Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 13 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 13

Dignas hijas

Lo primero en lo que pensé cuando me desperté fue en mi madre. No en plan: «Oh, ser maternal, ven a cuidarme». Mamá había tenido hijos porque tocaba, no porque sintiera mucho instinto de protección. Si me acordé de ella fue más bien por culpa de un pensamiento enrevesado del tipo: «Si un poco de garrafón hace esto, ¿cómo serán las resacas de la vieja?». Se ponía fina a cava, anís, grapa y orujo, y lo mezclaba con pastillitas…, ¿cómo resistía?

Un rayo de luz entraba por los enormes ventanales de mi habitación hasta mi ojo, pero no tenía fuerzas para darle al botón que estaba junto a la mesita de noche y que activaba las persianas. Eran las once y cuarto y yo llevaba dos horas entrando y saliendo del estado de duermevela cada media hora. ¿Lo peor? Que cuando estaba dormida siempre se me olvidaba que yo solita había convertido mi vida en un infierno y el despertar era morrocotudo.

A mi lado, bocabajo, un bulto gimió.

—¿Por qué entra tanta luz aquí? Ni en el Sáhara, tía —se quejó.

Candela aún llevaba puesto mi mono, ese al que le quitó la etiqueta sin remordimientos para estrenarlo el día anterior. Lo había comprado para la primera parte de mi viaje de novios con Filippo, de safari fotográfico. Me imaginé las fotos que me habría hecho el que iba a ser mi marido, mientras me sujetaba el sombrero que compró también la personal shopper, con el sol dándome en la cara, sonriente y de puntillas. Puta mierda de imaginación Disney. Yo nunca sonreía en las fotos porque me daba la sensación de que parecía un caballo masticando azúcar.

Me levanté de la cama y agradecí haberme tomado dos vasos de agua y un ibuprofeno antes de acostarme; de lo contrario probablemente hubiera

muerto de resaca. Dice un refrán poco elegante que «a quien no está acostumbrado a bragas, las costuras le hacen llagas». Si no sueles salir de juerga, cuatro copas desencadenan el apocalipsis.

—¿Pido un desayuno? —le pregunté a mi hermana.

—Baja la persiana y déjame dormir.

Colonizaba mi habitación de invitados, mi dormitorio y encima mandaba en casa. Aquello era el colmo.

Me di una ducha, me puse unos vaqueros, una blusita y bajé a la calle.

Me había despertado con antojo de un cruasán relleno de frambuesa de Mamá Framboise y un paseo no me vendría mal.

Pensé en llamar a Patricia e interesarme por el estado en el que había llegado a su casa la noche anterior, pero tuve miedo de que siguiera durmiendo y fuera su marido quien cogiera el teléfono. Paradojas de la vida, cuando me disponía a dar el primer bocado, sentada en una mesa al fondo del local, mi móvil empezó a sonar y el nombre de mi cuñado apareció en la pantalla.

—Mierda. —Solté el cruasán, me sacudí las manos y respiré hondo antes de contestar—. Hola, Alberto, ¿qué tal? ¿Todo bien?

—No soy Alberto, soy yo —susurró mi hermana.

—¿Qué haces, loca?

—¿Que qué hago? Mi vida es un infierno desde que me he despertado… a las ocho de la mañana. Santiago se me ha sentado en el pecho y te juro que pensaba que me estaba muriendo de apnea del sueño.

—Ese hijo tuyo…

—Pero es que no se ha sentado de sentarse. Es que ha cogido carrerilla.

En fin. Voy a tener que hablar con el orientador escolar por si ellos han percibido algún rasgo psicopático en el cole. Tengo miedo de que me mate mientras duermo.

—No seas bruta. —Me reí.

—¿Y Candela?

—Durmiendo. He bajado a desayunar porque se ha hecho fuerte en mi casa y ahora rigen sus normas allí.

—Bien. Mejor. Cuanta menos gente lo sepa, mejor. Margot…, anoche perdí el móvil.

—¿Qué? ¿Qué dices?

