Un cuento perfecto
Capítulo 31
Aquí empieza el viaje de verdad
Lo primero que hice al despertarme fue consultar el móvil. Arrastraba por aquel entonces esta manía, que desde el INCIDENTE se había convertido en obsesión y que, además, me hacía sentir siempre defraudada porque lo único que encontraba solían ser mails de trabajo en los que se me ponía en copia «FYI». Pero aquella mañana no fue así.
Siguiendo el consejo de David, le envié un mensaje a Filippo antes de acostarme. Era una foto colorida donde el claroscuro daba volumen a las flores y a los adoquines. Mi propia sombra salía proyectada hacia el suelo, alargada y sólida, de una pieza, sin rasgos ni detalle. A mi lado, unos pasos más atrás, se intuía la que yo sabía que era la sombra de David, pero que a ojos de Filippo podría ser la de cualquiera.
Escribí:
Atenas. Julio 2019. Gracias por animarme a hacer esto.
Sí, sé que no decía mucho. Sé que podría haber mandado este mensaje a Filippo, a mi madre, a Sonia o a Candela. Incluso a David. Bueno, a David le hubiera escrito uno más largo, esa es la verdad. La razón de mi concisión fue que… no se me ocurrió nada más que no me dejase demasiado en evidencia. Y, bueno, había salido bien.
En su mensaje, Filippo decía:
No sabes cuánto me alegra saber que finalmente te atreviste a hacerlo. Seguro que estás pasando un mal rato comiendo sola por ahí y que aún no te has atrevido a pedirle a un desconocido que te haga una foto, pero aprenderás. Y estoy seguro de que este viaje te hará madurar. Echo de menos tus labios.
Me di una ducha y, aunque habíamos quedado en vernos directamente en el salón donde daban los desayunos, corrí a la habitación de David en cuanto estuve preparada. Al abrir la puerta, despeinado, en pantalón corto y con una camiseta de un color que no creo que se incluya ni en el catálogo universal de Pantone, lo primero que encontró fue mi móvil.
—¡Lee! —le grité.
—Desbloquea, petarda. Se ha apagado la pantalla —dijo frotándose un ojo con el puño.
—¿Aún estabas durmiendo?
—Habíamos quedado dentro de tres cuartos de hora. Claro que estaba durmiendo.
—¡Mira! ¡¡Filippo contestó anoche!!
David me hizo pasar y yo le di mi móvil ya desbloqueado para que pudiera leer el mensaje. Estaba entusiasmada. De verdad. ¡Echaba de menos mis labios! Nuestros besos…, ay, cuánto añoraba yo sentir los suyos.
Me senté en la cama esperando elogios a mi táctica (que era en realidad la suya), pero él arrugó un poco el ceño.
—¿No te suena paternalista? —me preguntó David.
—¿Paternalista?
—Sí. Un poco cuñado.
—¿Cuñado? No te entiendo.
—Ya sabes. —Se estiró y la camiseta se le subió un poco, dejando a la vista el ombligo y una tira de vello que se perdía bajo la goma del pantalón…, pantalón en el que se marcaba la evidencia de que no llevaba ropa interior.
Aparté la mirada, un poco incómoda.
—¿Qué tengo que saber?
—¿Qué te pasa? Pones cara de haber visto un fantasma.
«Sí, el de tu pene».
—¿Qué me estabas diciendo?
—Que me suena paternalista. Como si él lo supiera todo y tú fueras un perrito que está aprendiendo los trucos que le manda el dueño.
Lo miré horrorizada.
—¿Qué tal si te vas a cagar? —respondí cuando pude articular palabra.
—Pues en cuanto te vayas de mi habitación lo intento. —Sonrió con sorna—. En serio, Margot, ¿siempre te habla así?
—¿Así cómo?
—No sé. Dice que seguro que ahora vas a madurar, como si fueses una adolescente que se ha ido de intercambio o…, o… un aguacate.
Le puse mala cara.
—Gracias por los ánimos, ¿eh?
—Mujer. —Se rascó el pecho y bostezó—. Es que a ver si te estoy animando a volver en brazos de un tío que se cree tu papá. Por cierto, qué guapa. ¿Qué te has hecho?
—¿Yo? —Me señalé justo sobre el esternón—. Nada. Si ni siquiera me he peinado.
—Pues estás guapa. Será el amor, que te pone sandunguera. —Se movió como si bailara—. Me voy a la ducha, ¿vienes?
Arqueé una ceja y David sonrió socarrón.
—Como vaya… —bromeé.
—Como vengas, ¿qué?
