Un cuento perfecto
Capítulo 40
No te acabes nunca
Me hubiera gustado despertarme con Margot encima de mí, a horcajadas, vestida solamente con el camisón blanco que cogí de entre sus cosas. La imaginaba con la tela arrebolada en su regazo y un tirante caído mientras la voluptuosidad de sus caderas navegaba olas inexistentes sobre mí. Y ahí, yo, que soy débil, besaría sus pezones, le susurraría palabras de amor de esas que no hacen daño y pediría permiso a base de caricias para entrar en ella y quedarme a vivir dentro de su cuerpo en forma de gemido. Y la luz reflejada en el mar, la brisa y la libertad nos aplaudirían mientras hacíamos el amor.
Suena bien, ¿eh? Pues nada más alejado de la realidad, porque me desperté por una silla que se cayó al suelo con un estrépito que casi me provocó un infarto. Y cuando me incorporé, encontré a Margot despeinada y con el maquillaje corrido, recogiendo cosas.
—¿Pero…? —alcancé a decir.
—¡¡El ferri!! ¡¡Que perdemos el ferri de vuelta!!
Correr con resaca no mola. Correr con resaca con cuarenta y cinco grados a la sombra, menos. Correr con resaca, a cuarenta y cinco grados, para meterse en un barco…, solo podía ser una señal del destino para que me espabilara y supiera ver que algo estaba haciendo mal. Con la vida.
Señal que obvié, por cierto.
La biodramina tardó en hacerme efecto el suficiente rato como para que cierta sensación de mareo me durase todo el trayecto. Margot no estaba mejor. Ni siquiera se lavó la cara antes de salir a la calle. Éramos una versión veraniega y desolada del Joker y no mediamos palabra hasta que llegamos a Santorini.
Estuve a punto de pedirle que condujera ella la moto de vuelta al hotel, pero me apiadé cuando después de quitarle el pitón me volví y la miré. No pude evitar sonreír.
—¿De qué te ríes?
—Estás horrible —me burlé.
—Anda que tú…
—¿Yo? A mí este rollito grunge me pega, ¿no decías eso? Pero tú…, tú pareces una heroinómana que ha sobrevivido a una orgía de motosierras.
—Llevas el pelo pegado —me informó para hacerme ver que yo también daba asco.
Me lo toqué. Joder. Es que se me ensuciaba mogollón cuando salía de fiesta, sobre todo a garitos en los que se podía fumar. Tenía razón.
—Pero ahora nos vamos a meter en la ducha y me lo vas a lavar, así que no pasa nada.
Puso los ojos en blanco, me monté en la moto, quité el caballete y ella se subió.
—Media hora —susurré antes de que se pusiera el casco.
Me gané un puñetazo en el brazo. Hay cosas que creo que es mejor no verbalizar fuera de una borrachera.
Paramos en la panadería que había en la carretera que llevaba al hotel y, además de dos cafés del tamaño de un cubo de fregar, compramos de todo…, cosas que empaparan, a poder ser con queso y bien grasientas.
Después nos metimos en nuestra villa y colocamos el «do not disturb» en la puerta, cobijándonos en un espacio que fuimos oscureciendo conforme íbamos bajando persianas. Convertimos su habitación en un útero artificial y refrigerado en el que nos resguardaríamos a la espera (y con la esperanza) de volver a convertirnos en personas.
Lo cierto es que, después de la nochecita anterior y el abrupto despertar, mi cuerpo no estaba para fiestas y no volví a pensar en sexo, aunque siguiera convencido de necesitar treinta minutazos con la lengua hundida entre los labios de Margot…, y no los que cubrían sus dientes, precisamente. Con esto quiero explicar que, al menos conscientemente, cuando me metí en la ducha con Margot, no lo hice con intenciones eróticas. Quería que me lavara el pelo.
—¡¡David!! —gritó fuera de sí, como si me hubiera repetido cientos de veces algo y yo hubiera vuelto a ignorarla.
—¡No grites, loca, que me va a reventar la cabeza!
