Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 26 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 26

No es lo que parece

—¿Qué es esto? —Los ojos de Candela, ya de por sí saltones, parecían estar a punto de salírsele de las cuencas.

—Nada…

—Dime que no te vas con él.

—No me voy con él.

—Vuelve a decírmelo y asegúrate de ser bien firme, porque estoy sopesando muy seriamente la posibilidad de internarte.

—No-me-voy-con-él —repetí despacio.

—¡¡Ey!! ¿Qué hacéis ahí dentro? ¡¡Escuchitas en reunión son de mala educación!! —gritó Patricia al otro lado de la puerta.

—Júramelo —susurró Candela—. Júrame que te vas a Grecia sola.

—Te lo juro. Me voy a Grecia sola.

—¿Y qué es esto? —Agitó el iPad.

Boqueé. Apoyé la frente en la puerta. No podía decir nada con sentido.

—Margot…

—Lo pensé, ¿vale? Me hace sentir tan libre, tan capaz…, que sopesé la posibilidad de irme con él. No es un crimen —susurré para que Patricia no nos escuchara.

—Voy a echar la puerta abajo, en serio. Y si creéis que no puedo es porque no habéis hecho pilates en la vida.

—¡¡Ya voy!! —grité.

—Vamos a hablar de esto después —me aseguró Candela.

—No voy a hablar de esto ni ahora ni después —dije, apoyando la espalda sobre la puerta—. Lo pensé, hice una tontería reservando el vuelo y ni siquiera se lo dije porque me sentí ridícula, así que haz el favor de no humillarme más y déjame.

Abrí la puerta. Patricia sujetaba un trozo de pan en la mano y me lo enseñó con cara de indignación.

—¡¡Pan!! ¡Estoy comiendo pan! ¡Pan blanco! Y son más de las siete.

—Joder.

Tengo muchas cosas que agradecerle a Patricia. Por ejemplo, que me recomendara, allá por el año 2000, que no me hiciera la raya del ojo por dentro o que me confesara que el pelo largo me quedaba fatal. También trajo a mi vida grupos de música, películas y alguna prenda de ropa que fue icono de mi adolescencia. Pero, sin duda, todas esas hazañas de hermana mayor se quedan en nada frente al papelón que hizo en casa de mi madre aquella noche. Como si la cosa no fuera con ella, quitándole importancia, le dijo que irme sola a Grecia era la mejor decisión que podría haber tomado y que, además del glamour de un retiro en playas paradisiacas y solitarias (solitarias un culo, que estábamos a finales de junio y no es que fuera un destino desconocido precisamente), era lo más inteligente.

—Los escándalos no duran eternamente. Para cuando vuelva, todo el mundo se habrá olvidado de que corrió por los jardines del parador vestida de novia.

Si a alguien le sorprende que mi madre montara un Cristo por el hecho de que me fuera de vacaciones sola, bueno…, probablemente tiene la suerte de no tener como progenitora a un extraño espécimen híbrido entre gato y humano a quien le preocupa más qué opinarán sus amistades (a las que en realidad no soporta), que lo que sus hijas decidan hacer con su vida para ser felices.

—¡No entiendo nada! Pero ¡si dijiste que lo mejor era que me alejara durante unos días! —exclamé con indignación mientras mi madre sujetaba su copa con mirada desafiante.

—Me refería a que te fueras al pazo de los abuelos, no a que viajaras sola por ahí.

—No vaya a ser que me lo pase bien, ¿no?

—¿Te lo mereces?

Claro que me lo merecía, pero… yo aún no lo sabía. A veces el medidor de pecados se nos escacharra a la hora de juzgarnos a nosotros mismos.

Me callé, claro, como había aprendido para ir capeando la histeria medio etílica de mi madre. Me callé porque no me apetecía otra bronca ni más movidas y porque por aquel entonces me compensaba tragar bilis y palabras por decir, asentir e irme a mi casa donde, bueno, a veces me comía la rabia, pero no tenía que darle explicaciones a nadie.