—Se me debió de caer cuando nos peleamos por pagar. De verdad, Margot, somos de la Mongolia más profunda.

—¿Por qué no me has llamado desde el fijo? Menudo susto me has dado, cabrona. Pensaba que Alberto iba a pedirme explicaciones.

—¿Por qué iba a pedirte explicaciones? Le di con la manguera a la pota que eché en el jardín.

—¿Que por qué llamas desde el de Alberto, pesada? —me quejé, pasando por alto el hecho de que mi hermana de treintaiséis años vomitase en la puerta de su casa a altas horas de la madrugada.

—Llamo desde el de Alberto porque mis hijos han escondido el fijo, eso lo primero. Y lo segundo…, porque el camarero tiene mi móvil.

Fruncí el ceño y me quedé mirando al techo. Unas esquirlas de luz jugaban allí arriba a perseguirse cada vez que un coche pasaba por la calle.

—¿El camarero? ¿Al que le diste la noche?

—Seguro que no fue para tanto. Que yo recuerde, hubo coqueteo mutuo.

—Tú estás fatal. Ese chico no estaba coqueteando contigo. Solo quería que nos fuéramos.

—Pues ahora tiene mi móvil.

—¿Cómo lo sabes?

—Ay, hija, por Dios. Porque he llamado para probar suerte. Me ha dicho que lo puso a cargar esperando a que alguien llamase para reclamarlo.

—Muy majo.

—Sí, muy majo, pero yo no puedo ir a recogerlo.

Arqueé las cejas.

—Y quieres que vaya yo.

—Sí.

—¡Ni de coña! ¡No quiero volver a verlo en mi vida! Es que, vamos, ¡se me cae la cara de vergüenza!

—Margot, ese chico habrá visto a gente vomitarse y mearse encima a la vez; una mujer despechada diciéndole cosas bonitas no es un drama.

—Dios, suenas superasquerosa. Si fueras un tío te colgaría.

—Pero soy tu hermana y necesito que vayas a por el teléfono.

—¡Ve tú! Escápate media hora.

—Vivo en la Conchinchina y anoche salí de fiesta y volví en un estado deplorable. Creo que ya tengo demasiados puntos para el carné de mala madre como para reincidir. —Como no le contesté, suavizó la voz y endulzó el discurso—. Margot, quiero quedarme hoy con los niños. Los fines de semana es cuando podemos disfrutar de la familia.

Chasqueé la lengua y después bufé.

—¿Y si Santiago termina desarrollando una personalidad narcisista y desequilibrada porque su madre no le prestó la suficiente atención? —

añadió.

—¿Por no estar con él un sábado por la mañana? ¡Déjale vivir, por Dios! Ese niño lo único que quiere es comer cereales de colores y ver dibujos animados.

—Lo que me faltaba. Y que me acusen de alimentar a mis hijos con ultraprocesados. Tengo que hacerles hoy unos brownies de algarroba; se lo prometí.

—Dime que estás de coña. —Me froté la frente.

—¡El azúcar es la nueva cocaína, Margot!

—Joder. Estás fatal.

—Mi móvil, por favor —lloriqueó—. Ser mujer emprendedora, madre, esposa engañada y hermana ninguneada es demasiado para mí.

—Sin contar lo de hija preferida.

—Qué presión…

—Vale. ¿Cuándo quieres que vaya?

—Hoy; no quiero que Alberto se dé cuenta y tener que dar explicaciones.

—¿No le has dicho que has perdido el móvil?

—No, porque no lo he perdido. Y tampoco sabe que te estoy llamando desde el suyo, ¿vale? Así que calladita.

—Tú haces cosas rarísimas, tía. —Me tapé los ojos, aunque no pudiera verme.

—Ese chico entra a currar a las diez —insistió.

—¿Y no puedo mandar un Glovo?

—Haz lo que quieras, pero recupera mi teléfono, por favor. Es superurgente. Y necesario. Y… emergencia nacional. Necesito-mi-teléfono.

Mi hermana necesitaba un detox del móvil, eso es lo que necesitaba.