Apreté los labios en una sonrisa, incapaz de añadir algo. Ante mi silencio, él se quitó la camiseta y se dirigió hacia la ducha.
—Ya decía yo —le escuché decir.
—La valentía me llega solo a media amenaza.
—Péinate, anda. Tu «yo» despeinado me parece peligroso.
—¡Oye! Pero ¿qué hago con Filippo? —me quejé.
Se volvió solo a medias. La luz del baño recortaba su silueta y deseé que se girara del todo para verlo mejor, pero lo cierto es que así, tal y como estaba, parecía recién sacado de un jodido anuncio de esos de perfume en los que de pronto una voz gutural salida de la nada habla en francés.
—¿Hacer? —se interesó.
—Claro. ¿Qué hago ahora? ¿Le respondo? ¿Le mando una foto-teta?
—Quédate mejor quietecita. —Sonrió—. El siguiente movimiento es cosa suya. Él también tiene que recuperarte.
David desayunó un bocadillo, una tortilla, dos cafés, como tres vasos de zumo de naranja y dos bollos. Solía ser así y normalmente me divertía ver a alguien comer tantísimo y con tanto placer, pero en esta ocasión me pareció peligroso: en unas dos horas cogíamos un barco hacia Santorini y el trayecto era de cuatro horas.
—¿Te mareas en los ferris? —le pregunté.
—¿Yo? —respondió sorprendido mientras apuraba su segundo café con mucha leche—. ¿Cómo me voy a marear? Si son como edificios deslizándose por el mar.
—Anda, pues yo sí que me mareo un poco —confesé.
—Entonces ¿por qué no cogiste un avión para este trayecto?
—Pues porque estoy harta de aviones. Se pierde muchísimo tiempo en los aeropuertos. Viajo bastante por trabajo, de modo que Sonia sabe que si el trayecto puede hacerse en otro medio de transporte, lo agradezco.
—Qué considerada, tu Sonia. —Sonrió.
—Me quedan dos biodraminas. Si quieres, nos tomamos una cada uno
—le ofrecí.
—Las dos para ti.
Supongo que se acordó de ese «las dos para ti» durante el viaje, sobre todo cuando empezó a cambiar de color. De su tono habitual pasó a un rojo encendido en las mejillas como a la media hora de trayecto. Me dijo que tenía calor, pero lo cierto es que allí hacía un frío de mil demonios por culpa del aire acondicionado tipo centro comercial. No llevaríamos una hora cuando pasó del carmesí al amarillo. De ahí al blanco fue cuestión de minutos.
Filippo nunca se mareaba. Ni siquiera lo había visto ponerse enfermo.
Quizá alguna tos seca o algún estornudo. Recuerdo vagamente un «me duele la cabeza», pero nunca, jamás, lo vi vomitar. Y mucho menos con la fuerza con la que David terminó haciéndolo cuando aún quedaban unas dos horas para llegar. Cómo terminé abierta de piernas, a horcajadas sobre su espalda, agarrándole los mechones de la frente mientras vomitaba como un auténtico animal ni siquiera lo recuerdo. Solo sé que él salió corriendo con lo que parecía que era su último aliento de vida y que yo le seguí sin pensar hasta el baño de hombres sin que nadie me lo impidiera.
Cuando terminó la hazaña (que no fue bonita de ver), no podía ni levantarse. Se quedó allí de rodillas hasta que descubrí cómo desencajar mi cuerpo del cubículo, salir y tirar de él.
Se miró en el espejo. Se apartó el pelo de la frente. Le dio otra arcada.
Vomitó en la papelera. Le mojé la nuca con agua fría. Vomitó un poco más en la papelera. Lo arrastré hasta el lavabo, lo obligué a doblarse hacia delante, como si me lo fuera a follar con un pito de goma, y después le metí la cabeza entera debajo del grifo. Bueno, lo que pude, porque los baños de un ferri tampoco es que sean como los de un Four Seasons.
Resucitó y se apoyó con ambas manos en la bancada cuando llevaba un par de minutos bajo el agua. El pelo le chorreaba por el cuello y la ropa, pero él solo parecía concentrado en respirar. Cómo jadeaba con los ojos cerrados… Admito que, aunque acabara de echar una pota de récord Guinness, la imagen resultaba algo erótica.
Cuando consiguió abrirlos y me miró, lo único que le salió fue un «lo siento» tan sincero que me dio hasta pena.
—No pasa nada. —Le sonreí—. Estas cosas ocurren.
—¿Llevo pota en la camiseta? La pota es mi criptonita, Margot. Dime que no llevo pota.
