Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 46 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 46

«Hazlo, como si no supieras que se acaba»

Quizá no era la canción adecuada, pero «Como si fueras a morir mañana», de Leiva, empezó a sonar en mis auriculares cuando el avión despegaba desde el aeropuerto de Atenas rumbo a Madrid. Y es que era inevitable hacer un pequeño balance del que, por cierto, no salía bien parada. Hacía días que no sabía nada de mis hermanas porque, sinceramente, había pasado de ellas; aunque sé que necesitaba aquel tiempo para mí y que la distancia había sido ungüento para mi ansiedad, no podía evitar sentir ciertos remordimientos. Nos educan como si pudiéramos cuidar de todo el mundo sin cuidarnos a nosotros mismos, aunque eso sea una contradicción en sí misma. Sin un «yo» es imposible un «nosotros».

Nosotros. Como aquella foto que David había colgado en sus redes.

Nuestras sombras proyectadas en la arena de una playa preciosa cuando ya se ponía el sol y no quedaba casi nadie por allí. «Nosotros». Como si ese

«nosotros» no fuera una bonita mentira que tentaba, como lo hacen las adicciones, a creer que a la larga no nos haría daño. Ese nosotros existía, por supuesto, pero, como los fantasmas o la magia, si no creíamos en él terminaría desapareciendo.

No, aquella canción no era la más adecuada para espantar el miedo y la tristeza. «Hazlo, como si no supieras que se acaba», una de sus estrofas era la mejor definición del nosotros que éramos en realidad.

«Fuimos demasiado lejos y ninguno se cubrió la espalda»…

A mi lado, David dormía con los auriculares puestos, escuchando con total seguridad una canción de cuya existencia yo no tendría ni idea, escrita e interpretada más de treinta años atrás.

David y sus canciones de los ochenta. David y sus flores. David y su bañador negro. David y su manera de arquearse cuando estaba a punto.

David y los ojos hinchados al despertar. David y todo lo que no sería a mi lado ni yo podía desear.

Hice una lista mental de las cosas a las que me tenía que enfrentar en los próximos días y, cuando me di cuenta de su extensión, me sentí tentada a pedir una copa a la azafata:

—Entender por qué narices estaba tan aterrorizada el día de mi boda.

—Hablar con Filippo.

—Arreglar (o hacer lo humanamente posible por intentarlo) las cosas con el Consejo de la empresa.

—Reincorporarme al trabajo.

—Hablar con Patricia sobre esa locura de que Alberto la engañaba.

—Hablar con Candela sobre mi sospecha de que había hecho de mi piso su campamento base sin aparente intención de marcharse.

—Hacer todo lo anterior sin tener a David.

Hundí la cabeza entre mis manos cuando me di cuenta de que no tenía ni idea de lo que le diría a Filippo sobre nuestro futuro. No sabía qué quería, dónde me veía en cinco, diez, veinte años. El Consejo, lleno de esos hombres de negocios valientes que tanto respetaba mamá, jamás me respetaría ni aceptarían mi posición dentro de la empresa. Siempre sería «la heredera» sin más mérito que tener un apellido adherido por nacimiento. En la oficina… ¿habrían cesado ya los chismes? No los culpaba. Que tu jefa salga por patas el día de su boda es un cotilleo jugoso. ¿Qué narices le pasaría a Patricia en realidad? Siempre tuvo cierta necesidad de ser el centro de atención, pero… ¿tanto como para inventarse una historia así? Y

Candela… ¿cuánto tiempo llevaba ya en España? ¿Tantas vacaciones tenía?

¿Era todo aquello problema mío en realidad? David.

—Ey…

Unos dedos me quitaron con delicadeza el auricular de mi oreja izquierda y al mirarlo, lo vi sonreír aún un poco adormilado.

—¿Qué pasa?

—Nada —le mentí.

—Eh… —Pasó su pulgar por debajo de mi labio inferior—. Tú y yo no nos mentimos.

—Es que… estoy agobiada. —Suspiré.

—¿Por lo que te espera?

—Sí.

—¿Puedo darte un consejo? No sé si valdrá de mucho viniendo de un tío que vive en el sofá de su mejor amigo, pero…

—Escupe.

