Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 51 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 51

Fin de semana. La ternura

Tenía poco dolor de cabeza para el que me merecía. Eso fue lo primero que pensé cuando me desperté en calzoncillos, sudado y con la boca seca. En la cama de al lado, Félix roncaba con sordina a pesar de que el sol del mediodía entraba por las rendijas de la persiana como puñaladas y salpicaba aquí y allá haces de luz sobre las camas.

Al abrir los ojos, pensé que no me dolía tanto la cabeza como me merecía, me repetí, pero no solo por lo que había bebido, sino porque me acordaba perfectamente de haber follado con Margot sobre el capó del coche de mi abuelo, aparcado frente a la puerta misma de su casa. Pero qué puto loco. Y si ella no hubiera parado, lo hubiera hecho sin condón.

… Y sin contarle que había visto a Idoia y que habíamos hablado.

No es que quisiera mentirle, es que… para el poco tiempo que nos quedaba, ¿para qué hablar de otra chica?

¡Dios! Me agarré la cabeza cuando recordé que, al llegar a casa, cuando la respiración de Félix constató que se había dormido, me metí bajo sus sábanas. Necesitaba besarla más, acariciarla, sentir sus manos por encima de mi piel. Margot se arqueaba mientras me pedía que volviese a mi cama, que lo hiciera un poco más fácil y yo… me comporté como un adolescente enamorado. Enamorado y descontrolado.

Y ahora no había ni rastro de ella en la habitación.

Salí de la habitación a hurtadillas, pensando que mis amigas estarían durmiendo como lirones y que la casa estaría aún en silencio, pero mientras bajaba las escaleras me di cuenta de que ya se escuchaba jaleo en la cocina, centro neurálgico de cualquier fiesta que se precie.

Las encontré a todas peleándose por meter la mano en una bolsa de churros. Un montón de tiburones sobre una foca herida arman menos alboroto.

—Esto sí que es novedad —dije con voz grave—. ¿Habéis ido a comprar el desayuno?

—Ha sido ella.

El grupo se abrió y en el centro apareció Margot, que sonrió desviando la mirada hacia el suelo. Otra que se acordaba de la noche anterior y no se sentía precisamente cómoda con el recuerdo.

—Qué maja. —No me salió otra cosa más natural y todas me miraron, confusas. Había sido una respuesta de mierda. Me aclaré la voz—. No las malcríes, que se acostumbran.

Margot sonrió con educación y miró al suelo. Yo hice lo mismo y descubrí que ni siquiera me había puesto camiseta. Llevaba unos pantaloncillos de algodón, sin ropa interior debajo. Ni chanclas llevaba.

—¿Y yo por qué cojones he bajado tan desnudo? —dije en voz alta.

—Se te nota el prepucio —señaló Laura con una sonrisa.

—Tranqui, Margot, que nosotras miramos pero no lo disfrutamos —

respondió Rocío.

—Ay, que se sonrojan —añadieron a coro Esther y Cristina con lo que pretendía ser un susurro.

—Comedme un huevo —les propuse antes de meterme un churro en la boca—. Me voy a dar una ducha.

Margot y yo cruzamos una mirada de soslayo. Mis amigas nos miraban con una sonrisita estúpida en sus bocas. Nosotros creímos ser silenciosos y discretos como ninjas, pero quizá todas (y con ellas el pueblo entero) nos habían visto follar contra un Seat Ibiza rojo del año 2000. O quizá solo eran testigos de lo azorados y sonrojados que nos quedábamos después de un par de palabras.

Era mejor atajar los posibles problemas.

—Reina, ¿me acompañas un segundo? —le pregunté después de masticar el resto de pasta frita.

—¿A la ducha? —exclamó Esther, sorprendida—. Madre mía, David, cómo te levantas.

—Arriba. A hablar. —Exageré la palabra «hablar» con un tono irritado

—. ¿Vienes, Margot?

—Uhm…, sí, sí. Claro —contestó cogiendo un churro y envolviéndolo en una servilleta para empapar el aceite.

Le robé el vaso de zumo a Marta de la mano y, con un gracias bastante irónico, me fui escaleras arriba, seguido de Margot, que sujetaba su churro.

