Un cuento perfecto
Capítulo 48
Arreglar el desastre
¿Por dónde empezar? ¿Por dónde comenzar a enmendar los errores encadenados que llevaba cometiendo desde años atrás? ¿Llamar a Filippo?
¿Pedir una reunión con el Consejo para informarles de que ya estaba de vuelta y que pensaba reincorporarme INMEDIATAMENTE porque tenía el treinta y siete por ciento de las acciones de la empresa y me salía del toto?
¿Vender las acciones y largarme a vivir a mi pisito de Londres? ¿Vender también el pisito de Londres y pasarme la vida con David en una playa?
Empecé por la maleta. Era una salida cobarde, pero también reclamaba mi atención. Isabel alucinó cuando llegó y me vio poniendo una lavadora.
No es que sea una de esas tías a las que se les caen los anillos por hacer una tarea doméstica, es que normalmente no tenía tiempo de hacerlo (aunque, ya lo sé, hay tiempo para todo si una se organiza).
—Pero, Margot, deja eso, ahora lo hago yo.
—No, no, Isabel. Tómate un café, yo sigo. Necesito una tarea que me mantenga ocupada un rato mientras pienso.
—Pero…
—Sin peros.
Candela llegó a media mañana, horrorizada. Nuestra madre volvía a hacer ayuno y quería que lo hiciera con ella porque «ya se sabe, las mujeres tenemos que mantenernos siempre mejor que los hombres, para que no nos dejen».
—En serio…, si estuviéramos en la Edad Media le diría a la Inquisición que la he visto invocar al diablo. Qué dañina es… —se quejaba.
—Es una retrógrada machista y simplona, pero déjala estar. ¿Te ha preguntado por mí?
—Bueno, me ha preguntado si creo que Filippo podrá perdonarte la tontería esa que tienes, y ha comentado el error que fue dejarte estudiar tanto.
Bufé. Me apeteció muchísimo presentarme en su casa con David y morrearlo encima de su mesa Luis XVI, tan horripilante como los sillones a conjunto.
—¿Has hablado con Filippo? —quiso saber Candela.
—Voy a pasar el fin de semana fuera —dije cambiando de tema.
—¿Dónde?
—En un pueblecito.
Candela me miró arqueando una ceja.
—¿Y dónde está ese pueblo?
—Ni idea. Creo que en la provincia de Ávila.
—¿Con David?
Hice un mohín con el que le pedí, por ondas cerebrales, que no me juzgara.
—Vale. Vístete, anda. Vamos a ver a Patricia.
Vale. Pues la lista de tareas iba a comenzar por ahí.
Mi hermana Patricia vivía en un chaletazo al norte de Madrid, de esos que parecen sacados de un programa de decoración americano. Tenía buhardilla, donde Alberto y ella compartían un precioso despacho con vigas de madera y tragaluces que en invierno se llenaban de nieve; sótano acabado, con sala de juegos, lavadero y gimnasio, y dos plantas en las que se repartían cinco dormitorios y seis baños. Y en esos lares, ella reinaba como la princesa de Frozen. La reina del hielo: cariñosa, adorable, guapa, pero que no se te olvidara que de un gesto podía congelarte las entrañas.
Nos abrió una chica que no conocíamos. Como mamá, Patricia cambiaba el personal de servicio constantemente. Le pasaba igual con las niñeras. A veces se obsesionaba con cosas tontas, como que le robaban suavizante de la ropa o que Alberto las miraba mucho. Era absurdo, pero Patricia tenía la desgracia de haber heredado algunos genes más de la familia de mamá y, de la misma forma que le habían brindado una belleza espléndida, también habían dejado tontuna a su paso.
La encontramos en la cocina, tomando café rodeada de papeles con esbozos de piezas para su colección de joyas y el ordenador con su página web abierta.
—Mira a quién te traigo —le dijo Candela.
—Ah, hola —me saludó con frialdad, mientras daba vueltas con una cucharita a su café—. Ya has vuelto.
—Mujer, estoy en tu cocina y aún no tengo el don de la ubicuidad, pero dame un par de años de práctica.
—Ja. Ja. Ja —añadió seca, sin mirarme.
—¿Pasa algo?
—Un honor que te hayas dignado a venir por aquí.
—Pero ¡tía! —me quejé.
—Tú sabrás.
Seis meses antes, Margot hubiera tenido dos opciones: marcharse o arrodillarse para que la reina Patricia la perdonara con un toque de su cetro en la frente. Sin embargo, fui consciente de que huir o agachar la cabeza nunca me había traído cosas buenas.
—Patri, estás molesta porque no te he devuelto las llamadas, me hago cargo. Pero necesitaba ese tiempo.
—Y yo necesitaba a mi hermana.