Ni siquiera tuve ganas de hablar con David aquella noche al llegar a casa. Ni con Candela, que me ofreció tomar helado (en casa de mi madre nunca se comía de verdad) mientras le contaba cómo había ido y poníamos a Lady Miau a caldo (como excusa para volver a sacarme el tema de David, estaba claro). Solo quise encerrarme en mi habitación, no ver a nadie, no hablar con nadie: dormir. Me quité el vestido de Max Mara, lo dejé hecho un higo en un rincón y, sin desmaquillar, me metí en la cama, en bragas y sujetador. Ni siquiera saqué el móvil del bolso. Solo una madre puede hacerte sentir tan decepcionada contigo misma.

David se creyó la historia de que el motivo por el que no le contesté al mensaje que me envió antes de acostarse fue que me quedé dormida en el sofá después de una copiosa cena en casa de mi madre. Claro, no conocía a mi madre, por lo que no le podía extrañar que le dijera que me había hartado de comer. Además, parecía bastante emocionado con la quedada de aquella noche. Quizá había tenido noticias de Idoia o le había surgido algún plan emocionante para el verano, pero todas mis preguntas se quedaron por contestar hasta aquella noche; estaba muy misterioso.

Iba a esperarle en la puerta de la floristería, pero me pareció feo no entrar a saludar a Amparito y Asunción. Las encontré haciendo caja.

—Buenas noches —dije tímida—. Perdonad, venía a recoger a David y me parecía mal no decir… ¡hola! —Levanté tontamente la mano.

—Mira que es bonica esta cría —le dijo una a la otra, como si yo no estuviera allí.

—Pasa, pasa, no esperes ahí en la puerta.

—Bueno, no me importa. Veo que estáis ocupadas y…

—No seas tonta. Ahora sale David. Ya verás qué guapo se ha puesto.

—¡¡¿Os queréis callar?!! —le escuché berrear en la trastienda—. ¡Me habéis jodido la sorpresa, urracas!

—No sé cómo lo tenéis aquí, con las barbaridades que os dice. —Me reí.

—Ay, mira, porque levanta las macetas de dos en dos —se excusó una.

—Y es bonico también —respondió la otra.

—Y tanto. Si me pillara a mí veinte años más joven… —Asunción movió la cabeza.

—¿Veinte? Dirás cuarenta, vieja verde —le respondió a carcajadas su hermana.

—El amor no tiene edad.

La cortina de cuentas que separaba la tienda del almacén y la parte más privada se apartó cuando sus dedos la echaron a un lado. Y allí estaba él.

Joder, que si estaba. Converse impolutas, pantalones negros estrechos y tobilleros, camisa estampada y… nuevo corte de pelo. Conservaba el espíritu desordenado del anterior, con unos mechones más largos aquí y allá, pero con cierto control, algo peinado hacia un lado. Estaba…, estaba muy guapo.

—Joder. Qué despliegue. —Le sonreí, haciéndole un gesto de apreciación que me ayudó, también, a disimular el hecho de que igual me gustaba demasiado lo que veía.

—Pues esto acaba de empezar.

Se colocó a mi lado y me ofreció el brazo. Estaba bueno, bueno.

Madrecita.

—¿Qué quieres, que vayamos cogidos del bracillo?

—Como dos viejas —me dijo con un falso aire seductor—. Reina mora.

Me eché a reír. Él también.

—Lo que os reís juntos —comentó de soslayo una de sus jefas.

—No te pongas celosona, que a la que más quiero es a ti, Asunción de mis entrañas.

—Vete para allá que aún me quitaré la zapatilla.

Les lanzó un beso, me obligó a agarrarle del brazo y salimos de allí.

—No tenías que arreglarte tanto. —Le sonreí.

—Sí tenía. Estoy ensayando. —Me guiñó un ojo—. Y ya verás, porque hay más sorpresas.

Caminamos por las calles empedradas saltando adoquines rotos y colillas con nuestras zapatillas nuevas, agarrados del brazo, hasta adentrarnos en Malasaña, donde serpenteamos por sus arterias, venas y capilares. Nos cruzamos con un hombre que paseaba un perro que se parecía a él, con una niña con un chupete que simulaba que tenía bigote y con un hípster con un sombrero superchulo… Y todo lo comentamos, todo nos sorprendió, todo era maravilloso. Con David, el mundo aún estaba lleno de tesoros que desenterrar.

David se paró de pronto y yo intenté tirar de su brazo para que siguiera andando.

