Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 34 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 34

El freno de la motocicleta

—Vale. Dale un poco. —David estaba serio. Su mano sobre la mía—. No hace falta que aprietes tanto, anda.

—No estoy segura de que esto sea una buena idea.

—Tú déjate llevar. No pienses tanto.

—¿Así?

—¡¡Eh, eh, eh!! ¡Aguanta! No tan fuerte.

—¡¡¿Ves?!! No sé.

David suspiró y apoyó la frente en mi hombro.

—Por favor, Margot. Llevar un coche es muchísimo más complicado.

—Noté su aliento en mi piel—. Esto es una bicicleta con motor.

El sol caía a plomo en la carretera larga y desierta en la que habíamos parado. David cargaba a su espalda una mochila con todas las cosas que necesitábamos para ir a la playa, pero no llegaríamos nunca si no me ponía las pilas porque estaba claro que iba a ser yo quien condujera hasta allí.

Volví a darle al acelerador, esta vez más suave. David me soltó la mano y dejó caer la suya sobre mi muslo.

—Vale. Vas bien.

Nos movimos despacio. Mis zapatillas Converse blancas rozaban aún la calzada.

—Sube los pies —me dijo.

—Ponte el casco —le pedí.

—¿Sabes que aquí no es obligatorio? Por eso te dan esta mierda.

—Ponte el casco —insistí, acelerando un poco más.

—Sube los pies.

Vi a su sombra ponerse el casco y después su mano volvió a mi muslo, que apretó un poco para infundirme tranquilidad. Joder. El calentón no se

me había pasado.

—Bien, bien, bien. Sube los pies y acelera.

Subí los pies, aceleré. David se agarró con fuerza a mi ropa, un mono corto de color negro.

—Margot, calma…

—¡¡Mira, mira!! ¡¡Que voy yo sola!! ¡David! ¡Que estoy conduciendo!

Ay, ay. Una curva. Allá hay una curva.

Frené con el freno de delante y David se aplastó contra mi espalda.

—¡Perdón! —grité.

—Con los dos frenos, Margot, que nos matamos.

—Perdón, perdón.

Aceleré de nuevo.

—Vale. Sigue la carretera. Hasta dentro de cinco kilómetros no tienes que desviarte —me dijo mirando el móvil.

Pisé un bache. Lloriqueé.

—¡Quiero parar, quiero parar! Tengo miedo.

—No frenes, Margot.

Frené con la rueda de delante otra vez y David volvió a estamparse contra mi cuerpo.

—Ah, ah, ah —gemí.

—Sí, mujer, tú no te cortes.

—¿Qué?

—Nada.

Aceleré. Vi una piedra. Frené otra vez mal. El pecho de David terminó aplastado contra mi espalda.

—Margot, por favor.

—¡¡Ah!! ¡¡Ah!! ¡Ah!! ¡Que viene un coche por detrás!

—Pues que nos adelante. Tú pégate a la derecha y ya está, pero deja de hacer esos soniditos, por favor.

—¡¡Ah!! ¡¡Ahhhh!! David, David, lo estoy pasando fatal.

Un coche nos adelantó y yo volví a frenar. David, de nuevo, chocó.

Frené. Chocó. Le escuché gruñir.

—¡¡Perdón, perdón!!

—Margot, ¿lo estás haciendo a propósito?

—¿Qué? ¡No! Estoy superagobiada.

Una moto más grande pasó por nuestro lado con un tío sin casco. Nos gritó algo y yo frené.

—¿Qué pasa? ¿Por qué grita?

—Margot, por favor, porque es idiota. Deja de frenar.

—¿Puedo parar?

—No, pero en serio, acelera. Solo acelera.

Su boca se apoyó en mi hombro. Miré fugazmente hacia detrás, confusa.

—David…, ¿te has mareado? ¿Tan mal voy? ¿Paro?

Frené.

—¡¡Margot!! —gritó.

—Ya, ya lo sé. Perdona.

—¿Sabes por qué me estás pidiendo perdón?

—Por los frenazos… —respondí confundida—. ¿Qué… te pasa? No te entiendo.

—Cada vez que frenas te endiño la polla contra el culo, Margot. Y, joder, tía, que yo te respeto, pero uno no es de piedra.

Miré hacia delante fijamente, asustada. Un angelito, sentadito formal en mi hombro, me pidió que en la medida de lo posible aprendiera a frenar con suavidad. El demonio, con la cara de mi hermana Candela, vete tú a saber por qué, apretó mis dedos sobre el freno una vez más.