—¡Sal de mi puta ducha, joder!
—¿Por qué? —Y prometo que lo pregunté porque no entendía los motivos por los que no podía darme una ducha con ella. Joder, que yo quería que me lavase el pelo.
—¡¡Porque me quiero lavar tranquila!! —Bueno, hija. Pues lávate.
Me di la vuelta y me concentré en enjabonarme el cuerpo a conciencia.
—Si haces esto para seducirme, quiero decirte que no lo estás consiguiendo. Te juro que ver cómo te lavas me recuerda al documental de una comunidad de monitos en la India. Se lavan como tú. Igualito.
Le lancé una mirada por encima del hombro. Tenía el pelo pegado a la cabeza, el maquillaje aún más corrido, sin sonrisa.
—Lo que tú digas, pero quiero estar limpito por si te apetece comerme un rato los huevos.
—De resaca eres el tío más desagradable que he conocido en mi vida,
¿lo sabes?
—¿Me lavas el pelo? —le pedí.
—Sí, claro, porque eres tan simpático que te lo has ganado.
—Soy un encanto y lo sabes. Venga…, lávame el pelo, por favor…
—¿Y qué saco yo?
—Eres una puta capitalista —me burlé—. Venga. Luego te lo lavo yo.
—Pero rollo como en la peluquería. Con masaje craneal.
—Vale.
Los dedos de Margot sobre mi cuero cabelludo, repartiendo el champú y frotando con suavidad, llegando a mis sienes…, era lo más relajante que había sentido en mi vida. Nunca había ido a darme un puto masaje, y te aseguro que el peluquero de mi barrio no te masajeaba la cabeza cuando te cortaba el pelo. De todas formas, decidí que yo no estaba hecho para esos mimos cuando noté que se me empezaba a empalmar la polla. La miré de soslayo. Pobre…, qué optimista era.
—Enjuaga ya —le pedí a Margot.
—Como gustes, pero yo quiero que frotes más.
Me mordí la lengua para no decirle una barbaridad.
Supongo que notó el estado de mi polla cuando me puse a lavarle el pelo, porque no dejaba de chocar contra sus nalgas. Me estaba poniendo cardiaco. Sin embargo, ella no dijo nada y yo seguí repartiendo champú y deslizando las manos por su cabeza y su cuello. Después de un rato de gemiditos de placer y «ahí, ahí» que casi me hacen perder las formas, ella misma se colocó debajo del grifo y se aplicó el acondicionador. Yo aproveché para llenarme de nuevo la mano de jabón con la peor de las intenciones.
La atraje hacia mi cuerpo, de espaldas, y metí sin ceremonias la mano entre sus muslos. Ella también debía de estar pensando en algo similar porque recibió las atenciones con un gemido y sin aparente sorpresa.
—¿Froto así o más? —le pregunté con sorna.
—Frota hasta que inundemos de espuma el baño.
Deslicé mi dedo corazón entre sus labios y froté en círculos mientras ella me agarraba los antebrazos con fuerza, como si tuviera miedo de que me fuera y la dejase a medias.
—¿Puedo pasar la próxima hora cumpliendo promesas?
—No —gimió en mis brazos—. Aún estoy marcando un poco.
—¿Qué significa que «estás marcando»? —pregunté intrigado.
—Que aún estoy sangrando un poco. Quizá mañana ya se pueda.
—¿Y qué hago ahora? Yo quiero darte placer —me quejé.
Dirigió mi mano hacia un poco más abajo e hizo que colara un dedo dentro de ella.
—Eso no me basta —le anuncié.
—A mí sí. Sigue…
Su mano encontró un camino para llegar entre nosotros y agitó mi polla, que respondió con una fuerza que no recordaba. Gemí con la boca pegada a su cuello porque quise que escuchara el placer que sentía cuando ella me tocaba, y con la mano que no tenía entre sus piernas apreté su pecho izquierdo. Margot también gemía, indicándome qué movimientos le gustaban más, y cuando estaba a punto de ofrecerle salir de la ducha para tendernos en la cama en condiciones, me sorprendió preguntándome algo que no esperaba:
—¿Crees que estoy siendo infiel?
