Un cuento perfecto
Capítulo 35
A tiempo
No me gustó que dijera que yo era un chico muy dulce. Me sentí como cuando mi abuela me daba propinita por portarme bien y mis hermanos se burlaban de mí. Me sentí como cuando Idoia me brindaba uno de sus consejos condescendientes y me decía: «Eres muy joven, ya lo entenderás».
Me sentí más niño y menos hombre. Creo que por eso aquel despliegue de
«me desnudo y me tiro a la piscina» y el posterior «ven para acá, moza, que te voy a poner tonta». Creo que lo conseguí un poco, pero ni siquiera sabía con qué fin y, además, no contaba con que uno no es de piedra.
Ay, los frenazos mientras gemía. Ay.
Ay, el bikini negro y sus caderas. Ay.
Ay, la carne de sus nalgas y sus dedos deslizándose sobre ellas para extender el protector solar. Ay.
Le hice varias fotos. Ella quería que Filippo viera que había sido capaz de pedirle a un desconocido que le hiciera una fotografía, aunque fuera mentira, y yo quería que se viera tal y como la estaba viendo yo: increíblemente poderosa. Sentada en la hamaca. En la arena, con las manos hundidas en ella. Sentada en la orilla del mar, sin mirar a cámara. Por favor…, cómo disfruté; me sentí como el fotógrafo de una sesión de Playboy. Estaba increíble, aunque ella pusiera mala cara al verse.
—Se me ven los rinchis de la espalda —se quejó.
—¿Qué son los rinchis de la espalda? —le pregunté bastante confuso.
—Las mollitas. —Sonrió—. Los michelincillos.
Le pasé el brazo por encima del hombro y la besé el pelo. Me cago en la leche. ¿Cómo podía ser que esa mujer no se sintiera a gusto en su piel? Lo único que me pedía la carne era tocarla un poco más.
—Esto Idoia no lo tiene, ¿eh? —se burló de sí misma.
No. Idoia en la espalda no tenía más que piel suave y salpicada de lunares. Estaba delgada, con unos pechos grandes, redondos y perfectos.
Tenía también unos muslos delgados, lisos y atléticos. Era alta. Le gustaban los tacones y que su pelo rubio estuviera siempre casi blanco. Idoia estaba buenísima, como lo están esas chicas que salen en las películas y pasean después con vestidos de alta costura sobre alfombras rojas. Estaba buenísima con el «buenísima» que se supone que acuña la sociedad al completo. Cuando nos acostábamos no podía parar de pensar que me había tocado la puta lotería. Sin embargo, nunca pensé de ella lo que me vino a la cabeza viendo la foto de Margot en la orilla y que me avergonzó horriblemente: si la tierra tuviera cuerpo, si la naturaleza tuviera cuerpo, sería como Margot.
¿Quién cojones piensa en esos términos cuando ve a una mujer atractiva? Un chico muy dulce.
Dios…, me había convertido en un chico muy dulce.
Después de pasar el día en la playa conduje la moto de vuelta al hotel.
No quería más frenaditas y gemiditos porque quizá Margot tenía razón y la falta de sexo me tenía demasiado hambriento como para seguir a dieta, pero no funcionó. Agarrada a mi cintura, con el pelo hacia un lado, ondulado y despeinado, con las piernas abiertas para que yo encajara entre sus muslos… Margot era una puta tentación. Y no lo pude evitar… conduje todo el rato que pude con una mano mientras la otra descansaba en su pierna.
Paramos en el supermercado que quedaba relativamente cerca del hotel, en dirección a Fira. La idea era comprar comida para el día siguiente, pues íbamos a pasarlo en Red Beach, pero cuando estábamos en el pasillo del alcohol, Margot tiró de mi camiseta, se abrazó a una botella y propuso:
—¿Y si nos cogemos un pedo en la habitación esta noche?
—¿Tú crees…? ¿No prefieres ir a ver la puesta de sol?
«—¿Quién eres y qué has hecho con David?
—Cállate, payaso; lo estoy haciendo por ti. ¿O quieres despertarte mañana desnudo en su cama?
—Bueno…, no suena tan mal».
—¿No eras tú el que decías que habíamos abandonado el plan del loop salvaje? No quiero que te aburras —me dijo, sorprendida por mi negativa.
—No me estoy aburriendo. Y… no soy muy de cogerme pedos.
