Un cuento perfecto
Capítulo 20
Fácil
Candela me preguntó al volver que de dónde venía. De pronto ya no me parecía tan buena idea rememorar nuestros años de internado y vivir juntas, porque no me apetecía nada tener que dar explicaciones sobre aquello… ni sobre nada. Hacía días que estaba experimentando una sensación de fatiga que iba mucho más allá de lo físico. Era como si me cansase de todo: de la tele, de la comida, de las charlas que escuchaba por la calle, de la radio, de la música, de los libros, de las series, de los tejemanejes que se llevaban mis hermanas y hasta de mi hilo de pensamiento. De todo lo que me era conocido, pero, sobre todo, de cualquier cosa que oliera vagamente a examen.
¿Que de dónde venía? De cenar un perrito caliente y beberme dos cervezas con el camarero del garito al que me llevaron para intentar superar mi ¿ruptura?
—De tomar algo con unas amigas —le mentí con soltura.
No iba a entenderlo. Ni siquiera yo misma lo entendía demasiado.
David me escribió al día siguiente para preguntarme si quería hacer planes, pero le di largas. Tampoco me parecía normal convertirnos, de un día para el otro, en hermanos siameses. Acababa de conocerlo y, aunque es verdad que era una de las pocas personas con las que me encontraba a gusto…, no me parecía normal. En el fondo, muy en el fondo, nuestra naciente amistad me parecía rara. No tenía nada que ver con el hecho de que yo formara parte del comité directivo de una gran multinacional, de la que tenía una cantidad importante de acciones, y él tuviera tres trabajos mal remunerados y seguramente con contratos inexistentes o deficitarios. Ni siquiera con el hecho de que llevara un pantalón de chándal negro cuando quedé con él en un parque para recoger cacas de perro. Era más bien… que
era la primera y única persona ajena a mi vida (trabajo, eventos sociales, familia) con la que establecía una relación de amistad y no quería ni abusar ni obsesionarme ni confiar todo mi corazón a alguien a quien todavía no conocía demasiado, por muy buenas que parecieran sus intenciones.
Por la noche, cuando ya estaba desesperada en casa sin saber qué hacer, me escribió para hacerme la proposición más extraña que había recibido en toda mi vida:
¿Vemos una peli y la comentamos?
Él me había contado que vivía cerca de Vallecas y yo en el Paseo de la Castellana, pero aquella noche vimos juntos, a pesar de los kilómetros de distancia, Doce hombres sin piedad. La estaban poniendo en uno de esos canales nostálgico de la TDT y no dejamos de comentarla durante el tiempo que duró.
Patricia propuso que nos viéramos el jueves por la mañana. Tenía que ver cómo estaba quedando el puesto de su marca de joyas en una tienda multimarca del centro y después le habían convocado a una reunión que no le iba a dejar tiempo para quedar a comer, de modo que se le ocurrió que un desayuno tardío era una buena excusa para vernos las tres. Y el plan les pareció redondo. A ellas. Yo quería comer Doritos en casa, viendo Mi vida con 300 kilos, pero, como de costumbre, nadie me preguntó qué era lo que a mí me apetecía.
—Me he encontrado a mamá por la calle —dijo Patricia con cara de congoja nada más sentarse en la mesa en la que ya estábamos acomodadas y servidas Candela y yo—. Estaba bebiéndose una mimosa en la terraza del Hotel Wellington. ¿Creéis que deberíamos preocuparnos?
—¡Mira, mira! Mira cómo me preocupo —soltó Candela mientras le daba un bocado enorme a un bocadillo de tortilla de patata.
—¿Qué tal está quedando la tienda? —pregunté.
—Bien, bien. Oye, mañana tengo que ir a ver al detective. Me acompañáis, ¿verdad?
Candela asintió con vehemencia. Lo cierto es que estaba living con eso de contratar a un detective privado que persiguiera a nuestro cuñado. Le parecía la leche de divertido. Yo, sin embargo, me hice la longui mirando el móvil.
—Oye, ¿tú no vienes?
—No puedo —solté sin mirarlas—. Tengo cosas que hacer.
—¿No estás de vacaciones?
—Sí, pero… me voy de viaje —les informé—. Y tengo cosas que ultimar.
—¿Cómo que te vas de viaje?
—Pues que… estuve hablando con Sonia y opina que necesito largarme de aquí y buscar cosas que me apetezca hacer. Descansar. Tomar el sol.
—Ah, bueno, si Sonia lo opina… —Candela soltó un trozo de pan del bocata y se limpió las manos en una servilleta—. ¿Quién era Sonia? ¿Era del curro? La de los ojitos así como de dibujo animado, ¿no?
—Mi asistente personal.