—¿Qué?
Apretó mi polla entre sus dedos y yo lancé un gemido.
—Por el amor de Dios, no me preguntes eso ahora.
—¿Lo crees o no?
—No… —Volví a gemir, solté su teta y envolví la mano con la que me estaba tocando con la mía, para agitarla con más rapidez—. Él se largó todo el verano, ¿no? Pues este es tu verano, Margot. —Se me escapó un gruñido
—. No pares ahora… sigue.
Me soltó. «Mecagoenlosputosremordimientos», balbuceé sin abrir los labios, en una especie de rugido contenido en mi garganta. «Pero si ese tío no puede quererte, Margot, porque no tienes que contarme mucho más sobre vosotros para saber que ni siquiera se ha preocupado por conocer la parte de ti que queda bien debajo de lo que pareces ser. Me cago en mi vida, Margot. ¿Y tú te sientes mal? Que se sienta mal él, que no supo ver que el amor de su vida estaba aterrorizada el día de su propia boda».
No dije nada. Margot me miró a los ojos.
—¿De verdad?
—De verdad. —Asentí.
—¿No lo dices porque quieres que acabe lo que he empezado?
—Quiero esta paja y correrme encima de tus nalgas, Margot, pero sobre todo que entiendas que si él es libre, tú también. Y me da igual si él no ha estado con nadie porque, en lo esencial, no está contigo, ¿no?
Sonrió.
—Bien. Entonces una mamada no estará peor que una paja, ¿verdad?
Parpadeé. No me lo podía creer. Hasta mi polla sonrió. Aprenderse a Margot de memoria era completamente imposible. ¿Cuántas mujeres diferentes habitaban en ella?
Pero salió. Salió de la puta ducha sin que sintiera su boca alrededor de mí. La miré alucinado mientras se envolvía en una toalla antes de tirar de mí y colocar otra en mi cintura.
—Tranquilito —susurró.
Cuando me senté en el borde de su cama, la toalla se abrió dejando a la vista, y muy claro, que no se me olvidaba la promesa.
—¿Sabes que tienes una polla preciosa? —me dijo, tirando un cojín al suelo y arrodillándose sobre él, delante de mí.
—No me había parado a pensar en ello. ¿Crees que ganaría un certamen de belleza?
—A ver… —La agarró y… magia: la hizo desaparecer.
Grité. No sé qué dije, creo que una barbaridad, porque ella me miró con los ojos muy abiertos. Creo que hice referencia a dónde quería que le llegase lo que le llenaba la boca.
Metí los dedos en su pelo y empujé un poco hacia mí, siguiendo el movimiento que estaba creando al meter y sacar mi polla de entre sus labios.
Acaricié su frente con el pulgar y ella me miró. Asentí, como si con ese gesto pudiera decirle todo lo que estaba pensando y que ni siquiera yo entendía: que siguiera, que quería correrme en su garganta, que no quería que aquel viaje terminara nunca, que no sabía si sería capaz de separarme de ella jamás, que Idoia no tenía ni idea de hacer mamadas, si como mamadas entendíamos lo que estaba haciendo ella, que más que eso era una supernova de placer. No podía dejar de mirarla. Estaba siendo la mejor mamada de mi vida, pero es que además… estaba tan guapa…
Se ayudó de la mano derecha y me entró la risa. ¡La risa! Lancé un par de carcajadas lastimeras porque era injusto que me gustara tanto, y ella sonrió. Con la boca llena, con los ojos, tragándose mi puta alma.
No me dio tiempo a avisar. Abrí la boca para hacerlo, lo juro, pero las palabras se me atascaron hasta no ser más que un gorjeo estúpido, de adolescente, mientras me vaciaba por completo (de semen, de preocupaciones y de miedos) dentro de su boca. No duré ni diez minutos, pero Margot no pareció sorprenderse; solo paró, se limpió la comisura de los labios y después me lamió de nuevo antes de besar la cabeza carnosa de mi polla y levantarse.