—Y tenías a Candela —añadí aparentando tranquilidad y sentándome a su lado—. Si ella hubiera tenido que volver, habría encontrado la manera de no dejarte sola, pero… necesitaba salir de aquí. Respirar. Pensar.
Me miró de reojo.
—Me piré corriendo de mi boda, Patricia —le recordé—. Y a lo mejor no ha sido justo evitarte durante estas dos semanas, pero…
Suspiró y colocó su mano sobre la mía.
—¿Eso es que me perdonas? —Sonreí mirando sus perfectos dedos sobre los míos.
—No. Eso es que me da pena todo el asunto de la boda.
Miré a Candela de reojo y ambas sonreímos.
—Mira, Patricia, esto es más fácil de lo que creemos: tú estabas con tu movida y yo con la mía. Ni la tuya es más importante ni la mía merece más atención. Simplemente, cada una necesitaba centrarse en sus mierdas.
—Tengo tres hijos —gruñó.
—No voy a entrar en una competición por cuál de las dos está más jodida —le advertí—. Pero si te apetece contarme lo que está pasando de verdad…, si te apetece contárnoslo a las dos, estaremos a tu lado.
—No hay nada que contar. —Miró fijamente a la nevera.
—¿Seguro?
—Me has llevado por todo Madrid persiguiendo detectives —apuntó Candela.
—¿Al viejo también lo habéis seguido? —dije sin disimular mi sorpresa.
—¿Cómo sabes que he cambiado de detective?
—Candela me mantenía informada con mensajes —mentí un poco—.
Como si fuera una agencia de comunicación. Era Candela Reuters.
—¿A ella sí la atendías? —Me lanzó su mirada de hielo—. Porque a mí no es que no me respondieras las llamadas, es que ni siquiera me contestaste un mensaje.
—No me respondía —mintió Candela.
Saqué el móvil del bolso, entré en nuestra conversación de WhatsApp y se la coloqué delante para empezar a leer en voz alta los últimos mensajes:
—«Margot, llámame, estoy mal». «Margot, llámame». «Margot,
¿cuándo vuelves?». «Margot, aquí están pasando cosas, ¿sabes?». «Margot, qué egoísta».
Patricia me lanzó una mirada.
—Si lo lees así parezco una zorra.
—Pareces una persona obsesionada con su situación que no se ha dado cuenta de que, a veces, los demás necesitan espacio para sus cosas. Para pensar. Para respirar.
Se apoyó en el puño, mirándonos a las dos.
—No soy una zorra.
—No —dijo Candela aguantándose la risa—. Pero estás haciendo cosas superlocas hasta para nuestra familia.
—A lo mejor —concedió.
—Patricia, ¿qué pasa?
Se irguió y se levantó de la banqueta.
—Vamos al jardín.
El chalet de Patricia no tenía mucha parcela, pero sí la suficiente como para lucir un jardín perfecto, precioso, una pérgola que servía como lugar de reunión las noches de fin de semana en verano y un pequeño invernadero, donde Patricia fingía cuidar algunas plantas que todo el mundo sabía que subsistían gracias al jardinero. Y justo a ese pequeño espacio acristalado nos llevó. Olía a tierra húmeda, a flores y a verano. Me recordó a David.
Candela se sentó sobre unas macetas vacías y yo me apoyé en un banco repleto de orquídeas pochas.
—Patri…, estas están a un pasito de la tumba, ¿eh?
Cuando me volví a mirarla, estaba encendiéndose un pitillo.
—¿Qué haces? —grité.
—Fumar —me anunció.
—¿Escondes el tabaco en el invernadero? —Candela se descojonó.
—Sí. Y vengo a fumar cuando odio mi vida. ¿Es un pecado?
Las dos negamos con la cabeza y las manos al ver la furia con la que hablaba.
—A ver… —decidí coger el toro por los cuernos—. ¿Sigues con la paranoia de que Alberto te engaña?
Negó con la cabeza mientras, con los brazos cruzados, echaba el humo de una calada. Tenía los ojos vidriosos.
—Si es que ya tiene pruebas de más de que eso no pasa. Lo único que le podría preocupar, a juzgar por las fotos y el informe del detective, es que come fatal. En serio, Patri. Tu marido tiene que tener mayonesa en las venas.
Me eché a reír sin poder evitarlo. Me pareció que Patricia también se reía, pero al mirarla otra vez vi que sofocaba un sollozo.
—Pero ¡¡Patricia!!
Patricia NUNCA lloraba.
—¿Qué pasa? —se asustó Candela—. ¡Tía, llevo contigo dos semanas
¿y esperas a que venga la tránsfuga para llorar?!
—Mira que eres celosa. —Le lancé una mirada—. Típico de la hermana mediana.
—Cómeme el papo, que también lo tengo mediano.
