Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 25 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 25

Sin resaca

Sin resaca era difícil decirme a mí misma eso que solemos decir la mañana siguiente de cometer una tontería: fue culpa del alcohol. Pero… sin resaca…, sin resaca no hay ni siquiera una prueba fiable de que te pasaras con las copas y no tienes coartada tras la que esconderte, solo… vergüenza.

Porque te fugaste en tu boda, vale, pero quieres recuperar a tu exfuturo marido y, de pronto, en medio de tus planes, has invitado a un chico al que acabas de conocer a acompañarte a las vacaciones que te has tomado para poder encontrarte a ti misma. Y le has invitado en serio: porque querías.

Tanto que… le has reservado un vuelo.

Patricia me encontró en la barra de la cocina fingiendo que revisaba documentación sobre el viaje en mi iPad. En realidad, no creo que le sorprenda a nadie, estaba pensando en cómo sería viajar a todos aquellos sitios con David. Bueno, mi cabeza repartía el tiempo en pensar en eso y en que me estaba volviendo loca.

—¿Quién te ha abierto? —me quejé cuando hizo aterrizar sobre el mármol su agenda de Louis Vuitton, el ordenador portátil en su funda a conjunto y un montón de papeles enrollados con gomas del pelo.

—Parece que te moleste verme.

—Es que me molesta, porque vienes a contarme algo del detective privado ese que te está timando y no me apetece. Porque ya te digo yo que la Iglesia católica está buscando el teléfono de tu suegra para informarle de que quieren canonizar a tu marido en vida. San Alberto de Rascafría.

—Sí. San Alberto. —Puso cara de asco, y… ni con esas estaba fea.

—Qué asco de genes —me quejé.

—Podría ser peor. Podrías ser Candela. —La señaló mientras esta se acercaba a la cocina vestida con… ¿Cómo cojones defino aquello? ¿Una

toalla? Una toalla con tres agujeros: uno para la cabeza y dos para los brazos.

—Su problema no es genético. Es que la moda le importa lo mismo que a mí lo que haya averiguado ese detective tuyo —apunté.

—¿Os estáis metiendo conmigo? —Candela se sirvió de mi café—. Qué asco, Margot, ¿con qué lo tomas?

—Con nada.

—Mírala. En realidad es fea —se burló Patricia—. Es como si fuera lo que te llega de AliExpress cuando pides algo como yo.

—Puta flipada. —Se rio Candela—. Qué flipada eres. ¿Te has visto las rodillas? Tienes las rodillas más feas que he visto en mi vida.

—Qué pereza me dais.

Me levanté dispuesta a meterme en mi habitación, pero Candela me retuvo.

—No me dejes sola con esto, que pinta mal. Viene de más mala hostia de la habitual. A ver si al final va a ser verdad que Alberto está jodiendo como un animal por ahí.

—La mala hostia me la ha puesto vuestra madre —explicó Patricia mientras abría la nevera—. Es que hasta ganas de comer hidratos me da.

Pero hidratos a saco. Que dice que no le parece bien que los niños vayan a la escuela de verano, que qué imagen da eso.

—Pues mándaselos a ella. Que ejerza de abuela —dije de soslayo.

Las dos me miraron como si hubiera ofrecido dar a los niños en adopción.

—El detective… —la apremió Candela. Ella quería su ración de carnaza.

—Para dedicarte a lo que te dedicas, hija, qué cabrona eres —musité.

—Es para compensar. Cuenta, cuenta.

Patricia se sentó, cogió el portátil, tecleó y le dio la vuelta. Delante de nosotras un montón de fotos de mi cuñado haciendo… cosas. Cosas como subirse al coche con una piruleta en la boca, ir al trabajo, desayunar un café con leche con una porra, fumarse un pitillo en la puerta de su oficina, comerse una hamburguesa, recoger algo de mi hermana del tinte (porque

era algo de mi hermana, me juego la mano), comerse una palmera de chocolate y volver a por el coche.

—¿Todo eso se lo comió el mismo día? —musitó Candela.

—Pero vamos a ver…, ¿es un detective privado o un nutricionista obsesivo? —pregunté.

—Ya puede sudar luego en el gimnasio, Patri. Con toda esa cantidad de mierda que come. El pobre suda para que no se lo notes.