La metí en una de las habitaciones que «las niñas» habían dejado libres y cerré la puerta. En la cara de Margot se leía cierta expresión de asombro.

Algo así como «¿no irás a proponerme que lo hagamos aquí?».

—No voy por ahí —le avisé.

—Entonces es por lo de anoche.

—Perdona, de verdad. —Coloqué el vaso sobre la cómoda y dejé salir una buena cantidad de aire de mis pulmones—. Se me fue la olla.

—Se nos fue la olla.

—No es que no estuviera bien —quise aclarar—, estuvo superbién, a decir verdad. Pero es que… esto no está saliendo como creíamos.

—No pasa nada. Romper no es una ciencia exacta.

En cuanto escuché «romper», no lo negaré: me asusté. Romper implicaba algo sólido anterior. Algo que podía romperse tenía que existir por necesidad. Y «nosotros» habíamos existido, de eso no había duda, pero me daba miedo. Me daba un miedo horrible. Aún podía escucharme diciendo que si no parábamos las cosas, terminaríamos enamorándonos. Y

estaba pasando. De alguna manera, quizá cobarde e infantil, estaba pasando.

—Ya. —No pude decir nada más.

—No siempre sale como se planea. —Margot se sentó en la cama, sin saber qué hacer con el churro. Lo miró y se rio.

Yo también me reí. Con ella siempre era fácil, aunque diera miedo.

—¿Tú qué opinas? —pregunté.

—¿Sobre lo de anoche?

—Sí.

—Pues que… —Cogió aire y barrió la habitación con la mirada. Estaba guapa, con el pelo revuelto, un poco ondulado, con aquel vestidito camisero negro que ya había llevado en Santorini. Me obligué a concentrarme—. Me gustó. Y con que me gustó no solo quiero decir lo obvio… —Cambió el

tono a uno más ligero—. Obvio porque creo que no fui demasiado silenciosa al correrme. —Cogió aire y retomó su tono anterior, más firme

—. Quiero decir que me gustó repetirlo. Y lo de la cama. Lo de la cama también me gustó.

—Pero… tenemos que dejar de hacerlo.

—¿Lo afirmas o lo preguntas?

—No tengo ni idea.

Me mordí el carrillo y me senté a su lado. Los dos nos sonreímos.

—A mí también me gustó repetirlo —confesé sin poder evitar que mis ojos se clavasen en su boca.

—Pues ahora soy yo la que digo, y lo afirmo, que tenemos que dejar de hacerlo.

—Vale. Tú mandas.

—No. —Sonrió con tristeza—. Mandan las cosas que dijiste en Miconos.

Pararlo. No dejarlo avanzar. Dar la espalda a la posibilidad de enamorarnos. ¿Y si ya era tarde para eso? Pero como no dije lo que estaba pensando, Margot continuó hablando con una sonrisa cada vez más triste.

—Además, deberíamos centrarnos en cerrar como se merece nuestros planes de reconquista y recoger lo sembrado.

—Tienes razón —admití, pero tampoco encontré ánimo entonces para hablarle de que Idoia había ido a buscarme por sorpresa a la floristería un par de días atrás. El mismo día que le mandé las flores a ella.

Nos miramos el uno al otro sin movernos, como si ambos quisiéramos añadir algo pero ninguno se atreviera. Quería besarla, pero no lo hice.

—Bueno, pues parece que todo ha salido como queríamos…, ¿no? —La miré, por si atisbaba una mínima duda y, sorpresa, una mínima no, su rostro fue un interrogante con ojos.

Quizá era el momento de decirle que no me había gustado estar sin ella estos días. Quizá era el momento de anunciar que tal vez me había enamoriscado más de la cuenta. Quizá ella sentía lo mismo, aunque la estuviera esperando, con total seguridad, el Iron Man de los novios.

—Sí —respondió a pesar de las dudas que creí leer en su expresión—.

Final feliz.

Desviamos la mirada. Buscamos algo que decir. De pronto estábamos muy incómodos.

—Me voy a ver a mis padres. —Me puse en pie—. ¿Quieres venir?

Arqueó una ceja.

—No. —Y dibujó una sonrisa muy cálida—. Porque llevarme a conocer a tus padres sabiendo que tu madre te tiene prohibido cruzar el umbral de la puerta con nadie que no sea la definitiva, no me parece del todo…, uhm…, coherente.