—En serio, eres adoptada.
Me acerqué a Patricia e intenté abrazarla, pero me apartó. En nuestra familia no se abrazaba mucho. Me sorprendí pensando en qué haría David en una situación como aquella. Arrastré una maceta vacía, le di la vuelta y la obligué a sentarse. Después hice lo mismo con otra, cogí su paquete de tabaco y me encendí un pitillo. Qué asco. Tosí. Ella me miró con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué haces?
—Eso digo yo —añadió Candela, acercándose.
—Crear un clima de intimidad. Venga. Cuéntanoslo. Si ya sabes que Alberto no te engaña…, ¿qué es lo que pasa?
Patricia desvió la mirada y una lágrima gorda, cristalina y preciosa le cruzó la cara.
—Pues eso… —dijo con la voz estrangulada—. Que no me engaña.
Candela y yo nos miramos confusas. Me acordé de lo que dijo David cuando le conté todo aquello.
—Patricia, ¿quieres a Alberto?
Nos miró y dio otra calada.
—Lo quiero, pero…
—¿Pero…?
—Si me engañase, todo sería más fácil.
—No estoy entendiendo nada… —farfulló Candela.
—Shhh. Calla. —Le pegué con el puño en una pierna—. Patricia…, dilo. Somos nosotras. Somos lugar seguro.
Patricia suspiró de tal manera que casi dejó sin aire el invernadero.
—Hace años que esto no va bien.
—Esas cosas pasan.
—Mamá me dijo que teníamos que ir a terapia conjunta, que ella va con Lord Champiñón.
—Esto es surrealista. —Candela escondió la cara para reírse.
—El caso es que, bueno, fuimos. El pobre Alberto iría donde le dijera.
Está loco por mí…
Hostia…, cómo están las cabezas.
—Entonces ¿cuál es el problema?
—El problema es que me di cuenta de que yo no quiero esta vida. Que la quería, pero… ya no.
—Pues te separas.
—Tengo tres niños.
—Y yo tres canas en el coño —añadió Candela.
—¡Cande, por Dios! —me quejé—. Patri, no serás la primera ni la última que se separe teniendo hijos. Alberto es un buen hombre y te quiere lo suficiente como para entenderte si tú se lo explicas.
—Es que… —Patricia sollozó—. Es que…
—Es que… ¿qué?
Nos miró horrorizada.
—Se llama Didier.
Levanté las cejas.
—Didier…
—Didier le da clases de tenis a Santiago. —Santiago es mi sobrino mayor—. Es de Marsella. Tiene veinticuatro años y… nos queremos.
Candela dejó escapar una carcajada contenida a la vez que yo soltaba un exabrupto.
Patricia tardó unos veinte minutos en desahogarse. Y lo hizo a fondo.
Jamás creí que escucharía a mi hermana diciendo cosas como «me pega unas folladas en el cuarto de las basuras del Club de Tenis que me pone los ojos del revés», pero, oye…, así es la vida. Que si habían conectado. Que si la hacía reír. Que si le había devuelto la ilusión por la vida. Que si había entendido lo equivocada que estaba en lo que concierne al amor. Que si fíjate qué escándalo.
Candela y yo tardamos unos veinte minutos más en explicarle que los escándalos, como el que te largues de tu boda corriendo, terminan muriendo en la boca de la gente que no tiene más vida que la de los demás. Ya lo dijo ella cuando lo de mi boda. Además, en cualquier caso, más vale un escándalo que marchitarse en una relación que no te hace feliz.
¿Y qué si nuestra madre iba a poner el grito en el cielo? ¿Y qué si era la comidilla del Club? Lo único que importaba era que asumiera las cosas y no hiciera más daño a su marido.
—Alberto va a ser el hazmerreír y… Yo lo quiero. Lo respeto. Pero es que no he podido contenerme. No he podido, lo juro —dijo llorando desconsolada.
—Tómate tu tiempo —le aconsejó Candela.
—Perdónate.
Candela fue hasta la cocina y trajo una botella de vino y un paquete de galletas saladas que tenían toda la pinta de ser de Alberto, que, seguramente, ya se olía todo lo que estaba pasando en su casa y había encontrado en los hidratos de carbono un refugio seguro.
Pasamos un par de horas allí, bebiendo, hablando, frivolizando y riendo, convencidas de que quizá nuestra madre era un castigo, pero nos había regalado lo más grande de la vida dándonos las unas a las otras. Y al final, sin darme mucha cuenta, quizá por la calidez del vino tinto en la lengua, me escuché contándole a Patricia una historia que podría reconocer muy bien:
—Se llama David, tiene veintisiete años y me ha descubierto que la vida es preciosa.
Nunca me sentí más arropada… salvo cuando estaba con él.
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