—Tú frena, frena —le escuché reírse—. Pero no te preocupes, que lo que notas es mi móvil en el bolsillo.

—¿Qué bolsillo? ¡Lo llevas en la mano!

—El móvil —repitió—. Tú sigue frenando que igual cuando lleguemos, necesito el cigarrito de después.

Me mordí el labio, disimulando la sonrisa.

—Te estoy viendo, cabrona.

Y juraría que se acomodó, pegándomela contra el trasero una vez más.

Kamari Beach estaba bastante llena, pero habíamos madrugado y encontramos un par de hamacas libres. A David ese tipo de «veraneo» le

daba pereza. Él quería que fuéramos a Red Beach, que era mucho más hippy; que entráramos en un supermercado, nos hiciéramos con algo de comida y bebida y nos pasáramos allí el día tirados, nadando y buceando con unas gafas que me enseñó orgulloso. Nos lo jugamos a piedra, papel o tijera, y… todo el mundo que me conoce sabe que tengo un don con ese juego. Gané y decidí que sería mejor empezar por algo más «comercial».

Ahora que habíamos empezado con eso de cumplir la lista de requisitos que él había escrito cuando aún no sabía que vendría conmigo, me daba miedo que dijera que era el momento del topless. Allí tendría excusa: demasiada gente.

Llevaba un bikini negro, sencillo. La parte de arriba era como un top bandeau con tirantes muy finos y la braguita quedaba un poco alta. Cuando me quité el mono y lo dejé a la vista, David hizo un gesto de apreciación.

—¿Qué?

—Me gusta.

—Eso es por el meneo que te he dado de camino —le dije socarrona mientras me recolocaba la braguita en su sitio.

Se arremangó el bañador rojo y sonrió con picardía.

Me pasó las dos toallas del hotel, que extendimos cada uno en su hamaca sin dejar de «vigilar» los movimientos del otro. Después, me tendió la crema solar en espray. Me di por los brazos, por el escote, por la tripa, las piernas por delante y después por detrás, las nalgas y… me volví a pedirle que me pusiera en la espalda. Me estaba mirando.

—Te estás poniendo muy tontito tú, eh… —le advertí divertida.

—¿Filippo te ha visto con ese bikini? —me preguntó cogiendo el protector solar y echándome por la espalda.

—Sí.

—Se volvería loco, ¿no?

—Filippo no se vuelve loco.

—Pues qué tío más aburrido —farfulló.

—Es solo un bikini.

David se echó de mi crema por el pecho. Miré, lo admito. Miré, sobre todo, cuando se echó por el vientre, donde la línea de vello se internaba en el bañador.

—¿Idoia te ha visto en bañador? —le pregunté de vuelta.

—Me ha visto desnudo, que es mejor.

—¡Oye! Pero ¿qué nos pasa?

—A mí el viajecito en moto que me has dado ya me excusa para todo el día. —Levantó las palmas, defendiéndose—. Tú sabrás qué te pasa a ti.

Que… si ves que esto —se palpó el pecho, el vientre y terminó cogiéndose disimuladamente la entrepierna— te pone muy nerviosa, me doy una vuelta.

Perdona. ¿Se había cogido todo el lambrusco ahí, delante de mí?

Pestañeé para intentar eliminar la imagen de mi cabeza.

—Eres imbécil —le acusé.

David movió las hamacas para que la sombrilla quedase estratégicamente situada y nos dejase todo el cuerpo al sol, excepto la cara, y después se tumbó a leer. Llevaba un libro manoseado y yo, que había dejado mis revistas y mi libro en el hotel, me asomé a cotillear el título porque, lo admito, un tío leyendo me produce el mismo efecto que uno con un bebé. Babeo.

— Del color de la leche. —Leí en la portada.

—Ajá. —Asintió—. Pareces sorprendida. ¿Qué pensabas? ¿Que sacaría una Playboy?

—¿De qué va? —le pregunté.

—Pues va de una niña que…, a ver…, como no quiero hacerte spoiler te diré que yo creo que va de lo jodidos que estamos en la vida. Creemos que encontraremos la manera de ser más libres, pero terminamos siendo más esclavos que antes.

Arqueé las cejas.

—Suena triste.

—Menos que lo que me ha dejado tu paseo en moto —musitó para, después, mirarme pícaro.

—Léeme un poco —le pedí.

—Ven… Así me pones protector por la espalda, que no llego. Pero ponme de la mía, que la mierda esa está fría y me da una impresión horrible.