—¡Venga! ¡Tengo hambre! —me quejé—. ¿Qué toca hoy? ¿Perritos, pizza, bocata de calamares?

—¿Y si hoy nos volvemos locos y nos sentamos en un sitio, con mesas y todo?

Abrí los ojos y la boca. Me fijé en que había parado en la puerta de un restaurante que se llamaba 80 Grados.

—¿Has reservado aquí?

—Sí, señorita.

—¡¡Oye!! —Le golpeé con el hombro—. ¡Esto está mejorando!

Nos dieron una mesita pequeña, minúscula, pegadísima a la de al lado, pero David no tenía la culpa de haber escogido un restaurante que estaba, al parecer, de moda. Pedimos tinto de verano y un par de platos para picar. El camarero nos instó a pedir más y pedimos sin ton ni son, muertos de risa, señalando platos de la carta sin saber ni qué pedíamos. Otra de las cosas que pasaba con David es que nunca me quedaba con hambre.

Los tintos estaban peligrosos…, fríos, dulces, suaves…, pedimos dos más, porque venían en vasito pequeño.

—Está bien —dije mirando alrededor, mientras esperábamos los platos.

—Mucho ruido, ¿no?

—Sí, mejor aquí no la traigas.

—La traeré al principio, cuando aún tenga que hacerme el duro. Así parecerá que tampoco me interesa mucho lo que diga.

—¿Es el caso? —me burlé, pero un poco ofendida.

—¿Qué? ¡No! Pero si tú eres mi sensei. Todo lo que sale de esa boca es sabiduría pura.

Fingí que quería darle un puñetazo y él me animó a sacar el móvil.

—¿Nos hacemos una foto con tu móvil? —propuso.

—¿Y por qué no con el tuyo?

—Pues porque con la resolución que tiene parecería más bien una interpretación abstracta de nosotros dos en un restaurante.

Asentí y saqué el móvil.

—Tengo que preguntar en la empresa si sobró algún móvil de la retirada que hicimos hace unos meses.

—Suena a limosna.

—¿Te heriría el eguito masculino? —le pregunté mientras daba otro trago al tinto de verano.

—Bah, qué va. Mi eguito, como tú dices, es manso. Cuando un hombre está contento con el tamaño de su pene, no piensa en esas cosas.

Casi se me salió el vino por la nariz, pero me recompuse.

—Venga, foto.

—Espera, ven —me dijo.

—Que vaya, ¿dónde?

—Aquí. Tendremos que salir los dos, ¿no?

—Pues levántate tú —me quejé.

—Ven, tonta.

Chasqueé la lengua contra el paladar y me levanté. Cuando fui a acercarme, despacio para no tirar con el culo nada de lo que tenían sobre la mesa nuestros vecinos más cercanos, David me cogió de la muñeca y tiró de mí hasta sentarme en sus rodillas.

—¿Qué haces? —le pregunté alucinada.

—Una foto. Venga. Que se vea lo cariñosos que somos el uno con el otro.

—¡Espera! ¿Esto es para tu Instagram?

—¡Claro! —Se rio—. Estoy siguiendo punto por punto tu listado.

Fruncí el ceño y estudié su expresión.

—¿Me estás vacilando?

—Que no, mujer. Venga, posa.

Cogió mi teléfono, enfocó con la cámara frontal y aparecimos en la pantalla. Sonreímos. Lanzó un par de fotos. Me volví de nuevo hacia él.

—¿A qué hueles?

—A macho —dijo, y fingió rugir.

—Idiota. —Me carcajeé—. Que a qué hueles, te digo.

—A colonia.

—¿La has cambiado?

—A lo mejor. —Puso cara de interesante.

—Pues sí que me estás haciendo caso.

—Claro.

—Aquí hay gato encerrado… —Miré la cámara de nuevo y de pronto volvieron mis reparos—. Oye, si esto va para tu Instagram no quiero que se me vea la cara, no sea que por casualidades de estas locas acabe viéndolo alguien que me conozca y le llegue a Filippo.

—Sí, es verdad. Sería difícil de explicar. Pues…, ehm…, ¿cómo lo hacemos?