—¡Ni yo! —Sonrió de oreja a oreja—. ¡Eso es lo divertido! Además, estaba en la lista.
—Y hacer topless… y aún no te he visto las tetas. —Por el amor de Dios, David—. ¿Ves? Es mejor que no beba.
—¡Venga! ¿Qué puede pasar?
Miré la goma del pelo que llevaba en la muñeca y la recordé con las mejillas sonrojadas por el vino confesándome que le encantaba hacer mamadas. Qué salvaje parecía con aquel pelo tan alborotado. Qué boca tan bonita. Nunca me había fijado en sus labios.
¿Me gustaba?
No. Solo me parecía atractiva. Y era encantadora. Podía ser muy dulce.
Y muy divertida. Era mona también. ¿Podría ser traviesa? Me caía bien…, me sentía tan a gusto con ella…, disfrutaba tanto cada minuto…
Me gustaba.
¡¡Dios!! ¡¡Me gustaba!!
Tragué. Cogí la botella que me tendía y fui hacia la caja.
Nos dimos una ducha larga… por separado. Igual si nos la hubiéramos dado juntos hubiera podido correrme. Correrme en la ducha no era lo mío, debo admitirlo, pero me esforcé, sin resultado, para intentar descargar la tensión contenida. No hubo manera. Es muy difícil encontrar placer sexual cuando uno está tan asustado. Lo último que quería era ser un irresponsable por un calentón, estropearlo todo dejándome llevar con alguien que estaba herido.
Yo también lo estaba. No quise echar el casquete de la venganza con una desconocida…, ¿cómo iba a querer hacerlo con Margot?
Me senté en la cama antes de vestirme, envuelto en la toalla, y decidí escribirle un mensaje a Domi. Podría haber escogido a cualquiera de mis amigas del pueblo pero ellas no conocían a Margot, hubieran hecho un mundo de aquello y no me dejarían en paz durante el resto del viaje. Domi: ella me ayudaría a dar con la respuesta. Escribí:
Creo que me gusta un poco Margot.
Pero finalmente me arrepentí y cambié uno de los verbos para suavizar: Creo que me atrae un poco Margot.
Hice una mueca cuando la vi conectarse y la aplicación me avisó de que estaba escribiendo. Me iba a caer la del pulpo, estaba seguro.
Dominique:
¿Y? Lo dices como si fuera algo raro.
David:
No te entiendo.
Dominique:
Que Margot ya te atraía antes de irte.
David:
Eso no es verdad.
Dominique:
Uy, que no…
Pero no pasa nada. Margot te gusta. Te gusta pasar el tiempo con ella, te has ido de viaje a Grecia con ella sin apenas conocerla…
David:
Tenemos conexión. Eso es diferente. A lo mejor es que me he puesto cachondo porque soy humano y ya está. A lo mejor no tiene nada que ver con ella.
Dominique:
Vale. Te has puesto cachondo…, ¿así sin más? ¿Ella no ha mediado en el calentón?
¿No estabas mirándola o tocándola?
David:
Eso no son más que pruebas circunstanciales.
Dominique:
Por favor…, os habéis ido juntos a Grecia, repito. ¿Qué creías que iba a pasar? No te digo que seas un irresponsable que hace lo primero que le pide el prepucio, pero… si surge algo, ¿por qué pararlo?
David:
¿Qué dices? ¡¡Para nada!! Queremos recuperar a nuestras parejas, ¿te acuerdas? Te lo contó en la cena. Está loca por su ex. Hasta yo estoy loco por su ex: está buenísimo. ¿Y qué te digo de Idoia? Es una diosa, Domi. Yo quiero a Idoia.
Dominique:
Prrrrrrrr.
David:
Ya sé que no te cae bien, pero… a mí me gusta Idoia. Yo quiero a Idoia. No podría salir con alguien como Margot de ninguna de las maneras. Ella, tan… princesa. Yo, tan perro callejero. Por favor. Ni en una película esto saldría bien. No me gustan las buenas chicas. Tú misma me lo has dicho un montón de veces: siempre la cago porque me van las malas. Las malvadas. Las que se hacen un guiso con mi corazón.
Dominique:
Pero ¿quién habla de una relación? ¿Sabes que puedes tener una aventura con alguien sin tener que casarte después?
Me has escrito buscando que te dijera: «¡Estás loco!», y no sé la razón por la que te da tanto miedo acostarte con alguien que no sea Idoia, pero… yo no pienso ejercer de madre victoriana. Echa un polvo. ¿Uno? ¡¡Veinticinco!! Estás en el paraíso y en mi idea del cielo se folla como un degenerado.