Sacó su bote y yo suspiré. Y yo que pensaba que me había librado de sobetearlo… Eché unos chorritos en la palma de mi mano y después lo

extendí sobre una espalda ancha, sin mácula, solo un par de lunares pequeños aquí y allá, que dibujaban una constelación preciosa en su piel canela. David buscaba entre las páginas del libro hasta que dio con un pasaje concreto y se puso a leer en voz alta:

—«A veces tu memoria guarda cosas que preferirías no volver a saber nunca, y, por mucho que intentes quitártelas de la cabeza…, siempre vuelven».

Se giró y me miró por encima del hombro mientras yo frotaba su espalda.

—Qué cierto —le dije.

—¿Qué desearías no haber sabido nunca, Margot?

«Hasta dónde llega mi cobardía», pensé, pero fue un pensamiento bastante infantil. Tendrían que pasar un par de semanas más para que entendiera bien aquella frase.

—Nada en concreto —le dije—. Me quedan aún muchas cosas por aprender.

—Pues el conocimiento no nos hace libres. Nos hace más conscientes de nuestras propias limitaciones.

—¿Cómo pasas de estar agarrándote el paquete en plan soez a filosofar así, David?

—Es innato. Tengo un talento…

Paré su mano cuando intentaba volver a agarrarse el paquete.

—Vamos al agua. —Tiré de él.

—¿Y las cosas? —me preguntó.

—Disculpe. —Me dirigí en inglés a una señora de unos setenta años que hacía sudokus en la hamaca de al lado—. ¿Podría echarle un vistazo a nuestras cosas mientras nos damos un baño?

—¡Claro que sí! —Me sonrió—. ¿Prefieres dejar tu bolsa debajo de mi hamaca?

—¡Muchas gracias!

Metí todo lo de valor en la mochila y la deslicé debajo de la hamaca de la señora.

—Será breve.

—No tengo prisa. Voy a pasar el día aquí.

No sé por qué David y yo fuimos cogidos de la mano hasta el mar.

Quizá porque Kamari Beach es una playa de piedras, pequeñas y redondeadas, pero piedras al fin y al cabo. Era fácil darse una leche o hacerse daño… o una buena excusa, no lo sé. Nos soltamos cuando la primera ola, pequeña, suave, que apenas podía llamarse ola, chocó contra nuestras rodillas. El mar estaba a una temperatura perfecta, ni demasiado frío ni demasiado caliente. Los pezones se me pusieron duros al contacto con el agua mientras me recogía el pelo. Cuando busqué a David, lo tenía pegado a mi espalda, agarrándome de la cintura. Nos sonreímos.

—Déjame hacerte una foto cuando salgamos —me dijo—. Filippo tiene que ver esto.

—Ya vale de reírte de mí.

—¿De ti? —Me giró—. Me río de él, que no se vuelve loco.

Arqueé una ceja.

—Ya sé de qué va esto. Estás intentando subirme la autoestima.

—¿Yo? ¡Qué va! Malo si el que te sube la autoestima es alguien de fuera. Eso tiene que pasar dentro. —Se señaló el pecho—. Como cuando me probé esos vaqueros que me obligaste a comprarme y vi el culo que me hacen.

—Igual hay que requisarlos por el bien de la humanidad.

—En serio, déjame que te haga una foto luego. Tienes que verte como yo te veo.

Fuimos adentrándonos en el agua hasta que nos llegó al cuello. Allí me dejé mecer, con los brazos abiertos y los ojos cerrados. No recordaba la última vez que me sentí tan… desvinculada de todo lo que tiraba de mí.

Hacía años que viajaba siempre con el ordenador portátil, y hasta en mis escapadas con Filippo buscaba un ratito para leer mails, devolver llamadas y revisar documentos Excel. Pero allí, nada. No podía decir que sintiera precisamente relax, pero al menos mi cabeza había dejado de ser asilo de aquel nido de angustias sin principio y sin final.

—Mira esos dos… —escuché decir a David.

Me incorporé. A unos veinte metros, una pareja se besaba…, pero se besaba como te besas cuando tienes un calentón que solo se arregla follando. No pude despegar la mirada una vez que los descubrí.

—Joder…

—¿Crees que están follando?

Miré a David. Unas gotas de agua recorrían su cuello. Estaba para comérselo.

—Pues… —Volví la mirada hacia la pareja y vi que se movían, no sé si a causa de las olas o de lo que no podíamos ver porque quedaba bajo el agua—. Yo diría que sí.

—¿Lo has hecho alguna vez?