—No tengas prisa. Una cosa detrás de otra. Diferencia entre lo que quieres solucionar y lo que no te vale la pena. Abandonar no siempre es de cobardes; a veces es más bien de valientes que saben que el resultado de una guerra no compensa las pérdidas. Nadie espera que seas tan eficiente como para solucionarlo todo de golpe. Nadie espera que seas perfecta.

—Sí lo esperan.

—Entonces es que son imbéciles y muy egoístas. —Sonrió.

—No sé si puedo solucionar lo del curro a partir de tu consejo.

—Siempre tenemos la opción de largarnos sin avisar a nadie.

—Y que nos busquen de por vida. —Sonreí ante la perspectiva.

—Un día alguien les dirá que les pareció vernos vendiendo cocos en una playa.

Quise besarle, pero supuse que «nosotros» nos habíamos quedado en Atenas, en el beso que nos dimos mientras esperábamos para embarcar.

Solo le di las gracias. Y la mano. También le di la mano para que él la cogiera. Y lo hizo. Quise que no me la devolviera jamás.

El aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas seguía su vertiginosa vida, ajeno al vuelco que había dado la mía. Por megafonía se informaba de que no se daban avisos por megafonía, en una de esas contradicciones tan tiernas que a veces vas encontrando en el mundo. Y mientras David y yo esperábamos nuestras maletas, los pasajeros de un vuelo procedente de Nueva York terminaban de recoger las suyas. Fuera, en la terminal, con total seguridad, un montón de adolescentes se prepararían junto a los mostradores de facturación para el viaje de estudios que tanto habían ansiado. Algunos volverían enamorados. Otros con el corazón roto. Me pregunté a qué grupo pertenecíamos David y yo mientras él movía el cuello para hacérselo crujir y hablaba por teléfono.

—No te preocupes, llevo llaves. Solo te lo preguntaba por si querías que fuera a por Ada a casa de tu madre. —Se volvió a mirarme y me guiñó un ojo—. Ah, vale, vale. —Pausa, en la que levantó las cejas y apretó sus labios en una mueca para mí—. No, qué va, Domi. Si estoy hecho polvo.

Me pillo algo para cenar por el barrio y me meto en la cama. Pero no le digas a tu madre que no quiero ir, que te conozco. En menos de media hora la tendría aporreando la puerta con un táper en la mano y llamándome sinvergüenza.

Qué envidia. Qué mundo tan cálido. Miré mi móvil con disimulo. Nada.

—Yo también tengo ganas de veros. Un beso para los tres. Recuerdos de Margot.

Colgó y metió su pequeño móvil en el bolsillo de sus vaqueros.

—¿Ya te estaban esperando con un plan?

—La madre de Domi cocina que te mueres y dice que le encanta ver a alguien comerse hasta el plato, como hago yo. Pero hoy no tengo ganas.

Estoy cansado.

—Anoche nos acostamos pronto —dije, a sabiendas de lo que iba a contestar él.

—Ah, sí. Hubiera sido una larga noche de sueño reparador si a las tres no me hubieras despertado metiéndote mi polla en la boca.

Sonreí con picardía. Me gustaba tanto escuchar cómo recordaba mi hazaña en voz alta como me había gustado despertarle en mitad de la noche con una mamada. La última mamada, me dije cuando abrí los ojos con una pena desesperada en el pecho. Consejos vendo, que para mí no tengo.

—Si lo sé te dejo dormir —respondí.

—Como no quisiste que lo hiciéramos como animales cuando tocaba, pues mira… toda la noche en vela. Toda… —Me lanzó una mirada de soslayo antes de volver los ojos a la cinta de equipajes que se ponía por fin en marcha—. Haciendo todas esas cosas…

—No recuerdo nada —musité—. ¿Y dices que yo estaba allí?

—A juzgar por cómo me agarrabas del pelo y gemías, me pareció que te gustaba.

—Ah, vaya…, será que solo me acuerdo de cómo gruñías delante del espejo del baño.

—¿Te quedaste con hambre? —Levantó las cejas, mirándome.

—No. Terminé con la boca muy llena.

David se pasó la lengua por el interior del carrillo, mientras se reía entre dientes y se acercaba a por nuestras maletas. Ventajas de viajar en business…, el equipaje suele salir el primero.

—¿Cómo te vas a casa? —le pregunté.

—En metro. ¿Y tú?

—Vienen a recogerme.

No me pasó desapercibido el alzamiento de cejas que acompañó a su reacción.