Un fogonazo de vida en común me aturdió. Un salón luminoso, donde sonarían vinilos antiguos, donde olería a plantas y flores, donde no importaría que yo llegase con las uñas llenas de tierra y ella cuando la cena ya estuviera fría. La vida que podría ser me dio un bofetón y tuve que pestañear.

—Tienes razón. Voy a darme una ducha. Mi abuela me huele la resaca a kilómetros y quiero despistarla.

Diría que se quedó decepcionada, pero no lo sé. Lo que sí sé es que yo esperaba que ella dijese otra cosa.

Mi madre estaba envolviendo jabones en unos pedazos de papel plastificado con dibujos de flores. Ahora le había dado por fabricar su propio jabón porque decía que los comerciales llevaban mucha porquería. Toda la casa olía como esas pastillas de glicerina perfumada a pesar de que mi abuela estaba frente a los fogones, intentando competir cocinando algo que me pareció que era arroz con conejo.

—¡Hola! —saludé, parándome en el umbral de la puerta abierta para acostumbrarme a la penumbra de la casa.

—¡¡Hombre!! —dijo mi abuela—. El flaco.

—¡Ya no estoy tan flaco! —me defendí asomándome y poniéndome tieso—. Estoy hecho un toro.

Mi abuela me miró con una decepción bastante guasona.

—La madre que te parió, qué pintas.

Le di un beso y me senté al lado de mi madre.

—Madre. —Le guiñé un ojo—. Como ves, soy muy buen hijo y, tal y como te prometí, paso a saludar.

—Si no te llego a ver en la verbena… —Puso los ojos en blanco.

—¿Quieres un vaso de gazpacho? —me ofreció mi abuela.

—Una cerveza.

—Una cerveza de bofetadas, que te huelo la resaca desde aquí.

Mi madre y yo nos reímos.

—Tampoco me puse tan taja —le aclaré.

—Ya. Pues cuando he ido a por el pan se hablaba de tu célebre baile del bombero —apuntó mi madre.

—Eso es una broma sin importancia.

—¿Qué te pasa?

—¿A mí? Nada.

Mi abuela dejó delante de mí un vaso de gazpacho y me dio un par de toquecitos en la oreja, dejándome claro que no me iba de allí sin tragar hasta la última gota.

—Abuela, además de ajo, ¿le has puesto algo al gazpacho?

—El ajo es buenísimo para el corazón.

—Si me bebo esto no volveré a besar a nadie.

—Ni falta que te hace.

Cuando hubo desaparecido dentro de la cocina, reanudé la conversación con mi madre, que se estaba riendo del celo de mi abuela.

—¿Y papá?

—En el trabajo. —Sonrió—. Ahora también curra los sábados.

—Vaya. Ehm… —Miré alrededor—. ¿Y Ernesto y Clara no vienen este año a las fiestas?

—Eres un desastre, David —sentenció, volviendo los ojos a su tarea—.

Son tus hermanos. Una llamada de vez en cuando no te va a hacer daño.

—Sí, les llamo… Es solo que últimamente he estado un poco…

descentrado.

—¿Tiene que ver con la chica de anoche?

—No —mentí.

—¿Quién es? ¿Salís juntos?

—No —volví a mentir—. Estoy saliendo con otra chica que se llama Idoia.

—Y conociéndote, seguro que es de esas que te llevan por la calle de la amargura, que un día te dicen que te quieren y al día siguiente no te devuelven ni las llamadas. No sabes querer cuando te quieren. Y ahí hay algo que no funciona, David. Algo tienes que solucionar para quererte un poco más, porque no te mereces esos amores.

—Ese soy yo. —Levanté las cejas resignado mientras me acomodaba en otra silla, esta vez frente a ella.

—La de anoche parece buena niña.

—Y lo es.

—Y por eso no te gusta, me imagino.

Por Dios. Da igual cómo de joven sea tu madre. No deja de ser tu madre y de hacer cosas de madre.

—Sí me gusta, mamá, pero las cosas no son tan fáciles como tú te…

—Ah, ¿no? —Me miró de reojo—. Cuéntame, cuéntame. A ver si aprendo algo.

—Me estás vacilando y así no mola nada hablar contigo —me enfurruñé.