Se sentó a horcajadas encima de mí, se quitó la toalla y me dijo con expresión seria, caliente, turbia…
—Ahora yo.
La masturbé con todas las ganas que pude encontrar en mi cuerpo.
Todas. Las que le tenía a ella y todas las que sentí alguna vez en mi vida por
cualquier otra chica. Todo. El universo entero se plegó para dar cabida solo a Margot, como una divinidad cruel que se alimentaba de lo que yo le diera.
Y se corrió entre espasmos sobre mí, pero supe que hacerla gozar así ya no me satisfacía. Ya no valía de nada.
Se nos olvidó comer. Ni siquiera probamos el café. No lo pude evitar. En cuanto pude, en cuanto me recuperé del orgasmo, quise hacerle el amor. Y
ella también quiso hacérmelo a mí.
Rebusqué en la mochila, que había dejado tirada sobre la cómoda de su habitación, y encontré la caja de condones que compré en el supermercado días atrás; abrí uno con los dientes. Mal hecho, ya lo sé, pero me hacían falta los ojos para preguntarle con la mirada si, como yo, necesitaba aquello.
Se retorció desnuda sobre la cama apretando los muslos, intentando aliviar, imagino, el pálpito de la necesidad.
Los dos jugueteamos para ponerme el condón mientras nos besábamos con los ojos cerrados y después se echó en la cama con las piernas abiertas.
Me coloqué encima y dirigí mi polla hacia su interior; estaba tan empapada que entré casi sin empujar. Nos miramos con las bocas abiertas, sorprendidos por la sensación, y me retiré para volver a entrar; me clavó la rodilla en un costado, a la altura del trasero, a la vez que lanzaba un alarido.
—¿Te he hecho daño?
—Soy virgen —me dijo.
Juro que me quedé paralizado; quise tragar pero no pude. Una sonrisa creció en sus labios hasta convertirse en una carcajada.
—¡Eres idiota! —me quejé.
Clavó los dedos en mis nalgas, empujándome más hondo, y sonrió con sorna.
—Te tendrías que haber visto la cara. ¿Cómo voy a ser virgen?
—Eres idiota, ¿lo sabes? —Me acerqué para besarla.
—No pares, tonto. No pares.
Y no lo hice. No paré.
Y ahora, entre nosotros, como en una escuchita, voy a decir algo que no debería. Algo muy feo porque en sensaciones, en emociones, en mujeres…, uno no debe comparar. Pero… me había acostumbrado a follar con Idoia y siempre era como estar en una de esas películas porno que graban como si la cámara fueran tus ojos. Todo. Los gemidos, las posturas, las peticiones, hasta la estética… Todo parecía porno bien editado y posproducido. Eso solo significaba una cosa: que todo era perfecto, impoluto, sin peros y que… no parecía de verdad. Muchas veces me dije que yo no estaba a la altura de aquel despliegue, así que cuando Idoia y yo follábamos, me sentía en una competición. Tenía que ser el que más: el que más fuerte empujaba, el que más rápido podía metérsela sin correrme, el que más cachonda la ponía y el que daba las mejores palmadas en una nalga, cuando a mí… me bajaba bastante el ánimo la dichosa palmadita. Todo esto unido a que nunca he sido demasiado fan del enfoque del porno… hacía que terminara frustrado porque no disfrutaba tanto como sabía que podía, y no dejaba de repetirme que la culpa era mía.
Pues… haciéndolo con Margot se me olvidó eso de que tenía que ser «el que más» porque me preocupaba que aquello se esfumara sin que yo hubiera tenido suficiente. Hacerlo con Margot me aseguró que yo nunca me había preocupado de mí mismo estando con Idoia. Solo quería contentarla a ella. A ELLA. Y con Margot salía de manera natural que era para los dos. LOS
DOS.
