Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 16 de 61

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Un cuento perfecto

Capítulo 16

Hay un tío…

—Gracias.

Sonia sonrió y negó con la cabeza.

—No tienes que dármelas. Ha sido un acto egoísta. Si te vas a la mierda, me voy contigo.

Me reí.

—Debería mandar un mail a todo el equipo por lo de los memes,

¿verdad?

—Verdad. —Asintió—. No digo que tengan que rodar cabezas, pero tienen que entender que hay tolerancia cero hacia este tipo de acoso.

Asentí y me quedé pasmada, mirando hacia el paisaje gris y centelleante que devolvía la Castellana a aquellas horas de la tarde de un lunes de mediados de junio.

—¿Y adónde me voy? —pregunté de soslayo.

—Tienes hoteles en todo el mundo. Escoge un destino al azar.

—No sabría ni por dónde empezar. Todos mis viajes de placer de los últimos años han sido o para ir a ver a mi hermana o con Filippo.

—Pero ahora eres totalmente libre para escoger destino.

Hice una mueca.

—Creo que la libertad me sienta fatal.

—Espera.

Cogió su iPad, tecleó con dedos rápidos y cuando encontró lo que buscaba, lo giró hacia mí. En la pantalla, un mapamundi.

—Cierra los ojos y señala un punto.

—¿Qué dices?

—¡Venga! —Sonrió—. Yo me ocuparé de toda la organización.

—No es tu trabajo.

—Pero no puedes vivir sin mí.

—Eso es verdad.

—¡Venga!

Cerré los ojos y situé el dedo sobre el iPad. Después, lo dejé caer. De la garganta de Sonia salió una risita.

—¿Qué, qué? Dime que no ha salido Corea del Norte.

—Grecia. Grecia es maravillosa.

—¿Has estado?

—Sí. En uno de los hoteles de la empresa, aprovechando el descuento para trabajadores. —Me guiñó el ojo—. Te vendrá genial.

—¿Viajar sola? Parece que no me conozcas. Voy a desvariar en la primera media hora.

—Pues llévate a alguna de tus hermanas.

—¿Qué quieres? ¿Que abra la puerta del avión y despresurice la cabina?

Ellas tienen su propia movida y Grecia no está en sus planes. Vente tú.

—Yo no puedo. —Y dejó, apenada, el iPad sobre la mesa.

—¿Por qué?

—Pues porque soy tu secretaria y… quedaría muy raro que te llevases de vacaciones a tu…

—Mano derecha. —Sonreí.

—No, qué va, Margot. Es mejor que no. Tú solo ve y disfruta. Seguro que conoces gente y…

—No me voy a un crucero de singles.

—Si sigues así, a lo mejor te apunto —me amenazó—. ¿Por qué no se lo dices a alguna amiga?

Pensé en la última escapada con amigas que hice. Fue a Ibiza. Todas estaban obsesionadas con hacerse fotos en bikini sobre algún barco y, cuando salíamos a cenar, seguían haciendo fotos a los platos, las bebidas y a nosotras arregladas y dispuestas en una postura que se parecía al posado de las misses finalistas en un concurso de belleza. Me dio pereza solo de pensarlo.

—Quizá no tenga amigas de verdad —dilucidé.

—Trabajas demasiado.

—No es eso. Es que creo que cuando me di cuenta de la calidad de mis amistades ya estaba demasiado enamorada de Filippo y no tenía ganas de salir en busca de nuevas compañeras de aventuras.

—La vida es mucho más que amor. O, mejor dicho, se puede querer mucho más que a un hombre.

—Lo sé. Soy lamentable.

—No. —Se encogió de hombros, pizpireta—. Porque nadie lamentable tiene los ovarios de salir corriendo de una boda con quinientos invitados.

Además, estás a punto de emprender uno de esos viajes que toda persona querría hacer. Tú, tu búsqueda y un destino de lujo.

—Quizá tengas razón.

—Como siempre. —Sonrió—. Lo tienes todo, Margot, pero miras hacia fuera para encontrarlo.

—Los del Consejo aprovecharán mi ausencia para…

—Al Consejo que les follen.

Le lancé una mirada de soslayo y soltó una carcajada.

Yo sola. Con mi maleta, mi libro, a hacer malabarismos entre encontrarme, recuperar mi vida y dar razones para que nadie en la empresa consiguiese que me dieran de baja por mi salud mental. Hay que ver. Si hubiera sido hombre, ¿se habría armado tanto revuelo en mi trabajo?

—Bueno…, está bien. Pero… no quiero tampoco que tengan motivos para ponerme a caldo, así que, por favor, reserva buenos hoteles pero sin pasarse. Nada que pudieran elegir las Kardashian.

—Hecho.

Grecia. Qué cosas. Como si hubiera estado siempre ahí. ¿No fue el destino que propuse para ese viaje con el camarero? Me reí. Si es que…

—¿De qué te ríes?