Me acomodé en sus rodillas. Me estaba clavando su rodilla en los huesos del culo. Me moví y dejé colgando las piernas entre las suyas. La mesa de al lado no se perdía detalle de lo que pasaba en la nuestra. La suya parecía una cita más bien aburrida.

—¿Y si me pongo así, como abrazándote?

—¡Ah! ¡Qué buena idea! ¿A ver?

Me escondí en su cuello y le sentí mover el brazo buscando el mejor encuadre.

—Es buena, pero muévete un poco hacia aquí, que se ve la mesa de detrás y están cenando salmorejo; no es muy sexi.

Me reí y él se estremeció con mi aliento en su cuello.

—Perdón.

Nos arrejuntamos y volví a pegarme a él. Hundí mi nariz en su piel y él se frotó en un gesto de cariño. Olía muy bien. Fresco, limpio, masculino.

Sentí sus dos brazos a mi alrededor y levanté la cabeza.

—¿Ya? ¡A ver!

Me enseñó la pantalla de mi móvil. Había quedado muy pero que muy bien. Parecíamos una pareja pelando la pava, y… es lo que debimos parecerle al camarero que llegó con un par de platos.

—¿Os lo pongo para llevar, pareja?

Me levanté como un resorte.

—No somos pareja. Nosotros solo… estábamos…

—Ya, ya. —Se rio el camarero—. Os dejo las croquetitas por aquí,

¿vale? Cuidado, que están calientes…, como el ambiente.

Noté una oleada de calor en mis mejillas. David apretó los labios para no partirse de risa delante de él.

—¡David! —me quejé cuando se fue—. ¡No me pongas en estos bretes en público!

—Ha sido la polla —se descojonó.

Cogí una croqueta, dejé otra en su plato y partí la mía en dos para dejar que se enfriara un poco. Y mientras veía el vaho salir, se me ocurrió que…

—¡¡Oye!! ¡¡Ya sé lo que intentas!!

—¿Yo? —Se señaló el pecho, fingiendo estar ofendido.

—¡Sí, tú! No me has llamado tronca en toda la noche, me traes a un restaurante, te has cortado el pelo, has cambiado de perfume, te has puesto camisa, vas a publicar una foto con una chica que no es Idoia, haciendo algo que probablemente no hiciste con ella, pasándotelo bien y hecho un pincel…

—Ya te he dicho que estoy haciendo los deberes. Tú elaboraste una lista y yo, sencillamente, te hago caso en todo, mi sensei.

—Sí, vale, pero ¿con qué intención?

—Con ninguna.

—¿Ninguna? ¡Ja! Yo te diré tus intenciones: tú quieres que me vaya a Grecia sabiendo que has cumplido… para que cumpla yo también.

Levantó los brazos, en señal de haber sido descubierto.

—Pero ¡¡qué sibilino!! ¡¡Para que tuviera remordimientos si no cumplía con tu lista del infierno!! —insistí.

—Llevo camisa, ¿qué lista era más infernal?

—¡La tuya! —Me reí.

—Asun me ha hecho una foto trabajando, rodeado de flores, para colgarla con un filtrito así como retro. ¿Quieres verla?

—¡¡Que pares!!

Se metió la croqueta en la boca y levantó las cejas un par de veces.

—Estás guapa hoy —me dijo con la boca llena—. ¿Qué te has hecho?

—Nada. —Me encogí de hombros.

—Sí, sí. Te has rizado el pelo, ¿no?

—Solo… —Me lo atusé—. Hoy no me lo he planchado. Mi madre siempre decía que el pelo liso es más fino y…, mira, no sé, que me he cansado de tener que perder quince minutos planchándolo todos los días.

Pero no cambies de tema.

—No cambio de tema, es que no hay mucho más que decir. Es normal que quiera asegurarme de que vas a intentar soltarte, hacer el loco y pasártelo bien en un lugar donde no va a haber nadie conocido que pueda coartarte.

Me quedé mirándolo masticar. Levantó las cejas.

—¿O no?

—¿Por qué te preocupa que lo haga? Apenas me conoces —respondí, seria de repente.

—Porque me gustas. —Cogió aire, llenó el pecho—. Quiero decir que… me caes bien, te estoy cogiendo cariño. Me gusta cómo eres cuando estamos juntos y algo me dice que a ti también te gusta, pero… no eres así habitualmente.

