Un cuento perfecto
Capítulo 19
Inspiración
Ni siquiera había llegado aún a casa cuando recibí el primero de muchísimos mensajes:
¿Qué haces por la tarde?
En otras circunstancias, hubiera huido, pero yo sabía que David no quería nada de mí en ese sentido. Ambos deseábamos recuperar a nuestras parejas y sentíamos que el otro podía hacer algo para ayudar. En mi caso, David era inspiración. Me sentía como cuando en el internado me sentaron junto a aquel alumno que no aprobaba ni a la de tres. Él mejoró en sus notas y yo aprendí a divertirme un poco más en el regio y rígido ambiente que se respiraba en el colegio. Mis notas en música y arte mejoraron y fue gracias a él, que…, bueno, ni confirmo ni desmiento que me diese mi primer beso.
Pero en esta ocasión no era lo mismo. No iba por ahí. Era…, de alguna manera, era excitante. O más bien emocionante. David era una persona extraña pero interesante. Suscitaba mi curiosidad que hacía cierto tiempo que andaba perezosa.
Cuando le contesté que hasta que no me fuera a Grecia no tenía planes, me preguntó si me apetecía tomar algo al día siguiente por la noche. Me di cuenta de cuál era el motivo por el que me estaba abriendo con un desconocido, por qué de pronto podía hablar de lo que me había pasado y me resultaba más fácil expresarme: me estaban prestando atención. A mí. A mis emociones, a lo que me había pasado, al porqué de las cosas que había hecho o que decía. Para David, lo que yo tuviera que decir parecía importante y no estábamos en el ambiente de trabajo. Aquello me hacía sentir muy bien.
Quedamos en que lo recogería en la floristería y que iríamos a tomar algo a algún sitio tranquilo, donde pudiéramos hablar: David quería que le aconsejase por dónde debería empezar a organizar su vida. Y no me lo pensé demasiado. No tenía nada mejor que hacer y él me sacaba de debajo del nórdico, de la espiral de llorar y de ver fotos antiguas.
Lo vi nada más entrar, al fondo, a pesar de que había dos personas más en el mostrador. Llevaba una camiseta que fue blanca en algún momento de su existencia y unos vaqueros escondidos tras un mandil negro lleno de manchas. Tenía el pelo revuelto y enredado y los ojos fijos en las flores que estaba manipulando.
—¿Te podemos ayudar? —me preguntaron las dos señoras.
—Disculpen. Estaba esperando a David. —Les sonreí.
Me miraron. Lo miraron a él. Se miraron entre ellas. Tendrían unos sesenta años y no podían esconder que eran hermanas. A juzgar por su expresión, cualquiera diría que les sorprendía que alguien, o al menos alguien con mi aspecto, anduviera con él.
—¿Y la chica rubia? —escuché que le decía una a la otra.
—Calla, calla. Así mejor.
—¡¡¡David!!! ¡¡Han venido a buscarte!!
—Estoy terminando el ramo de siemprevivas para el restaurante. Salgo en cinco minutos.
—No —dijo firme una de ellas—. Sal ya, que a las señoritas no se las hace esperar.
—No sabía que hubiera ninguna señorita en esta floristería —respondió guasón él.
Se asomó, me vio y sonrió.
—¿Me esperas un segundo?
—Claro.
Cuando terminó, las dos hermanas ya me habían contado que aquella tienda era un negocio familiar con más de setenta años de historia a sus espaldas y me habían regalado un ramito pequeño con el que decorar mi dormitorio, pero a David, cuando salió, aquello no le pareció adecuado.
—¡¡Esas no!! —se quejó él con desparpajo—. ¡Amparito! Que le has dado flores de muerto, por Dios.
—¡Los gladiolos no son flores de muerto, animal!
—Quita, quita, que me dan mal rollo. —David me arrancó las flores de las manos, las dejó en el mostrador y cogió un par de ramitas de varios cubos que rebosaban género.
