di cuenta de que ya era tarde, quiero decir. Empalmé un crucero con otro y cuando volví quise plantarme en tu casa, pero me dio vergüenza no saber qué decir. ¿Te quiero? Con un «te quiero» no sirve, Margot. Los dos lo sabemos.

—No pasa nada. —Alargué la mano y sujeté su antebrazo desnudo.

Llevaba el jersey arremangado. Estaba tan guapo—. No hubiera funcionado.

—O sí. Pero nunca lo sabremos. Y en el caso de que no hubiera funcionado, algo bueno habríamos vivido. Quizá hasta nos negamos la posibilidad de descubrir que soñábamos con otras cosas. Mírame. Si no llega a ser por ti, creo que nunca habría sabido que esto es lo que quería.

—¿Eres feliz? —le pregunté de nuevo.

—Soy feliz tanto como creo que uno puede serlo. Estoy tranquilo por fin con las decisiones que tomé. Estoy solo, pero…

—¿Por qué lo estás? Seguro que hay decenas de chicas que quieren pasar aquí las noches, envueltas en esa manta, maldurmiendo contigo en este sofá.

—Eso solo querrías hacerlo tú —se burló—. Porque estás loca. Aunque quieras disimularlo con esos zapatos de tacón, tu peinado…, estás tan loca como yo. Y lo dejarías todo por amor.

Agaché la mirada. Él levantó mi barbilla.

—No lo digo porque…

—Tú no juzgas, David. Eso ya lo sé. Es solo que…, bueno, mi parte loca quiere quedarse en el sofá.

—Pues quédate. Y déjalo todo por amor.

Me reí sin ganas.

—Ya, ya lo sé. Es de locos. No puedes —se reprendió él mismo.

—He venido para decirte que ya no te odio y para que tú me digas que ya no me quieres.

Esta vez le tocó reírse a él, pero lo hizo con menos ganas todavía.

—¿Necesitas que te lo diga para seguir con tu vida?

—He seguido con mi vida, pero necesito escucharlo. Aunque nunca me dijeras «te quiero» con propiedad.

—No tenía ni para darte ese te quiero. —Hizo una mueca—. Era un crío. Pero te quería. Joder, que si te quería. Y… lo siento mucho, Margot, porque no puedo decirte que haya dejado de hacerlo. Ya no me despierto en mitad de la noche odiándome por haberme ido, pero sigo pensando en ti, en qué habría sido de nosotros. Y…

Apoyé las dos manos en sus rodillas; él colocó sus manos sobre las mías. Entendió que solo quería pararle. No quería escuchar más, al menos si iba por ahí.

—Bueno. Al menos —susurró con voz insegura—, tendremos una despedida adulta. Y ahora ya no tendré excusa para no olvidarte.

Se levantó, se dio la vuelta y me pareció que se pasaba el antebrazo por los ojos.

—Deja el café. ¿Quieres una copa? —me ofreció.

—No puedo quedarme.

—Solamente una. Venga. Por el pasado.

Me levanté. Recogí el bolso y me dirigí a la puerta. Me paré a su lado.

Tenía los ojos vidriosos y coloqué mi dedo índice en la punta de su nariz.

—Ni se te ocurra llorar.

—No voy a hacerlo —me aseguró, evitando parpadear.

—Si no puedes decirme que ya no me quieres, supongo que podemos dejarlo todo en un «gracias».

—El sexo no se agradece, aunque sea el mejor que hayas tenido nunca.

—El sexo no, pero tener la oportunidad de comprobar que el amor existe, tal y como lo cuentan en los libros, sí se puede agradecer —aclaré.

—Fue tan corto que habrá quien considere que no fue.

—Lo que consideren los demás no me importa.

—Esa es mi chica. —Sonrió.

—Me voy.

Me acerqué y le besé en la mejilla. Él me sujetó por la cintura y nos mantuvimos así, sin movernos, con mi nariz sobre su naciente barba y sus manos rodeándome. ¿Cómo es posible querer tanto a alguien sin quererlo ya?

Me aparté.

—Te he traído un regalo.

—¿Qué? —Desvió la mirada—. ¿Un regalo?

—Una canción. Búscala y escúchala cuando me haya ido. Se llama

«Ojos noche» y es de Elsa y Elmar. No es de los ochenta, pero te gustará.

—Llévate unas flores —me dijo—. Te haré un ramito en dos minutos.

—Ah, no. No quiero quedarme con un poco de algo que no puedo tener.

—Le acaricié la mejilla y él asintió.

Me di la vuelta y crucé hacia la trastienda que hacía las veces de almacén. Lo imaginé allí trabajando y envidié durante unos segundos a quien pudiera pasar por aquí a diario a decirle que ya era tarde, que volviera a casa.

—Sé feliz —lancé al aire.

—¿Y ya está?

—Que alguien te quiera como yo no he sabido. Que el mundo sea tuyo.

Que no te acuerdes de mí jamás. Pero quédate con las canciones, ¿vale?

—Hija de puta —se le escapó con una enorme sonrisa en los labios.

—Deja que alguien te quiera como yo quería quererte.

—Y tú deja que alguien vea lo que me enseñaste a mí.

—Adiós.

—Adiós, Margot. Te quiero.

Cuando salí de la tienda, supe que jamás podría volver; ni siquiera podía darme la vuelta y echar un último vistazo, o me quedaría y lo haríamos todo mal.

Tendría que grabar en mi memoria el nombre que lucía el local en todas sus marquesinas para no olvidar, al menos, que llamó a su floristería:

«Vuelve, Margarita».

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