Salí de la habitación peor de lo que había entrado. Qué lío. Qué puto lío más tremendo. Y ella allí, sin darse cuenta de nada, con el pelo mojado, descalza y con ese vestidito tan inocente, negro, abotonado por delante y…
con la espalda casi al aire. Le hubiera lamido la espalda.
—He pedido cena; me han dicho que tardará un poco —me dijo sonriente, girándose—. Mientras te dabas una ducha han traído una cubitera. ¿Quieres una copa? Creo que el vino ya está más o menos frío.
—Ehm…, vale.
Nos miramos. Bueno, yo la miré un poco de más, pero con interés científico: ¿había algo en ella que me gustaba mucho de verdad o solo estaba cachondo?
—Qué guapo —musitó después de echarme un vistazo.
—¿Yo?
—No, un tío de mi universidad del que me acabo de acordar. —La miré perplejo—. ¡Tú! ¡Claro que tú! Qué raro estás.
—¡Y tú! ¡Tú sí que estás rara! —contraataqué.
—Yo estoy como siempre. Eres tú, estás rarísimo desde esta mañana.
Manipuló el vino, intentando quitarle el protector. Qué torpe era.
—Anda, déjame a mí. Estás muy acostumbrada a que te lo sirvan, me parece a mí.
Me acerqué y al cogerle la botella rocé sin querer sus dedos. Había tenido su mano entre las mías un montón de veces…, no entendí el porqué de aquella corriente eléctrica. Arranqué el protector del tapón de un tirón, mirándola. Me tendió el abridor sin mediar palabra y yo introduje el tirabuzón en el corcho para hacerlo girar después. El tapón salió con un
«glup» sordo y le di la botella.
—Eso ha sido sexi —confesó.
—¿Abrir la botella? —Fruncí el ceño.
—Sí. Abre botellas cuando estés con Idoia. Le gustará.
—No sé si todas las tías son igual de raras que tú.
—No sé si eres tan gilipollas siempre, pero trata de no serlo con ella.
Hice una mueca.
—Perdón. —Me froté la frente, mirando al suelo.
—¿Qué te pasa? Cuéntamelo. —Se acercó a mí y colocó su mano en mi brazo. Sus dedos acariciaron mi piel y el vello que la cubría—. Venga…
—Pon dos copas, por favor.
Intenté desviar la mirada de ella y fijarme, no sé, en los jarrones chaparros de color verde menta que había sobre la mesa. ¿De qué estarían hechos?
A la mierda. Volví a mirarla mientras servía el vino. Me imaginé rodeándola desde atrás, besando su cuello y susurrándole algo como que estaba harto de ver esa boca atendiendo cosas que no eran mi cuerpo.
Su sonrisa se ensanchó al pasarme la copa, bastante llena, por cierto.
—Chinchín, por nuestros planetas de procedencia, allá, fuera de la Vía Láctea.
En su cuello palpitaba una vena. En su cuello, largo, precioso, palpitaba una vena y yo me imaginé deslizando la lengua sobre ella. Cogí aire y…
Me bebí el vino de un trago.
—¡¡¿Qué haces?!! —se descojonó.
—Venga, ahora tú. ¿No querías cogerte un pedo?
Margot dibujó una cara de horror y palpó a su espalda en busca de una silla, pero cogí un pedazo de tela de su vestido, tiré de ella y negué con la cabeza. Miró la copa, a mí y, después de unos segundos de incertidumbre, se la bebió de golpe. Tosió, le dio una arcada y yo serví más vino.
—Por la sinceridad —propuse.
—David, ¿tú te drogas?
Me bebí otra vez el vino de un trago. Ella me miró hacerlo con los ojos bien abiertos y, cuando dejé la copa en la mesa, se bebió la suya.
—Dios, no está muy bueno —se quejó mientras un par de gotas se deslizaban por su barbilla.
«Tú sí que estás buena», pensé. «No, no sé si estás buena, pero me gustaría probarte. Me gustaría descubrir tu sabor y enseñarte también el mío».