—He pedido un coche —aclaré.

—Ah. Pensaba que…

—Oye…, no me cuesta nada decirle que haga dos paradas. ¿Te dejamos en casa?

Frunció el ceño y negó.

—Seguro que os tenéis que desviar mucho. Joder… —Hizo una mueca

—. Ni siquiera sé dónde vives.

—En el Paseo de la Castellana.

—Vaya con la marquesa —se burló.

—No tengo prisa por llegar a casa.

—Yo tampoco.

Nos quedamos parados, sin llegar a salir a la terminal. Me sonó el móvil y le eché un vistazo. Era un mensaje de Sonia:

Me ha llamado la secretaria de Filippo para consultarme tu agenda. Le he dicho que volvías mañana y que no podía cerrar nada sin hablar contigo. He pensado que, a lo mejor, necesitabas tiempo. Si he hecho mal, dime y la vuelvo a llamar.

Tecleé deprisa:

Gracias. Eres la mejor.

—Bueno, ¿qué? —Suspiré, levantando la mirada hacia él.

—¿Filippo manda a su secretaria a hablar con la tuya?

—¿Sabes que leer mensajes ajenos es de malísima educación?

—No he podido evitarlo. Se me han ido los ojos solos.

—Pues sí. Nuestras secretarias hablan mucho. Es lo más fácil. Hay días que no sé ni lo que tengo programado, y si Sonia lo coloca en mi agenda es más cómodo y nos aseguramos de que no se me pase.

—Si estuvieras conmigo, ya me encargaría yo de que te acordaras de verme sin necesidad de agenda.

En mi cabeza apareció una cocina cálida llena de cuencos con fruta, utensilios de cocina, libros de recetas, conectada con un salón plagado de cuadros, con las paredes pintadas de un color tostado y lleno de plantas por todas partes. David me daría una taza de café antes de rodearme por la espalda y susurrar en mi oído: «Te recojo a las seis y media, mi amor».

Tragué saliva. Él se mordió el labio.

—Entonces… ¿te llevo?

—Vale.

Cuando Sonia mandaba uno de los coches de la empresa a recogerme al aeropuerto, solía llamar a Emilio. Era un hombre amable, discreto y dulce, con dos hijas ya mayores (una de mi edad), y que se sabía muchos chistes; siempre dejaba caer alguno, como si fuera un «buenos días», si durante el trayecto me veía preocupada. Me alegré de que fuera él quien nos recogiera.

Ni siquiera pensé en lo raro que le parecería que lleváramos a otro chico con nosotros…, otro chico que no era Filippo.

—Hola, Emilio. ¿Le importa si dejamos a mi amigo David en su casa?

Nos acabamos de encontrar al bajar del avión —apunté, por si acaso la mentira valía de algo.

—Claro que no, señorita Ortega.

David me lanzó una mirada y arqueó una ceja.

—Déjenme las maletas y vayan subiendo. Enseguida estoy con ustedes

—dijo Emilio.

—No, no se preocupe. Yo las cargo —se ofreció David.

—Ah, no, no.

Los dejé discutiendo sobre quién cargaba las maletas y me subí al coche. David apareció segundos después.

—Esto no es un Cabify —susurró.

—No. La empresa tiene coches a disposición de algunos directivos.

—Y tú eres una de esas directivas, ¿no?

—Sí. —Asentí.

—Dígame la dirección, caballero.

David sonrió.

—Caballero… —musitó con una mirada guasona—. No se preocupe.

Déjeme en casa de Margot. Desde allí yo me apaño.

—No seas tonto. ¿Qué más me da llegar en veinte minutos que en media hora? —insistí.

—¿No quieres que vea dónde vives? —Alzó su ceja de nuevo.

—No es eso.

—Pues entonces me bajaré en tu casa.

Mierda. Tendría que explicarle cosas sobre mí que durante las últimas semanas no habían importado en mi vida.

—Oye, ¿y dónde buscarás tu nuevo piso? —le pregunté—. ¿En qué barrio te gustaría?

—Bueno…, donde pueda pagármelo. Quizá en Oporto. Me gusta Carabanchel. Hay una cervecería por allí a la que tengo que llevarte; hacen su propia cerveza y…

Planes. Planes que no sabía si podríamos cumplir.

