Un cuento perfecto

Elísabet Benavent · Capítulo 58 de 61

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Un cuento perfecto

55. B

Sí

Idoia estaba guapa, tengo que admitirlo. Se había esmerado para estarlo.

Quería al David que babeaba a sus pies, al perrito faldero, al que había aprendido que hasta los palos son mejor que estar solo. A que estaba equivocado.

Yo, sin embargo, no me preocupé mucho por mi aspecto, la verdad. Ella llevaba un short vaquero cortísimo, una blusa blanca anudada a la cintura y medio abierta a través de la que se veía un sujetador negro de encaje. Yo unos vaqueros superrotos y una camiseta gris con un agujero enorme donde antes estuvo la etiqueta.

Dos meses antes hubiera reptado por ella; ahora solo pensaba, mientras me daba dos besos a modo de saludo (creyéndose muy guay por no darme uno en la boca), que debía aprovechar las rebajas para hacerme con un par de prendas sin rotos.

—Ey —la saludé—. ¿Qué tal? Oye, tengo prisa. ¿Te importa que nos tomemos algo aquí mismo?

Señalé un bareto con una barra atestada de parroquianos fieles, a cuál más personaje.

—¿Aquí?

—Es que voy con prisa —insistí.

Entré a por dos botellines de cerveza mientras ella me esperaba apoyada en la pared, fumando un pitillo con aire mortificado. El camarero me dijo que con los cascos de cerveza no podíamos irnos más allá de la mesita alta que estaba junto a la puerta, la que usaban los fumadores.

—Gracias, jefe. No tengo intención de irme muy lejos —le respondí.

—Pues yo con esa chica me iba al fin del mundo —soltó un tipo que estaba en la barra.

—A las personas, caballero, hay que conocerlas por dentro, pero supongo que esperar que no juzgue a una mujer por su aspecto es tarea harto difícil, así que dejémoslo aquí. Buenas tardes.

Lo cortés no quita lo valiente.

—Tú dirás —me dijo Idoia coqueta cuando le pasé su cerveza.

Le di un trago a la mía. Me di cuenta de que no me apetecía y la dejé en la mesa alta, donde ella estaba apoyada.

—¿Cómo quieres que lo hagamos? —le pregunté—. ¿Fácil o de verdad?

—¿No puede ser fácil y de verdad?

—No, lo siento.

—Pues… de verdad. —Suspiró con cierta condescendencia, como si yo fuera un chaval que quiere enseñarle un truco de magia que ha aprendido, pero que con total seguridad le saldrá mal.

—Vale. Pues… —Me apoyé en la mesa, tragué, la miré a los ojos y sonreí—. Yo no quiero volver contigo. Nuestra relación era un asco. Una porquería.

Se enderezó sorprendida.

—Te juro que hasta el viernes o así tenía dudas; por eso te dije que sí cuando propusiste que nos viéramos hoy. Creía que igual estaba equivocado, que tenía que luchar por esto si hasta hace poco era tan importante para mí recuperarte. Nunca he querido jugar contigo.

—Es que no podrías ni queriendo.

Miré hacia otro lado y bufé.

—Yo quería hacerlo por las buenas.

—Ese es tu problema, David, no tienes narices. Vas siempre con tus medias tintas y…

—Vale. Guay. Mira, yo quería que me quisieras. Me moría por conseguir que me quisieras porque, como yo me quiero poquito y mal, que alguien como tú me diera su amor era como compensarlo, pero… a la mierda, Idoia, no necesito que me des y me retires tu atención constantemente para sentirme vivo o importante porque me he dado cuenta de que eres una niña con poco que ofrecer, no porque no lo tengas, sino porque no te da la gana compartirlo.

»Me he enamorado de Margot y he comprendido que tengo que arreglar las cosas que tengo pendientes conmigo mismo para poder disfrutar de este amor. Y tengo que agradecerte que hayas sido una verdadera cabrona conmigo porque, por azares de la vida, me empujaste a sus brazos.

—No entiendo de dónde viene tanto resentimiento —acertó a decir, dándole otro trago a la cerveza—. No fue para tanto. Unos meses y…

—No es resentimiento. Hasta eso lo he superado. Pero, ¿sabes qué gustazo verla reírse? Es que es otro rollo, como de otro planeta. Y si te lo digo es porque creo que estás tirando una cantidad de tiempo y energía brutal por el desagüe. No soy nadie para dar consejos, pero, mi niña…, por lo que tuvimos, que para mí sí fue para tanto: deja de comportarte como si tuvieras que impresionar a alguien todo el rato. Abrázate. Seguro que eres más guay sin toda esa tontería de la tía fría rompecorazones. A lo mejor mañana a alguien se le cruza un cable, lanza un misil nuclear y nos vamos todos a esparragar…, haz que el tiempo valga la pena. Yo voy a hacerlo.

—Vaya novedad —dijo maligna.

—Lo que tú digas. Me voy. He quedado para ver un par de pisos y no quiero llegar tarde. Sé feliz.

Sonreí, hice una especie de saludo militar con la mano y me di la vuelta.

No había dado más de diez pasos cuando ella gritó:

—¿Sé feliz? ¿Y ya está?

Me giré y me reí. Me salió del alma. Eso y asentir.

—Sí. Y ya está.

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