—David, ¿es porque te estás aburriendo? ¿O quieres volver? Porque parece que quieres decirme algo y que no terminas de decidirte. No te preocupes por mí, ¿me oyes? Si necesitas salir, relacionarte con más gente, yo lo entiendo. Quizá deberíamos, no sé…
Alargué la mano hacia ella y Margot, de manera instintiva, hizo lo mismo. La yema de sus dedos, fría por haber estado en contacto con la copa, acarició mi palma y… antes de que pudiera reaccionar, tiré de ella hasta colocarla a dos escasos milímetros de mi boca. Quería besarla, pero, sobre todo, quería que ella quisiera que lo hiciera.
La escuché respirar profundo, mirándome desde tan cerca. Entreabrí los labios, ofreciéndome, y ella hizo lo mismo.
—Se nos está yendo la olla —susurró.
—¿Quieres o no?
La leve caricia de la punta de su nariz en la mía me pareció una invitación y… dejé de pensar.
Cuando embestí contra sus labios, los suyos estaban entreabiertos y húmedos. Podía saborear las notas más suaves del vino sobre ellos mientras los pellizcaba. La copa que Margot llevaba en la mano cayó con suavidad sobre la mesa y después sus dedos se internaron entre los mechones de mi pelo, pegándome más a ella. Mi brazo izquierdo le envolvía la cintura y mi
mano derecha había entrelazado los dedos con la suya mientras nos besábamos. Nos estábamos besando.
Pero… ¿qué coño?
Fue mi lengua la que tomó la iniciativa, pero Margot bailó con ella algo tan lento y tan sexual que gemí y… solté su cintura para poder deslizar la mano abierta sobre su culo. Ella soltó mi mano para hacer lo mismo agarrando el mío con ganas. Con muchas ganas.
La empotré contra el mueble de la televisión para girar a continuación y subirla a la mesa con un estallido de cristales al que no hicimos ni caso.
Nuestras lenguas se lamieron con una desvergüenza que no conocía. Me mordió el labio. Le mordí la barbilla. Empujó mi culo entre sus piernas. La atraje por las caderas hacia el borde de la mesa y froté mi bragueta abultada contra sus bragas negras, que empezaban a humedecerse.
Jadeábamos. Sé que jadeábamos cuando volví a meterle la lengua en la boca, desesperado porque nunca un beso me había dado tanta sed. Quería tirarle del pelo, acariciarle las tetas, arrancarle las bragas, restregar mi polla entre los labios húmedos de su coño y esperar a que me suplicara que la penetrara. Quería acariciarle las sienes, besar su cuello, abrazarla, olerla, prometerle que nunca le haría daño, que conmigo sería libre. Quería demasiadas cosas como para poder pedir una sola.
Agarré sus muslos, la cargué sobre mí y la llevé a trompicones hasta el marco de la puerta de su habitación, donde sus pies volvieron a tocar suelo y nos miramos, jadeantes, mientras nos acariciábamos el pecho el uno al otro. Era la prueba de fuego, era el momento del consentimiento, que llegó en forma de un tirón a mi camiseta, como indicación clara para que siguiéramos dentro del dormitorio. No había marcha atrás.
Dos días en Santorini y ya andábamos así. Cuando me tendí encima de ella, en la cama, una parte de mí no se lo podía creer. La mitad de esa parte de mí estaba indignada por mi falta de voluntad y la otra se sentía fuera de sí; ilusionado, enloquecido, como si después de años de esfuerzos acabara de alcanzar el puto Nirvana.
Cómo se arqueaba debajo de mí. Cómo abría la boca, hambrienta, para lamerme la boca, para morder mi cuello, para gemir cuando buscaba su coño con la bragueta de mi pantalón.
Me quitó la camiseta y yo le abrí de dos tirones torpes los botones del vestido. Como había podido comprobar por su espalda desnuda, no llevaba sujetador y, a pesar de la poca luz que entraba desde la terraza, dejé sus dos pechos a la vista; no eran muy grandes pero me parecieron perfectos. Bajé la cabeza dejando un reguero de besos en su cuello y en su escote, hasta cerrar los labios sobre su pezón izquierdo. Ella se arqueaba sin parar; parecía que su cadera pedía atención hacia una parte de ella que palpitaba tanto como mi polla.
Le metí el dedo pulgar en la boca mientras seguía succionando, tirando, lamiendo, mordiendo y soplando su pezón. Ella lo lamió con los ojos cerrados, enloquecida. Si me gustaba la Margot que daba un brinco cuando se asustaba, si me divertía hasta la demencia la que tartamudeaba nerviosa…, la que se volvía loca de cachonda era mi preferida.
