Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 49 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 49

Arreglar el desastre (II)

—Por eso estaba tan obsesionada con descubrir si Alberto le estaba siendo infiel infiel. Necesitaba quitarse la culpa. —Suspiré—. Qué valores de mierda nos han inculcado. Así es imposible ser libre.

—Pobre… —escuché decir a David al otro lado del teléfono—. Qué jodido es el tarro.

—¿Qué?

—Que la cabeza nos juega muy malas pasadas —se explicó—. Entender que nuestro peor enemigo somos nosotros, a veces nos lleva una vida entera. Espero que se anime a dar el paso. ¿Tú crees que Didier querrá realmente tener una relación si ella lo deja todo?

—Pues desde luego ella cree que sí, pero… tiene veinticuatro años. No sé si todo esto le va a sobrepasar.

—¿Y va a hablar con los dos? Con su marido y con el amante, quiero decir.

—Eso dice, pero que tiene que ordenar sus ideas primero.

—Yo creo que el marido ya se lo imagina.

—Pobre Alberto —musité, apenada.

Llamaron al timbre y me levanté de un salto.

—¿Esperas visita? —preguntó David.

—Qué va. No serás tú, ¿no? —Sonreí como acto reflejo.

—Ojalá. Estoy currando. —Y por cómo lo dijo, sé que sonreía también.

Eché un vistazo por la mirilla y me sorprendió ver a un mensajero. No distinguía lo que traía.

Abrí.

—¿Margarita Ortega?

—Sí.

—Firme aquí.

Un ramo. Un ramo gigantesco, precioso, espléndido, de un rosa pálido conjugado con blanco y verde. El corazón se me aceleró.

Le di las gracias al mensajero y me quedé con el ramo en los brazos y el teléfono en la oreja. Me daba miedo preguntarle a David si era cosa suya por si no lo era y hacía el ridículo. Me daba miedo que fuera suyo y no decirle nada. Me daba miedo que fuera de Filippo.

—¿Qué te ha llegado?

—Un ramo —contesté cerrando la puerta.

—¿Un ramo? —pareció sorprendido—. ¿Y lleva nota?

La cogí, apoyé el ramo en la mesa del recibidor y saqué el sobre con dedos torpes. Sí, había nota, pero nadie la había firmado.

« Through the storm, we reach the shore».

—«A través de la tormenta, alcanzamos la orilla» —traduje en voz alta.

—¿Y nada más?

—No.

Nos quedamos callados. Tragué.

—Te dejo, ¿vale? —dijo David con un tono extraño—. Necesito las dos manos para anudar unos ramos.

—Vale.

—Te veo mañana. Te mando luego un mensaje cuando sepa a qué hora pasaremos a recogerte.

—Bien.

—Genial.

Los dos callamos de nuevo.

—Adiós —dije mirando el ramo y con la nota aún en la mano.

—Adiós.

Llamaron de nuevo al timbre. Pero…

Abrí sin echar un vistazo por la mirilla. No sé por qué, albergaba la tonta esperanza de que fuera David y que, al abrir, me dijera alguna sandez de las suyas, algo terriblemente sensible disfrazado de una gilipollez. Pero no. No estaba allí.

Allí estaba Filippo. Camisa blanca arremangada. Bronceado. Un botón por abrochar y el vello claro de su pecho asomándose, como una promesa.

Las eternas piernas enfundadas en un pantalón chino azul marino. Su cabello rubio peinado, controlado. Sus ojos más azules que nunca.

—Hola —musitó—. ¿Acabas de volver? Me dijo mi secretaria que Sonia le comentó que volvías hoy.

—Eh…, no. —Pestañeé—. Regresé esta mañana. —No quise dar más detalles.

—¿Puedo pasar?

—Claro.

Se quedó mirando el ramo y por un momento casi le escuché decir:

«¿Te ha gustado?». Pero no.

—¿Y este ramo? —me interrogó.

—No sé. Lo acabo de recibir.

—¿Y quién te lo manda?

Esperé ver en sus ojos el brillo que me asegurara que era cosa suya, pero parecía genuinamente sorprendido. Ese ramo no era un regalo suyo.