Emilio insistió en bajar nuestras maletas del coche, pero David le pidió por favor que le dejase a él. Cuando me despedí con la mano y una sonrisa del chófer, me dijo que tendría la edad de su padre.

—No sé a Emilio, pero a mi padre de vez en cuando la espalda le da guerra.

—Eres… —Sonreí.

—Normal —se burló.

Se apoyó en el asa de su maleta y jugueteó, dando puntapiés a piedrecitas invisibles con sus Converse negras. Teníamos que despedirnos.

—Bueno…, ehm…, no soy muy bueno con las palabras pero… gracias

—empezó a decir sin mirarme.

—¿Por qué?

—Por el viaje. —Echó un vistazo al portal—. ¿Vives aquí?

—Sí. ¿No te fías o qué? —Sonreí.

—Joder, Margarita… —Silbó—. No sé cómo será el piso, pero el portal parece el hall de un museo.

—No seas exagerado.

Levantó las cejas en un claro intento por decir sin palabras que no estaba exagerando en absoluto. No. No lo estaba haciendo. Aquel portal parecía el mausoleo de una estirpe de ricos terratenientes o algo así.

—Que gracias por el viaje —insistió—. Ni en mis mejores sueños me habría permitido viajar a esos hoteles y a esas islas. Has sido… muy generosa. Sé que para ti, a lo mejor, es algo normal, pero para mí ha sido un lujo. De verdad. Gracias.

—A ti.

—¿A mí? ¿Por qué exactamente?

—Por la compañía.

—Ah… —Sonrió granuja.

—Y por recomendarme tantas canciones. Por el sexo no te pienso dar las gracias.

—Vaya. Fue en lo que más me esforcé.

—Uno no da las gracias por un orgasmo. —Sonreí también, pícara—.

Pero si quieres te envío unos chocolates.

—Muy elegante.

Se humedeció los labios. No tenía ganas de irse. Yo quería que se quedara.

—Ehm…, ¿un abrazo de despedida? —Abrió los brazos.

Eché un vistazo alrededor. Bajaba una de mis vecinas, agarrada a su Birkin, con la manicura perfecta, un cardado de peluquería que rivalizaba con las Torres Petronas y con los ojos fijos en nosotros.

—Te va a sonar superesnob, pero ¿te importaría que nos lo diéramos arriba?

—¿En tu casa?

—Baja una vecina.

—¿Y? —Frunció el ceño.

—En este edificio no vive gente para la que un abrazo es una sencilla muestra de cariño. Un abrazo delante de esa señora y mañana salgo en el

¡Hola!

—¿Finjo que te llevo las maletas? —preguntó.

—¿Estás tonto?

Cogí mi maleta y saqué las llaves del bolso. La vecina salió y se me quedó mirando con bastante descaro. Es algo que no he llegado a entender de esa casta a la que David decía que yo pertenecía: tanta finura, tantos remilgos… para después hacer gala de tan desdeñosa mala educación.

—Buenos días, doña Pitita.

—Buenas tardes, dirás. ¿Vienes de viaje?

—Sí.

—De la luna de miel, me imagino. Muy morenita —me dio el visto bueno—, pero ojo con relajarte que ya has cogido unos kilos. Las jovencitas os creéis que con estar casadas podéis dejaros. Si no te cuidas, te abandonará en un par de años. ¿Este es el afortunado?

—Adiós, señora Pitita.

—Ah, seguramente será el mozo —escuché que se decía a sí misma.

—Tenga cuidado no resbale, señora. Sería una pena que se desnucara con el último escalón —le respondió David.

A la vecina del demonio no le dio tiempo a contestar. Cuando quiso hacerlo, ya estábamos en el ascensor, partiéndonos de risa.

Igual debí plantearme la posibilidad de encontrar a Candela en la cocina preparando patatas a lo pobre o algo así, pero hasta de eso me olvidaba cuando estaba con David. Ni siquiera le había dicho cuándo volvía exactamente.

David alucinó al ver que solo había una puerta en el descansillo, pero no dijo nada. Creo que no quería hacerme sentir incómoda apuntando la diferencia entre el piso en el que él vivía y mi situación. Dejó apartada la maleta y esperó a que me acercara para abrir sus brazos. Me acurruqué entre ellos y sentí… paz. Una paz que no sentía con nadie más.

—Gracias, de verdad —susurró.

