Un cuento perfecto
Capítulo 12
Ojos tristes
Siendo camarero aprendes mucho sobre psicología. Pero mucho mucho.
Supongo que ese papel de confidentes que nos dan en las películas no es gratuito. Escuchamos muchas historias; más de las que nos gustaría, la verdad. En ocasiones no estás de humor para problemitas del primer mundo y, en otras, lo que no estás es preparado para el drama que arrastran algunas personas. Todos llevamos a hombros nuestras penas y no siempre son las que creemos que son.
Esa fue la sensación que me dio aquella chica. Estaba perdidísima hasta en su propio cuerpo, como un potrillo que aún no sabe mover las extremidades. Torpe. Asustada. Sola.
A juzgar por su manicura, el estado de su pelo y el lustre de su bolso y su ropa, esa chica no tenía los mismos problemas que yo: llegaba de sobra a fin de mes, tendría una casa bonita y un buen curro. Iba a la moda, discreta pero a la moda; su armario estaría lleno de prendas que lucir en ocasiones que yo ni siquiera podría imaginar. Sin embargo…, estaba sola. Sola, solísima. Sola como solo puede estar alguien que ni siquiera se tiene a sí mismo. Como yo. Ambos debimos de emitir algún tipo de señal hacia el sonar que hace que te sientas a gusto o incómodo junto a alguien a quien acabas de conocer.
El DJ siguió empalmando una canción del momento con otra y, aunque en todas predominaba el reguetón con su ritmo machacón, en mi cabeza sonaba «Sola con la luna», de Anni B Sweet. Idoia me dijo una vez que le gustaba y yo me aficioné a escucharla; una tarde, tumbados en su cama, desnudos, me pidió que cambiara de música.
—Estoy harta de esta letanía.
—Pensaba que te gustaba.
—Me gustaba.
Así era ella. Lo que hoy era lo mejor, mañana podría ser el foco de todas sus burlas. ¿Estaría siéndolo yo en aquel momento? Quizá estaba en la cama con otro chico, uno con un buen trabajo, coche, piso y planes de futuro, al que le estaba contando que su ex era un pobre diablo que ponía copas en una discoteca de mala muerte en Huertas.
Iván y yo nos cambiamos el lado de la barra sobre las dos y media.
Solíamos hacerlo para ver gente diferente y no estar atendiendo las mismas caras toda la noche. Así nos turnábamos también para reponer, ya que siempre se encargaba el que estuviera más cerca del almacén. Desde mi nuevo puesto de vigía y mientras servía dos Jägerbombs (esa mierda va a matar a alguien un día de estos), las vi. Las dos rubias bailaban con mayor o menor ritmo, visiblemente borrachas, mientras la chica de los ojos tristes se movía con discreción mirando a su alrededor, como si en realidad estuviera preocupada por si alguien consideraba que no estaba bailando de la forma correcta y pudiera multarla. Me recordó, en cierta forma, a mi manera de querer a Idoia. Cobré, saqué el móvil de mi bolsillo y le eché un vistazo: sin notificaciones.
Me mordí el carrillo. Si quería recuperar a Idoia tenía que hacer algo.
Estaba visto que esperar a que se arrepintiera no surtía ningún efecto.
—¿Qué pasa? —me preguntó Iván.
—Nada, ¿por?
—Pones cara rara.
—Nos faltan monedas de cincuenta céntimos y de euro.
—¿Me acerco a ver si las chicas tienen?
—Venga.
Por quitármelo de encima era capaz de decirle que no teníamos vasos.
Quería a Iván. Quiero a Iván, pero a veces no entiende la forma en la que me enfrento al mundo. Nunca se me dieron bien las palabras, nunca supe expresar bien cómo me sentía o lo que deseaba; creo que en gran medida es porque ni siquiera yo lo tenía muy claro. Como cuando dejé la carrera en el último año y a mis padres solo les dije que «no era lo mío». Había mucho más detrás, como el pánico a convertirme en alguien engullido por la rutina y a no encontrar nunca trabajo de aquello para lo que me estaba preparando.