Con lo que…

—Será cosa de Isabel para cambiar este, que empieza a estar pocho. —

Me guardé la tarjeta en el bolsillo—. ¿Quieres tomar algo?

—¿Un vino? —me preguntó con una sonrisa tímida.

—Un vino, perfecto. —Le devolví la sonrisa—. Ponte cómodo. Estás en tu casa.

—En realidad siempre ha sido solo tuya.

Bueno…, cómo veníamos.

—Creí que eso te gustaba de mí. Que quisiera mantener cierta independencia. Que no sintiera la necesidad de tenerlo todo a medias contigo.

—No es que me gustara o no. Es que lo entendía. Eres la heredera de un imperio hotelero. Entendía que nuestro matrimonio no fuera…, ¿cómo se dice…?

—Con bienes gananciales. —Rodeé la isla, alcancé una botella de vino de la vinoteca y cuando cogí el abridor de un cajón recordé a David, nervioso, abriendo aquella botella en Santorini, antes de besarme por primera vez.

Me quedé como atontada y olvidé pedirle a Filippo (por enésima vez) que no se refiriera a mí en esos términos; principalmente porque Patricia seguía siendo la dueña del diecisiete por ciento de la empresa y, de manera complementaria, porque me hacía sentir un parásito social que no se había ganado su puesto. En lugar de eso, tuve que esforzarme por borrar la escena de cristales rotos y besos con lengua que se estaba reproduciendo en mi cabeza, directa de la memoria.

—¿Qué tal estás? —conseguí preguntarle.

—Muy solo sin ti.

Levanté la mirada. La rotundidad de la belleza de Filippo me golpeó en la frente. Era sólido, como una robusta efigie esculpida hace mil años.

Guapo, enorme e imponente. El Iron Man de los novios, había dicho David; francamente, a su lado este parecería el protagonista de una película sobre los reyes del baile. Guapo… pero joven. ¿Demasiado?

—Estás muy guapo —le dije, apartando la mirada.

—He descansado. Y tomado el sol. No he hecho mucho más que nadar, pensar en ti y dormir.

—Algo más habrás hecho. —Sonreí con tristeza.

—Me emborraché un par de veces, es verdad. Pero ¿quieres saberlo todo, incluso si quedo en ridículo?

Cogí dos copas del armario y las deslicé por la barra. De pronto estaba tan triste…

Serví el vino y me senté en una de las banquetas, frente a él.

—¿Brindamos? —le pregunté.

—Por la verdad.

Hostias. Mira, justito por lo último que me apetecía a mí brindar.

Choqué con suavidad el cristal de mi copa con la suya.

—¿Qué tal tu viaje?

—No sabría decirte —confesé.

—¿No ha sido esclarecedor?

—A ratos. Otros…, creo que en lugar de conocerme más, he hecho el viaje a la inversa.

—Dicen que cuanto más nos conocemos, más vacíos nos quedamos.

—Pues deben de tener razón.

Filippo alargó la mano y buscó la mía. Miré sus dedos largos y bronceados. Tenía unas manos cuidadas, elegantes, suaves…, como las de un hombre que no las ha castigado más que navegando en verano.

—¿Por qué? —musitó.

—Filippo…

—Necesito saberlo.

—Sé cuánto te ha tenido que costar tragarte tu orgullo para venir a preguntarme eso, pero…

—No es una cuestión de orgullo.

—Te dejé plantado en el altar delante de quinientas personas. Si no fuera una cuestión de orgullo, me preocuparía.

—De verdad, ¿por qué? —Y su acento, suave y nostálgico, me obligó a preguntármelo también a mí por enésima vez.

—Quizá no haya un motivo. Quizá solo… todo me vino grande.

—¿Qué es «todo»?

—Pues… —Cogí la copa por el pie—. Aquella gran boda perfecta, las exigencias con las que yo misma me obsesioné y mi idea de que…, bueno, de que no soy gran cosa para un tipo como tú.

—Eso está solamente en tu cabeza.

—Es posible, pero está en mi cabeza. Asumirlo es el primer paso. —Di un sorbo. Me costaba mirarle a la cara, me sentía sumamente avergonzada.