Cogí el vaso de sangría y lo vacié garganta abajo. David le hizo un gesto a un camarero y señaló mi bebida para pedir otra.

—Vuélvete un poco loca, Margot. —Sonrió—. Hazte caso.

—Yo nunca he dicho…

—No, pero en algún momento de estas últimas dos semanas dijiste que podíamos darnos buenos consejos, que podíamos ayudarnos. Yo estoy cumpliendo con mi parte y tú también, pero… ahora que te vas…

—David —le corté.

—¿Qué he dicho? —Hizo una mueca—. Algo he dicho; la he cagado.

Te has puesto superrara.

—No es eso. Es que… el otro día hice una cosa…

—Tocarse es normal. Tener curiosidad por tu propio cuerpo y experimentar. Se llama masturbación —se burló.

—David…

—¿Qué? —Se rio cogiendo otra croqueta del plato.

—Te compré un billete.

Soltó los cubiertos despacio, uno por uno. Su lengua paseó por el interior de su boca mientras llenaba el pecho de aire… y tardó en levantar la mirada hacia mí.

—¿Qué? —repitió.

—Te compré un billete.

—Un billete, ¿adónde? —Y estaba tan serio que me dio miedo seguir hablando.

Agaché la cabeza y dejé mis manos en el regazo.

—Olvídalo.

—¿Compraste un billete para mí, para… acompañarte?

—Sí, pero ya sé que es una salida de tiesto, ¿vale? Solo…, no sé. No sé ni por qué te lo he dicho.

—Pero… ¿qué has hecho con ese billete?

—Está pendiente de confirmar. —Me encogí de hombros.

El camarero trajo mi bebida y la agarré en cuanto aterrizó en la mesa.

—Margot, mírame.

—No quiero. Me muero de la puta vergüenza. Qué bocazas. —Di un trago. Después otro.

Dejé el vaso. Miré a nuestro alrededor, como si todo el mundo supiera el ridículo que acababa de hacer y estuviera riéndose de mí en silencio. Agarré el bolso, metí la mano dentro y busqué la cartera.

—Ni se te ocurra —me advirtió David parándome la mano, medio levantado.

—Preferiría irme.

—Ni se te ocurra. Mírame, por favor.

Eché una mirada hacia su cara. No parecía enfadado. Tampoco asustado. Solo un poco abrumado, hilando muy fino.

—Se me fue la pinza, ¿vale? —le dije.

—No. Se te está yendo la pinza ahora. Suelta el bolso y mírame.

Sus labios dibujaron una sonrisa y, como siempre, sentí que con él podía relajarme.

—Me compraste un billete a Atenas.

—Sin pensar. Si lo hubiera pensado me hubiera dado cuenta de que necesitabas también billetes para las conexiones entre islas.

—Se harán en barco, ¿no?

—Sí. Pero yo ya tengo los billetes.

—Tu secretaria es muy aplicada.

—¿Cómo sabes que…? Bueno, que da igual.

—Tú dijiste que tenías una secretaria. Yo solo ato cabos. Entonces, me compraste un billete para ir contigo a Grecia.

—¿Puedes dejar de repetirlo?

—No. —Cogió su vasito y estudió el contenido—. Solo quiero que me cuentes por qué lo hiciste.

—Pues… —Cogí aire—. No me apetece mucho seguir hablando de esto, la verdad.

—Por favor…

Me mesé el pelo y resoplé. La mesa de al lado estaba living con nosotros.

—Contigo estoy a gusto. Me siento…, igual me siento un poco en deuda contigo por hacerme sentir bien estas dos semanas. Sin ti hubieran sido duras. Y pensé que…, bueno, que me haces sentir libre y comprendida, y que no tengo demasiado miedo cuando estoy contigo y que nunca hago locuras, de modo que…

—Sabes que no podría pagarte ese billete, ¿verdad?

—Nunca he querido que me lo pagases.

Nos sostuvimos la mirada.

—Entonces ¿de verdad quieres que vaya?

—Quería. Tuve un momento… —Miré al techo y dibujé una mueca—.

Un psiquiatra forense determinaría en un juicio que fue enajenación mental transitoria.