Me planteé lo de mandar un Glovo, pero lo cierto es que me pareció de lo más rancio después de lo amable que fue con nosotras. Creo que al hecho de que me educaron para intentar agradar a todo el mundo, hay que sumarle la animadversión que me provoca la idea de parecerme, algún día, al loro de mi madre.

Además, quizá no me vendría mal airearme, dejar de ocupar parte del sofá, incómoda, fingiendo ver algún reality americano con mi hermana mientras repasaba, una por una, todas aquellas ocasiones en las que la cagué con Filippo. Es como cuando te echas a dormir y el cerebro de pronto conecta con la imagen mental del mayor ridículo de tu vida o se pone a analizar por qué le caías tan mal al profesor de matemáticas y todas las cosas que podrías haber hecho para solucionarlo. No. En casa no arreglaba nada y pasear me iría fenomenal, como aquella mañana, y de paso quemaría alguna caloría del millón y medio que llevaba ingeridas en los últimos tres días. En el fondo, mamá nunca desaparecía de mi mente.

Como Patricia me dejó bastante claro que cuanta menos gente se enterase del asunto mejor, pensé que pedirle a Candela que me acompañara no era una opción, así que tuve que inventarme un plan al que no quisiera sumarse. Lo único que se me ocurrió fue lo obvio:

—Me ha llamado mamá. Quiere que me pase a cenar. ¿Te vienes?

No hizo falta que me contestase para saber que mi plan había funcionado.

Recordaba la calle donde estaba el local en el que habíamos pasado buena parte de la noche anterior, pero no el nombre, de modo que deambulé por allí hasta que reconocí al puertas. Era muy pronto y me sorprendió ver que los locales iniciaban la actividad a esas horas. Era sábado, pero… ¿quién quiere meterse en un antro de esos a las diez de la noche de un sábado de junio?

Eché a andar decidida hacia la puerta, pero el de seguridad tiró al suelo el pitillo que fumaba relajado y me paró.

—¿Dónde vas, Caperucita?

—He quedado dentro.

—Pues o vienes pronto a la cita o te has equivocado de sitio. No abrimos al público hasta las once y media.

—No, es que he quedado con uno de los camareros.

—¿Con quién?

—Uhm. Con uno morenito. —Hice un gesto con los dedos sobre mi coronilla, queriendo emular lo que ese chico tendría que hacer para

«peinarse» todos los días, a juzgar por el resultado.

—El morenito tiene nombre. Muy raro me parece que hayáis quedado y no sepas ni cómo se llama.

—Ayer mi hermana perdió el móvil aquí. —Suspiré—. Hemos hablado con él y nos dijo que nos pasáramos a recogerlo.

—¡¡Ah!! Las rubias altas.

—Esas. —Asentí aburrida. Siempre se acordaban de mis hermanas. De la pequeña que no era ni rubia ni alta, sin noticias.

Me indicó que entrara con un ademán y crucé la puerta. Dios, aquel sitio aún era peor iluminado; la luz no le sentaba nada bien, como a mí el terciopelo.

Lo localicé enseguida. Estaba apoyado en la barra hablando con su compañero, el rubio. Le estaba contando algo sobre un mensaje que había mandado justo antes de acostarse y que no tenía ninguna duda de que surtiría el efecto deseado. A quién y cuál era el efecto deseado quedaron en el aire cuando ambos se volvieron hacia mí con una sonrisa.

—¿Te ha mandado a ti? —se burló.

—Me ha mandado a mí. Es lo que tiene ser la pequeña.

—Eso y heredar los uniformes del cole. —Sonreí con educación, pero sin ganas y él se metió detrás de la barra—. Ven, toma. Lo tengo aquí.

—Muchas gracias. Ha sido un detalle.

—Así es David —indicó su compañero con media sonrisa.

—Así soy, sí. Por cierto, encantado. Soy David.

No sé por qué mi reacción fue tenderle la mano, lo que en este país no viene siendo lo normal. Sin embargo, no pareció importarle porque la estrechó sin abandonar su sonrisa. Alguien debería decirle que sus esfuerzos por no parecer triste no servían de nada, aunque tenía una sonrisa preciosa, ingenua, plácida.