Lo miré de arriba abajo. Ni rastro. Después, me descojoné y él, en la medida de lo posible, también.
—Voy a ser sincero —jadeó—. Me encuentro como el culo, ojos tristes.
—Yo te cuido.
Le compré una botella de agua fría y bebió un par de sorbos cuando estuvo de vuelta en su asiento, con la cabeza hacia atrás y los pies colocados en los asientos de delante que estaban libres (en los dos, abierto de piernas). Al principio no me atreví a acercarme demasiado. Me limitaba a sostener la botellita de agua y a ofrecérsela de vez en cuando; así hubiera seguido el resto del viaje si él no se hubiera acurrucado en mi regazo. Se dejó caer de lado, apoyando la mejilla en mi muslo, y se abrazó a mí de modo que sus manos quedaron entrelazadas entre mis piernas, por debajo de la falda. Creo que ni siquiera se dio cuenta. Yo sí. Fui muy consciente de que unas manos ásperas me estaban tocando un pedazo de piel fina y sensible.
—David…
Iba a decirle, con tacto y amabilidad, que sacase las manos de allí. No quería que nadie pudiera descubrirme en aquel brete. ¿Y si me cruzaba con algún conocido? ¿Y si algún amigo de Filippo había escogido el mismo destino que yo? Desayunar con él en el hotel ya había sido arriesgado, así que tenerlo allí, agarrado, me parecía demasiado.
Sin embargo…, no pude porque cuando iba a decírselo me miró, sonrió y dijo:
—No te acabes nunca.
Se durmió. Allí, acurrucado y agarrado a mí como si yo fuera su única posibilidad de salvarse. Cuando David dormía, se quitaba años de encima a paladas, como si en cada inhalación y exhalación hiciera un viaje a la inversa, soñando con su infancia y volviendo a ella. Si no fuera por la sombra de esa barba desigual que nacía en sus mejillas, una podía olvidar que ya era un hombre.
Le desperté deslizando los dedos entre los mechones más largos de su pelo y acariciando el lóbulo de su oreja. No dijimos nada. Él se concentró en recoger el equipaje y yo sentí que quizá me había pasado de cariñosa.
El transfer tardó unos diez minutos largos en llevarnos hasta el hotel. Lo cierto es que esperaba uno de esos con vistas al mar, pero el nuestro se encontraba a unos diez minutos más en coche desde Fira, donde me temo que el Grupo Ortega no tenía ningún hotel. O quizá Sonia cumplió con lo que le pedí y se limitó a escoger el mejor hotel por debajo del que tuviéramos de cinco estrellas superior lujo. Era imposible sabérselos todos de memoria.
«¿Cuándo se nos ocurrió comprar este secarral?», pensé al llegar. Pero lo cierto es que, a pesar de no estar precisamente cerca del mar, la cadena había sabido hacer de aquel hotel un pedacito de paraíso, aunque yo aún no lo supiera.
La chica de recepción que nos atendió parecía mucho más avispada que los de Atenas y gestionó las reservas a la vez. Habíamos llegado en el
mismo coche desde el puerto y se notaba a la legua que no éramos dos desconocidos, de modo que todo le extrañó mucho.
—Me temo que ha habido un error al formalizar su reserva —me dijo en un correctísimo inglés.
—¿Qué dice? —preguntó David.
—Me aparecen dos reservas diferentes —se disculpó apurada mirándonos a los dos, como si David estuviera entendiéndola.
—Tú te tienes que poner las pilas con el inglés, fiera —le dije. Luego me volví con una sonrisa hacia ella—. No es una equivocación. Tenemos dos reservas. Una hecha a través de una agencia —la que solía usar Grupo Ortega— y otra directamente a través de vuestra página web.
Me miró frunciendo el ceño, confusa.
—Pero…
—Ehm…, nosotros somos amigos. No pareja —le aclaré.
—Ya. Bueno… —insistió—. No es que esté pidiéndole explicaciones, ni mucho menos. Es que la habitación que tienen ambos es una villa privada de dos habitaciones. Cuatro en total… para dos personas.
Hice una mueca. Sonia debió de coger la habitación de mejor categoría sin importarle que tuviera dos habitaciones y yo, sencillamente, me limité a duplicar sus reservas para David sin mirar los detalles.
—Quizá ha habido algún malentendido —se me ocurrió decir.
—Puede. Veo que la reserva hecha a nombre del caballero es de hace apenas unos días. Estarán… ¿siete días?
—Sí.