—Vaya —dijo David con cara de guasa—. Un juicio.

—Sí. Con el tiempo se convertiría en el emblemático caso «Sánchez contra Ortega».

—¿Margot Ortega? Ni siquiera sabía tu apellido.

—Pues mira lo loca que estoy que sin que supieras ni mi apellido, te compré un billete de avión.

—Eres superrara.

—No. —Negué con la cabeza—. Soy una tía anodina. Aburrida.

—Ya, ya…, mediocre, ¿eh?

— Chi. —Asentí.

—¿Has escuchado alguna vez a Carlos Sadness?

—¿Y ahora qué dices? —me extrañé.

—¿Has escuchado «Te quiero un poco»?

—No.

—Luego te la pongo. En mi iPod. Porque soy de esos que aún tiene iPod.

—Tú sí que eres raro.

—No puedo pagarte el billete —volvió a decir.

—Qué pesadilla. —Me tapé la cara—. Me están sentando mal las croquetas.

—Ey, Margot…, ¿cuánto determinaría un psiquiatra forense que dura un episodio de enajenación mental transitoria?

—No lo sé —respondí con las manos aún sobre mi cara.

—¿Crees que nos valdrá la excusa durante dos semanas más?

Aparté los dedos para poder verlo.

—¿Qué dices?

—¿Tú quieres que vaya? Yo quiero ir.

—¿Pero…?

—Yo quiero estar a tu lado mientras te sientes libre, no tienes miedo y haces el loco. Quiero que cuando vuelvas a Madrid sepas lo que quieres y cómo lo quieres, y que no te conformes con menos o con más. Quiero que tus vacaciones no sean solitarias, quiero que no lo pases mal, pensando en si Filippo esto o Filippo lo otro. Yo quiero que bebas licor griego, te tires al mar desde algún sitio alto, bailes, te quedes afónica de reírte y cantar, que pasees por la playa de noche con una botella de vino en la mano, que tus vestidos nuevos amanezcan llenos de arena y…

Me levanté y le tapé la boca.

—Basta —susurré despacio.

Levantó una mano pidiendo permiso para hablar y retiré la palma de sus labios. Me senté despacio.

—Hay normas.

—Claro que las hay —repetí—. Nadie puede saberlo.

—Nadie. —Asintió.

—Harás fotos, pero nunca se me verá la cara.

—Ok. Compartiremos gastos. Hostales y eso…

—¿Hostales? Ay, cariño… —Me reí—. Por eso no te preocupes.

—Pues dejarás que te invite a cosas. Alquilaré una moto y…

—Vale, vale.

—Y si cambias de parecer, aunque sea a mitad de viaje, me volveré. Y

si al llegar a casa te lo piensas mejor, solo tienes que mandarme un mensaje y decirme: «Se me ha ido la cabeza, David». Pero necesito que no esperes que sea yo quien imponga cordura sobre los planes porque… de eso no uso, cielo.

Sonreí.

—Es de putos locos.

—Sí. —Asintió, poniendo morritos—. De chalados.

—No nos conocemos.

—No lo suficiente —aseguró.

—Puede salir fatal.

—Fatal. —Paró a un camarero que pasaba por nuestra mesa en ese momento—. ¿Nos traes la carta de vinos? Tenemos que brindar.

A las dos de la mañana la brisa se despertó y recorrió Madrid de puntillas, sobre todos los locos que habían salido un miércoles cualquiera de finales de junio en una de las noches más calurosas del año. Se paseó refrescando cuellos, removiendo melenas y arrastrando a su paso alguna lata de cerveza vacía. A David y a mí nos descubrió sentados en un banco de la plaza del Dos de Mayo, con una birra comprada por la calle, compartiendo auriculares. Sonaba Carlos Sadness y David y yo nos mirábamos, como si la letra de aquella canción fuera en realidad una conversación.

¿De dónde habéis sacado a esta tía tan rara?

Cariño, no sé si te odio, no sé si me encantas.

Creo que te quiero un poco,

pero solo un poco nada más.

—Gira, gira, chica triste. Gira más rápido.

Y aquella frase que pronunció David al despedirnos quedó para siempre encerrada en la canción y ya nunca pude escucharla sin girar, girar, girar rápido.

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