—¿Sales con alguna de las dos? Y como me digas que con las dos, te hago tragar tanto jabón que vas a soltar burbujas por el culo hasta que te mueras. Yo no te he educado para que trates a las mujeres como si fueran ganado.

Me rendí. Apoyé la frente en la mesa.

—¿Entiendes por qué no me apetecía pasarme a saludar? ¡¡Me pones la cabeza como un bombo!! —me quejé—. No salgo con las dos. En realidad, creo que no salgo con ninguna.

—Qué lástima. Con lo guapo que es mi niño flaco. —Mi abuela apareció de la nada para besarme en la sien.

—¡Abuela, por favor! Haz ruido cuando andas o algo, que me vas a matar de un susto.

—¡De un disgusto me van a matar a mí en este pueblo! ¿Te puedes creer que anoche alguien se puso a… fornicar… —dijo bajando la voz— encima del coche de tu abuelo?

Abrí los ojos como platos.

—¿Y eso cómo lo sabéis?

—Yo me desperté con los resoplidos y esta mañana… adivina: ¡la marca de un culo en la carrocería!

Casi ni saludé a mi abuelo. De pronto era como si la casa estuviera en llamas y yo tuviera que salir pitando. Me quedó clarísimo, por la mirada que me echó mi madre antes de irme, que al menos ella sí conocía la autoría del «fornicamiento» contra el coche. Eso sí…, el gazpacho me lo tuve que beber. Me tuve que lavar dos veces los dientes y mascar cinco chicles para quitarme el regusto a ajo.

En un rinconcito ingenuo de mi pecho, esperaba que la visita a la casa en la que me crie me despejara un poco las dudas, la niebla mental o las prioridades, pero lo cierto es que esa casa no había dejado de ser un caos (divertido, pero caos al fin y al cabo) desde que me independicé, de modo que si buscaba respuestas no estaban allí.

Al volver a casa de Cristina, me encontré a Margot dándose un baño con las demás. Hablaban sobre qué bañadores les quedaban bien y cuáles fatal y pensé, algo alelado, que era un regalo. Imaginé a Idoia allí. Estaría enfurruñada por tener que juntarse con gente tan poco glam como mis amigos, con sus gafas de sol ridículas, como de la señorita Rottenmeier, bronceándose en un hostil silencio apartada de todos. En serio, ¿quería volver de verdad con ella? Desde que había regresado del viaje me costaba encontrar pros en nuestra relación. No. Idoia no era como Margot, no había un rincón cálido en ella donde guarecerse. No tenía vida en la risa. No era cómplice y buena. Reflexioné: ¿cómo de fuerte me gustaba realmente que me pegaran durante el sexo? Empezaba a cobrar forma la posibilidad de que fuera masoca y no lo supiera.

Bufé.

—¿Qué haces? —me preguntó Laura sentándose a mi lado.

—Estoy pensando en mi ex.

—¿Y por qué haces eso? —me lanzó una mirada de incomprensión.

Me volví a mirarla, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sensación de presión en el estómago.

—Laura… ¿qué crees que hace funcionar una relación?

—Madre mía, David… menuda pregunta. Pues… supongo que respeto, piel y ganas, simplificándolo mucho.

—¿Y sin simplificarlo? —quise saber.

—Respeto quiere decir admiración, empatía, cariño, calor, comprensión, reciprocidad…

—¿Y piel?

—Sexo e intimidad. Risa también. La piel es la que lo hace divertido. El respeto estable. Las ganas, duradero.

Me quedé mirándola sin verla en realidad. De todas esas cosas, Idoia solo cumplía en el sexo, porque era una máquina de follar, no porque lo hiciera despertando un arcoíris de intimidad a su paso. No me admiraba de ninguna de las maneras en las que es posible admirar a alguien, no sentía la más mínima empatía hacia mí, no era cariñosa, no me daba calor cuando todo lo que me rodeaba me parecía muy frío, y jamás comprendería mi manera de entender el mundo o las relaciones. No me hacía reír ni se reía conmigo. Con ella no solía ser divertido, aunque sí muy intenso.

—¿Y lo intenso? —le pregunté—. ¿Qué opinas de lo intenso?

—¿Intenso o tóxico?