—¿En el mar? Sí. No mola nada. Pica.

—Así que te va hacerlo en sitios raros, ¿eh?

—El mar no es un sitio raro. Lo raro es que no lo hayas hecho nunca aquí.

—Una vez lo hice en las escaleras del metro.

Me di la vuelta de nuevo para mirarlo, alucinada.

—¿En las escaleras del metro?

—Sí. —Asintió—. Último metro de la noche, un rincón que no tenía cámaras y un calentón.

—Qué incómodo, ¿no?

—Bueno. Duermo en un sofá cama. Las escaleras del metro me parecen lujo asiático. ¿Y tú? El sitio más raro…

—En la embajada de Italia.

—Qué protocolaria, la niña. —Sonrió—. ¿Y te gustó?

—No mucho. No me gusta ir con prisas.

—¿Y cómo te gusta? —David se colocó frente a mí y me miró la boca.

—¿Y a ti?

Uy, uy, uy.

Nunca pensé que un chico como David me miraría la boca de aquella manera. Ni siquiera creí que sentiría mariposas al descubrir a alguien mirándome así.

—Oye, cielo… —le advertí—. Te estás viniendo arriba.

—¿Arriba? Abajo nos estamos viniendo con ese plan tuyo de iniciar un

« loop salvaje». Estamos siendo taaaaan buenos que hasta tu madre aprobaría este viaje.

—Mi madre se haría el harakiri si me viera con un chico como tú. —Me arrepentí en cuanto lo dije—. Quiero decir… así, como malote.

—¿Malote? ¿Ya no soy David el dulce?

Arqueé una ceja.

—Ya sé lo que te pasa —le dije.

—¿Qué me pasa?

—¿Cuánto llevas sin sexo?

—Sin sexo o sin acostarme con una chica.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que de vez en cuando me masturbo. Deberías probarlo.

—Nos estamos poniendo un poco íntimos, ¿no?

—Igual deberíamos parar, ¿verdad? —jugueteó.

—Pues sí. Somos amigos.

—¿Nunca has follado con un amigo?

—¿¡Quién está hablando de follar!? —me escandalicé.

—Nadie. Si prefieres, puedes comérmela.

Solté una carcajada y él se sumó. Nos dio por reírnos como dos imbéciles.

—No te la comería ni loca —añadí.

—Tú te lo pierdes. —Se encogió de hombros.

Qué divertido me parecía todo aquello.

—¿La tienes fina? Odio las pollas finas.

—Antes de hacer cábalas…, ¿por qué no lo compruebas tú?

—Porque una cosa es comentar la jugada y otra lanzarse al césped.

—Ah, vale, vale. Ya entiendo. Esto es como un podcast.

—Sí. —Le sonreí mirándole a los ojos.

—Pues la tengo normal, querida. —Y dibujó una sonrisita de medio lado que derritió un poquito más los polos—. Y si quieres más información, hace tres semanas que no echo un polvo. Cuando Idoia me dejó, veníamos de su casa de follar como animales.

—¿Tan mal lo haces?

—Fatal. —Sonrió—. Lloran y todo cuando terminan. Ahora me toca a mí preguntar, ¿no?

—No vayas a preguntarme cómo tengo los bajos.

—No —dijo negando con la cabeza—. Mejor te pregunto si te tocaste anoche.

—¿Qué tipo de pregunta es esa, gañán?

—Me has preguntado cómo tengo la polla y hasta te he ofrecido una prueba empírica, pero no has querido comprobarlo. Venga, contesta, ¿te tocaste?

Sonreí como respuesta.

—Seguro que te tocaste pensando en montarte un trío conmigo y un desconocido.

Abrí la boca de par en par y después estallé en carcajadas.

—¡¡¡Eres un sinvergüenza!!!

—Sinvergüenzas esos. —Señaló a la pareja que estaba dándolo todo—.

No se come delante de los pobres.

—A la vuelta, mejor conduces tú la moto. No sé si seré capaz de frenar menos y está visto que te sienta mal.

—Maldito freno —se burló.

—Voy a salir. Estoy viendo que hay un camarero pasando entre las hamacas y quiero una cerveza. ¿Vienes?

—Uhm…, pídeme una, ahora voy.

Di un par de brazadas hacia la orilla antes de pararme. Tenía una duda.

Llamé su atención y cuando me miró, me di cuenta de que David cada día era un poco más guapo.

—Estoy pensando que quizá la noche loca te haga más falta a ti que a mí —apunté.

—Pues habrá que organizarla.

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