Saqué el dedo de entre sus dientes y bajé la mano por su estómago mientras ella buscaba cómo abrir mi bragueta. Me descentré un segundo de mi propósito de hacerla gritar para incorporarme y facilitarle el trabajo de llegar hasta debajo de mi ropa interior. Me puse de rodillas, desabroché el pantalón y dejé, con los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás, que me manoseara primero sobre el calzoncillo y después agarrando directamente mi polla y agitándola con firmeza pero con suavidad.
Creo que dije algo. Algo como «sigue», «así» o «me gusta», pero me conozco y, cuando enloquezco en la cama, soy capaz de decir cualquier cosa; quizá le dije que quería meterle la polla hasta que le llegara mi leche hasta el tobillo o quizá que la quería. Vete tú a saber. Solo sé que, fuera lo que fuese lo que le dije, le gustó, porque su mano empezó a moverse más deprisa. Y me corría.
—Espera, espera —susurré—. Aún no te he tocado.
Volví a besarla. Me dijo, entre besos, lengua, mordiscos y jadeos, que estaba muy cachonda. Ah…, a la pequeña Margot le gustaba hablar durante el sexo, ¿eh?
—¿Cuánto…? —le pregunté, acercando y alejando mis labios de su boca para provocarla.
—En mi puta vida he tenido tantas ganas.
Deslicé mi mano por su cuerpo, hacia abajo, mientras la besaba apasionadamente. Tomándole prestada la expresión, en mi puta vida había sentido que me besaran en tantas partes de mi cuerpo. Ni siquiera la primera vez que una niña me metió la lengua en la boca y yo, en el acto, pensé que me había corrido.
Metí la mano por debajo del elástico de sus bragas y noté que estaba húmeda. Muy húmeda. Tan húmeda que…, lo admito, me extrañé.
—Margot —gemí, besándole el cuello entre palabra y palabra—,
¿siempre estás tan húmeda?
—¿Qué? —preguntó confusa.
—Estás muy mojada. Pero mucho.
Localicé su clítoris entre sus labios y froté. Chapoteaba, lo juro. La habitación se inundó de sonidos.
—No —gimió.
—¿No, qué? ¿Quieres que pare?
—No. No. No suelo estar tan húmeda.
—Te está gustando… —Lo dejé en el aire, casi más como pregunta que como afirmación.
No respondió, y… se me ocurrió sacar la mano de sus braguitas y mirarme los dedos. No sé por qué se me ocurrió. Fue cuestión de instinto, quizá. Pero bajo la poca luz que, como he dicho, entraba desde la terraza a través de las cortinas entreabiertas, lo entendí.
Apoyé la frente en su hombro con un suspiro de frustración.
—Margot…
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—A mí no me importa, pero… estás sangrando.
La luz se encendió como si hubiera impactado un rayo en la cama y a ambos nos costó ver con claridad. Cuando lo hicimos, aquello era un cuadro. Un verdadero cuadro. Mi mano derecha, el cubre, las sábanas, un poco de almohada, mis vaqueros, sus muslos…, todo manchado.
—¡Me cago en mis putos muertos! —exclamó.
Le había bajado la regla. ¡Le había bajado la regla! Se miró, me miró.
—No pasa nada —susurré—. De verdad. No es nada.
—Qué-puta-vergüenza.
—¿Qué? ¡No!
Pero no pude añadir más, porque de un salto salió de la cama y, con un portazo, se encerró en el cuarto de baño.
Cuando salió, yo ya me había lavado, me había puesto el pijama y había arreglado, como pude, lo de su cama, aunque poco se podía hacer. Margot salió algo pálida, alborotándose el pelo, mirándome desde el quicio de la puerta de su habitación con una expresión…, como la que pones cuando no tienes ni puta idea de qué cara poner.
—Dios… —Resopló y miró al suelo.
—No pasa nada, Margot.
—Ya lo sé, joder —se quejó—. Me ha bajado la regla, no he mandado una carta con ántrax a toda tu familia.
Sonreí.
—¿Entonces?
—Entonces… —Sonrió también, pero con timidez—. Es solo una jodida señal.
—¿Una señal?
—Una señal de que lo que estábamos haciendo era muy divertido…
—Muchísimo —apuntillé.
—Pero una liada.
Me humedecí los labios, cogí aire y miré hacia otra parte.