—Este tiene una ansiedad… —apunté yo, señalando las fotos.

—Ansiedad tengo yo. ¿Por qué comerá tanto? A ver, explicádmelo.

Porque se me ocurre algo que da mucha hambre.

—¿Crees que Alberto se ha enganchado a los porros? —preguntó Candela, como alelada. Con lo inteligente que era…

—Para ya —atajé—. Porque déjame decirte que lo normal cuando alguien tiene una aventura es que de pronto se cambie el look, que se cuide y se ponga guapo, no que se ponga hasta el culo de cosas hechas con aceite de palma.

—Esconde algo.

—Ay, por Dios.

Cogí el iPad y me fui hacia la habitación.

—Qué ganas tengo de perderos de vista —dejé caer antes de desaparecer.

—Tía, ¿te imaginas que Alberto se ha dado cuenta de que le están siguiendo, se ha encarado al detective y le ha ofrecido más dinero para que le haga de coartada? Para que te enseñe estas mierdas y no lo de verdad, me refiero —soltó Candela, de carrerilla y sin cortarse.

En el silencio que vino después, yo escuché el galope furioso de los cuatro jinetes del apocalipsis.

Nada más encerrarme en mi habitación, mi móvil se iluminó con un mensaje, pero antes de que pudiera ver de quién era, entró una llamada de Sonia desde la oficina.

—Hola, Sonia —respondí abriendo inmediatamente el mail desde el iPad—. ¿Todo bien?

—Por aquí sin novedad. No te aburro con detalles, pero a la vuelta de tus vacaciones podrás leer todo lo que ha ido cerrándose. Yo por lo que te

llamo es por tu viaje. —Y se la notaba muy emocionada—. Cuando tengas un rato, si puedes, echa un ojo a tu bandeja de entrada…

—Ya estoy dentro. —Sonreí. Cómo la conocía.

—Te he mandado el itinerario, una propuesta de programación para los días que estés allí, la reserva de los hoteles y el documento «Amadeus» de los vuelos. En cuanto me deje hacer la facturación online te iré mandando los billetes.

—¿Qué haría sin ti? ¿Morirme?

—Qué va. —Se rio—. He escogido buenos hoteles de la cadena, pero nada que pudieran escoger las Kardashian en sus vacaciones, tal y como me dijiste. Cinco estrellas pero sin estridencias. Y… por cierto: como verás, te he registrado con tu primer nombre y el segundo apellido, para que nadie sepa que eres la jefa.

—No soy la jefa.

—Bueno, tienes el treinta y siete por ciento de una multinacional muy lucrativa. Eres la jefa.

—Muchas gracias por la discreción. No me apetece que me hagan la rosca allá donde vaya y vigilen cuándo entro y salgo.

—Contaba con ello. Ahora solo creerán que eres una multimillonaria solitaria.

Me mordí la uña del pulgar. Coño. Eso me dejaba bastante libertad,

¿no?

—Muchas gracias, Sonia.

—No te molesto más. Si surge cualquier cosa o tienes alguna duda, llámame.

Le mandé un beso, le di las gracias de nuevo y colgué.

Cuando abrí la aplicación de WhatsApp comprobé que el mensaje que había llegado antes de la llamada era, por supuesto, de David. Me enviaba una foto. No sé cómo se las habría apañado para hacérmela llegar desde su móvil, pero la carcajada que me provocó se pudo escuchar en toda la casa.

La foto era la típica que puedes encontrar en Google si pones «playa griega paradisiaca» y, sobre esta, había dibujado un monigote que quería parecerse a mí. Le había puesto hasta un bolsito cruzado al pecho y mi melena castaña.

Para que la cuelgues en tu Instagram. Si viajas con estilo, que todo el mundo pueda verlo. Hablando de ver…, ¿te veo antes de que te vayas?

Salí de la aplicación, busqué su contacto y le llamé. Me cogió al segundo tono.

—Amparito, relájate, que te veo desde aquí la femoral —le escuché decirle a una de sus jefas.

—Coño con la Amparito, sí que está ofrecida. La femoral está en la ingle —dije.

—La yugular, la yugular, Amparito. La femoral no te la quiero ver yo

—le escuché gritar. Después se oyeron carcajadas—. Está hoy…, para mí que esta se pega unos lingotazos de algo fuerte después de comer. ¿Qué pasa, princesa?