En un pestañeo, envolvió lo que había escogido con un pedazo de papel de estraza y le ató una cuerda. Lo colocó entre mis dedos y se volvió hacia las dos señoras para discutir, como una portera, sobre las flores más adecuadas para el cuidado de las tumbas, y yo… no sabía si flipar, largarme o echarme a reír. En mis manos tenía un ramo pequeño, estrecho y casi anecdótico, que mezclaba el verde oscuro con el blanco, el rojo y el morado. Nunca habría pedido un ramo con aquellos colores, pero… ¡había quedado tan bonito! Parecía algo vivo, excéntrico pero apasionado, como una pintura impresionista, como una puesta de sol, como… ¿David?
—Mira, os voy a dejar por imposibles —les dijo con su eterna sonrisa de lado, y se volvió hacia mí con aire docente—. Señorita, esto son hojas de eucalipto, esto de aquí de color blanco se llama statice y las que parecen fresas son gomphrenas, no confundir con «gonorreas».
—Ibas bien… —le advertí.
—Bah…, esto de color lila es salvia. Cuando la recibimos en color rojo es una locura. En fin, que todas se secan fenomenal. Tienes que ir cortándoles el tallo dos deditos, así, en diagonal…
—David —le corté.
—Pura magia, reina, este ramo es pura magia. —Me enseñó sus dedos y los movió en el aire, dejando claro que sentía que en sus manos albergaba un gran poder.
Yo había reservado mesa en un restaurante que me encanta, pero no se lo dije. Primero, porque me daba vergüenza y, segundo, porque… con las pintas que llevaba David no pensaba dejarme ver por allí con él. No se había cambiado ni de camiseta.
—¿Tú siempre vas con estas pintas? —le pregunté.
—¿Y tú siempre pones cara de no haber hecho caca?
Me volví a mirarlo y me devolvió una expresión falsamente altiva. No pude evitar sonreír.
—Me refiero a que si cuando quedabas con Idoia también ibas hecho un zarrio.
—Salgo de la floristería, ¿cómo quieres que vaya? ¿Con chaqué? ¡Me pongo perdido de tierra, agua, polen…!
—Podrías llevar una camisa y cambiarte antes de salir.
—¿Camisa? ¿Como en las bodas?
Me paré en la calle.
—¿Has dicho como en las bodas?
—Oiga, señorita, ¿quién lleva una camisa un día de diario porque sí?
—¿Mil millones de tíos? Además… esa camiseta tiene un agujero.
—Todas tienen agujeros. —Se encogió de hombros—. Me pican las etiquetas y se las arranco. Es cuestión de tiempo que salga un agujero.
No me lo podía creer. Abrí la boca para hablar, pero él me cortó.
—De todas formas, no hay que ir siempre como si fueran a hacerte una entrevista de trabajo.
—Me juego la mano a que tú has hecho todas tus entrevistas de trabajo así.
—Soy mono, con poco me vale.
Solté una carcajada y él también se echó a reír.
—No, en serio. No tengo ni idea de moda. Ni puta idea. Idoia sí que está al día. Se dedica al sector. Siempre va… como de vanguardia, ¿sabes?
Arrugué el labio.
—Define «de vanguardia».
—Con personalidad.
—¿Como si fuese un editorial de revista de moda?
—No sé ni siquiera si estás hablando en mi idioma al preguntar eso —se burló—. Quiero decir que se pone unas cosas que nunca habrías creído que pudieran llevarse juntas, pero en ella quedan bien. Marca tendencia.
—Mira, como mi hermana.
—¿Qué?
—Nada. Esto…, ¿y no crees que deberías ponerte las pilas con eso? Ya sé que es supersuperficial, pero si le gusta tanto la moda yo diría que una de
las razones por las que te largó fue por esas camisetas roídas.
—Ayúdame entonces.
—Yo no me arrimaría mucho a mí en ese sentido.