Sonrió. Sonrió enseñándome todos sus dientes y yo hice lo mismo por inercia, aunque no me apetecía sonreír en absoluto. Debíamos parecer dos tarados.

Margot salió de la piscina y clavé mis ojos en ella. Qué espectáculo. La curva que le dibujaba la cintura era como para matarse por recorrerla a demasiada velocidad. Se dio la vuelta. Qué nalgazas. Me pareció ver unas sombras redondeadas y me dio un vuelco el estómago al pensar que podía ser el recuerdo de mis dedos allí clavados.

Laura me dio un pellizco en el brazo que me hizo volver a la realidad.

—Perdón.

—David, es necesario vaciarse de rotos antes de querer llenarse. No sé si me entiendes.

No la entendí. No en el momento, desde luego, aunque no pude dejar de pensar en ello. No pude dejar de darle vueltas a si convertir mi relación con Idoia en algo sano era misión imposible, si lo que sentía por Margot era valioso de verdad y en eso de vaciarse de rotos para poder llenarse.

Y aun con toda la empanada mental que llevaba, cuando después de comer todos se pusieron a jugar a las cartas en el salón y Margot se amodorró en el sofá, yo sentí la irrefrenable tentación de hacerlo a su lado.

—Ey… —le susurré—. ¿Por qué no subes mejor a la cama?

—Aquí estoy bien —respondió adormilada.

—Pero aquí no quepo.

Abrió los ojos y sonrió. Y cuando lo hizo, aún tuve más miedo.

Yo no quería a Idoia, hostias. Yo quería a Margot. Y era una liada de impresión.

Y subimos. No me dormí. Me pasé todo el rato acariciándola. Los brazos. Los hombros. La espalda. La cadera. El pelo. Y cuando se despertó, sin mediar palabra, metí la mano dentro de su ropa interior con la intención de masturbarla despacio, hasta que se corriera. Necesitaba tenerla una vez más en los dedos, pero ella me paró.

—Dijimos que nada de sexo de despedida y ya he perdido la cuenta de las veces que nos hemos despedido haciéndolo.

Y tenía razón, pero cuando me acerqué a besarla se le olvidó.

Terminamos haciendo el amor con sordina, conmigo encima, en la cama de la buhardilla, que rechinaba mucho más de lo que nos hubiera gustado.

Esta vez fue ella la que sacó un condón de la cartera.

—Lo cogí a última hora. Por si acaso.

—¿Y anoche no pensabas sacarlo? —le pregunté.

—Me dejé el bolso aquí.

Hicimos el amor como en una siesta dulce de verano, meciéndonos. Y

al terminar le di mentalmente la razón en que el sexo de despedida no tenía ningún sentido. Si era malo, que no era el caso, te dejaba mal sabor de boca y un recuerdo estropeado. Si era bueno, siempre tendrías ganas de más.

Como siempre, de las brasas se encargó Jose… hasta que se cabreó porque el fuego no prendía bien y nos lo dejó a nosotros… como también pasaba siempre. Así que cogí el relevo pidiendo a gritos a mis amigas que me ayudaran, al menos acercándome las cosas. Margot fue la única que se ofreció voluntaria.

Hacía calor junto a la barbacoa y terminé en pantalón corto, sin nada más, abanicándome con un plato de cartón.

—La Virgen, qué calor —me quejé cuando Jose me trajo otra cerveza.

—Oye, niño, qué espectáculo —se burló Esther—. Con el torso sudado pareces un boy que ha venido a arreglarme la noche.

—Luego te hago un baile privado. —Le guiñé un ojo.

Margot se acercó para ofrecerme un paño húmedo, que había mojado en el agua fría del cubo de las bebidas, y sonrió, alternando la mirada entre Esther y yo. Le di las gracias y paré a medio camino de darle un beso, cuando me di cuenta de que todos nos miraban y que iba a romper, como por décima vez, la promesa de no volver a besarla.

—No te cortes, hombre —se burlaron—. Si después del soniquete de la siesta ya…

—Qué vergüenza, por favor.

Margot se apoyó en mi hombro, escondiéndose y haciendo que todo el grupo estallara en carcajadas. Le pasé el brazo por encima y le besé la sien.