Hacía apenas veinticuatro horas había estado haciendo el amor con otro chico en nuestra cama. Aunque, ¿era nuestra? Era mía. De eso al menos estaba segura—. Dime una cosa, Filippo…, ¿tú eras feliz conmigo?

—Claro que era feliz contigo. ¿Cómo si no iba a pedirte que te casaras conmigo?

—¿No cambiarías nada de lo que teníamos?

—¿Teníamos? Margot… —Habló tan inseguro que no parecía él.

—Lo digo de verdad. ¿No cambiarías nada de cómo era?

—¿A tu madre?

Los dos sonreímos. Escuché mi móvil vibrar sobre la mesa del recibidor y me pregunté si sería Patricia con novedades.

—Si me preguntas eso es porque has llegado a la conclusión de que tú no lo eras —contraatacó.

—No. Yo era feliz contigo, Filippo. —Lo miré por fin—. Pero no lo era conmigo, creo. Me sentía muy pequeña a tu lado. Creo que sigo sintiéndolo.

—¿Qué necesitamos cambiar, Margot? Dímelo. Porque he pasado cosa de un mes sin ti y, sinceramente, no quiero imaginar cómo sería de por vida.

Y sé que he sido duro contigo y con lo nuestro, y soy consciente de que te he dicho cosas para hacerte daño…, como aquello de que eras mi «ex»

cuando nunca, a pesar de todos mis esfuerzos, he podido dejar de pensar en lo mucho que te amo…

En serio…, las conversaciones de pareja con un italiano son sumamente complicadas.

—Filippo…, ¿y si yo no soy así?

—¿Así cómo?

—Así como era. Así, muerta de miedo; así, siempre preocupada por la opinión ajena.

—Sí eres así. —Sonrió—. Otra cosa es que quieras dejar de serlo porque no te hace feliz. Pero para eso estoy, ¿no? Para completar esos pedazos de ti que se resisten a permitirte ser feliz. Para eso estás tú también,

¿no? Para hacerme mejor. Así son las parejas. Un puzle que se complementa.

Lo miré sin saber qué decir.

—Cuéntame…, ¿qué has hecho en Grecia?

Hacer el amor. Sentirme libre. Caminar por la playa casi desnuda. Reír a carcajadas.

—Lo típico —contesté.

—Diste un paso muy importante al irte sola.

Mi malvada interior puso los ojos en blanco y se rio con sordina. La Margot normal se puso roja hasta las orejas.

—Bueno. Ehm…, ¿y tú?

—Eso ya me lo has preguntado. —Sonrió—. Estás nerviosa.

Tranquilízate, Margot…, soy yo. Solo dime… ¿qué quieres? ¿Cómo quieres arreglar esto?

Filippo era un hombre bueno; eso lo sabía casi desde que lo conocí. Era atento, cariñoso, comprensivo. Sin embargo, nunca, jamás, lo habría imaginado volviendo y preguntándome aquello después de que le dejase

plantado en el altar. Era orgulloso, un poco altanero…, clásico hasta la médula en cuestiones de familia. Quizá…, quizá ese plan que David esbozó para que recuperara a Filippo en realidad había consistido más bien en convertirme en alguien más libre; quizá eso había asustado a Filippo hasta el punto de creer que podría dar pasos sin necesitarle en absoluto. Pero…

¿es el amor, al fin y al cabo, necesidad? ¿O algo mucho más grande?

Hacía años que me había resignado ante la idea de que, para él, mi trabajo era un obstáculo para crear la familia que deseaba. Filippo quería tres o cuatro hijos, los veranos en Italia y retirarse, a poder ser joven, en la Toscana. O en Málaga, decía a veces. Pero se enamoró de mí y asumió que eso quizá no llegaría jamás porque no dejaría mi trabajo ni decidiría reducir mi horario y, después de mi experiencia vital, tampoco consentiría que otra persona criara a mis hijos por mí. Se conformó con una versión light de su sueño: un par de hijos como mucho y viajes exprés a ver a su familia, en los que yo viajaría con mi ordenador y mi teléfono de trabajo.