—Estamos aquí para buscarnos, ¿no? —siguió diciendo—. Para encontrar los motivos por los que no funcionó con nuestras parejas y arreglarlo. Lanzarnos a esto no tiene ningún sentido.
—También puede ser que estemos aquí para pasarlo bien y ya está.
¿Se nota que a mí todavía me apetecía mucho?
—Éramos amigos.
—Somos amigos —aseguré asustado.
—Yo no me acuesto con mis amigos.
—Ni yo.
—¿Ves? Quiero arreglarlo con Filippo y tú quieres volver con Idoia.
¿Qué coño estábamos haciendo? Es mejor no seguir por ahí.
No quise insistir, pero en mi cabeza no dejaba de repetirme que, quizá, nosotros no éramos como los demás y que todo aquello que habíamos
sentido no iba a quedarse doblado en la maleta, junto a la ropa, esperando a diluirse en el olvido.
—¿Estás de acuerdo?
—No. —Me reí—. Pero quizá me habla el cacahuete.
—Eso es mucho más que un cacahuete. —Levantó las cejas—. Eso es un pepino.
Me mordí el labio superior. Joder. ¿Por qué avisé? A mí la sangre no me asustaba. Podría haber sacado el condón de mi cartera, haber echado el polvo de nuestra vida y que descubriera la sangre después, cuando todo estuviera hecho.
—Te lo he dicho porque creo que tienes derecho a decidir si quieres seguir cuando han cambiado las circunstancias, no porque a mí me importe,
¿vale?
—Vale. —Asintió—. Pero así es mejor.
—Vale. —Asentí también—. ¿Cómo estás? Mis amigas siempre dicen que les duele horrores.
—No, si me encuentro bien. Esa ha sido la putada: cero síntomas.
—Bueno.
—La hemos cagado, ¿no? No volveremos a estar cómodos en todo el viaje —me preguntó con terror en la mirada.
—No te preocupes, ojitos. —Le sonreí—. Nos vamos a esforzar por hacerlo bien. Como si nada hubiera pasado.
—¿Qué dices que ha pasado? —bromeó.
—Eso es. Ven.
Se acercó dubitativa y la abracé. Quería que cambiara de opinión, pero también quería cambiar de opinión yo. Estaba hecho un lío. Sabía que aquello era lo mejor, aunque me fastidiaba horrores.
—Lo siento —le dije.
—No hay nada que sentir. Hemos sido los dos. Los frenos de la moto y el síndrome premenstrual. Somos víctimas de las circunstancias.
Alguien llamó a la puerta y, en el mismo instante, el móvil de Margot emitió un sonido en la mesita de noche.
—Será la cena —me dijo.
—Voy yo. ¿Quieres que le diga que cambien las sábanas?
—Ay, no. Qué vergüenza. —Se rio—. Mañana ya. Voy a… —Señaló la mesita de noche, donde tenía el móvil cargando.
—Sí, sí. Voy a abrir…
Un chico entró con un carrito y, al ver la copa rota sobre la mesa, se me quedó mirando sin saber qué hacer.
—¿Fuera? —Arqueé las cejas y dibujé una mueca, esperando que me entendiera.
Asintió y arrastró el carro hacia la terraza. Margot apareció resuelta, con el móvil en la mano, y se asomó para decirle algo mientras yo me agachaba a recoger los cristales más grandes, que habían ido a parar al suelo.
—Déjalo, te vas a cortar. Le he dicho al chico que se lo lleve. Él lleva guantes.
Dejé los pedazos sobre la mesa. Nos miramos.
—Era Filippo, ¿verdad?
—Sí. —Asintió.
—¿Y qué se cuenta? —intenté sonar despreocupado.
—Me ha enviado una de nuestras canciones. Dice que no deja de escucharla y de pensar en mí.
Nos mantuvimos la mirada. Me apetecía. Toda ella me apetecía. Podría haberme contentado con besarla toda la noche, acariciarla despacio… y yo también le apetecía. Lo sabía.
—Menos mal que hemos parado —me dijo.
—Sí. Menos mal.
El chico del servicio de habitaciones apareció en ese preciso momento y yo me escaqueé y salí fuera, donde pude disimular con algo más de éxito que me había molestado. ¿Qué en concreto? Todo. Desde parar hasta que quisiera hacer como si nunca hubiera pasado. Y lo de ese tío. Lo de ese tío también. Que ese tío quisiera volver a su vida me sentaba como una patada en el estómago.
Mierda.
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