—¿Princesa?

—Por fastidiar.

—Me ha encantado tu fotomontaje. Es supersofisticado. Apenas visible.

—Imperceptible. Si es que… lo que se ha perdido la NASA.

—¿Qué tiene que ver la NASA?

—Yo qué sé. Martes, princesa ojos tristes. Te quedan dos días aquí, en esta ciénaga de los horrores.

—No hables así de Madrid. —Me reí.

—No has salido a la calle hoy, ¿verdad? Ola de calor. Nos llega el viento del Sáhara. Ya te puedes imaginar…, llevo una rebequita ahora mismo.

—Pues menos mal que nos vamos a Grecia el viernes, ¿no? —dejé caer, a ver qué hacía con ello.

—No me lo digas más, bruja —se quejó lloriqueando—. ¿Te imaginas?

Sería la polla.

Me quedé callada, mirando a la pared, mordiéndome los labios. Mis dedos, sin querer, habían entrado en el mail en el que aparecía la reserva del billete de David.

—¿Margot? ¿Estás ahí? —preguntó.

—Creo que tengo susto por irme sola.

—Te haces caquita hasta el tobillo, está claro. Pero cuando estés allí y de pronto te veas en una situación en la que no sepas qué hacer, piensa:

«¿Qué haría David?». O mejor, imagina gráficamente que estoy allí, con los vaqueros que me hacen culazo, haciendo cosas que molan. Y hazlas.

—¿Tú harías cosas molonas? —me mofé.

—Claro. Te llevaría a las Termópilas…

—No da tiempo.

—… donde murieron trescientos espartanos valientes…

—No da tiempo.

—… encabezados por Leónidas…

—¡¡¡Que no da tiempo!!! —grité.

—Oye, oye, apasionada de la historia del mundo clásico, tienes que calmarte —se burló—. Madre mía, cómo os ponéis. ¿Quedáis en las plazas para pegaros por cuál fue la polis más molona?

No respondí. El billete a nombre de David Sánchez Rodrigo se presentó en una alucinación, delante de mí. En realidad era él mismo disfrazado de billete de avión, con una facha bastante curiosa, agitando brazos y piernas.

—Creo que me estoy volviendo loca —musité.

—Oye… —habló suave—. ¿Y si cenamos esta noche?

Candela entró en la habitación.

—Cuelga. Mamá se ha enterado de que te vas sola a Grecia y está… —

Agitó la mano, como cuando éramos pequeñas—. Quiere que vayamos a cenar.

—¿A cenar?

—Yo paso; la vieja no me va a echar de menos. Pero Patri dice que te acompaña… Está claro que se lo ha cascado ella y se siente culpable.

—Lo estás escuchando, ¿no? —respondí al teléfono.

—Sí…, ¿y mañana?

—Vale.

—Vale. Pues mañana no hagas planes. Y el jueves si quieres paso por tu casa y te ayudo con la maleta.

Miré a mi alrededor. Mi habitación, solo mi habitación, medía cuarenta metros cuadrados, incluyendo el vestidor y el cuarto de baño.

—No, tranquilo, no hará falta.

—Hasta mañana. Y silba si quieres un domador para tu madre.

—Gracias, David. Eres el mejor.

—El mejor… —repitió en un murmullo—. Díselo a Idoia. Sin noticias desde el otro día.

—Estamos igual. —Suspiré.

Candela se sentó en la cama, a mi lado.

—¿Se ha ido ya Patricia? —le pregunté a mi hermana.

—Qué va. Está en la cocina haciéndose un bocadillo de uvas con queso.

—Por favor…, está como una regadera. David, te veo mañana.

—Hasta mañana, ojos tristes.

—Ya no tanto.

—Ya no tanto, no.

Colgué y me levanté.

—Pues a ver qué me pongo para que tu madre no me dé la turra.

¡¡¡Patricia!!! —grité—. ¿Qué me pongo?

—Pues el vestido que más le guste a la vieja —gritó de vuelta—.

Espera, que voy.

Me estaba acercando a la puerta cuando Candela me adelantó y cerró con un portazo, dejándonos a las dos dentro.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Mira, lo mismo te iba a preguntar yo.

Y delante de mí, el mail. El mail del vuelo. El de David.

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