—Soy Margot. Encantada.

—No eres de aquí, ¿no?

—Ehm…, pues sí. Bueno, mi familia es de Galicia pero yo nací aquí.

—¿Y ese nombre? No suena gallego.

—No. Es que… es más bien un apodo. Me llamo Margarita. —¿Por qué narices le estaba contando aquello?

—Margarita. Un nombre clásico. Daisy en inglés.

—Sí. Daisy. —Me removí incómoda—. Como la novia del Pato Donald.

—¿Quieres tomar algo? —me ofreció su compañero.

—No, no, gracias.

—Venga, mujer. ¿Una cerveza? Es pronto para un copazo —insistió el rubio—. Y el vino que tenemos por aquí…, sinceramente, no te lo recomiendo.

—No, no te lo recomendamos. Es un cólico nefrítico asegurado —se burló David.

—De verdad, si es que tengo que volver.

—¿Ni una Coca Cola? —Arqueó las cejas.

—Bueno…, vale.

El motivo por el que dije que sí era que decirle a un completo desconocido que no a un refresco aparecía en la franja roja en mi organigrama mental de cordialidad. Parece mentira que me fugara de mi propia boda.

Pedí una Coca Cola Zero y el chico me la sirvió con protocolo, con su hielo y su limón, en un vaso de tubo. David trató de no reírse cuando vio que me acercaba el vaso con reticencia. Le di un sorbo. Me sentí estúpida.

Los dos me miraban con cierto interés científico. No supe qué decir. Ellos tampoco.

Empecé a sopesar posibles temas de conversación: «Pues se ha quedado buena noche». «Hay que ver qué temperatura tan agradable para ser mediados de junio, ¿verdad?». «¿Os gusta vuestro trabajo?». «¿Sabéis que estoy de vacaciones forzosas porque me fugué de mi boda?».

—David… —gritó el puerta salvándome de aquel silencio—. Visita.

¿La dejo entrar?

A cualquier otra persona quizá le hubiera pasado desapercibida la tensión que recorrió a David de arriba abajo, pero parte de mi trabajo consistía en estar atenta a las señales. Se irguió, cogió aire, miró fugazmente a su amigo y se alisó la camiseta del uniforme.

—No espero a nadie más.

—Dice que es Idoia, que le has enviado un mensaje para que viniera.

El manotazo que lanzó en dirección a su amigo fue tan rápido como certero. Después, se puso a hacer aspavientos mudos hasta que, agarrándose el pecho sobre la camiseta, se pidió claramente tranquilidad.

—Ah, sí —dijo con la voz un punto más grave—. Dile que pase.

El chico rubio y David se miraron cómplices y se chocaron con disimulo la mano antes de que este último desapareciera tras una puerta donde se podía leer «Privado». Y ella entró.

Y todo cambió.

A veces, incluso hoy en día, me da por pensar qué habría sido de mi vida si aquella chica no hubiera aparecido en el local cuando yo estaba dentro. Si yo hubiera dicho que no a aquella Coca Cola o si hubiera enviado un Glovo a recoger el móvil de mi hermana. Incluso… ¿qué habría sido de mí, de mi vida, de mis sueños, si mi hermana Patricia no hubiera perdido el móvil? La vida es caprichosa. No hay destino, hay momentos.

¿Alguna vez has pensado cómo serías si tú misma hubieras podido diseñarte? Yo sí. Lo pensé mucho durante toda mi adolescencia, sobre todo.

Ser anodina me venía bien para pasar desapercibida, pero con lo que yo soñaba era, en realidad, con todo lo contrario. Supongo que nos pasa a todas. Si eres rubia quieres ser morena, si tienes el pelo rizado lo quieres liso, si eres flaca quieres curvas; supongo que si no fuese así quebrarían un montón de empresas que se dedican a alimentar nuestras inseguridades para vendernos algo que, mágicamente, las solucione. Pues mira, yo quería ser

explosiva. Con el pelo rubio platino, descaradamente aclarado en peluquería, piernas largas, pechos grandes, altos y redondos, cintura y caderas con las medidas que marca la sociedad que debe tener la belleza estándar. La mirada de Marlene Dietrich y la boca de Ava Gardner. El encanto de una película en blanco y negro mezclado con lo insultante del porno más soez. Sexi, misteriosa, guapa, atractiva, con ángel. Por pedir,

¿no?