—¿Por el sexo?

—Por las mamadas, sobre todo. Se te dan increíble.

—La verdad es que sí.

Nos acomodamos en el abrazo y dejó un beso… ¿en mi mejilla? No.

Era mi cuello.

—Pues entonces, bueno…, tendré que darte las gracias por… —empecé a decir.

—¿Por qué?

—Espera. Voy a escoger un único momento que agradecer por todos los demás.

—Me gusta.

Nos apretamos un poco más mientras nos mirábamos, buscando con los ojos la boca del otro.

—Creo que… gracias por esa tarde en la que me hiciste un cunnilingus mientras estaba sentada en el borde de la piscina de nuestra habitación en Miconos.

—¿El día que follamos después en el sillón de la habitación?

—Sí.

—El día que me agarraste del cuello y me lamiste la boca —siguió recordando.

Me escondí en su cuello mientras me reía.

—Fuera de contexto parece una animalada.

—No más que cuando te empujé para que tragaras un poco más mi polla…

—Y después me diste la vuelta para follarme a cuatro patas.

—Y me corrí en tu estómago mientras te masturbabas y me decías…

—… que quería que me lo echaras encima…

Noté su cadera buscándome. A esas alturas yo ya jadeaba con sordina.

—¿Quieres entrar? —le pregunté sin mirarlo.

—Por favor…

Forcejeé con la cerradura y las llaves hasta que la puerta cedió y los dos entramos atropellados en el recibidor. Tiramos a un lado las maletas, dejé caer las llaves en la mesa redonda que ocupaba casi todo el espacio y cuya única tarea era la de lucir un jarrón con flores. Después, literalmente, salté sobre él.

Me recibió cargándome sobre su cadera y buscando mi boca como quien está hambriento y le ofrecen un trozo de pan. Su lengua casi me supo a yogur y miel, como después de cada cena en los últimos días. David sabía ya a algo familiar de lo que, seguro, me costaría desprenderme.

Me dejó en el suelo cuando no supo qué dirección tomar y yo, tirando de su mano, lo llevé hacia mi dormitorio, dejando atrás la sala de estar, el

despacho, la habitación de invitados, el aseo y cruzando el salón, la cocina abierta y el vestidor. Pero creo que, si alguien le hubiera preguntado de qué color eran las paredes, David no hubiera sabido contestar. Solo me miraba a mí. Solo tenía boca para la mía. Sus manos solo querían tocarme a mí.

Caímos encima de la cama con él bajo mi cuerpo y con la camiseta a medio arrancar. Nos desnudamos como pudimos, torpes pero sonrientes, para acomodarnos de nuevo conmigo en su regazo. Su boca recorría mis labios, mi cuello y mis pechos mientras yo deslizaba mis uñas entre los mechones de su pelo.

—La última vez… —le propuse.

—Vale. —Como si tuviera que convencerlo—. ¿Tienes condones?

Terminamos anoche la segunda caja.

—En la mesita de noche.

—¿Son de él? —preguntó serio.

—Son míos.

Y nunca me han besado con tanta pasión como entonces.

David perdía la paciencia en el momento de desenrollar el látex sobre su polla cuando estaba muy cachondo. Echaba la cabeza hacia atrás mientras dejaba salir un exabrupto de entre sus labios jugosos y jóvenes para después mirar, atropellado, si todo estaba correcto. Aquella vez me pareció más impaciente que nunca y debía estarlo porque, cuando lo tuvo puesto, tiró de mi tobillo hasta colocarme donde él necesitaba que estuviera. Abrí las piernas mientras me retorcía, pero él me giró, me colocó encima y se deslizó hacia el borde de la cama. Se movió tan rápido que ni siquiera me di cuenta de haber cambiado de lugar.

Sus dedos se agarraron a mis nalgas cuando empecé a moverme sobre él, haciendo que entrara y saliera de mi cuerpo. Le gustaba buscar ese lugar donde colisionábamos en una lucha por acoger y desterrar y repartir la mirada entre este, mis pechos y mi boca, pero en esa ocasión buscó mis ojos.

—Me gusta tanto hacerlo contigo… —murmuró.

—¿Vas a echar de menos mi cuerpo?

—Y tu olor —gimió cuando le apreté en mi interior—. Y eso que haces…

—¿Pensarás en mí?