—No sé. Tampoco es que quiera que me digas cómo me vestirías tú, porque ya te digo que camisa no me voy a poner, pero seguro que tienes más idea que yo.
—Qué va. El que tiene estilo es Filippo. A mí me escogen la ropa.
—¿Cómo que te escogen la ropa?
—Sí. Pago a una chica para que me compre la ropa según para qué la voy a necesitar. Después me la ordena en el armario por zonas: trabajo, ocio, vacaciones, estar en casa…
—No me lo puedo creer. Eres más inútil que yo. —Se echó a reír—.
Anda, ven, tengo hambre.
Nos adentramos en Malasaña. Pelos de colores, bolsos vintage, zapatos bonitos sobre adoquines rotos en los que se acumulaba el charco de alguna cerveza derramada ya a aquellas horas. David caminaba tranquilo, como quien se siente muy seguro en su piel. Iba hablando de un sitio en el que servían unos perritos calientes que estaban riquísimos, pero yo no le prestaba mucha atención. Pensaba en lo de ir de compras. ¿Cómo un acto tan natural podía parecernos a los dos tan complicado? A mí, sencillamente, me confundía. Me abotargaba. Nunca sabía qué se llevaba y qué no, ni tampoco qué me sentaba bien. A veces, en el comedor de la empresa, seguía sin querer con la mirada a un montón de chicas que con un par de prendas lucían elegantes, sexis y con personalidad. Yo, sin embargo, aunque dedicase un presupuesto bastante interesante a ir vestida como debía, siempre parecía… sosa. Bueno, sosa no: elegante, pero en un sentido plano, como una modelo de una fotografía de un catálogo de ropa, que no se mueve, que no se siente cómoda, que no saldrá a bailar con esos pantalones y no sufrirá el tacón de los zapatos.
—¿Te gusta el picante?
Miré a David, levantando la barbilla para encontrarme con su mirada burlona. Vaya. Era más alto de lo que recordaba. Me había quedado algo
embobada en mis pensamientos y no me había dado cuenta de que habíamos llegado al local del que iba hablando: El Perro Salvaje.
—Pues… sí. Supongo que sí.
—¿Cómo que supones que…? Anda. ¿Me pones dos Bóxer y dos Ipas, por favor?
Sacó del bolsillo de su pantalón un billete de veinte y se lo dio a la chica, que le devolvió unas monedas. Con aquel billete no hubiéramos hecho milagros en el restaurante en el que había reservado mesa. Cogí el móvil y le mandé disimuladamente un mensaje a Sonia: Cancela restaurante, porfi. Están todos los datos en mi agenda de Google.
—¿En qué piensas?
Lo miré de nuevo mientras guardaba el móvil en el bolsillo. Estaba apoyado en el mostrador, donde tamborileaba con los dedos. De vez en cuando la chiquilla que atendía tras la barra le echaba miraditas, no sé si porque le molestaba el ruidito o porque le parecía guapo.
—En por qué nos parece tan complicado ir de compras.
—A mí no me parece complicado. Sencillamente es algo que no acostumbro a hacer.
—Pues esa camiseta da asco.
—Deberías ver la que me pongo para dormir.
Me reí.
—Será porque tienes el complejo de los guapos. —Suspiré—. A mi hermana Patricia le pasaba con tu edad. No soléis sacaros partido. Es más, siempre os afeáis un poco.
—¿Qué dices, loca? Si soy un bombón.
—Por eso te ha dejado tu novia —rezongué.
La chica de la barra se giró como un rayo. Vaya. Pues eso es que sí que estaba interesada.
—Esa te mira —le susurré.
—Idoia —me respondió despacio y con las cejas levantadas—. Idoia es lo único que nos interesa aquí.
Nos comimos el perrito sentados en un banco, en una plaza que había un poco más adelante. Estaba absolutamente llena. Todas las terrazas de los
bares estaban al completo y no cabía una aguja. Se escuchaba el rumor de las conversaciones y las carcajadas.