—Su secretaria —aclaró Patricia con desdén—. La que estaba en su despacho el otro día.
—¿Sabes que has heredado la tontuna de tu madre?
—Pues tú, fijo que has heredado el culo flácido —me respondió.
—Oye, oye, oye —nos calmó Candela agitando las manos—. Tú no seas tan esnob, y a ti te informo —me señaló— de que estoy de acuerdo con Sonia. Pero me quedo en tu casa hasta que vuelvas.
Puse los ojos en blanco.
—Joder, Candela. Pero no ocupes nada más que la habitación de invitados. Lo tienes todo revuelto y no puedo con el desorden.
—Vaaaale —farfulló masticando—. Me quedo hasta que Patricia averigüe lo de Alberto. ¿Cuánto tiempo te vas?
—Dos semanas. O más. No lo sé aún. Ya veré.
—Suena bien.
—¡Oye! ¡Estábamos hablando de mi cita con el detective! —reclamó Patricia.
No vaya a ser que dedicaran más de dos minutos a mi horrible situación sentimental…
—¿Y qué cosas tienes que hacer mañana? —me interrogó Candela con una ceja arqueada.
—Preparativos —mentí mientras le daba vueltas a mi café con leche—.
Comprar cosas.
—¿Y no puedes ir otro día?
Sopesé la posibilidad. Quizá era una obligación de buena hermana acompañarlas en aquella sinrazón, por más que no estuviera de acuerdo y que me pareciera una soberana estupidez. Pero… una sensación de pereza supina se me instaló en la boca del estómago. No quería ir.
—No puedo —me escuché decir—. Ya he quedado con Sonia para cerrar los detalles del viaje.
—Ah, ya. Los vuelos y eso —se conformó Patricia—. Bueno, pues te contamos por la noche.
—Vale.
Patricia suspiró.
—Anoche Alberto llegó supertarde. De jugar al pádel, me dijo. —
Llamó al camarero con un ademán—. ¿Me traes un café cortito? Y un pincho. Gracias. Pues como no me fiaba, rebusqué en su bolsa de deporte y… ¿sabéis lo que encontré?
—¿Un suspensorio? —preguntó Candela con emoción.
—Ropa sudada. Sudadísima. Rollo como si la hubiera metido debajo del grifo. ¿La habría mojado a propósito? Aunque olía un poco a choto.
¿Creéis que es posible que se pusiera la ropa de deporte para follar con su amante?
—¿Perdona? —pregunté.
—Sí. Para que no le pille. Sería una coartada perfecta.
—Oy, oy, oy —respondió Candela muerta de risa.
Ni siquiera lo pensé. Recogí el móvil de encima de la mesa, lo metí en el bolso y me levanté.
—¿Dónde vas?
—Me tengo que ir.
—¿Ahora?
—¡¡¿Dónde?!!
—Me acabo de acordar de que… me tengo que ir.
Cuando quise darme cuenta, ya estaba andando en dirección a la floristería.
David estaba atándose el mandil cuando entré. Tras el mostrador solo se encontraba una de las dos hermanas, que me dedicó una enorme sonrisa.
—¿Hoy está sola? —le pregunté cortés.
—Mi hermana está en el médico. La rodilla, que la tiene pocha.
—Que no sea nada.
—¿Vienes a por más flores? —me preguntó.
—No —sentenció David sonriéndome y, rematando con un lazo en la parte delantera el nudo, se sacudió las manos y me tendió la derecha, que estreché con sorna—. Viene a ayudarme. ¿Puede quedarse?
Miré a la señora, como si fuera la mamá de David y este le estuviera preguntando si podía quedarme a jugar.
—Ay, cabrito. ¡Qué ojitos tienes! Intenta que no le pase nada, por eso de que no está asegurada y no quiero ir a la cárcel. Desde que la Pantoja salió ya no me quedan motivaciones allí dentro.
Sonreí y nos encaminamos hacia el interior de la tienda.
—¡¡David!! —gritó ella—. Que no sirva de precedente. Y no te pases la tarde de cháchara o en lugar de pagarte hoy, me pagarás tú a mí.
—Con un masaje —le respondió—. Toma.
Me coloqué el mandil que me tendía y seguí a David hacia la trastienda, donde tenía cubos, macetas, paños, lazos y papel de seda.
—Tenemos que hacer unos arreglos para una boda. Por favor, Margot: concentración.
Me señaló una foto que tenía sobre la mesa de trabajo, donde se veía un ejemplo del resultado final y después con el mismo dedo dibujó un camino sobre todas las flores que teníamos alrededor.
—Me miras y luego, si quieres, haces tú un par.
—Vale.
Estiró el cuello, hizo crujir sus nudillos y se puso a ello.