Si un hijo me dijese eso, me partiría de risa en su cara, pero… bueno, en ocasiones la gente joven entiende mucho mejor lo que les rodea que los mayores y otras, sencillamente, creen que lo entienden. Yo me movía continuamente en el segundo grupo.
Vi a las tres chicas ir a recargar sus copas en varias ocasiones, cada vez en una barra diferente. Me dio la sensación de que, de alguna manera, la chica de los ojos tristes me evitaba, pero finalmente la insistencia de su hermana la hizo volver. Lo cierto es que, al estar al fondo del todo, mi parte de la barra a esas horas tenía mucha menos cola.
—¿Qué os pongo? —Les sonreí.
—Tres gin-tonics y tres chupitos de tequila.
La chica triste se volvió como un resorte. Su melena a la altura de los hombros, lisa y brillante, de color castaño, voló alrededor de su cara.
—No, ¿eh? Yo no puedo más.
—¡¡Uno más, porfi!! —suplicó la más guapa.
Yo me agaché y busqué algo detrás del mostrador. Al levantarme, estaba asomada, con el ceño fruncido, como buscándome.
—Ah, estás ahí —dijo.
—Claro. ¿Dónde pensabas que me había ido?
—No sé. ¿A Narnia? Mi hermana es muy pesada. Pensaba que igual habías huido a través de una trampilla.
—¿Tu hermana? —le pregunté, echando mano de la botella de ginebra que tenía detrás de mí.
—Mis hermanas. —Señaló a las dos chicas rubias, que me saludaron efusivamente—. Ya sé que no nos parecemos en nada. Me debieron de encontrar dentro de una coliflor.
—Es una historia muy bonita. La chica que salió de una coliflor.
—No me gusta como suena. Oye… —Se apartó un mechón detrás de la oreja—. A mí no me pongas tequila.
—¿Por qué? Suenas aún muy sobria.
—Hoy no me sube, pero sí que me da náuseas.
—¡¡Pon tres, eh!! —insistió su hermana, como si estuviera escuchándola.
—Venga, a estos os invito. —Le eché un capote—. Y el suyo me lo bebo yo. ¿Te parece? Tu hermana no tiene pinta de tolerar bien el tequila y no queremos pota sobre la barra. Afea el ambiente.
Las dos se echaron a reír a carcajadas y miré de reojo en busca de un gesto de agradecimiento. La chica de los ojos tristes apretó los labios el uno contra el otro y así, con la boca hecha un nudito, sonrió.
—Oye…, ¿y a qué hora sales? ¡Te podías venir de fiesta con nosotras!
—me propuso la que imaginé que era la mayor.
—¿Yo? ¡Qué va! Yo ya estoy hecho polvo. Cuando salgo de aquí lo único a lo que aspiro es a una ducha caliente y pillar mi cama.
«Mi sofá», me corregí en silencio.
—No le hagas caso, por favor.
La chica de los ojos tristes, además de terriblemente avergonzada, parecía estar a kilómetros de la música que sonaba. Por un lado, su voz me llegaba más clara que las demás y, por otro, era como si allí solo estuviera el diez por ciento de su persona.
—¿Era gin-tonic? —le pregunté.
—Sí, pero…
Le acerqué tres vasos de sidra y levanté las cejas para que prestase atención al cambio de cristalería.
—No te gustaban los de tubo y, mira, me fui a buscar estos. No son copas de balón, pero algo es algo.
Me lanzó una mirada de incredulidad, graciosa y tierna; me cayó bien.
—A ver… —Les abrí tres tónicas y vertí un poco de cada una en su vaso correspondiente—. Son treinta y seis.
—Yo pago —se ofreció.
—No, no. Deja.
—¡Pago yo! —gritó la mayor.
—Quita.
—No saques la cartera que aún perderás algo —insistió la de los ojos tristes.
—¡¿Me quieres dejar?!
—Por Dios, llevas una cebolla encima… Tú duermes en mi casa,
¿verdad?
—No, no. Me voy a MI casa.
—Pues a tus hijos les va a encantar escucharte vomitar en el jardín.
—Estás obsesionada con el vómito —añadió la otra rubia, la de los ojos saltones.