—¿Y cómo voy a saber hacia dónde va mi vida? —me preguntaba David con las comisuras de la boca llenas de chili.
—Pues no sé.
—¿Cómo lo supiste tú? A ti parecen irte muy bien las cosas.
—Yo lo tuve fácil. Seguí con el negocio familiar.
—Vaya. Qué envidia.
—¿Envidia? Qué va. Si te digo la verdad, nunca me he planteado tampoco qué quiero hacer. Solo me he dejado llevar. Excepto con Filippo, que siempre fue una fuerza de la naturaleza…
—Enséñame una foto de Filippo, anda. Seguro que no es tan guapo.
—Me refería a que lo nuestro fue… lo típico que tienes claro desde el principio, pero no voy a mentirte: es guapísimo. Como un príncipe.
—Voy a vomitar —bromeó.
—Empieza limpiándote la boca, que vas perdido.
Saqué el móvil del bolsillo y entré en Instagram. Ambos teníamos muy pocos seguidores porque nuestros perfiles eran privados; gracias al cosmos, aún no me había bloqueado. Lo busqué entre mis contactos, pero antes de poder seleccionar una foto y enseñársela a David me quedé parada.
Había publicado una foto nueva. Una en la que estaba muy guapo, sujetando dos cervezas, riéndose, con una camiseta negra de manga corta.
Dos cervezas. ¿Sería la otra para una chica bonita, llamativa, como la exnovia de David y como yo nunca podría ser jamás? Me costó tragar, pero me obligué a darle un trago a mi Ipa.
—¿Qué pasa? —David me dio un codazo suave.
—Es él. Acaba de publicar esta foto.
—Joder. —Se limpió la boca con una servilleta y silbó—. Madre mía.
Vale, tienes razón. Es un pedazo de macho que flipas. Yo a su lado soy más perro que humano.
No contesté. Estaba leyendo el texto, en italiano.
—¿Qué pone? —preguntó David.
—«Una cerveza en Positano es todo lo que la vida puede darme ahora mismo». ¿Crees que me echa de menos?
—No.
Me giré hacia él con los ojos como platos.
—Gracias por la ayuda —rugí.
—Ahora está cabreado, Margot. Entiéndelo, echaste a correr el día de vuestra boda. ¿Cómo te sentirías tú?
—Hecha una mierda.
—¿Te has planteado qué estarías haciendo tú si hubiera sido al revés?
—Yo le estaría suplicando que volviera.
David me echó una mirada estupefacta.
—¿En serio?
—Claro. Es el amor de mi vida.
—¿Y te arrastrarías frente a un tío que te ha plantado en el altar? —Sus cejas arqueadas dejaban clarísimo que la respuesta correcta era «no», aunque mi boca quisiera dibujar un «sí». David se dio cuenta y quiso obviarlo, como quien opina que aún no estás preparada para la verdad—.
Mira, Margot, ese pedazo de espécimen humano no te echa de menos…
aún.
—Se supone que los hombres sois más sencillos que nosotras a la hora de enfrentar sentimientos, ¿no?
—Y lo somos. Dale tiempo.
—¿La otra cerveza será para una chica?
—Quiere darlo a entender, me temo, pero probablemente sea del colega que le está haciendo la foto. Este tío tiene pinta de tener un pepinaco de móvil. No se lo va a dejar a la primera tía que se encuentre para que le haga unas fotos mientras va a por unas cervezas.
Lo miré extrañada.
—Eres más raro que yo, y nunca pensé que fuera a decirle eso a nadie.
—¿Te vas a terminar tu perrito?
Se lo cedí y suspiré.
—Ey… —me dijo con la boca llena ya—. Que exista la posibilidad de que vaya a comerse la boca con una chica cualquiera una noche no significa que no podáis arreglarlo.
—¿Y si se enamora de esa chica cualquiera?
—Será que no te quería tanto.
Lo miré y sonrió. Pegado a un diente tenía un trozo de cebolla. Yo también sonreí.
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