Le hice el amor mientras dejaba espacio entre nosotros para que ella me lo hiciera a mí. Y cuánta intimidad se respiró en los sonidos de nuestros cuerpos, en los jadeos, en los olores del sexo, en las miradas que compartimos, sonriendo. Si alguien vuelve a decirme que la risa es enemiga de la pasión, le diré que tendría que haber estado allí viendo cómo se reía Margot.
Margot, luz. Margot, sin dejar de moverse bajo mi cuerpo, buscando la embestida. Margot, con cara de cachonda. Margot, susurrando que se corría, mientras se frotaba a sí misma y yo entraba, salía, entraba, salía. Margot, encima de mí, cabalgando, apoyada en mi rodilla izquierda con un brazo hacia atrás. Margot fagocitando miedos y convirtiéndolos en una exhalación de placer.
Margot.
Y ahí, a la vista, la conexión, el punto que nos unía: su cuerpo abierto a mí, permitiéndome darle placer. Me sentí agradecido por tanta verdad. Para un director de porno esa verdad no serían más que imperfecciones: sonidos, vello, humedad (de la de verdad), interrupciones, carcajadas y palabras que quedaban muy lejos de sus diálogos absurdos. Pero era perfecto. Era sexo de verdad. Hasta los «quita la mano de ahí, que me haces daño» o la pausa para beber un poco de agua de la botella que tenía en su mesita de noche, porque, déjame decir algo, una pequeña verdad: ¿de qué sirve lo perfecto si en realidad jamás podrá salir al mundo real?
Me odié cuando ella empezó a deshacer su delirante quejido de placer y yo gemí ronco, casi gruñendo. ¿Por qué? Bueno, pues porque me iba, porque explotaba, porque no quería que aquello terminara jamás.
Creo que negarlo ya no tiene sentido, porque lo que está a la vista no puede ser escondido: yo ya había partido mi alma para que, entre las dos mitades, ella creciera. Enamorarnos iba a ser, solamente, la consecuencia lógica.
Se corrió dos veces, y en las dos ocasiones tuvo que ayudarse con la mano, pero no me importó lo más mínimo y no me hizo sentir menos hombre; su placer era suyo. Cuando yo me corrí, tendido entre sus muslos esta vez, necesité otra ayuda… La de buscar refugio e intimidad para asumir y tragar tantas cosas. Me hundí entre sus pechos, mastiqué las ganas de llorar y las eché garganta abajo junto a las cosas que sentí a partir de una certeza aparecida de la nada que no compartí con Margot: lo que acabábamos de hacer sería más importante en mi vida de lo que quería creer.
Me corrí. Llené el condón y cuando terminé me quedé clavado allí, dentro de ella, jadeando, asumiendo. Sin entender nada.
Cuando pude, la miré. Esperaba dos ojos con un brillo lastimero. Quizá me reconfortaba la idea de que se sintiera más desbordada que yo, pero me dio una patada moral difícil de olvidar.
—¡Joderrrr…, cachorro! ¡¡Ha sido increíble!!
Ay, mierda. Ay, mierda, mierda, mierda. Se rio. Se rio a carcajadas, retorciéndose…, sumando confianza a nuestra relación, restando a aquella
primera vez con otro cuerpo cualquier impostura, multiplicando lo que sentí en mi orgasmo y dividiendo hasta dejar a cero las barreras.
—¿Increíble? —le pregunté—. Increíble eres tú.
Nos fundimos en un beso y recé. Recé por que Margot no se acabase nunca.
Por cierto, aquella tarde, después de una siesta, me desperté con Margot encima de mí, a horcajadas, vestida solamente con el camisón blanco que cogí de entre sus cosas. Tenía la tela arrebolada en su regazo y un tirante caído mientras la voluptuosidad de sus caderas navegaba olas inexistentes sobre mí, intentando despertarme todo el cuerpo. Y yo, que soy débil, besé sus pezones, le susurré palabras de amor de esas que no hacen daño y pedí permiso a base de caricias para entrar en ella y quedarme a vivir dentro de su cuerpo en forma de gemido.
Y la luz reflejada en el agua de la piscina, el puto aire acondicionado y la libertad nos aplaudieron mientras hacíamos el amor.
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