—¿Quieres mejor un botellín de agua?
—¡¡Quiero encontrar el pu-to-mó-vil para pagar!!
Hubo una refriega. La típica refriega entre hermanos que es bastante divertida de presenciar. Me acordé de cómo nos peleamos mi hermano, mi hermana y yo por el bote de leche condensada… la Navidad anterior.
También de aquella vez que mis amigas del pueblo se zurraron entre ellas por un kebab.
Sonreí. Los echaba de menos. Quizá el cumpleaños de Cris, una de mis amigas de toda la vida, me daría la excusa perfecta para pillarme una noche libre en el pub y marcharme al pueblo a respirar.
La agitación de la pelea entre hermanas junto a la barra me devolvió de golpe al local, que debió de desaparecer por completo para ellas porque, cargaditas de copas como estaban, se enzarzaron a manotazos y tirones de bolso. Como era de prever, la riña terminó con el bolso de la mayor sobrevolando la barra, estampándose contra la estantería de los licores y esparciendo todo su contenido por el suelo.
—¡¡Ya me he cagado en tu madre la que maúlla!!
Me agaché a recoger sus cosas a tiempo de que no me vieran reírme.
Qué personajes.
—Cosita… —me llamó la mayor.
—¡No le llames cosita! Qué vergüenza. Oye, perdona, ¿eh?
—No pasa nada. —Me apoyé en la barra y les pasé un bolsito de marca, una cartera, un pintalabios y un par de tampones—. ¿Llevabas algo más?
—¿Las llaves de tu casa?
Solté una carcajada. Una de las hermanas se echó a reír mientras la más pequeña la abroncaba.
—¡Qué vergüenza me estáis haciendo pasar! Te juro que casi prefiero la kombucha.
Saqué del bolsillo trasero de mis vaqueros una linternita que usábamos cuando nos pasaba algo similar con el local a oscuras y busqué a mis pies.
Alcancé un par de billetes arrugados, una tarjeta de visita y las llaves de lo que me imagino que sería su casa. Lo deslicé todo por encima de la barra, pero ellas ya se estaban alejando.
—Te juro que lo sabía. ¡Lo sabía! ¡¡Vamos a salir de fiesta, Margot, es lo que necesitas!! ¡Y una mierda! Una mierda como un piano —se iba quejando la chica triste.
—¡¡Eh!! —grité. Se alejaban. Ya no escuchaba lo que decían, pero parecían seguir con su intercambio de opiniones—. ¡¡¡Eh!!!
Salí de la barra y sorteé a un par de parejas de baile bastante acarameladas hasta alcanzarlas.
—Chicas. —Enseñé lo que llevaba en las manos.
La mayor abrió su bolso para que lo dejase caer y se acercó a darme un beso en la mejilla. La otra rubia ya no podía parar de reírse y la pequeña estaba a punto de echar humo por las orejas.
Puso una mano fría en mi brazo y la miré. Era extrañamente pequeña sin serlo. No lo era en realidad. Estatura media, complexión normal. Pero…
parecía tan desvalida. Se inclinó para que la escuchara mejor sin tener que gritar.
—Oye, perdona el espectáculo, ¿vale? Lo siento mucho.
Negué con la cabeza, alejándome un paso. Ella sonrió y se agarró del brazo de su hermana, a la que fue arrastrando hasta fuera, copa en mano, con la excusa de tomar el aire. Excusa porque… no volvieron a entrar.
No. La chica de los ojos tristes no se me quedó clavada en la cabeza como consecuencia de un flechazo. Nada que ver con eso. Solo fue… un destello. ¿De qué? No lo sé. Quizá de la promesa de hacer que la vida que giraba en una dirección iba a hacerlo enloquecida hacia la contraria.
A las seis de la mañana, cuando se encendieron las luces y los pocos parroquianos que seguían allí se encaminaron hacia la salida, Iván deslizó sobre la barra un móvil con la pantalla un poco astillada.
—¿Es el tuyo?
—No.
—Lo pongo en objetos perdidos, ¿vale?
—No, no. Dámelo. Sé de quién es.
Gira, gira, chica triste. Gira más rápido.
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