Pues… si hubiera podido diseñarme a mí misma hubiera sido a imagen y semejanza de aquella chica que entraba contoneando una falda de tartán ceñida como si el diablo se agarrase a sus caderas. Me miré, con mis pantalones vaqueros Levi’s y la blusita blanca arremangada, y me sentí invisible. Ella se me quedó mirando y, en lugar de sentirme más tangible, me hice pequeña.

—Hola —dijo despacio y con cierta condescendencia.

—Hola —respondí.

Dejó sobre la barra una bolsa en la que no había reparado; a pesar de la cantidad de cosas que desbordaba, entre las que me pareció ver ropa interior de hombre y una caja de condones, no pude prestar atención a otra cosa que no fuesen sus labios pintados de rojo.

—Hola, Iván —dijo con dejadez—. Porque tú debes de ser Iván.

—Iván. Yo. —Este se señaló el pecho, atontado.

Ella pestañeó, segura de sí misma y del efecto que producía en los hombres.

—¿No está David?

Iván miró la puerta tras la que había desaparecido, pero no añadió nada.

El silencio me estaba matando.

—Ahora sale —me escuché decir.

Me miró como si una banqueta hubiera aprendido a hablar.

—Perdona, ¿tú eres?

—Margot.

—¿Margot? —preguntó burlona.

—Sí. ¿Y tú?

—Idoia.

—Encantada. Ahora sale David —repetí como un papagayo.

Por el amor de Dios, aquello parecía una escena de una peli de Tarantino. En breve…, alguien empuñaría una catana.

David salió con una prenda en la mano y, sin besos ni saludos, se la tendió con una sonrisa fría.

—Tu camiseta.

—No tenía prisa por recuperarla —dijo ella.

—Ya. Perdona las prisas, pero… yo sí quería recuperar mis cosas.

Ella miró burlona la bolsa, como si fuera la excusa más lamentable del mundo para ver a un ex. Porque era claramente lo que estaba pasando allí.

David había escrito a Idoia con la excusa de recuperar los trastos que hubiera dejado en su casa antes de la ruptura, solo para verla. Era el plan más ridículo del mundo, casi sentí pena por él. Tan joven. Tan enamorado.

Tan… devorado por una chica que lo había usado de aperitivo.

—Pues ya las tienes.

—Muchas gracias. Ah… —Y ahí David estuvo muy rápido—. Idoia,

¿conoces a Margot?

—Sí, nos acabamos de presentar.

—¿Me voy? —pregunté como pasmada.

—Claro que no. —Me sonrió él al cazar la mirada de su ex sobre mí—.

Perdona, Idoia, me ha alegrado verte, pero hemos quedado para cenar algo rápido antes de que empiece a llegar la gente.

Cuando me señaló, miré alrededor por si se estuviera refiriendo a otra persona, pero allí no había nadie más que nosotros. Casi esperé que de detrás de la otra barra saliesen mis hermanas gritando «inocente», pero no.

Aquello parecía ir en serio.

—Yo también tengo prisa —anunció ella.

—Genial. Así no te robamos más tiempo. ¿Sales con nosotros?

Ella asintió mientras me miraba analizando todos y cada uno de los cabos sueltos que aquella historia improvisada iba dejando sobre la marcha.

No supe hacer otra cosa que sonreír y ponerme en pie.

—Hasta luego, Iván —dije con un hilo de voz a la vez que David me rodeaba los hombros con su brazo.

—¿Pizza? —me preguntó David con total naturalidad.

—Eh…, vale.

Junto a nosotros, Idoia iba andando despacio y sus tacones parecían campanas repicando en honor de la poca dignidad que me quedaba cuando salí de casa y que se había quedado flotando en el refresco a medio beber.