Quizá, cuando pensaba que Filippo era demasiado orgulloso como para superar aquello, no me paré a pensar en que ya había dejado atrás algunos sueños por mí y que haría más concesiones para no perderme.

Todo eran quizás. No tenía certezas. ¿Y yo? ¿Qué quería?

—¿Y si no quiero tener hijos? —le pregunté.

—¿No quieres?

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Ahora no.

—Vale. —Asintió—. Lo hablaremos. Podemos congelar óvulos y pensarlo más tarde. No pasa nada.

—En todo caso, los congelaré yo —le respondí suave—. El plural en una pareja no sirve para todo.

—Vale. —Posó sus dos grandes manos sobre el mármol de la isla—.

Estamos llegando a un punto muerto. Quizá…, quizá estamos entrando en materia demasiado rápido. Quizá necesitas aterrizar mentalmente antes de hacer esto.

Bebí otro sorbo.

—¿Y si nos vemos el lunes? —propuso—. Cenamos en ese restaurante que te gusta tanto, en el de Velázquez…, y hablamos. Piensa durante estos

días cómo quieres que sea tu vida, cómo nos ves en unos años.

Encontraremos el camino.

—Si te digo la verdad… —empecé a decir—, nunca creí que después de lo que hice estarías tan abierto a la reconciliación.

—Eso es porque nunca te llegaste a creer que estoy locamente enamorado de ti. —Se puso en pie—. Me voy. ¿Me acompañas a la puerta?

—Claro.

Parecíamos el punto y la i, como solía llamarnos Candela. Él rozaba los dos metros y yo medía un corriente metro sesenta y cinco. Me hizo gracia imaginarnos desde fuera y sonreí.

—Estás diferente —me dijo cuando llegamos a la puerta—. Es increíble que solo haya pasado un mes. Parece que has estado de retiro en la India un año.

—Ahora te estás burlando de mí. —Sonreí.

—No. Es verdad. Estás diferente. Como si hubieras, no sé, crecido.

—Sigo siendo un tapón a tu lado.

—Pero eso nunca fue un impedimento.

Casi no tuve tiempo de pensarlo. En lo que duró un pestañeó, Filippo me estaba besando. Y no voy a mentir: su beso sabía a casa, a amor, a sueños, a una vida que yo aún quería tener, a caballo entre mis aspiraciones y sus anhelos. No podía echarlo todo a perder.

Cuando el beso terminó, sentí una calidez en el pecho que me recordó tantas cosas… Nuestro primer beso, aquel viaje que hicimos a París, los domingos por la mañana, cuando me presentó a su familia, la casa de nuestros sueños, la ilusión con la que planeamos nuestra luna de miel, sus manos en mis caderas cuando hacíamos el amor, la comida vietnamita de los jueves…

—Reservo mesa para el lunes, ¿bien? —Sonrió. Tan guapo. Tan perfecto…

—Sí.

—Hasta el lunes.

Esperé a verlo desaparecer dentro del ascensor para cerrar la puerta y cuando lo hice, me agarré instintivamente el pecho con una sonrisa. Filippo

me hacía sentir segura, tranquila, en casa, sin miedo. Era un protector. Era la calma.

Cogí el móvil de camino a la cocina y lo consulté. Antes de llegar a la encimera donde habíamos dejado las copas de vino a medio beber me paré de golpe, leyendo el mensaje que había recibido mientras hablaba con Filippo.

Era de David.

Los valores que te inculcaron no son cadenas. Tú eres libre, Margot. Te he visto serlo. Llevas una armadura hecha de prejuicios contra ti misma que no te deja tocarte la piel, pero es cuestión de tiempo que te pese demasiado y decidas quitártela. Recuérdalo, no necesitas nada ni a nadie que te complete. Tú eres, en ti misma, un universo.

El ramo lleva lirios de campo, lentisco, eucalipto, rosas, limonium y bouvardia. La frase de la tarjeta es de una canción de U2, «With or without you». El inglés lo llevo mal, pero san Google siempre acierta.

La calidez que Filippo había dejado en mi pecho se convirtió en una bola de fuego.

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