—Pues… a ver. —Miró en el ordenador y tecleó—. Puedo anularla, pero a partir de mañana. La noche de hoy se les cobrará.
—Ah. Pues… genial. No hay problema.
—Perfecto. Fírmeme aquí entonces, señora Ortiz.
—¿Por qué te llama Ortiz? —me preguntó David.
—Porque mi secretaria debió hacer mal la reserva. Ortiz es mi segundo apellido. Gracias —le dije devolviéndole la ficha firmada a la recepcionista.
—Les llevarán las maletas en un momento. Dejen que mi compañero les indique el camino.
Cuando miré a David, no parecía conforme con mi explicación.
—¿Qué?
—¿Qué pasaba? —me preguntó deslizando nuestras maletas y subiéndolas al carrito del botones él mismo.
—Como no quería que nadie supiera que veníamos juntos, reservé yo tus habitaciones para todo el viaje y no me di cuenta de que la que Sonia me había escogido aquí es una villa con dos dormitorios. Estábamos gestionando la anulación de la que hice para ti.
—¿Y lo del apellido?
—Ya te lo he dicho. A veces la agencia se hace un lío.
Quiso creérselo. Se lo noté solo con echarle un vistazo. Quería creérselo y no ponerlo en duda.
La habitación era muy bonita. Nada más entrar te encontrabas en mitad de una sala de estar con una mesa redonda con cuatro sillas, un sillón y un sofá. A derecha e izquierda se abrían las puertas que llevaban a nuestras habitaciones y enfrente, tras una cortina, aparecía una impresionante terraza con piscina privada, solárium y otra mesa con sillas. David no cerraba la boca.
—¿Qué dices? —me preguntó David de repente, cuando estaba despidiendo con una propina al chico de las maletas—. ¿Esto es para nosotros? Se han equivocado.
—No. No se han equivocado. —Sonreí.
—Es imposible —le escuché murmurar, asomado a la terraza.
—Bueno…, ¿qué me dices? No está cerca del mar, pero… es bonita,
¿no? ¿Te gusta?
David abrió los ojos como platos.
—¿Que si me gusta? ¡¡Margot, yo pensaba que íbamos a ir de campings!!
—Venga ya. Como si no me conocieras.
Ni siquiera noté que se acercara, pero de pronto lo tenía agarrado de la cintura, sonriente, emocionado.
—Querida Margarita…, es usted una pija.
Le ofrecí llamar al servicio de habitaciones y pedir algo de comer. Me imaginaba que después de haber vomitado como lo había hecho, tendría hambre. Mucha. Hambre y pocas ganas de salir a investigar con el calor que
hacía. Le pareció buenísima idea, pero me pidió que, por favor, dejase que él corriese con los gastos que cargáramos a la habitación. Le dije que sí por hacerle feliz, aunque sabía que iría todo a la cuenta full credit asociada con mi tarjeta.
—¿Te importa que te deje un momento sola? —me preguntó—. Querría llamar a Iván y a mis padres. A estos ni siquiera les dije que me iba de viaje y acabo de caer en la cuenta.
—Claro. No tengas prisa. Yo mientras tanto iré deshaciendo el equipaje.
Las cigarras envolvían con su sonido de verano todo el hotel y, aunque alrededor no había más que campos amarillentos, tenía su encanto. Abrí las ventanas que daban a la piscina y puse música mientras sacaba la ropa arrugada de la maleta y la metía en el armario, ordenada y colgada. El cuarto de baño era algo oscuro por culpa de una ventana bastante pequeña, pero era bonito: mármol blanco, espacio diáfano, una gran ducha y una bañera enorme chapada con pequeñas teselas iridiscentes que cambiaban de color según cayera la luz sobre ellas.
Mientras sacaba mis neceseres, me sobrevoló cierta sensación de soledad. Me dio por pensar que hasta David, que parecía uno de esos perros callejeros felices que no quieren un dueño, sentía la necesidad de llamar a alguien que no estaba allí. Y yo no. Sé que era parte del proceso que estaba viviendo, pero en aquel momento no lo racionalicé. David no dejaba de mandar fotos y notas de voz simpáticas a sus amigos del pueblo y yo… yo no tenía a nadie con quien hacerlo.
Me lo pensé un poco, pero terminé llamando a Candela. La verdad es que había ignorado ya un par de sus mensajes mientras estábamos en Atenas.
—¿Estás viva? —preguntó nada más responder.
—No. Te llamo a través de una tabla ouija. Voy a matarte.
—No tiene gracia. Estaba ya a punto de avisar a la Interpol. ¿Qué tal está yendo el experimento?