Lo entendía todo y no terminaba de entender nada. Sin embargo, no podía evitar que aquello me pareciera extrañamente emocionante; casi divertido.

—Oye, David… —dijo Idoia cuando el luminoso del local ya relucía a nuestras espaldas.

—Dime.

La rubia me miró fijamente y, no sé si con aquella mirada o a través de ondas cerebrales, me hizo llegar la idea de que quería hablar a solas con él.

En décimas de segundo sopesé mis posibilidades: si me quedaba, le pondría las cosas difíciles. Si me iba, igual se las ponía fáciles a él. Estaba claro que quería recuperarla, aunque su plan tuviera muchos flecos por solucionar.

—Os dejo un segundito a solas —musité mientras me adelantaba.

Él me cogió de la muñeca, fingiendo que no hacía falta, pero yo sonreí y di un par de pasos vacilantes hasta alejarme.

¿Qué hacía? ¿Me quedaba por allí apartada pero mirándolos?

¿Contestaba unos mails apoyada en la pared? ¿Me iba?

Los vi hablar. Ella estaba molesta y era fácil verlo. No creo que estuviera celosa y posiblemente se olía que todo aquello era una representación teatral, pero… existía un resquicio de duda y, no sé por qué, quise que esa duda se hiciera enorme, hasta que no pudiera pensar en nada más. No lo conocía de nada, pero… había empatizado con él. Ya ves. Dos situaciones completamente diferentes, dos pares de ojos igual de tristes.

Él parecía seguro de sí mismo, pero le delataban los gestos. Las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón vaquero, el labio inferior entre los dientes, la mirada vacilante, que iba de ella a la calle y de la calle a mí. Ni siquiera lo pensé.

—Ey, Dav, luego no me hagas comer con prisas, como siempre. Sabes que me sienta fatal al estómago.

Él arqueó las cejas durante un segundo, sorprendido, pero después se dejó llevar.

—No, no. Ven. —Me tendió la mano y yo, al acercarme, se la agarré—.

Ya nos vamos.

Joder. Qué buen actor.

—No sé. —Ella se cruzó de brazos, dejando que sus tetas altas y sugerentes asomaran por encima, y siguió hablando como si yo no estuviera allí, cogida de la mano con un desconocido—. Hace dos semanas que hemos roto y de pronto me escribes pidiéndome que te devuelva tus cosas lo antes posible, con tantas prisas…

—¿Pizza, no? —susurró él hacia mí, falsamente cómplice—. Idoia, me dejé en tu casa algunas camisetas y mi iPod y los necesito para un viaje.

Eso es todo.

—¿Un viaje?

—Sí, un viaje.

—¿Con quién?

—Con ella. —David me apretó contra su costado.

La madre que me parió. What a situation.

—¿Y dónde os vais?

—¿Dónde era? —me preguntó él.

—A Grecia. —Solté lo primero que me vino a la cabeza—. Santorini le va a encantar.

—Pero si nunca tienes un duro —respondió ella.

—No sé. —Se encogió de hombros—. Cosa de prioridades, me imagino.

—Pues muy bien. Bueno, pues… nada. Que me alegro. —Fingió una sonrisa y se apartó un mechón de pelo.

—Yo también de verte, Idoia. Que te vaya muy bien.

Sin esperar respuesta, David soltó mi mano, me envolvió la espalda con su brazo y echamos a andar en dirección opuesta. La calle estaba llena de gente, casi toda extranjera, como la noche anterior. Corría una brisita agradable, los bares supuraban algarabía y risas y un chico del que no sabía apenas nada me rodeaba los hombros mientras me dirigía hacia una dirección desconocida.

—Joder, tía, qué bien se te da esto —me dijo muerto de risa cuando giramos la calle.

¿Y qué creéis que dije yo? ¿Le pregunté si estaba loco? ¿Le pedí explicaciones de por qué me había metido en semejante movida? ¿Le exigí

que dejase de tocarme? ¿Le amenacé con emprender acciones legales? No.

—¿En serio sigues usando un iPod?

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