—¿Yo? —Miré a Sonia, que estudiaba mi expresión—. Pues de que…, no sé. El otro día conocí a un tío y…

Se puso tiesa en su silla.

—¿Cómo que conociste a un tío?

—No, no, a ver, salí con mis hermanas por Huertas, a una discoteca infame, y Patricia perdió el móvil. Uno de los camareros lo guardó y me tocó a mí recogerlo al día siguiente. No sé cómo pasó pero, de pronto,

estaba ayudándolo a darle celos a su ex, en el papel de mi vida, fingiendo que era su nueva «amiguita» y diciendo que nos íbamos en breve a Grecia y que Santorini le iba a encantar. Me ha hecho gracia pensar que justamente escogiese ese destino en mi actuación.

Sonia arqueó las cejas.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—Totalmente. —Me reí—. Ya, yo tampoco creí que fuera nunca a verme en esa situación. Ese pub es la muerte, por cierto. Lo peor.

—¿Cómo se llama?

—Pues la verdad es que no me acuerdo. El camarero se llamaba David.

Me dio su móvil y todo.

—¿Para que siguieras haciendo de su novia y darle celos a la ex?

—No. Ehm… —Empecé a dudar de que continuar con la historia fuera buena idea, por si se ponía un poco íntima. Pero… ¿cómo iba a ser íntima con un desconocido?—. Me dijo que se me leía en los ojos que estaba triste y que él también lo estaba. Mencionó algo sobre que las personas tristes se necesitan entre ellas para sentirse comprendidas.

—Es la peor excusa que he escuchado en mi vida para intentar ligar.

—No era su intención. —La miré y sonreí—. Era… joven, un tío así como alocado. Una especie de…, no sabría decirte, de rey del baile mezclado con un pobre chico. Está loco por su ex y, la verdad, no me extraña. Cuando la vi, pensé que la genética es sumamente cruel. Esa tía y yo no somos de la misma especie.

—Bueno, bueno… —musitó.

—Pero, oye…, ¿tú crees que la gente que está triste debe buscar a alguien que también lo está?

—Sí y no.

—Explícame eso.

Sonia acarició el vaso empañado por el refresco frío y dibujó con las yemas de los dedos algunos canales sobre el cristal. Estaba, de pronto, muy seria.

—Una cosa es estar triste o un poco angustiado y otra estar deprimido.

Cuando uno está deprimido, la gente que no lo está tiende a decir: «Ey, no estés mal», como si fuese tu elección. Los que han pasado por ello pueden

entenderte mejor, pero ¿y si os vais al hoyo los dos? —Me miró y suavizó su expresión antes de coger aire, erguirse y sonreír a boca llena—. Pero tú, como yo o ese chico solo estamos un poco de bajona. Así que…

Asentí. Estaba hasta los ojos de mierda del primer mundo, pero no había que perder la perspectiva nunca. Por eso me gustaba tanto Sonia.

—¿Tú le escribirías?

—Yo sí. —Se rio—. Pero porque no hay ningún tío al que quiera recuperar y… porque en el fondo no reflexiono mucho las posibles consecuencias de mis actos. Pero tú eres Margot.

La miré confusa.

—¿Y eso quiere decir que…?

—Quiere decir que no harías algo cuyo final no puedas prever, y… esta historia tiene tantos finales posibles como, no sé, burbujas hay en este vaso.

Levantó el refresco y, en una especie de brindis ceremonial, hizo chinchín en el aire y dio un trago. Tendría que haber contestado algo, pero lo cierto es que me quedé absorta en las burbujas que jugueteaban arriba y abajo, bailando entre el líquido oscuro y dulzón. Parecían… libres.

Ojalá aquello no me hubiera parecido tan tentador. Ojalá no lo hubiese entendido como un reto.

La puerta de mi despacho se abrió de golpe y mis dos hermanas irrumpieron emocionadas, dándose codazos y empujones, peleándose por ser la primera en compartir conmigo el resultado de sus pesquisas.

—¡¡Lo tenemos!!

—¿Qué tenéis? ¿Habéis encontrado algo?

—Bah, ahí no hay más que papeluchos —se quejó Candela.

—Pero ¡lo tenemos!

—¿Un hilo de donde tirar o el número de urgencias de la López Ibor?

Noté que Sonia hacía esfuerzos para contener la risa.

—¡¡El detective!! ¡¡Tenemos al detective!!

—¡Ha aceptado mi caso! —Patricia se acercó emocionada—. ¿Y sabes lo mejor?

—¿Que te va a timar?

—¡No! ¡Que está buenísimo!

La pantalla partida de su móvil apareció ante mí con la foto de un hombre de unos cuarenta, muy guapo, que sonreía desde su web. El eslogan de su empresa: «Tu confianza, su secreto: mi trabajo».

Me pareció tan horrible que no pude decir nada más que:

—Joder.

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