—A todas horas, joder. A todas.

—Contigo haría cualquier cosa —le confesé.

—Vámonos… —volvió a gemir—. Lejos. Que le den por culo a todo.

Vámonos donde podamos hacer esto todos los días.

Le agarré la cara entre el pulgar y el índice.

—Quieres a Idoia.

No respondió. Solo soltó mis nalgas y me envolvió por completo con sus brazos, empujando y alejándome a su antojo, como un loco.

—Quieres a Idoia —insistí.

—Quiero follarte hasta que me muera.

Metí mi pulgar en su boca y lo lamió mientras me miraba.

—La última vez —le dije.

—Pues tendrá que ser apoteósica. ¿Preparada?

Se levantó y después caímos de nuevo en el colchón, con él encima.

Nos vi en el reflejo de uno de los espejos de la habitación, sudados, desnudos, deslizándonos como dos enormes serpientes que luchan por devorarse.

—Haz que no me olvide de esto —le supliqué.

Se irguió sin dejar de entrar y salir de mi interior y me cogió del cuello con la mano derecha mientras la izquierda lo sostenía sobre mí.

—Puta noche en la que entraste en mi local —gruñó—. Ahora ya no podré olvidarte nunca.

Los dos gemimos como una queja. Lo vi tragar. Vi sus ojos. Cuánta rabia.

—No me mires así —me pidió, apoyándose de nuevo con los antebrazos a ambos lados de mi cabeza—. No me mires así, que me quiero morir.

—¿Cómo?

—Con rabia.

Rabia. Los dos nos mirábamos con rabia porque el amor es precioso, pero no siempre llega como queremos ni cuando toca. Y el amor, el de verdad, el que es libre, divertido, cálido, tranquilizador, sereno, que no huye, que es valiente y desinteresado…, ese mismo amor, cuando no

encuentra el lugar, despierta la rabia que vive amordazada en el fondo de tu estómago.

Mira…, esta es la verdad, más allá de aquella despedida en la que prometimos no caer: la gente se enamora y folla todos los días, a cada minuto y, si tienes suerte, llega un amor que le da sentido a todos los anteriores, no porque no fueran amor ni porque una mujer no pueda enamorarse tantas veces como le apetezca. No. Solo porque es la medida con la que cobran sentido cosas que antes era imposible calcular. Llega él o ella y entiendes cómo aprendiste amar, cuáles fueron tus aciertos, tus errores, hasta dónde llegó tu placer, tu codicia, tu amor propio. Y te descubres lloviendo por dentro, partiéndote en dos, arrojando de lo más profundo los sueños que no sabías ni que albergabas, solo para poder compartirlos. Y entra la luz. Y entiendes que lo único perfecto es aquello a lo que no le hace falta aspirar a serlo.

Apoteósico dijo, ¿verdad? Pues no. No fue apoteósico. Apoteósico es el final de ese libro que te deja alucinada o esa canción que te pone la piel de gallina. Es apoteósica tu participación en esa reunión en la que te falta que caigan del techo kilos de purpurina porque has estado espectacular.

Apoteósico es un beso que llevas esperando mucho tiempo o la carcajada sincera con la que contestas a alguien que te odia demasiado como para no dar mucha pena. Para aquello, para aquel polvo tendrán que inventar una nueva palabra. En las olimpiadas de los polvos, del sexo bien hecho, del amor encarnado, de los recuerdos más calientes, aquel se llevaría un diez en ejecución, dificultad, duración, fuerza, diálogo e intensidad. Como la pieza de música más melódica de la historia interpretada por la mejor sinfónica del mundo. Como el dulce más delicioso jamás creado mordido por la boca más bella.

Cuando noté que David se arqueaba de esa manera tan suya, yo resbalé abismo abajo hasta encontrarnos a la vez en un alarido de placer que hizo temblar los cristales y los tarros de cremas de mi tocador. Y aún tardamos un par de minutos en parar porque era como si nuestras caderas hubieran iniciado un movimiento que, solo por inercia, no pudiera pararse a nuestra merced. Noté tres réplicas para él, tensándole de la cabeza a los pies; dos

para mí. Pensé que tendría que arañarme la piel con saña para desprenderme de las sacudidas de aquel placer.

Y cuando todo paró, el mundo dejó de girar y los dos estallamos en carcajadas.

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