—Vaya tema de conversación —les riñó Marta—. Pobrecita, que acaba de llegar al grupo. Con lo buena que es. Menos mal que lo dejaste con la tía esa rancia que parecía un dron, David.

—¿No querrás decir un cyborg? —contesté confuso.

—Eso, los que parecen humanos pero son máquinas. ¿Se llaman cyborgs?

—El dron es una cosa que vuela —apuntó Laura mientras escogía una patata del plato que tenía delante.

—Pues el cyborg no me gustaba nada. Menuda tiparraca.

—Marta… —empecé a decir.

—Perdón, Margot, sé que no es plato de buen gusto escuchar hablar de la ex, pero es que… yo solo la vi una vez y tuve bastante.

—Marta… —volví a intentarlo.

—Era estirada, rancia, esnob…, una moderna que se compraba ropa hortera cara y ya pensaba que el mundo tenía que hacerle la ola. Y mira, no.

Que mi David es mucho David. Necesitaba una chica como tú: elegante, discreta, divertida, dulce, guapa…

Margot me miró apurada, pasándome la pelota a mí.

—Marta. Margot y yo no estamos juntos.

Todas se miraron entre ellas con una mueca. Estaba claro que lo habían dado por hecho y no las culpo. Entre nosotros se respiraba algo que, seguramente, era tan bonito desde fuera como se sentía desde dentro.

—Ah…, ¿en serio?

—En serio. —Sonrió ella con tristeza.

Le lancé una mirada y me giré hacia la barbacoa de nuevo, con las pinzas en la mano, para dar la vuelta a los dos kilos de panceta que aquella pandilla de energúmenos había comprado. Saqué un trozo de carne de la brasa, lo agité para que se enfriara y se lo di para que lo probase.

—Aún le falta —me respondió.

—En serio, hacéis muy buena pareja —insistieron.

—Oye, Margot, ¿y a qué te dedicas tú?

—Eso, Margot, ¿a qué te dedicas? —dije a modo de pulla.

—Trabajo en la empresa familiar. —Se apoyó a mi lado y, sin darse cuenta, me acarició la espalda. Todo salía tan natural entre nosotros…—.

Mi abuelo fundó una cadena hotelera. Construyó un hotel en Galicia y poco a poco fue ampliando el negocio hasta que se convirtió en un gigante.

—¿Qué hoteles son?

—Los del Grupo Ortega. —Me miró de reojo.

Grupo Ortega. Todo el mundo conocía el Grupo Ortega. Era un símbolo de nuestro país, como El Corte Inglés o Inditex. Todos enmudecimos.

Menos Esther.

—¿Y qué haces en tu trabajo?

—Soy la vicepresidenta de la compañía y socia responsable de experiencia del cliente e imagen de marca.

Margot me miró con cierta angustia y entendí que si no me lo había dicho antes fue porque no quería que aquello (su dinero, sus hoteles, su procedencia) mediara en nuestra relación. Conmigo solo quería ser Margot

y… joder, así me había enamorado yo de ella. Sin mediación, solo piel, ganas y respeto.

Me dio un beso en el hombro mientras acariciaba mi espalda. Quise que pudiera hacerlo siempre. Quise que así fuéramos nosotros, dos personas que podían quererse bonito, bien, lento, sin importar nada más. Ni acciones ni mis tres curros de mierda.

Me volví hacia la barbacoa y fingí estar muy concentrado en mi tarea; escuché cómo reanudaba la conversación pero me fui muy lejos de allí. Me fui al país de Nunca Jamás, donde las relaciones entre personas como nosotros funcionaban. Me fui al País de las Maravillas, donde nadie me miraría como si fuera un puto parásito si me arriesgaba a pasar del miedo que me daba empezar algo con Margot después de saber quién era. Me fui muy lejos, al espacio, donde todas las vidas que hubiéramos podido tener fueron explotando por la presión y la falta de oxígeno. Al aterrizar, encontré refugio en la seguridad de que sufrir ahora para no sufrir en el futuro era la opción más elegante. Tenía los bolsillos vacíos y la cabeza hueca, sin sueños. No sé en qué momento dejé que la vida me engullera y me lanzase tan hondo que no pudiera alcanzar, ni estirando los brazos hasta dislocarlos, un amor como el que ofrecía Margot.

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