—Pero… ¿no vas a preguntarme qué hago aquí? —le dije extrañada.
David me miró de reojo y sonrió mientras juntaba algunas flores por los tallos con una delicadeza bastante sorprendente para unas manos bastante toscas.
—Vienes a ser tú durante un ratito. Te entiendo. Sienta bien y…
engancha.
La trastienda se cubrió muy pronto de pequeños arreglos florales adornados con lazos blancos y organizados en cajas. Quedaban solo un par por terminar y en ello estábamos ambos mientras charlábamos. Era…
relajante.
—Entonces dijo lo de la ropa de deporte y…, no sé, es que… me tuve que levantar. Yo nunca hago estas cosas. Siempre me quedo a escuchar, aunque lo que me estén contando me quite minutos de vida. Ha sido así siempre. Yo era una persona extremadamente educada. ¿Qué me ha pasado?
La explicación de cómo había llegado mi hermana a necesitar un detective privado, y en qué circunstancias había sacado el tema cuando nos vimos, me había llevado más tiempo del que creía y, sorprendentemente, me sentía ligera después de haber compartido toda aquella información.
Más despierta. Menos responsable. Era tan tan fácil hablar con aquel casi desconocido.
—Nada. Es completamente normal. Lo que no sería normal es que te quedases allí a escuchar esas historias. Tu hermana está paranoica.
—Tampoco la entiendo a ella. En serio. ¿A qué viene todo esto? Y
además justo ahora. Justo cuando acaba de pasar lo de…, ya sabes.
— Bodus interruptus. —Me sonrió.
—Tenía la hipótesis de que lo hacía para que no pensase en Filippo y en el INCIDENTE, pero…
Me volví hacia él con el último ramito terminado y se lo di. Él lo estudió con ojo crítico y después de darlo por bueno me indicó que lo dejase en una caja.
—Te aburro, ¿verdad? —le pregunté.
—¿Ehm? No, no, qué va. Estaba pensando.
—¿En que te aburro?
—Nooo. —Se rio—. Madre mía. Todo lo contrario. Esto es como una telenovela pero en vivo, en plan «elige tu propia aventura». Lo que pasa es
que… creo que tu hermana Patricia solo está pensando en sí misma.
—Es posible que haya estado mucho tiempo pensando en los demás, en cumplir expectativas, y ahora solo quiera dedicarse a ella —la justifiqué, porque en el fondo… acababa de ponerla un poco a parir.
—No estoy criticándola —me aclaró con una sonrisa—. Y sé que tú tampoco. Recuerda nuestra regla de oro: no nos juzgamos.
—¿Entonces?
—Entonces creo que tu hermana no está a gusto y está buscando los motivos fuera. Tenéis más en común de lo que creéis.
—¡Estás juzgando! —Me reí.
—Estoy dándote posibles motivos sin tener que decirte cosas como: tu hermana es una pedorra.
Solté una carcajada y él otra. Ya había terminado con su arreglo y lo dejó en la caja.
—De lo que estoy seguro es de que has hecho muy bien al pirarte.
Se plantó frente a mí con los brazos en jarras y después de unos segundos posó sus manos en mis hombros.
—De verdad, no te sientas mal.
—Pues es justo como me siento.
—Tú ahora estás para otras cosas, Margot. Loop salvaje, ¿te acuerdas?
—Sí, sí que me acuerdo, pero… ¿no podemos dejarlo en « loop modosito»?
—No, no —se burló—. Madre mía…, vamos a tener que hacer una lista de cosas que cumplir en tu viaje a Grecia.
—Lo de hacer check en listas se me da muy bien.
—Estupendo. Apunta mientras…, ¡¡¡Amparito!!! —gritó—. ¡Los arreglos para la boda ya están! Ay… —me miró—, no he pensado que quizá… te he removido sentimientos.
—¿Por?
—Arreglos para boda.
—Ah, no. No tengo ni idea de cómo eran los míos. Recuerda que no llegué a entrar en la iglesia.
—Valiente hija de perra —se carcajeó—. ¡¡Me pongo a hacer ramitos secos!!
—¡¡Estupendo!! —gritó Amparito desde fuera.
—Como te decía: apunta mientras hago estos ramos, anda.
Me subí a un banco de trabajo con las piernas colgando y le pedí con un gesto que prosiguiera, pero David se acercó a mi bolso, rebuscó en él sin protocolo y me tendió el móvil.
—¡¡Eh!! ¡Eso es propiedad privada!
—Mi cabeza también, y me la follas cada vez que me das un consejito de los tuyos, así que ajo y agua.
—Consejos que tú pides, por cierto.