—Muy bien —respondí contenta—. Francamente, muy muy bien.
—¿Te has enamorado ya?
—¿Qué dices, loca? Yo estoy enamorada de Filippo que, por cierto, anoche me envió un mensaje de lo más cariñoso.
—Ay, ¿entonces sigues cuerda? ¿Ninguna comedura de tarro por haber viajado con ese chico?
—Ninguna.
—Buenísimas noticias. ¿No habéis hecho guarrerías entonces?
—¿Quién? ¿David y yo? ¡Qué va! Bueno, no sé si cuenta como guarrerías aguantarle la cabeza mientras vomita en un ferri.
—No. Seguro que para algún depravado en el mundo sí, pero, gracias a Dios, para mí no. ¿Dónde estáis ahora?
—En Santorini. Estaremos aquí una semana. Después nos iremos seis días a Miconos.
—Qué puta envidia.
—No te creas. Pensaba que el hotel estaría cerca del mar, pero está en medio de un secarral. Supongo que el suelo está cotizadísimo en la isla.
Pero es bonito, ¿sabes? Tenemos una piscina privada y…
—¿Está bueno en bañador? —me interrumpió.
—Buenísimo —respondí sin pararme a pensarlo—. Quiero decir… si te gustan ese tipo de chicos.
—¿A qué tipo de chicos te refieres?
—Ya sabes. A esos que podrían ser skater, modelos de Vans o raperos.
—David no tiene pinta de rapero. Un rapero lo usaría de mondadientes.
—Tienes razón. —Me reí—. Es como chiquitillo, ¿no?
—No tanto. Es que es delgado, pero… ¿tiene six pack?
—Tiene amago de six pack, sí.
—¿Y de pack a secas cómo va?
—Candela, tía. No le he mirado el paquete. —Fingí indignación. Y la fingí porque en realidad había mirado todo lo que había podido.
—Los bañadores de hombre se pegan mucho al salir del agua. Algo habrás visto.
—¿Qué tal por allí? —Cambié de tema.
—¿Por aquí? Que no te siente mal, pero… qué ganas tengo de volver al mundo real y hacer algo útil por la humanidad. Tu hermana me tiene frita.
¿No te ha escrito?
—Aún no. Pero, vamos…, no creo que tarde mucho.
—Buff. Llevamos dos días pateándonos Madrid con un periódico inglés en la mano. Uno de esos enormes. No sabes cómo tengo las manos…,
¡negras!
—¿Un periódico? ¿Para qué…?
—Pues ya sabes… como se le ha metido entre ceja y ceja que el detective se ha compinchado con Alberto y por eso solo le manda fotos de su marido desayunando porras y churros, ahora estamos siguiéndole…
—¿A Alberto?
—¡No! Al detective. ¡Pero si esto ya te lo contamos! Quiere pillarle con las manos en la masa para que le devuelva el dinero. Le seguimos y nos escondemos detrás del periódico.
Me senté en el borde de la bañera y me tapé los ojos.
—Probablemente he querido borrarlo de mi memoria para sobrellevar mejor la vida. Qué puta vergüenza de genes compartimos —musité.
—Ya te digo.
—¿Margot? —David me llamó nada más entrar de nuevo en la villa—.
¿Dónde estás?
—Hablando por teléfono. Ve pidiendo la comida si quieres.
—Barrera idiomática —dijo escueto.
—Voy a pedir la comida —informé a Candela—. Por favor, mantenme informada de esa…, es que no sé ni cómo calificar la movida.
—Es como el guion de una película de mierda. En fin. Te llamo si destapamos alguna estafa piramidal o algo.
David entreabrió la puerta del baño justo cuando dejé caer la mano que sostenía el móvil hasta mi regazo. Había cambiado ya sus vaqueros cortos y su camiseta roída por un bañador que tenía pinta de nuevo. Una adquisición en la que no había mediado yo, pero que me jugaba la mano derecha que se lo agenció después de nuestra mañana de compras. Era negro, un poco más corto que el que llevó en la piscina del hotel en Atenas y…, bueno, vale…, bastante sexi. No llevaba camiseta e iba descalzo. Y allí, apoyado en el marco de la puerta de aquella guisa…, me di cuenta de que sí me parecían atractivos ese tipo de chicos.
—¿Nos bebemos unas cervezas en la piscina? —me ofreció mientras tendía hacia mí un botellín helado.
Qué curioso. Según los comentarios de mi madre, yo debía pasar una especie de penitencia para resarcirme de mis pecados (ya se sabe, el INCIDENTE), pero me sentía en el paraíso.
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