—Que pido desesperadamente, cierto. Anda, apunta. Si en mi móvil hay aplicación de «notas» seguro que en el tuyo también. Titúlalo « loop salvaje». A ver, que te vea.
Se asomó por encima de mi hombro mientras yo manipulaba el teléfono con las dos manos. Noté su respiración pausada en la piel y me escabullí hacia un lado.
—¡Me estás respirando encima!
—Perdona, qué caprichoso soy, ¿por qué necesitaré oxígeno?
No solo no se retiró, sino que me mantuvo allí, a centímetros de él a la fuerza, mientras intentaba zafarme y me reía. David olía a algo que me resultaba muy familiar. A algo que ya había olido antes, pero que no me encajaba en él.
—Oye, ¿a qué hueles?
—¿Yo? —Me miró—. A colonia de bebés. Se la robo a la hija de mi amigo. —Me enseñó los dientes en una sonrisa roedora.
—Manda cojones. Tú también tienes que hacer una lista.
—Primero la tuya.
Escribí en una nota « Loop salvaje» y di intro. Asintió para sí mismo y volvió a su puesto de trabajo.
—Comer musaka.
—¿Qué? —le pregunté.
—Apunta: comer musaka.
—Joder, esto va a ser más fácil de lo que pensaba. Apuntado.
—Hacer topless. —Me reí y lo apunté, sabiendo que no iba a hacerlo ni de coña—. Irte de un sitio sin pagar. Bañarte desnuda. Emborracharte.
Tomar el sol en bolas, por supuesto. Conducir una moto. Tener una noche loca.
—¿Qué significa «tener una noche loca» exactamente? —Levanté la mirada y arqueé una ceja.
—Mujer. —Me lanzó una miradita y se mordió el labio mientras cortaba algunos tallos—. Comerte la boca con alguien como mínimo. Mira, me has dado una idea: comerte la boca con una tía. Obligación moral antes de volver.
—¿Y lo de la noche loca?
—Lo de la noche loca también. Todo apuntadito. ¿Qué más? Decir mentiras. Eso es superdivertido. Tienes que pasarte todo un día diciendo mentiras. Que todo lo que salga por tu boca sea una trola. Y… ¿he dicho ya lo de bañarte desnuda?
—Sí.
—Pues hecho. Si se me ocurre algo más ya lo añadiremos a la lista.
—¿Eres consciente de que no tendrás manera de saber si lo cumplo o no?
—Margot, eres una mujer de palabra. —Me guiñó un ojo—. Dime al menos que lo intentarás.
—Lo intentaré si tú también lo intentas. —Salté del banco en el que estaba sentada y cogí el bolso—. Me voy.
—¿Ya?
—No voy a pasar toda la tarde viéndote trabajar.
—¿Y mi lista?
—Te la mando por WhatsApp.
Me lanzó un beso descarado y yo fingí que lo cogía y me lo guardaba en el bolsillo.
—Hasta luego. Adiós, Amparo.
—Cuídate.
Salí de la floristería andando a buen ritmo, pero con el móvil en la mano. Sorteé a varios transeúntes mientras escribía, alternando la mirada entre el tráfico, la gente y la pantalla. Cuando terminé, le mandé el mensaje a David:
Lista de cosas que hacer para recuperar a una diosa moderna:
—Dejar de decir «tronca». Es como de los ochenta chungos.
—Ponerte ropa que no lleve agujeros. Por favor, las telas ya vienen preparadas para transpirar.
—Cortarte el pelo/peinarlo. Esto es urgente.
—Ponerte una camisa. Así, a lo loco.
—Cambiar de perfume. Tu edad ya no se cuenta en meses.
—Conocer el noble arte de invitar a cenar en restaurantes que no sirvan en envases de usar y tirar. Hazlo por lo menos por el medioambiente.
—Buscar habitación en piso compartido. Lo del sofá no invita a tener ganas de tener una cita contigo.
—Publicar fotos, donde ella pueda verlas, en las que salgas:
—Pasándotelo muy bien.
—Haciendo cosas que nunca hiciste con ella.
—Con chicas que no son ella.
—Sin pinta de beber cerveza en litronas en un parque mientras comes pipas (chándal fuera).
—Trabajando. Lo de las flores tiene tirón.
PD: Haremos de ti un príncipe.
PD2: Tacha lo anterior.
PD3: Haremos de ti un dios.
No tardó ni dos minutos en responder con un:
¿Nos vamos mañana de compras?
Cuando vi mi reflejo en un escaparate… sonreía.
Cuando llegué a casa… olía a flores.
Cuando me acosté… no me pregunté nada. Había empezado a dejar de importarme pisar el freno.
Y digo yo… ¿cómo pudimos ser los únicos que no lo vimos venir?
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